jueves, 29 de diciembre de 2011

El río de Heráclito


Leo a Heráclito, aquel que consideró lo múltiple y lo diverso (el no-ser) en el ser que produce todo devenir:
lo opuesto o enemigo es útil, y de las cosas diferentes nace la más bella armonía. Todo se produce según discordia”.

He allí el sentido de toda construcción, las capas de aportaciones que confluirán en un plano viscoso, fluctuante, atravesado por múltiples adyacencias.
Poblar de componentes los lineamientos y agregar nuevas curvaturas, ir más allá de los límites pétreos del entendimiento, traspasar lo que la conformidad o la concordia aceptan de antemano como normal desenvoltura de los hechos.
Descubrirnos con la osadía, saber y no saber que límites atravesamos, adónde llegamos, que hicimos de nuestras vidas...

Siempre vuelvo a Heráclito, el hombre del torbellino ígneo, el que se sumergió en el lodo para curarse, el que se supo perteneciente a sectas órficas (grupos místicos originados en creencias prehelénicas), aquel de la dialéctica de que todo es un constante fluir, mediante el cual cada elemento llega a convertirse en su contrario, el vidente que se alimentaba de plantas silvestres, el que pudo haber sido Tiresias, o Juan el Bautista, el que predicó y desdeñó multitudes, el de los indelebles epigramas en los cuales se sumergieron tantos poetas, el que dijo en los mismos ríos nos bañamos y no nos bañamos; somos y no somos”, o que “incluso un brebaje se descompone si no se agita”.
El que le contestó al Rey Darío, pretendiendo este hospedarlo “Cuantos hombres hay sobre la tierra se apartan de la verdad y la justicia, y por causa de una malvada locura se dedican a la avaricia y deseo de fama. Yo, habiendo logrado el olvido de todo tipo de maldad y tratando de escapar de la saciedad que acompaña a la envidia, y también porque tengo horror del esplendor, no puedo ir al país de los persas, bastándome con unas pocas cosas, buenas para mi propósito

A lo largo del tiempo el pensamiento de Heráclito, como una vasija que se destroza contra una pared, ha originado alguna que otra construcción que tuvo por objeto recoger cada pedazo no para devolver al recipiente su forma original, sino para generar nuevas creaciones desde el fragmento, porque tal era su sentido y tal vez su invisible propósito. Así, muchos pensadores dispararon sus flechas a un volcán constantemente eruptivo, urdieron nuevas encrucijadas y discutieron conjeturas cuyas ilimitadas teorías fraguaron inconmensurables planos. Muchos no tuvieron consuelo, resignándose a beber de algún abrevadero para saciar una sed que no tuvieron, solo por que no supieron ver que había detrás de aquellos enigmáticos tratados.
Así, diversos creadores comieron de sus mendrugos y se extraviaron ante la obra, titubeando bajo el sol, o escribiendo en forma automática mientras la lógica edificaba estatuas de hierro con pies de barro. Mismo Sócrates diría estas palabras: “Lo que he entendido es elevado, y elevado también parece lo que no entendí. Pero para descifrarlo todo habría que ser un buzo de Delos”.
Hay lecturas que llevan hasta sitios inconcebibles pero que seguramente guardan alguna raíz con el vórtice de lo creado. Yo propondría que quienes decidan acercarse a la obra de Heráclito lo hagan prescindiendo de los estudios críticos y abordando directamente la fuente, creo entender que se trata de un ejercicio inspirador, que permite dispersarse en torno a ciertas elucubraciones En ese sentido no puedo dejar de ver, en ciertos poemas de Rimbaud, alguna reminiscencia oculta de los tratados de Heráclito,
Decía el poeta maldito “estoy desnudo y no lo estoy”, ¿No está allí imbricada, en dicha alucinación, un sesgo del “oscuro”?, mismo la frase “yo es otro” ¿no es acaso lo que somos y no somos en ese río que, según el aforismo, siempre es nuevo?
Me gustaría, en un futuro no muy lejano, abordar la relación de sentido entre las ideas del genial filósofo y los poemas del vidente adolescente.

Lo que dejó Heráclito ha sido estudiado en condiciones precarias, sus fuentes son citas, referencias y comentarios de otros autores, constantemente simula un quejido o un alarido, tiene un alma y miles de razones arrojadas sin sentido a un fuego ardiente. Está allí, bajo la forma de fragmentos, esperando aún hoy ser reinterpretados. Filosofía del caos donde un vórtice no nacido es urdido infinidad de veces. La relectura de sus textos lleva a divagar en torno a lo pronunciado o callar violentamente al descubrir sus relámpagos en nuestro sistema de entendimiento. Todo ello que fue, y que hizo, puede volver hacia otras fuentes bajo otras formas, hay elementos para iniciar, una vez más, la construcción. Eso es lo que consuela y lo que atemoriza, porque hay tiempo, y porque no lo hay.

Y ya estamos ante otro año nuevo y por cierto no deja de causarme asombro, todo esto que lejana y melancólicamente es
y no es.

Feliz 2012…

viernes, 23 de diciembre de 2011

El devenir del ser


Ocurrió en un instante, estaba viajando y mirando por la ventana del auto, incliné levemente la cabeza y adiviné a lo lejos la caminata de un niño que parecía volver de la escuela, yendo seguramente hacia su casa, como cualquier otro día de semana, y de algún modo sentí que eso que el niño estaba haciendo, pateando esas piedritas del suelo, lo iba a recordar toda su vida, porque pasará una y mil veces por allí, bajo días que parecerán nuevos como un sol, contemplando el polvo danzante del camino, mirando los mismos árboles y las mismas casas viejas, la misma quietud de siempre ¿porqué recordar eso? Tal vez porque hay verdades en esas caminatas, hay silencios que no fueron poblados de olvidos, hay evidencias…

Decían los griegos arcaicos que “verdad” significaba no olvidar, bastará con revisar la etimología para darnos cuenta, “aletheia” la letra a significa sin, y letheia es olvido, por ende todo lo verdadero era aquello que no podía olvidarse. Sin embargo, vaya recorrido de la palabra, con el tiempo las verdades se trasformaron en mitos, tal vez porque no podían sostenerse con el paso indeleble de los años, y mito es lo que se entiende por “mentira”, mitómano, aficionado a decir mentiras…entonces tenemos, en una curvatura del devenir, que la verdad pasó a ser una mentira, pero seguramente no para aquellos que pueblan sus verdades con historias que pasan de generación en generación, permaneciendo en los mismos lugares, instalado en alguna memoria.

Así, conforme nos pasa el tiempo, habitamos con historias ciertas verdades, que no son tales, que siempre serán relativas. Lo que aquel niño sabe, mañana lo podrá representar desde la más bella armonía, y probablemente, en su lento sosiego, pueda refutar otras verdades, propia de imaginarios colectivos que se suelen construir desde un sobrevuelo.

El niño habitará otro plano, el de la evidencia. Los que escriben historias haran del disenso un ejercicio dinámico que formará parte de una enciclopedia. Así suele pasar, al niño le bastará la palabra, y el recuerdo de un día cercano, rodeado de algunas certezas.

Vaya a saberse porqué me acuerdo de esto a horas de una nueva navidad...

sábado, 17 de diciembre de 2011

Calmar el dolor


Una vez me sentí muy mal, el estómago me ardía, el dolor era insoportable, entonces decidí calmar el dolor leyendo poesía, habré soportado un par de horas, como siglos con sus navajas, donde por fugaces retaceos lograba mitigar la desesperación de un padecimiento inexplicable, después de leer un par de poemas me arrastré hasta el hospital más cercano (es literal, “caminé” de ese modo), apenas me vieron los médicos me llevaron hasta una camilla, me pusieron cables en los brazos y me dijeron que estaba a horas de una peritonitis, que tenía que tomar una decisión…

Después desperté sin el apéndice, que según parece nadie sabe que función cumple, pero siempre me acordé de los poemas, me acordé de la película donde Beethoven pedía que le tocaran sonatas en el piano para calmarle el dolor, esas cosas...me aferré a lo que fuera con tal de sentir que algo de todo eso podía ayudarme a terminar el día…

A mi la lectura de poemas no me evitó la operación pero me hizo entender lo que se siente en ocasiones cuando se escribe poesía, acaso los versos más candentes, incluso aquellos que después se transforman en bollitos de papel.

Calmar el dolor con poesía…
Como para vivir en sociedad estaba.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Sobre los talleres de poesía


Hay talleres de poesía que suelen ser reconocidos secretamente por una inmensa minoría de “escribidores”, quienes asisten con sus poemas, cuentos, relatos, crónicas, pequeñas novelas, ensayos…de antemano el escritor admite que no es posible enseñar a escribir, a lo sumo se habla de acompañamiento, de lecturas compartidas donde es necesaria la crítica y cierta distensión que forma parte del contexto, todos tienen su método, o algún método, alguna manera de plantear la experiencia de un taller de literatura donde lograr que el otro saque afuera sus evidencias, lograr “soltarlo” sin que eso signifique arrojarse sin paracaídas a un campo poblado de espinas y cardos. Lo impredecible en este caso es la persona que entra a ese taller, la carga de cosas que conlleva ir con un puñado de poemas a que otros lo evalúen, lo beban, lo musiten, lo desbrocen, escuchar infinidad de cosas: el porqué de las “imágenes”, la cáscara y el contenido, la forma, ciertos adjetivos, ciertas estructuras, cierta reiteración de sentido y así…
¿Sale un escritor de ese sótano? Tal vez entró un escritor y salió otra cosa, tal vez salió alguien más confundido o con más certezas, tal vez se trate del placer de hallar a un gran poeta entre desconocidos sin edad y sin pasado, como el placer de encontrar un buen libro en una vieja biblioteca, por un lado debe ser eso lo que motiva a mucha gente a dar talleres de literatura, por otro lado debe ser eso lo que tal vez motive a un potencial escritor a formar parte de un reducido círculo donde pueda ser “hallado”, “descubierto”.

