lunes, 29 de agosto de 2011

Lo que ocurre en el mundo real


Cuando estuve en el Río Limay, sentado en una piedra a orillas de las aguas, vi “algo”. Como si tuviera su propio esquema, su propia álgebra. Un mundo que excedía la capacidad de los sentidos. Como si una obra se gestara intermitentemente, imbricándose a sí misma. Hilándose a sí misma.

Quizás haya que detenerse en ese momento, en que la aparente calma oculta un entramado sinuoso y dinámico, mientras el previsible mundo prosigue en su divagar cotidiano. El mundo de las piedras y los murmullos, los atardeceres que congregan soledades. 

Debajo del agua las corrientes se atraviesan en múltiples direcciones, buscan completarse, agregando curvaturas a profundos planos. Fuera de eso, pienso en las relaciones artificiales que promueven las redes sociales, que rol jugarían en esas aguas, si acaso lo permanente o lo constante.

Se acepta una ficción, donde somos “otros”, a veces una simple imagen, un problema del cual tenemos una fotografía. Aceptamos esas reglas y fingimos pertenencia. Nos apagamos y encendemos. Los sentidos se multiplican, trazamos inacabadas simetrías, comulgamos adscripciones sin tiempo, sin espacio, sin identidad.
 
Desangelados y vacíos por el mundo de las computadoras, escribiendo versos para resguardar un sentido de posteridad, nadando en océanos virtuales, con el utópico deseo de alcanzar una orilla.

Un laberinto, a veces creo que se trata de un laberinto, y de tanto en tanto encontramos algo.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Homenaje

Antes, ser incluídos en un dibujo animado significaba todo un reconocimiento, quien llegaba a ser caracterizado de ese modo en un capítulo habilitaba al homenajeado a ser considerado una celebridad, alguien que trasciende su tiempo, una suerte de ícono o símbolo cultural. Hoy esa percepción puede suceder con google. Aquí está el homenaje a Jorge Luis Borges, a 112 años de su nacimiento. Se trata de una pieza web (un "doodle", logo especial que el buscador coloca en su página de portada), compartida en todos los dominios del mundo, que nos recuerda la obra del gran escritor.

Que no hubiera dicho Borges sobre Internet, laberinto si los hay. Probablemente nos recordaría aquella anécdota en que un periodista lo llamo desesperado porque se había borrado la entrevista en su grabador, a lo cual Jorge Luis contestó, con elegante ironía "que se embrome, nunca supe de alguien a quien lo haya traicionado una cuchara"...

domingo, 21 de agosto de 2011

Un año sin Fogwill

Ya un año de la ida de Fogwill, el tiempo es extraño con ciertas ausencias, pareciera más cercano aquel cimbronazo, tal vez por ese mismo efecto, en donde algo que aturde anestesia los sentidos y no permite tener una noción del contexto temporal.
Como sea, mucha gente se acordó del evento, y lo referenciaron a su manera, extrañándolo, significándolo, valorándolo, despidiéndolo...

y entonces se acumula algo que no sabemos que es, y aquí estamos, riéndonos de la tristeza.

PD: nobleza obliga, la foto la saqué de acá.

jueves, 18 de agosto de 2011

Sobre el trazo de nuevas curvaturas en la Poesía Argentina

Como planteó alguna vez Deleuze, “un pensador puede modificar decisivamente lo que significa pensar, trazar una imagen nueva del pensamiento, instaurar un plano de inmanencia nuevo, pero, en vez de crear conceptos nuevos que lo ocupen, lo puebla con otras instancias, con otras entidades, poéticas, novelescas, o incluso pictóricas o musicales”.

El asunto es trasladar al escenario de la poesía a quienes hayan instaurado, al modo de Spinoza según Deleuze, un nuevo plano desde el cual trazar evidencias con poetas posteriores. Probablemente Ricardo Zelarayán haya marcado un rumbo del cual bebieron parte de los llamados “poetas de los 90’”. Tal vez con Héctor Viel Temperley se abra otra curva que, para algunos críticos, pueda bifurcarse estéticamente con parte de la obra de Néstor Perlongher. Imposible no mencionar a Joaquín Gianuzzi en ese derrotero, cuya luz iluminó buena parte del camino que reconocidos poetas tomaron como una apacible encrucijada.
Mismo Juan L. Ortiz señaló un rumbo, que para algunos escritores ha estado ligado al simbolismo fundacional en nuestro país, y que aún hoy reclama una revisión y un profundo estudio. También es posible percibir nuevas curvaturas en los registros de poetas como Rodolfo Alonso o Juan Gelman.

El tema ya había sido debatido fragmentariamente bajo la idea de continuidad o ruptura en la Poesía Argentina. Al contemplar la meseta actual del escenario literario, tal vez podamos agregar alguna suposición, de cara al futuro, con la poesía de Pedro Mairal, Fabián Casas o Martín Gambarotta. Hay decenas de poetas que pueden entrar en este supuesto escenario, del cual jóvenes escritores decidan trazar un nuevo plano (pienso por ejemplo en Alejandro Crotto), o poblar de diferentes componentes lo ya instaurado. Se verá.