Decía Saramago que la verdad no existe, que solo existen verdades parciales.
Abruma pensar que alguien puede enseñar a escribir. Tal vez se trate de acompañar un descubrimiento paulatino, como entrar con alguien a un bosque frondoso del cual se conocen pocas cosas, y salir al otro lado con un conocimiento inaudito o parcial que le permitirá ver de otro modo, esas mismas otras cosas.

Me interesa la construcción en este caso ¿Cómo se diagrama este tipo de tarea? ¿Dónde considerar la intervención, y porqué? ¿Cómo decir “eso no” o eso “tal vez”? ¿Cómo inspirar?

Lo que seguramente no corresponda es considerar la posibilidad de una “técnica”, difícilmente tenga sentido incluir esa noción en un taller de escritura, por lo demás, compartir lecturas y analizar en grupo un conjunto de textos bien podría significar una experiencia enriquecedora, se sabe que esas prácticas, entre poetas, son contadas, bienvenidos sean los casos donde se logren abrir ilimitados caminos a quienes han estado a solas con su alma, secretamente, anotando papelitos y libretas, haciendo bollitos de papel o leyendo en voz alta mientras la noche les pertenecía, esas vidas...

sábado, 3 de diciembre de 2011

La música invencible


Tengo un amigo que alguna vez hizo música, toca la batería (no sé en que tiempo emplear el verbo, ya que hace mucho que no sacude los parches), si bien en algún momento despuntó el vicio con un bombo legüero, lo suyo ha sido siempre el rock pesado. La primera vez que lo vi tocar me impresionó la transformación en el escenario, de ser lo que es, un filósofo tranquilo que se desenvuelve en un contexto de libros viejos, me encontré con un tipo fuera de sí, pegándole sin asco a todo aquello que pareciera temblar delante suyo, era “otro”, alguien que sacaba algo afuera, entendí que se completaba en ese momento, que también “eso” era el. Ahí no había filosofía, ahí había sudor y un sentido del ritmo y de lo visceral que desconocía. Esto fue hace unos años, una noche con sus estrellas, a metros de la Avenida Corrientes, desde donde no se ve el obelisco.

Generalmente alguien no olvida cuando comparte un recital, calculo que los músicos tampoco, el tema es cuando, por motivos que los exceden, no pueden seguir haciendo lo que hacían, porque todo tiene su tiempo y porque la vida pasa y quizás sea conveniente acompañar las incertidumbres mientras se hacen cargo de otras cosas.
Como dije al principio, mi amigo hace tiempo que no toca, se dedicó a discutir y analizar conceptos, y vive en una librería intentando encontrarse a sí mismo mientras corrige una y cien veces su primera obra de teatro, un interesante relato que intenta acercarse mentalmente a la locura de un combatiente de Malvinas. Cada vez que lo veo me recuerdo de niño inventando historias con papeles que parecían personajes míticos, desenvolviendo mi imaginación en un contexto de soledad creativa. De eso hace años, tal vez milenios…

A veces creo que si vuelve a los tambores terminará haciendo algo parecido a lo que hizo Reynols, si Alan Courtis, instrumentista de esa banda, grabó todo un disco con una guitarra sin cuerdas, mi amigo bien podría hacer lo mismo con los palillos, sin parches ni platillos, haciendo nacer sonidos, desmenuzarlos, reinventarlos, agotarlos, callarlos…un poco como el sentido de aquella carta del vidente que un adolescente Rimbaud escribió hace tiempo sobre la nueva poesía.

La música traspasa culturas sin que haya necesidad de comprender el contexto en el cual surgió el creativo destello, es como encender un fuego, un acto simple que puede generar un estado de comunión en el cual no hagan faltas palabras para comunicar algo, solo basta compartirlo.

Pensé en mis experimentaciones musicales, en su momento tuvo sentido, puntualmente lo abandoné. La vida se me iba en otra cosa. Ahora busco en la palabra alguna naturaleza, alguna abstracción.

Cuando me encuentre con mi amigo me gustaría preguntarle si quiere seguir viviendo aquel sueño, si se trató solamente de hilvanar un pasatiempo circunstancial , en el que era un simple pasajero de su propio viaje, porque tal vez no se haya planteado el esquema de esa encrucijada, y para eso a veces están los amigos, para ofrecer preguntas, para callar respuestas.

Nunca se sabe si todas estas cosas están a la vuelta de una esquina.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Punctum



Tremendo paradigma el de este poeta, un libro que dividió las aguas, merecedor de un premio (punctum) que vuelve a ser editado, provocando nuevas lecturas y en especial la idea de texto visionario que se adelantó un poco a su época (como Fogwill cuando escribió los “pichiciegos” sin tener información de lo que estaba ocurriendo en Malvinas). Leer ciertas entrevistas realizadas a Gambarotta me permitieron acercarme a otras ideas sobre el acto de creación literaria, soy de creer que todo lo que hace es a favor de la poesía, no pierde el tiempo escribiendo relatos en blogs, esquiva los medios de comunicación y cada tanto produce una obra inquietante. Si supiera que está por sacar un nuevo libro iría a la librería convencido de encontrarme con una obra diferente, seguramente interrogativa, de esas creaciones que no te van a tranquilizar y que probablemente terminen por cuestionar algunos conceptos relativos a la poesía.

Dice el autor de su criatura: Yo lo veo como un único texto. Un poema desarmable, en todo caso. Como dijo Damián Ríos, es como un artefacto. Y si es artefacto es objeto, y esa es la visión objetivista que me interesa. El texto concreto, como objeto. Se podrían hacer muchas reescrituras o rearmes de ese texto único, por otro lado. Y sería otro artefacto. Punctum es un objeto hecho con palabras.
Si Andrés Caicedo hubiera escrito variaciones de un único poema (tal como hizo Ungaretti), probablemente hubiera creado un artefacto similar al de Gambarotta.

Un poeta “de los 90”, que descree de esa etiqueta, incluso parece aborrecerla. Alguien que combinó la estética punk en la poesía, el relato suburbano y cierta idea de “realismo” buscando ver debajo de lo cotidiano.

Esas cosas que otros creen ver.

sábado, 19 de noviembre de 2011

El otro yo

Suelo tener presente una imagen cada vez que me voy a dormir, es recurrente. Me encuentro viajando a la costa por la ruta, de noche, porqué sé que a unos kilómetros, bajo la noche profunda, encontraré un parador donde poder tomar café y comer algo (conozco el sitio), luego ocurrirá lo de siempre, sentir que necesariamente la vida no es otra cosa que aquella circunstancia, el otro yo que espera en vano más allá del campo estrellado y la penumbra. Es entonces que trato de sacar algunas frazadas, correr los asientos para adelante, hacerme un lugar dentro del auto en la parte trasera, y dormir, dormir en una situación totalmente infrecuente, esperar los primeros albores rojizos de la mañana dentro del auto, luego bajar, estirar las piernas, llenar el termo de agua caliente, y salir a la ruta, hasta llegar al mar.

No hay noche que no piense en esto, y no sé porqué, no encuentro realmente un motivo, pero la sensación es que una parte de mi espera llegar y encontrar el día, y encontrarme...

Ayer fue diferente, me acosté tarde luego de dormir a mi hijo, y no pude conciliar el sueño hasta las 6 de la mañana, dejé a ese “otro” sentado dentro del auto, con las cuencas vacías, mirando la nada. Lo abandoné a su suerte, supe que no tenía propósito, que alguien dentro mío clamaba vivir el día, llegar a algún lugar, construir algo con mi mujer.
Lo dejé adentro del auto, a ese “yo” que habito todas las noches, no sea cosa que la vida se me pase de largo, y me encuentre deshaciendo ovillos mientras aquel cadáver se pudre en la espera de un momento y de una circunstancia.
“aquí” tengo un yo del cual quedan ciertos silencios, ciertas estructuras. En aquella ruta, esperan mis fantasmas, cumplir el día de enfrentar exiguos temores, ansiando dejarlo atrás, para que despierte en algún páramo del destino, ese yo por el que siento alguna culpa, alguna lástima, para que salga del auto, y se vaya a casa, que viva una vida, que no crea en mi, porque no es bueno tener retazos de un yo desvaído abandonado a su suerte, y que cada noche me acompañe mientras hago de cuenta que vivo mi vida.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Los barrios de la infancia


Hay barrios que dejaron de crecer, ingresaron en una especie de nebulosa tragándose los sueños de sus moradores, y desde esa cuadratura contemplaron un mundo que los dejó a la deriva, girando en derredor mientras las cosas pasaban en otro plano, bajo una realidad siempre ajena.

Los techos grises de esas casas persisten sin nostalgia ante alguna que otra mano de pintura, alguna que otra cicatriz. Los que vieron nacer ciertas cosas pudieron modificar apenas algunos componentes de su pequeño sistema, mientras nuevas generaciones jugaban con olvidados juguetes viejos, tratando evitar cruzar la calle como lo hacían sus padres, porque ahora la calle era una “avenida” y los colectivos y los autos hacían trizas la “hora de la siesta”. El contexto varió, pero no su esencia, su idiosincrasia, su sentido de pertenencia, de significado, porque algo tiene que significar todo eso, algún cobijo debería ofrecer a quien nostalgia lo ya ocurrido.

De alguna manera los ancianos se fueron yendo, otros dejaron la casa para sus hijos, que tuvieron la particularidad de haber agregado ladrillos con la espalda cansada de tanta incertidumbre, regando taciturnamente las mismas macetas agrietadas, tal vez las mismas plantas sin flores. Tiene algo de sentencia el asunto, con ciertas arquitecturas es realmente imposible modificar el espíritu, hay algo ahí que es inherente a un modo de construcción y a un modo de callar lo que se construye, y no hay manera de enmendarlo, de que entre luz o de que salga viento.

Lo cierto es que hay silencios que se acumulan, el tiempo le agrega capas de hollín y oxido a las paredes y los herrajes de los portones, los goznes de las puertas y las cerraduras desvencijadas. Es como la representación de lo abyecto. A los patios daría la impresión que una pátina borrosa les diera un tono que a la luz del sol pareciera un tipo de barniz o de miel, mientras se trata de hurgar en los recuerdos cuando fue la última vez que pasó un vendedor de escobas, cuando fue por última vez que se escuchó una cigarra, o que los niños se treparan a un árbol de moras en las veredas violetas de la infancia.

Hay barrios enteros que perdieron la capacidad de revisar su memoria, a pesar de que puede parecer tan fácil socavar el pasado y provocar algún gesto cálido, en el rostro arrugado de aquellos que simplemente esperan terminar su día, sin ningún tipo de pretensión o deseo.
Hay barrios enteros que simplemente ven pasar por sus veredas gentes desconocidas, visitantes, ocasionales transeúntes. Los árboles mudaron hacia el amarillo desde hace tiempo, resecos sus tallos y abnegados sus ramajes. Sorprende saber que dan sombra, que de alguna manera representan por su tamaño el paso de las generaciones, la cantidad de niños que se treparon con alegría. Difícilmente ese amarillo se pueda conseguir en una pinturería.
Mientras tanto, detrás de las paredes parece que la vida prosigue, una telenovela encendida a la tarde, el olor del café en una ventana, el patio recién baldeado, la vecina que barre el pasado, los pájaros que danzan entre el polvo y las migas de pan.

Y esto que siempre será horizontal a pesar de los herrumbrados sueños verticales.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Sobre fuegos y fulgores

A veces sucede.
Una película que representa, en un momento dado, la periferia de un contexto, mediante la utilización de un personaje que termina siendo conceptual por las circunstancias, y aún con débiles argumentos, logra hundir un puñal en el corazón adolescente, arrastrando legiones de seguidores a pesar del paso del tiempo (ya pasaron 17 años del estreno de "el cuervo" y aún suscita controversia entre críticos y seguidores).
Ayer la vi nuevamente, sin tener razones concretas, volviendo sobre la extraña muerte de Brandon Lee (que tanto permite asociar la desaparición de Heath Ledger en Batman).
Suelo creer que algunas escenas son esencialmente cinematográficas, logran perpetuarse en el imaginario colectivo a fuerza de provocar un grado de pertenencia cuyas razones resultan complicadas de entender. Bajo este punto es imposible no recordar el rostro pálido de Eric Dreven tras los cristales rotos y la omnipresente música de The Cure, mientras la cámara se va alejando entre una atmósfera de gárgolas y claustros oscuros. Probablemente se trate de un mérito que explique su incidencia, como también haber representado desde el movimiento gótico y dark el clima opresivo del film (por aquel entonces en una curva ascendente). Estas piezas son extrañas, para muchos críticos se trata de una película sobrevalorada, y no se sabe hasta qué punto se puede circunscribir el éxito de la película (o su recuerdo), a la misteriosa muerte de su protagonista.
Hay citas de Milton y Poe, pero resultan inconsistentes para el marco de la historia.

Me ha pasado con algunos libros de poesía lo sucedido con esta película. Poetas que representan un contexto, pero que quedan atados al mismo, y con el tiempo generan una suerte de veneración entre los lectores, quienes suelen recrear el impacto lejano, provocando nuevas lecturas, mientras cierta crítica insiste en desacreditarlos, reduciendo su valorización al contexto de la época.
Poetas que escribieron algunos versos realmente buenos, y se perdieron en ellos, provocando disparadores tardíos en el análisis de aquellos textos.
Poetas que abandonaron su obra, y comieron de sus mendrugos, conservando cierto misterio, mientras el tiempo se convirtió en un testigo ausente.

Como la película, sus versos se leen de tanto en tanto en algunos sitios web, y recurrentemente algún noctámbulo visita el espacio, y arrastra consigo la poesía, la que ardió en aquel momento, como los fuegos de la noche de brujas, oscuramente arrojados por la pantalla, desde un cine cualquiera de los 90’.

domingo, 30 de octubre de 2011

Sobre la crítica de poesía entre poetas

Me interesa este enfoque (voy a volver sobre el mismo en otra oportunidad), no puedo decir si ha dejado de ser frecuente, pero no escucho hace tiempo de poetas que se junten para la lectura crítica de sus poemas. Fabian Casas rememora el hecho de cuando formó parte de la mítica revista de poesía 18 Whiskies (aquel “record” de Dylan Thomas), diciendo que en aquellos encuentros no había nada personal en la crítica dura de los versos, se trataba de un trabajo a favor de la poesía. Casas cita a García Helder como uno de sus maestros: un tipo que no te enviaba a cazar osos con una escopeta sin balas, una práctica que trasciende la literatura. Hubo otros que se tomaron el tiempo de analizar la poesía ajena, Juan Gelman, José Luis Mangieri (su mítica casa de Floresta fue muy frecuentada por jóvenes escritores), Leonidas Lamborguini, Joaquín Guiannuzzi y Rodolfo Alonso entre otros.
En este punto me interesan los aparatos críticos que se pueden generar en torno a la obra de un escritor. Recuerdo hace años que teníamos esa práctica con algunos poetas, alguna vez nos juntamos en el bar “La academia” en Capital, una vieja pizzería con billares al fondo donde los parroquianos suelen apurar una ginebra mientras ven pasar las cosas. No sé porqué esa noche la recuerdo en detalles, como si hubieran sido varios los encuentros y se pudieran condensar en cuatro o cinco horas de conversación, tal vez así haya sido, porque no deja de sorprenderme que tanta intensidad pueda “caber” en una noche donde la poesía era el eje y sentido de toda ocurrencia, de toda idea o reflexión. Ciertamente pensaba dar los nombres pero prefiero preservar sus historias de vida, de algún modo también incide en todo esto la idea o certidumbre de estar acercándome lentamente a una curva donde no quiero proseguir con un pasamontañas. Aquella noche estuvo un legendario poeta de los suburbios, algo así como una leyenda urbana, luego había un hombre que parecía anciano cuyo nombre no recuerdo, un muchacho que parecía joven cuyo nombre tampoco recuerdo (y que recitó sus versos en voz alta, haciendo callar a los jubilados que gritaban su juego de cartas en la mesa cercana), una mujer de versos flamígeros y yo, sentado en el medio de una mesa rectangular, leyendo y escuchando, aportando desde mi comprensión lo que me sugería cada lectura, cada verso de cada poeta. La noche se hizo larga pero eso no importó, recuerdo que todos tenían un registro similar a la poesía de Zelarayán, que en ese momento no conocía, salvo los textos de la mujer, cuyos versos eran como fluctuaciones candentes de un volcán, arrojando imágenes con la violencia de lo oculto, mientras buscaba comprensión de nuestra parte, o al menos eso dejaba intuir su mirada luego de detenerse en la lectura, recuerdo que las críticas eran directas, sobre todo las del poeta legendario, que cuando la poetisa se fue al baño aprovechó para leernos un poema que hubiera sido aplaudido por Oliverio Girondo, pero no apto para mujeres. Ese poema está en un papel y vaya a saberse si este artista lo publicó.

Después nos perdimos en la noche, pasamos por un lugar donde había algunos japoneses parecidos a la película Babel (la mirada es anacrónica, la película no existía entonces) cantando un cumpleaños o algo parecido a pesar de la ginebra con coca y la caminata impar, nos sumamos al coro de cumpleaños con cierta empatía, compartimos unos tragos sin cruzar palabras, y partimos esquivando los vahos de las alcantarillas para que la calle Corrientes nos terminara envolviendo en las mesas de las librerías, insólita y gratamente abiertas a esas horas de la madrugada, leyendo algún poema al azar, comprando algún libro y creyendo que esas cosas quedarían para siempre.

Cinco poetas caminando juntos bajo la noche urbana, con el obelisco de fondo.
Vaya cosa.

domingo, 23 de octubre de 2011

Los poetas que no publican


Hay poetas que desde un principio se apartaron de los circuitos de publicación, prefiriendo un silencio que habitaron con palabras tardías, cercano al poema que hurgaron transitar. Muchos han dejado una obra inédita, escritores contemporáneos que escribieron el cuerpo de un par de libros de poesía y sin embargo, por diversos motivos que tal vez los excedieron, eligieron la ausencia y la distancia.
Hay quienes se dispersaron fatalmente luego de encontrarse con un libro revelador, que les hizo dudar acerca del aporte que podían hacer para la literatura, y siguen en algún abrevadero intentando resolver ese misterio.
Hay quienes hicieron de sus fulgurantes relatos oscuras pinturas autobiográficas, como hizo Pollock con sus cuadros, atesoraron esas evidencias y siguieron su rumbo fuera de la poesía impresa. Pareciera que nunca fuera posible la versión definitiva, y a la manera de un Ungaretti, destinan su tiempo a realizar variaciones de un único poema, absortos y callados en una obra que siempre prometieron a sus semejantes y sin embargo nunca cumplieron.
Hay quienes aportaron fragmentos de su yo más profundo, compartieron alguna feria y continuaron su vuelta a casa (yo recuerdo una en el barrio de la Boca, había que “colgar” los poemas con broches, en una cuerda tensada entre dos árboles, los “lectores” pasaban y si les gustaba el poema lo sacaban y se lo llevaban), pero siempre prevalecía la idea (o se imponía por el contexto y las circunstancias) de experimentar acercamientos a la poesía lejos del ámbito editorial, realizando construcciones marginales para percibir tal vez si lo escrito seguía teniendo algún sentido, algún impacto, o simplemente irrumpía la idea de compartir entre poetas la lectura y crítica de poemas, algo que de algún modo últimamente se fue perdiendo.
Alguna vez estuve en el mar escribiendo poemas, tuve un libro que publiqué prácticamente sin correcciones. Aislado de todo desenvolvimiento social, las escrituras concebidas -similares en su concepción a los “poemas ocultos” de Jim Morrison- significaron una suerte de viaje estático hacia una nada frondosa que apenas comprendía.
Al poeta rionegrino Alberto Fritz le pasó algo similar, escribió el esbozo de un libro en tres días, y después de un tiempo lo publicó casi sin correcciones, experimentando lo musical y lo espontáneo. El proceso de creación le permitió acercarse a un aprendizaje que en cierto modo debería reflejar la poesía: nunca la voz por encima del poema.
Esas cosas suelen ser reveladoras.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Algo que nace


Un día como hoy, en el que algo nace, debería ser motivo para soslayar los márgenes de un plano, imbricar toda disyuntiva, todo rasgo de creación, toda incertidumbre.
¿Qué es el yo cuando un seudónimo arroja su invertebrada construcción a un océano de palabras?
¿Qué hay detrás de la palabra?

En la orilla blanca de algo que se anhela, cruzan los poemas enhebrando un devenir, y entonces ocurre, el devenir de lo que ocurre, aquello que de vez en cuando devano sin suerte para explicar algo que apenas comprendo y que sin embargo me pertenece.

Y entre nosotros, está bien que así sea.

sábado, 15 de octubre de 2011

Las construcciones de este blog


Todo es precario en este blog.
Todo es efímero.
Hablo de la construcción de ideas.
No hay tiempo. Los espacios críticos se crean desde la fragmentación, aproximando disyuntivas mediante fugaces dicotomías. Las lecturas son esporádicas, aunque vertiginosas, siempre intensas. Las reflexiones intentan colmar un estado de tensión, situación que en sí misma supone todo abordaje, en ocasiones ofrecido desde subjetivas periferias, de obras nacidas en un relámpago, y decodificadas con cierta desventura en una bitácora tardía.
Siempre llego después a un tema aciago, probablemente deshabitado, intentando una perpetuación del cisma, una luz hiriente. Luego lo devano, agregando notas marginales de modo arborescente.
Entonces escribo y es esto, meros embelecos ansiando hilar los pormenores de una hilatura, escribir sobre la escritura, hablar de lo creado.

Así construyo, pero no me basta.

Accionar, tal vez sea la palabra recurrente cuando hilvano el ejercicio de pensar, y entonces pienso que en este punto algunos poetas exponen lo no creado, son escritores pero el blog los representa, con el tiempo son absorbidos por la obligada aportación original, que nunca cesa, finalmente el espacio se torna una extensión de sí mismos, siguen teniendo un nombre mientras lejanos y cómplices lectores aguardan el libro que les devolverá el significado de un consuelo, porque ellos también necesitan construir desde la lectura, y si bien los blogs aportan versos, son los libros los que permiten favorecer construcciones.
Así también ciertas bitácoras simulan un diálogo desde vericuetos artificiales, suponiendo una relación y una participación que busca desechar el carácter estático de lo propuesto, ansiando dinamizar mediante diagramas mentales el entramado del mundo exterior.

Por otra parte, hay seres que en el mundo del arte poseen el don de la invisibilidad, y se mantienen incólumes fuera de todo círculo espejado, pudiendo trabajar sin distracciones, y sin la necesidad de articular los resortes de un coro siempre disponible para la aprobación. No es nuevo, y por otro lado se perdió el sentido crítico de la lectura de poemas. Me ha pasado compartir esto, y lo extraño.

En una película alguien se preguntaba por el peso del alma ¿cuánto pesa una idea en una bitácora virtual? ¿cómo se mide esto? Incluso me lleva a pensar cómo será, en entornos digitales, la noción de desecho. Paulatinamente decrece, en el arco del tiempo, la curvatura del pensamiento colectivo. La construcción queda registrada para que otros las desmenucen, refuten o complementen.
Los manuscritos se pierden o se rompen o se queman, los sitios web desaparecen, y es todo.
Tal vez se trate de una selva demasiado frondosa como para advertir la mirada de un sapo segundos antes de tragarse una libélula.

sábado, 8 de octubre de 2011

Metáforas de un premio Nobel

Cansado de todos los que llegan con palabras, palabras, pero no lenguaje...
De “La plaza Salvaje”,1991.

Una obra que trata "sobre el momento en que la niebla se disipa, cuando por un breve momento se rompe la cotidianeidad". Las palabras van destinadas al poeta sueco Tomas Tranströmer, reciente premio Nobel.
Es motivador leerlo, el hombre anda por los 80 años y ya no escribe, desde 2004 se dedica a escuchar música clásica. Lo consideran un gran creador de imágenes que ha hecho del uso de la metáfora uno de los rasgos más característicos de su poesía. Es alguien reconocido internacionalmente pero aquí apenas se lo conoce, lo poco que leí me hizo acordar a los poemas diáfanos de Clarisse Nikoïdski que Juan Gelman citó en su dibaxu, como si por un momento lo leído reflejara la calma de un estanque de agua quieta bajo el sol, y sin embargo esos poemas parecen nacidos de la bruma, asombrándose de las pequeñas cosas.

En un estudio sobre tendencias en la literatura nórdica, el catedrático Thomas Bredsdorff se preguntó si en verdad existe una “literatura nórdica”, por lo cual comprobó que de ninguna manera se podía reducir la noción de “nordismo” –como característica étnica– a un oscuro cruce entre la angustia de Kierkegaard, la melancolía de Bergman, fresas salvajes y rubias de “Playboy”. El autor reconoce que, al leer poesía nórdica, todas estas inútiles imágenes se desvanecen en el aire.
Pero he aquí que en dicho estudio Bredsdorff registró en muchos poetas el tratamiento sobre la muerte. Analizando algunos poemas descubrió algunas características muy particulares en los poetas suecos, finlandeses, noruegos, islandeses y daneses, un cierto tono sobre lo cotidiano, ondulado suavemente a través de los versos y una ausencia de la noción de “persona” en cada escritura (el “yo” que aparece en el poema apenas se distingue del “yo” que lo escribe).
No me sorprendió entonces encontrar en este breve ensayo una mención a la poesía de Tranströmer, citando estos versos:

Y la paz puede llegar como unas gotas, quizá de noche
Cuando nada sospechamos
O como cuando estamos conectados al gota a gota de una cama de hospital...

El catedrático de la Universidad de Copenhague sostiene que se trata de un poema descriptivo que retrata una pila bautismal del siglo XII en una iglesia de la isla de Gotland (las pilas bautismales son recipientes utilizados en las catacumbas de las iglesias para contener el agua en el sacramento del bautismo). La descripción lírica se basa en el contraste entre las escenas bélicas labradas en el exterior de la piedra y la paz que descansa en el agua bendita, invisible, del interior eclesiástico. El poeta busca plasmar la contraposición entre la violencia labrada del mundo exterior y la serenidad del interior de la pila bautismal. La muerte apacible de un ser querido en una cama de hospital, gota a gota a través de un tubo destinado a ser mudo testigo de la escena inevitable, sea tal vez un buen ejemplo para hacer una referencia directa al agua bendita del recipiente sagrado. Imposible abordar el poema asumiendo un tono “nórdico” en el mismo, la ignorancia sobre tales literaturas abruman, pero algo es cierto, y Bredsdorff se encarga de aclararlo: hay mucha buena poesía en la Europa del norte.

Tomas Tranströmer llegó a decir que “un poema no es otra cosa que un sueño en la vigilia".
Eso parece ser lo que escribe. Me alegra saber que algún día tendremos alguna traducción en alguna librería. Va a ser un placer leerlo.
Nada mejor, para terminar, que un poema relativo a estas disquisiciones:

Postales negras

La agenda llena, futuro desconocido.
El cable canturrea la canción popular sin patria.
Nieve sobre el mar inmóvil como plomo. Luchan
sombras en el muelle.
En mitad de la vida sucede que llega la muerte
a tomarle medidas a la persona.
Esta visita
se olvida y la vida continúa.
Pero el traje va siendo cosido en silencio.

sábado, 1 de octubre de 2011

Sobre la traducción de lo creado


Un poeta argentino, Carlos Mastronardi, supo percibir hace un tiempo, de un modo indeleble, una verdad irrebatible: “Todo es traducible, excepto el lenguaje.” Otro gran poeta, Rodolfo Alonso, aseveraba lo siguiente: “No usamos el lenguaje. Somos lenguaje”.

La oralidad, recogida en soportes documentarios, fue preservando expresiones arcanas, resguardando matices de un mundo que ya no existía, construyendo nuevos planos de interpretación, desarrollando ideas emergentes, marginales y fragmentarias. Todo eso que supone una cultura dinámica ¿cómo es posible de traducir aún respetando el contexto?
Y yendo un poco más lejos en la cuestión ¿cómo traducir una mola, aquellos tejidos multicolores de la cultura Kuna? Aquí se sabe que cada color, cada textura, comunica una información que tiene honda relación con la cosmovisión de la cultura. En esos telares se encuentra representado un conocimiento oral que ha sobrevivido por siglos, en donde las autoridades de pueblos originarios -que hoy habitan parte de los territorios de Panamá y Colombia- han sabido simbolizar la idea de laberinto que supone la creación del mundo, en relación con el hombre, la vegetación y variados elementos de flora y fauna.
Las molas son las hojas de un libro de memorias de la cultura Kuna, que los propios indígenas pueden leer, interpretar y compartir, más no podemos dejar de lamentar la imposibilidad de traducir, en toda su riqueza de contenido simbólico, lo que cada trazo y cada color realmente significan. Solo un anciano bilingüe podría acercar una aproximación, en forma endógena, del documento genuino, con lo cual debemos considerar una coexistencia de las ideas, una apertura hacia el otro, un modo aún precario de tender un puente que semeje una interrelación y una comprensión de lo creado.

En ocasiones, ocurre que con los textos escritos nos acercamos a la interpretación de una interpretación, salvo que la fuerza narrativa del autor pueda resistir los embates del tiempo, y las eventuales traducciones. En todo caso, apreciaremos la envoltura de la idea, su cáscara.

Me ha pasado una vez, leer una traducción del francés al castellano de un libro de Oscar Wilde, que como se sabe escribió en lengua inglesa. Obra mutilada, era como intentar arreglar un delicado jardín con un hacha oxidada.
Leer sin intermediarios, probablemente sea la conveniente tarea. Mientras tanto, tendremos inquietudes que soslayar con aquellos autores lejanos a nuestros entendimientos, frustrándonos de tanto en tanto, o encogiéndonos de hombros mientras revisamos libros viejos que sin embargo llevaremos a nuestra casa y leeremos con algo de tristeza.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Lo que no se sabe

En 1948, en Salta,
fuimos de noche a cazar vizcachas y ranas,
y la conversación se apagó con el fuego del asado,
abrumados como estábamos por el cielo negro
y estrellado.
Nerviosamente encendíamos y apagábamos las linternas
hasta quedarnos sin pilas.
Tampoco puedo explicarme por qué sueño con pilas de linternas,
con pilas para radios a transistores.
Ni por qué sueño con lamparitas de luz,
delicadamente guardadas en sus cajas respectivas.
Ni por qué me sorprendo mirando el filamento roto
de una lamparita quemada...

De “La gran Salina”, Ricardo Zelarayán

El asunto es simple, estaba divagando en algo parecido a una rutina, hasta que me encontré con un poema que hace tiempo había entrevisto, esta vez lo leí, y me detuve.
El poema es extenso pero eso no importa, trasciende la idea del tiempo en el relato, como si los hechos fueran contados en un jardín intemporal, bajo un árbol de manzanas, preguntando porqué no podemos explicarnos todo, y que sin-sentido sería poder explicarnos todo. Y “todo” lo que es esto, sucede en la Gran Salina, habla de algo que está ahí, de algo que no se sabe, y que forma parte de la vida del poeta. Mudo asombro de las cosas, inevitable perplejidad de aquello que es en tanto circunstancia, mientras pasa o se detiene, porque la vida misma pasa o se detiene, porque la Gran Salina está ahí y a la vez no está, porque abruma no saber que hace ahí, o tal vez se sabe y eso solo apesadumbra, y no se puede hacer nada con eso, ni siquiera duele.

Lo que intuyo que puede ocurrir con la lectura del poema es descubrir que lo que dicen sus versos, en algún punto, en algún momento o circunstancia, nos sucedió. No importa dilucidar qué.
Otra cosa que sentí con este poema, es darme cuenta de la enorme influencia que proyectó Zelarayán en la poesía argentina “de los 90”, se encuentra allí, indeleble, en cada verso, en cada palabra, a la vuelta de cada esquina.

Porque en realidad, tal como lo dice el poeta, no se sabe nada, de lo que es mientras somos,
junto a lo que ya se sabe
Y no se sabe.

Aquí, el poema.

La Gran Salina
La locomotora ilumina la sal inmensa,
los bloques de sal de los costados,
los yuyos mezclados con sal que crecen entre las vías.
Yo vacilo....
y callo....
porque estoy pensando en los trenes de carga
que pasan de noche por la Gran Salina.
La palabra misterio hay que aplastarla
como se aplasta una pulga,
entre los dos pulgares.
La palabra misterio ya no explica nada.
(El misterio es nada y la nada no se explica por sí misma.)
Habría que reemplazar la palabra misterio
(al menos por hoy, al menos por este "poema" )
por lo que yo siento cuando pienso en los trenes de carga
que pasan de noche por la Gran Salina.
La pera trepida en el plato.
La miel se desespera en el frasco cerrado,
para desesperación de las moscas que le acechan posadas al vidrio.
Pero yo no me explico
y hasta ahora nadie ha podido explicarme
por qué me sorprendo pensando
en la Gran Salina.
El hombre de chaleco del salón comedor
se ha quitado los anteojos.
Los anteojos trepidan sobre el mantel de la mesa tendida.
Todo trepida,
todo se estremece,
en el tren que pasa a mediodía por la Gran Salina.
Yo me he sorprendido mirando
la sombra del avión que pasa por la Gran Salina.
Pero eso no explica nada.
Es como una gota que se evapora enseguida.
Hay que distraerse, dicen.
Hay que distraerse mirando y recordando
para tapar el sueño
de la Gran Salina.
Un piano colgado como una araña del hilo
se ha detenido entre los pisos doce y trece...
Un camión pasa cargado de ventiladores de pie
que mueven alegremente sus hélices.
En 1948, en Salta,
fuimos de noche a cazar vizcachas y ranas,
y la conversación se apagó con el fuego del asado,
abrumados como estábamos por el cielo negro
y estrellado.
Nerviosamente encendíamos y apagábamos las linternas
hasta quedarnos sin pilas.
Tampoco puedo explicarme por qué sueño con pilas de linternas,
con pilas para radios a transistores.
Ni por qué sueño con lamparitas de luz,
delicadamente guardadas en sus cajas respectivas.
Ni por qué me sorprendo mirando el filamento roto
de una lamparita quemada.
Nunca he visto...
nunca he podido imaginarme
la lluvia cayendo sobre la Gran Salina.
Yo no tengo objetivos pero me gusta objetivar.
Desde chico intenté cortar una gota de agua en dos
(con una tijera).
Aún hoy intento,
apartando las cosas de la mesa
o ahuyentando amigos,
imitar, imaginarme, la lluvia sobre la Gran Salina.
Tomo una plancha caliente y le salpico gotas de agua.
Pero aunque pueda imaginarme todo,
nunca podré imaginarme
el olor a salina mojada.
Anoche llegué a mi casa a las tres de la mañana.
En la oscuridad, tropecé con un mueble...
y allí nomás me quedé pensando
en lo que no quería pensar...
en lo que creía bien olvidado!
Pero en realidad me estaba escapando
del sueño estremecedor de la Gran Salina.
Y ahora me interrogo a mí mismo
como si estuviera preso y declarara:
"La Gran Salina o Salina Grande
está situada al norte de Córdoba,
cerca (o dentro, no recuerdo)
del límite con Santiago del Estero."
Estoy mirando el mapa...
pero esto no explica nada.
La caja de fósforos queda vacía
a las cuatro de la mañana
y yo me palpo a mí mismo, desesperado,
con el cigarrillo en la boca...
Habría que inventar el fuego, pensarían algunos.
Yo en cambio pienso en los reflejos del tren
que pasa de noche junto al río Salado.
No puedo dormir cuando viajando de noche
sé que tengo a mi derecha
el río Salado.
Paro aún así sigo escapando del gran misterio...
del misterio de la sal inagotable de la Gran Salina.
Recuerdo cuando arrojábamos impunemente naranjas chupadas
al espejo ciejo y enceguecedor de la Gran Salina.
A la siesta, cuando la resolana enceguece más que el sol.
Esperábamos llegar a Tucumán a las siete
y a las dos de la tarde tuvimos que cambiar una rueda
junto a la Gran Salina.
Un diario volaba por el aire...
el sol calcinaba las arrugadas noticias del mundo
del diario que caía sobre la Gran Salina.
Y vi pasar varios trenes
y hasta un jet...
Los pasajeros de los Caravelle
o de los Bac One-Eleven,
no saben que esa mancha azulada,
que a lo mejor están viendo en este mismo momento,
desde ocho mil metros de altura,
esa mancha azulada que permanece durante escasos minutos,
es la Gran Salina,
la Salina Grande.
Pero el jet anda muy alto.
La Gran Salina no conoce su sombra que pasa.
Los pasajeros del jet duermen...
se sienten muy seguros.
En el jet no hay paracaídas.
Los jets no caen. Explotan.
Hace unos años,
un avión que no era un jet volaba, creo, sobre Santa Fe.
De pronto se abrió una puerta
y una camarera tuvo que obedecer calladita
a las sagradas leyes de la física,
y demostrar su inequívoco apego a la ley de la gravedad.
Una ley dura como las piedras metidas en la boca de Demóstenes
que, según dicen, hablaba mucho.
Aquí hay que hacer un minuto de silencio.
Primero, por la dócil camarera sin cama del avión.
Después, por las palabras muertas,
muertas por no decir nada...
misterio, por ejemplo,
que sirve para no explicar lo inexplicable,
lo que yo siento cuando pienso en la Gran Salina,
lo que traté de no pensar un día que caminaba por la Gran Salina
tratando de distraerme y de no pensar dónde estaba,
escuchando una canción de Leo Dan
que pasaba LV12 Radio Aconquija
y el Concierto en sol de Ravel por la filial de Radio Nacional.
¿Qué pensaría Ravel, el finado,
si caminara como yo en ese momento
por la Gran Salina.
Ravel, púdico sentimental,
te imagino tocando el piano que hoy vi colgado
entre el piso 12 y el piso 13.
Sí, pobre Ravel de 1932
con un tumor en la cabeza que ya no lo dejaba componer.
Ravel tocando solo,
de noche (pero eso sí, absolutamente solo)
los "Valses nobles y sentimentales" en medio de la Gran Salina.
Estoy seguro que se hubiera interrumpido
al escuchar el silbato lejano de la locomotora,
para ver el haz de luz a la distancia
y la penumbra sobre la Gran Salina.
Días pasados fui al Hospital.
Hace años yo andaba por allí,
despreocupado y con mi guardapolvo blanco.
Pero ahora, de simple paciente,
sentí el ruidito angustioso
!Trank!
de la máquina de sacar radiografías.
!Y que pase otro! gritó el enfermero.
Pero el otro no podrá explicarme
por qué tengo sed,
por qué voy detrás del agua cautiva de la botella
y de la sal capturada en el salero,
yo, tan luego yo,
capturado en el sueño de la Gran Salina.
Un amigo, alto funcionario estatal,
me ofreció su pase libre para viajar por todo el país.
Total, me dijo, es un pase innominado,
cualquiera lo puede usar...
si se lo presto.
El pase sin nombre me deslumbró
como la marca de la cubierta que leí y releí
cuando cambiábamos la rueda junto a la Gran Salina.
Pero después pensé en Tucumán
(mi segunda provincia)
y en las vértebras azules del Aconquija
horadando las nubes blancas.
Ahora me entero que mi amigo,
el del pase sin nombre,
se separó de la mujer.
Aquí me callo...
Pero el silencio me hace pensar ahora
en lo que no quise pensar cuando miré el pase sin nombre que me ofrecían,
en lo que dejé de pensar hace un momento...
cuando vi pasar el ascensor con una mujer silenciosa
que no me quiso llevar.
Olvidemos el ascensor perdido
y pensemos de nuevo, de frente, en la sal
(cloruro de sodio)
y en el misterio...
Pero como nada es misterio
hagamos una traducción de apuro:
miss Terio
o miss Tedio
o chica rodeada de teros asustados
o algo por el estilo.
Pero no hay distracción que valga.
El ayudante de cocina del vagón comedor
se rasca la cabeza de tanto en tanto
pero sigue pelando papas sin distraerse
en el tren que se acerca a la Gran Salina.
Y el ascensor perdido con la mujer silenciosa
sigue recorriendo kilómetros entre la planta baja
y el piso quince.
El sastre de enfrente que ya comió
se asoma a tomar aire con el metro colgado en el cuello.
Yo pienso en comer, como se ve...
Son exactamente las 14 horas, 8 minutos, 30 segundos.
Y también, no sé por qué,
pienso en el acorazado de bolsillo Graf Spee
que en los comienzos de la última guerra
se suicidó antes que su capitán
frente a Punta del Este.
El Graf Spee yace a treinta metros de profundidad.
Ya nadie se acuerda de él.
Ni siquiera los hombres-rana
que bajaron a explorar sus entrañas.
Pero hasta los hombre-rana
salen a comer a mediodía.
Y a veces, para comer,
sólo se quitan las antiparras y los tubos de oxígeno.
Todavía hay gente que se asombra viendo comer a esos hombres...
con patas de rana.
Los hombres-rana reclaman al mozo la sal que se olvidó!
Dale!... Dale!
Hoy almuerzo con amigos
(si es que no se fueron).
Miraré de costado la sal y pediré pimienta en vez,
porque tengo miedo de quedarme callado,
ya se sabe por qué.
No quiero quedarme callado
ni distraerme,
ya se sabe por qué.
En realidad no se sabe nada
del sueño de la pilas,
de la lluvia sobre la sal,
de la chica del ascensor,
del sastre asomado con el metro colgado
o del tren que pasa de noche indiferente
junto a lo que ya se sabe
y no se sabe.

....................................................


Hace años creía
que "después del almuerzo es otra cosa"...
es decir que las cosas son otras
después del almuerzo.
Este poema (llamémoslo así),
partido en dos por el almuerzo
y reanudado después, me contradice.
No comí postre.
!Siento la boca salada!
Pero no voy a insistir.
El domingo pasado,
en casa de un amigo poeta,
conocí a un chileno novelista e izquierdista
que se fue a Pekín y que, posiblemente,
no vuelva a ver en mi vida.
Tímidamente, entre cinco porteños y un chileno izquierdista,
metí una frase de Lautréamont
que como buen franchute es uruguayo
y si es uruguayo es entrerriano.
Una frase (salada) para terminar (o interrumpir) este poema:
"Toda el agua del mar no bastaría para lavar una
mancha de sangre intelectual"

sábado, 17 de septiembre de 2011

Sobre la evidencia como hecho poético


"Hay ambigüedades que forman parte del lenguaje porque también forman, me animaría a creer, parte indisoluble de nuestra condición humana. Y de esa ambigüedad, para mi gusto prácticamente orgánica, raigal, constitutiva, que bien puede considerarse de algún modo una carencia, hace la poesía no obstante su cantera. De esa incapacidad del lenguaje humano para decirlo todo claramente, que tanto inquietó en nuestra época a un Ludwig Wittgenstein («Si el signo y lo designado no fueran idénticos en lo tocante a su pleno contenido lógico, entonces debería haber algo todavía más fundamental que la lógica»), la poesía intenta extraer justamente su capacidad para decirlo todo".
Rodolfo Alonso

Me parece interesante este acercamiento del autor, incluyendo la cita que permite entender la idea que entre el signo y lo designado hay una imposibilidad, una escasez, una hendidura, entonces debería ir algo que va más allá de la lógica, y eso sería la poesía. Con lo que se podría reducir que la poesía trata de cubrir la carencia del lenguaje con aquello que “ve”, con el hecho concreto de la evidencia en tanto poema, en tanto relámpago fijado en un conjunto de palabras.
Ante la perplejidad de lo creado, el poeta desbroza lo aparente, allí ocurre algo, luego, con el tiempo, la idea adquiere un plano, de algún modo, finaliza en sí mismo. Detrás del acto quedan vestigios de una imbricación, un devenir encontrando significado, si tal cosa es posible.

Podría divagar un poco más, ir hacia los recursos o licencias que el poeta se permite, mientras se deja llevar por lo que ocurre, para descubrir su propia meseta, su propia isla, su propio desierto. Esto puede darse en tiempos diferentes, en ocasiones retomando ciertos versos que fueron corregidos o incluso en aquellas escrituras automáticas que poco advierten de las reglas que sin embargo están implícitas en el poema, como cuando escribimos en verso alejandrino sin saberlo o descubrimos azorados que en todo este tiempo no hicimos otra cosa que hablar en prosa. En este caso me quiero acercar a quienes utilizan el recurso de la enumeración en el poema, palabras consecuentes que reiteradas en su conjunto, refuerzan el sentido del verso, su necesaria prolongación. Todo esto, que puede ser riesgoso, tiene su sentido.
Se describe sobre una realidad aparente, luego, como si fuera un hemistiquio, la irrupción de un elemento fantástico, surrealista o ilusorio, modifica el sentido lineal del poema, hay palabras que tal vez no tengan etimología para acompañar ese tono, pero que en su musicalidad encierran cierta belleza que se corresponde con la idea del poema, su invisible plano interior.
La utilización de ese recurso parece agotar en sí mismo la presunta idea de que el poeta no encuentra modo de finalizar una suerte de recorrido sin aparente rumbo, y sin embargo esa reiteración (no de palabras sino de sentido) refuerza el tono del que viaja hacia otro horizonte con el riesgo probablemente asumido de abandonar aquella ida por mera elección.

Como aquellas películas con finales abiertos donde solo quedan rostros que presagian lo no ocurrido, y sin embargo se trata, en ambos casos, de invisibles puntos suspensivos.

Y un poema que se lee hasta que se descubre que ya no quedan palabras.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Un blog de poesía...


¿Qué es un blog de poesía?
¿Qué representa?
Hay poetas que escriben en estos espacios para “despuntar el vicio”, en ocasiones comparten textos que jamás incluirán en sus libros, ejercen el derecho a la opinión en tanto ciudadanos, realizando atravesamientos en planos políticos, sociales y culturales, ofreciendo respuestas desde el contexto de la literatura. Los hay quienes aprovechan las cualidades de este tipo de plataforma para difundir pensamientos, publicaciones, documentos audiovisuales que los tuvieron como eje de interés en un determinado acontecimiento. Escriben, opinan, ensayan aparatos críticos y forman una especie de catálogo literario que solo será consumido en forma virtual, con contenidos digitales que vaya a saberse si alguna vez terminan en soportes impresos.
De tanto en tanto asocian una construcción citando artículos de otras bitácoras, de tanto en tanto se dejan ver, tienen un rostro, y comulgan entre acólitos sus desventuras cotidianas.
Otros prefieren arrojar sus versos, escritos desde nocturnas computadoras en lugares sin identidad, simulando una ficción, una pertenencia hacia algo que va más allá de toda comprensión.
Es extraño el consuelo que supone escribir para alguien que del “otro lado” semeja la invisible actitud de un visitante. La distancia deja de medirse, y sorprende que un lector se tome un tiempo para tratar de entender estas falsas verdades. 

Alguien que escribe versos, alguien que los lee. Alguien que de algún modo comprende que el todo está en la parte y la parte está en el todo.

No deja de parecerme una misteriosa construcción.

sábado, 3 de septiembre de 2011

Lo que está dentro del sistema


Sabemos que es un sistema binario, qué representa, qué traduce. Trasladar a otros campos su ilimitado alcance prefigura posibilidades inauditas. Sin embargo pienso lo que significaría intentar analizar una ecuación que representa el entramado o arquitectura de un sistema, al cual no podemos acceder por nuestros sentidos. Necesitamos artefactos que nos permitan simbolizar esquemas, dilucidar sus componentes, trazar límites. Detrás de lo desconocido hay ecuaciones que permiten diagramar componentes de una realidad, como las imágenes del pensamiento que instalan un plano al intentar crear un concepto. Se puede decir que existe una interrelación de la que nada sabemos, que habilita o facilita la construcción de nodos que a su vez permitirán encriptaciones (eventuales posicionamientos), bajo la idea de una fórmula.
 
Así nacen sistemas, poblados de algoritmos, que instalan respuestas artificiales, simulando representar la realidad. Así nacen pensamientos, articulados indefinidamente, que arrojan verdades como relámpagos, semejando dígitos de un sistema no nacido. Detrás vienen las adscripciones, las estructuras, los contextos, todo aquello que hoy vemos del mundo que creamos.

Hay quienes viven mimetizados en esos laberintos, auscultando toda percepción.
¿Será así lo creado en el poema cuando ocurre?

lunes, 29 de agosto de 2011

Lo que ocurre en el mundo real


Cuando estuve en el Río Limay, sentado en una piedra a orillas de las aguas, vi “algo”. Como si tuviera su propio esquema, su propia álgebra. Un mundo que excedía la capacidad de los sentidos. Como si una obra se gestara intermitentemente, imbricándose a sí misma. Hilándose a sí misma.

Quizás haya que detenerse en ese momento, en que la aparente calma oculta un entramado sinuoso y dinámico, mientras el previsible mundo prosigue en su divagar cotidiano. El mundo de las piedras y los murmullos, los atardeceres que congregan soledades. 

Debajo del agua las corrientes se atraviesan en múltiples direcciones, buscan completarse, agregando curvaturas a profundos planos. Fuera de eso, pienso en las relaciones artificiales que promueven las redes sociales, que rol jugarían en esas aguas, si acaso lo permanente o lo constante.

Se acepta una ficción, donde somos “otros”, a veces una simple imagen, un problema del cual tenemos una fotografía. Aceptamos esas reglas y fingimos pertenencia. Nos apagamos y encendemos. Los sentidos se multiplican, trazamos inacabadas simetrías, comulgamos adscripciones sin tiempo, sin espacio, sin identidad.
 
Desangelados y vacíos por el mundo de las computadoras, escribiendo versos para resguardar un sentido de posteridad, nadando en océanos virtuales, con el utópico deseo de alcanzar una orilla.

Un laberinto, a veces creo que se trata de un laberinto, y de tanto en tanto encontramos algo.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Homenaje

Antes, ser incluídos en un dibujo animado significaba todo un reconocimiento, quien llegaba a ser caracterizado de ese modo en un capítulo habilitaba al homenajeado a ser considerado una celebridad, alguien que trasciende su tiempo, una suerte de ícono o símbolo cultural. Hoy esa percepción puede suceder con google. Aquí está el homenaje a Jorge Luis Borges, a 112 años de su nacimiento. Se trata de una pieza web (un "doodle", logo especial que el buscador coloca en su página de portada), compartida en todos los dominios del mundo, que nos recuerda la obra del gran escritor.

Que no hubiera dicho Borges sobre Internet, laberinto si los hay. Probablemente nos recordaría aquella anécdota en que un periodista lo llamo desesperado porque se había borrado la entrevista en su grabador, a lo cual Jorge Luis contestó, con elegante ironía "que se embrome, nunca supe de alguien a quien lo haya traicionado una cuchara"...

domingo, 21 de agosto de 2011

Un año sin Fogwill

Ya un año de la ida de Fogwill, el tiempo es extraño con ciertas ausencias, pareciera más cercano aquel cimbronazo, tal vez por ese mismo efecto, en donde algo que aturde anestesia los sentidos y no permite tener una noción del contexto temporal.
Como sea, mucha gente se acordó del evento, y lo referenciaron a su manera, extrañándolo, significándolo, valorándolo, despidiéndolo...

y entonces se acumula algo que no sabemos que es, y aquí estamos, riéndonos de la tristeza.

PD: nobleza obliga, la foto la saqué de acá.

jueves, 18 de agosto de 2011

Sobre el trazo de nuevas curvaturas en la Poesía Argentina

Como planteó alguna vez Deleuze, “un pensador puede modificar decisivamente lo que significa pensar, trazar una imagen nueva del pensamiento, instaurar un plano de inmanencia nuevo, pero, en vez de crear conceptos nuevos que lo ocupen, lo puebla con otras instancias, con otras entidades, poéticas, novelescas, o incluso pictóricas o musicales”.

El asunto es trasladar al escenario de la poesía a quienes hayan instaurado, al modo de Spinoza según Deleuze, un nuevo plano desde el cual trazar evidencias con poetas posteriores. Probablemente Ricardo Zelarayán haya marcado un rumbo del cual bebieron parte de los llamados “poetas de los 90’”. Tal vez con Héctor Viel Temperley se abra otra curva que, para algunos críticos, pueda bifurcarse estéticamente con parte de la obra de Néstor Perlongher. Imposible no mencionar a Joaquín Gianuzzi en ese derrotero, cuya luz iluminó buena parte del camino que reconocidos poetas tomaron como una apacible encrucijada.
Mismo Juan L. Ortiz señaló un rumbo, que para algunos escritores ha estado ligado al simbolismo fundacional en nuestro país, y que aún hoy reclama una revisión y un profundo estudio. También es posible percibir nuevas curvaturas en los registros de poetas como Rodolfo Alonso o Juan Gelman.

El tema ya había sido debatido fragmentariamente bajo la idea de continuidad o ruptura en la Poesía Argentina. Al contemplar la meseta actual del escenario literario, tal vez podamos agregar alguna suposición, de cara al futuro, con la poesía de Pedro Mairal, Fabián Casas o Martín Gambarotta. Hay decenas de poetas que pueden entrar en este supuesto escenario, del cual jóvenes escritores decidan trazar un nuevo plano (pienso por ejemplo en Alejandro Crotto), o poblar de diferentes componentes lo ya instaurado. Se verá.

Hoy por hoy suele percibirse, en muchos blogs de poesía, la idea de “evasión” del pensamiento filosófico, quienes escriben suelen opinar sobre temas adyacentes y a la vez esquivos de la literatura, se reflexiona poco sobre el hecho del acto creativo, persisten escrituras “de laboratorio” cuyo desafío será incluir ese tipo de registro en los circuitos de publicación impresa, “adaptando” los contenidos publicados en las bitácoras al formato libro.

Tal vez se trate de trazar planos en el caos, si es que es allí donde habita la certidumbre de que un libro, una obra o un puñado de versos marcaron un detrás y un debajo en la historia de la poesía, cuando "historia" es una palabra un tanto abrumadora, y apenas podemos avizorar los nuevos derroteros y las eventuales adscripciones.

sábado, 13 de agosto de 2011

Los poetas que no


Conozco decenas de poetas que se pueden sentir representados en este texto de Juan Forn, vaya a saberse que fue de sus vidas. Algunos publicaron un único libro, y se dedicaron meses a recorrer librerías dejándolos a cuenta, otros recitaron versos en sótanos y bares, otros hicieron representaciones de sus obras, otros vendieron poemas en los subtes, otros tomaron un micrófono abierto o leyeron en programas de radio parte de sus obras, parte de sus vidas. Otros se contentaron con ser migajas de un cadáver exquisito. Otros estuvieron un día en la Feria del Libro, firmaron algunos ejemplares, y se volvieron a casa.
Otros llegaron más lejos, y hoy escriben artículos en revistas, tienen sus propias editoriales, salen en televisión…

Algunos fueron invencibles en su orgullo, alcanzaron a ver las plumas del pavo real segundos después de perderse en la espesura, bebieron ginebra, recitaron poemas en voz alta, fijaron vértigos, comprendieron la injuria de Rimbaud, cuando sentó a la belleza en sus rodillas encontrándola amarga, pudieron escribir los versos más inconcebibles, pudieron decodificar el sistema binario de la locura, algunos crearon desde lo candente y lo caótico, defenestraron todo lo que “no era poesía”, volvieron por las calles nocturnas, abriendo de par en par las esclusas del entendimiento. O lo que se supone entender el mundo desde un libro de poemas.

Fueron vulnerables, pero no les importó, pudieron ser videntes, y eso hubiera sido todo lo necesario, todo lo imprescindible y profano que pudiera atesorarse, el velo que debieron descorrer para hallarse en un puñado de versos.
Alguna vez, como sentenció César Aira en una entrevista, “quisimos ser Rimbaud y no pudimos”, pero aún así, y más allá de impares circunstancias, extasiados poetas pudieron escribir versos realmente buenos, pudieron deshilar cierto dramatismo, cierta melancólica deidad, azotando la palabra, aullando como lobos, acercándose de tanto en tanto lo suficiente como para no ser considerados unos salvajes.

De algún modo, este texto de Juan Forn avivó la llama de aquellos días, retrotrayéndome a la adolescencia, al mágico día en que por fin había escrito la cantidad suficiente de poemas como para justificar la publicación de un libro, también recordé las recientes palabras de Gelman “A los 30 tuve miedo: ‘Nunca vas a ser poeta’, me dije. Desgraciadamente me equivoqué.”

Muchos poblaron de mendrugos las razones del universo, escribieron autobiográficos anhelos, presuponiendo que el inaudito sueño era posible: vivir de la escritura, vivir de la poesía.

Y como dice el artículo de Forn, “no les quedó más remedio que ser otra cosa, y al final no fueron ni serán en la memoria colectiva más que esa pobre otra cosa, es decir nada”.
Pongo en cuestionamiento esa “nada”, porque en definitiva dejaron “algo” que los completó, si es que todo no fue más que una brizna donde representaron a sus dioses y demonios, con la esperanza de que esos versos, leídos en algún lugar y en algún momento, simbolizaran un contexto, una idea, una empatía.

De alguna manera quise brindar un pequeño y sincero homenaje a todos aquellos que no tuvieron más remedio que ser ellos mismos, cuando en realidad fueron “otros”, tratando de portar una antorcha, porque no podían hacer otra cosa, porque tuvo sentido hacerlo.

viernes, 5 de agosto de 2011

El destino del poema


Cuando los versos de un poema son citados por otro autor, cuando su obra se menciona en algún prólogo, o forma parte de una compilación o ensayo, o su apellido aparece en las dedicatorias de otros colegas, resulta un buen modo de medir, como parámetro, la incidencia de un autor determinado en un contexto particular, ya sea editorial o periodístico.

En tal sentido, el mundo científico ofrece un circuito del cual excede toda apropiación fuera de dicha disciplina. En el caso de las publicaciones científicas existen índices de citas que miden el impacto de un trabajo según cuántas veces a sido mencionado dicho artículo por otros autores. Esta acción retro-alimenta todo un sistema que busca posicionar un determinado centro de atención en el campo de la ciencia, en algunos casos vinculado a intereses que se encuentran ajenos a la calidad de lo publicado.

Siguiendo la lógica, se puede hacer una ecuación simple: las revistas buscan difundir artículos de mayor relevancia, cuando un investigador necesita saber que impacto ha tenido el tema que investiga, recurre a estos índices. Con el tiempo se tornan arborescentes, luego declinan. Dicho circuito se sustenta en el lema “publicar o perecer”.

Estas disquisiciones no son frecuentes en el campo de la literatura, si bien existen índices de citas para las diversas disciplinas que componen el conocimiento humano, por lo general no resultan materiales de consulta para quienes pretenden, como lectores, acercarse por ejemplo a un libro de poesía.

Hubo un caso emblemático que tuvo por protagonistas a lectores ocasionales. No recuerdo en que diario lo leí, o en que revista, pero bien vale rememorar la anécdota. Resultó que luego de organizar un concurso de poesía, uno de los organizadores recibió el encargo de cumplir con una parte del reglamento, que consistía precisamente en la destrucción de las obras no premiadas. Pero este señor, vaya saberse si por lástima, o empatía, decidió depositar esas carpetas, llenas de fotocopias de poemas, en un container que estaba sobre la vereda. Acto seguido se quedó espiando la reacción de las personas que por allí pasaban. Los gestos de sorpresa, y de satisfacción de quienes tuvieron la extraña suerte de pasar delante de un contenedor atestado de poesía, merecería tal vez un capítulo aparte. En un momento se habían juntado varias personas, revolviendo carpetas, leyendo poemas, haciendo pilas con fragmentos de obras que simplemente habían encontrado a sus lectores. El asunto es que al final del día el container quedó lleno de escombros y vacío de aquellos librillos que ilusionados poetas habían enviado para un concurso. Difícilmente se pueda corroborar idénticos comportamientos con trabajos científicos. Porque esto no se trata de libros liberados o de ferias ocasionales, se trata de una azarosa epifanía provocando felices simetrías.

Para quienes no tuvieron esa suerte, las búsquedas en librerías, bibliotecas, ferias o tertulias, suelen ofrecer espacios para el sutil encanto de la serendipia. No deja de ser un modo de hallazgo, un apacible extravío, siguiendo los lineamientos propios de la causalidad, aquello que no conoce de tiempos y atavíos, y para lo cual no hay lógica posible, en especial si de poesía se trata.

O como gustaba escribir Borges: “Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica. “La rosa es sin porqué”, dijo Angelus Silesius; siglos después, Whistler declararía “El arte sucede”. Ojalá seas el lector que este libro aguardaba”.

jueves, 28 de julio de 2011

Versos de un poema


Del monte en la ladera,
por mi mano plantado, tengo un huerto,
que con la primavera
de bella flor cubierto
ya muestra en esperanza el fruto cierto.


Del poema "Vida retirada", Fray Luis de León

Si el poeta hubiera escrito “en la ladera del monte” (que parecería lo más apropiado al simple entendimiento del verso), el resultado sería algo prosaico, sin sonido, lineal. Para la segunda estrofa cabe el mismo criterio, se puede invertir el orden, y sin dejar de decir lo mismo, el verso perdería fuerza.
En cambio escrito de aquel modo se percibe una musicalidad, la figura se realza sin cambiar el orden, la construcción es coloquial, se advierten resonancias y hasta silencios que no dejan de ser posibilidades que nacen del mismo texto.
A veces basta con separar las frases, para acentuar la intención, provocando la debida quietud.
Es probable que un buen ejercicio consista en leer en voz alta, una lectura que se detenga en cada palabra, derramando miel con cada verso, hasta entender de qué se trata.

sábado, 23 de julio de 2011

La luz de julio...


Creo poder afirmar que solamente un poeta puede darse cuenta de algo como esto.
Cuando lo que hay es un mundo detrás de las cosas.

jueves, 21 de julio de 2011

Calma perezosa


Ver caer las hojas del jardín, una a una, hasta tocar el suelo, sentir el sonido de lo que cae, mientras la tarde va declinando en tonos ocres y pasteles, una instancia que se advierte con el detenimiento, una captación de lo bucólico, la inaudible afonía de las cosas.

Darme cuenta, con el acto, del paso del tiempo, porque todo esto necesariamente se debe transformar en algo, para que los ciclos se cumplan en los tiempos debidos, para que lo que duerme vuelva a renacer.

Las hojas caen, es un hecho, lo nuevo empieza otra vez.
Vaya a saberse porque pensé en aquello plausible de ser creado, mientras esta nimiedad ocurre, sin que haya testimonio ni asombro, solo perplejidad y silencio.

Una a una, las hojas en blanco caen al suelo. Lo no escrito. Lo no auscultado.
Nunca me olvidaré de este atardecer.

sábado, 16 de julio de 2011

Lo inaudito de lo creado


Tal vez no se pueda plantear la pregunta ¿Qué es la filosofía? hasta tarde, cuando llegan la vejez y la hora de hablar concretamente. De hecho, la bibliografía es muy escasa. Se trata de una pregunta que nos planteamos con moderada inquietud, a medianoche, cuando ya no queda nada por preguntar. Antes la planteábamos, no dejábamos de plantearla, pero de un modo demasiado indirecto u oblicuo, demasiado artificial, demasiado abstracto, y, más que absorbidos por ella, la exponíamos, la dominábamos sobrevolándola. No estábamos suficientemente sobrios. Teníamos demasiadas ganas de ponernos a filosofar y, salvo como ejercicio de estilo, no nos planteábamos qué era la filosofía; no habíamos alcanzado ese grado de no estilo en el que por fin se puede decir: ¿pero qué era eso, lo que he estado haciendo durante toda mi vida? A veces ocurre que la vejez otorga, no una juventud eterna, sino una libertad soberana, una necesidad pura en la que se goza de un momento de gracia entre la vida y la muerte, y en el que todas las piezas de la máquina encajan para enviar un mensaje hacia el futuro que atraviesa las épocas...

Gilles Deleuze y Felix Guattari. ¿Qué es la filosofía?

Cada tanto me recuerdo estas palabras, prólogo de un libro que motivó, más que ningún otro, un disparador constante hacia las articulaciones del pensamiento con respecto a los extraños procesos de creación literaria. Leer a Deleuze significó comprender, de modo arborescente, lo inaudito del poema, el misterio de lo creado. Esto viene a cuento por un intercambio de mensajes con un viejo amigo, arquitecto y filósofo, sobre lo que significa “crear” en la poesía. Me comenta que el concepto del verbo roza el misterio, crear no es fabricar. Se fabrica a partir de una materia prima, pero se crea a partir de la nada, y la nada es misterio. La nada NO ES. Pero desde allí el creador, sea cual sea su arte, genera algo que SI ES: un poema, una partitura, una pintura.

Retrotraerse al concepto desde el punto de vista histórico y/o teológico nos habilitaría para mencionar la Biblia, donde la “creación” no es ni más ni menos que la “obra de Dios”, todo cuanto nos rodea. Cuando se dice que el poeta crea, se está en cierto modo re-significando esa tarea primaria, tan antigua como indeleble, reducida tal vez a los parámetros artísticos, pero que encierran una complejidad tal, que las palabras son meros ornamentos para intentar desbrozar su misterioso significado. La nada NO ES, esto es muy cierto. Así que, cuando el poeta crea, la nada es como un velo que se descorre, y se "descubre", o se "ve", lo que antes era apariencia de no ser. Después, eso que ve, el poeta lo arroja, deja de pertenecerle, pero su quintaesencia la ha cifrado subjetivamente, luego la ha palpado, finalmente la construye. Como el pavo real segundos después de perderse en la espesura.

Entonces aquí aparecería Rimbaud repitiendo aquella famosa carta del vidente, recordándonos que más allá de lo que pase después, luego de haber alcanzado lo desconocido y, aunque enloquecido, acabara por perder la inteligencia de sus visiones, el poeta no dejaría de haber visto el relámpago, y lo demás que reviente en lo inaudito e innombrable, vendrán otros horribles trabajadores a posarse en el horizonte de lo creado.

Si todo era la NADA, y el poeta pudo ver lo imbricado en esa nada, tiestos o componente de un plano mayor ¿Qué puede significar a la luz de lo acontecido? Que tal vez haya que detenerse en lo aparente, detenerse en lo que ocurre, como un simple objeto que sin embargo tendrá un mundo detrás: grietas, silencios, ciclos de tiempo, oscuridad, raíz, murmullos…
El poeta intentará con la palabra habitar esa entidad, si tal cosa es posible.
Tan inexplicable como la metamorfosis de la oruga en mariposa, un tránsito desplegado desde lo inaudito, escondiendo un misterio que va más allá de toda lógica, y que sin embargo, como la poesía, también ocurre.

Encontrar consuelo en un abrevadero, asombro que ha de callarse, un silencio que por alguna razón, desde hace siglos, necesitamos profanar, irremediablemente, con la palabra escrita.

Así el poeta utiliza la palabra, luego de haber visto.
Entonces nace, lo que ocurre...