Hoy por hoy suele percibirse, en muchos blogs de poesía, la idea de “evasión” del pensamiento filosófico, quienes escriben suelen opinar sobre temas adyacentes y a la vez esquivos de la literatura, se reflexiona poco sobre el hecho del acto creativo, persisten escrituras “de laboratorio” cuyo desafío será incluir ese tipo de registro en los circuitos de publicación impresa, “adaptando” los contenidos publicados en las bitácoras al formato libro.

Tal vez se trate de trazar planos en el caos, si es que es allí donde habita la certidumbre de que un libro, una obra o un puñado de versos marcaron un detrás y un debajo en la historia de la poesía, cuando "historia" es una palabra un tanto abrumadora, y apenas podemos avizorar los nuevos derroteros y las eventuales adscripciones.

sábado, 13 de agosto de 2011

Los poetas que no


Conozco decenas de poetas que se pueden sentir representados en este texto de Juan Forn, vaya a saberse que fue de sus vidas. Algunos publicaron un único libro, y se dedicaron meses a recorrer librerías dejándolos a cuenta, otros recitaron versos en sótanos y bares, otros hicieron representaciones de sus obras, otros vendieron poemas en los subtes, otros tomaron un micrófono abierto o leyeron en programas de radio parte de sus obras, parte de sus vidas. Otros se contentaron con ser migajas de un cadáver exquisito. Otros estuvieron un día en la Feria del Libro, firmaron algunos ejemplares, y se volvieron a casa.
Otros llegaron más lejos, y hoy escriben artículos en revistas, tienen sus propias editoriales, salen en televisión…

Algunos fueron invencibles en su orgullo, alcanzaron a ver las plumas del pavo real segundos después de perderse en la espesura, bebieron ginebra, recitaron poemas en voz alta, fijaron vértigos, comprendieron la injuria de Rimbaud, cuando sentó a la belleza en sus rodillas encontrándola amarga, pudieron escribir los versos más inconcebibles, pudieron decodificar el sistema binario de la locura, algunos crearon desde lo candente y lo caótico, defenestraron todo lo que “no era poesía”, volvieron por las calles nocturnas, abriendo de par en par las esclusas del entendimiento. O lo que se supone entender el mundo desde un libro de poemas.

Fueron vulnerables, pero no les importó, pudieron ser videntes, y eso hubiera sido todo lo necesario, todo lo imprescindible y profano que pudiera atesorarse, el velo que debieron descorrer para hallarse en un puñado de versos.
Alguna vez, como sentenció César Aira en una entrevista, “quisimos ser Rimbaud y no pudimos”, pero aún así, y más allá de impares circunstancias, extasiados poetas pudieron escribir versos realmente buenos, pudieron deshilar cierto dramatismo, cierta melancólica deidad, azotando la palabra, aullando como lobos, acercándose de tanto en tanto lo suficiente como para no ser considerados unos salvajes.

De algún modo, este texto de Juan Forn avivó la llama de aquellos días, retrotrayéndome a la adolescencia, al mágico día en que por fin había escrito la cantidad suficiente de poemas como para justificar la publicación de un libro, también recordé las recientes palabras de Gelman “A los 30 tuve miedo: ‘Nunca vas a ser poeta’, me dije. Desgraciadamente me equivoqué.”

Muchos poblaron de mendrugos las razones del universo, escribieron autobiográficos anhelos, presuponiendo que el inaudito sueño era posible: vivir de la escritura, vivir de la poesía.

Y como dice el artículo de Forn, “no les quedó más remedio que ser otra cosa, y al final no fueron ni serán en la memoria colectiva más que esa pobre otra cosa, es decir nada”.
Pongo en cuestionamiento esa “nada”, porque en definitiva dejaron “algo” que los completó, si es que todo no fue más que una brizna donde representaron a sus dioses y demonios, con la esperanza de que esos versos, leídos en algún lugar y en algún momento, simbolizaran un contexto, una idea, una empatía.

De alguna manera quise brindar un pequeño y sincero homenaje a todos aquellos que no tuvieron más remedio que ser ellos mismos, cuando en realidad fueron “otros”, tratando de portar una antorcha, porque no podían hacer otra cosa, porque tuvo sentido hacerlo.

viernes, 5 de agosto de 2011

El destino del poema


Cuando los versos de un poema son citados por otro autor, cuando su obra se menciona en algún prólogo, o forma parte de una compilación o ensayo, o su apellido aparece en las dedicatorias de otros colegas, resulta un buen modo de medir, como parámetro, la incidencia de un autor determinado en un contexto particular, ya sea editorial o periodístico.

En tal sentido, el mundo científico ofrece un circuito del cual excede toda apropiación fuera de dicha disciplina. En el caso de las publicaciones científicas existen índices de citas que miden el impacto de un trabajo según cuántas veces a sido mencionado dicho artículo por otros autores. Esta acción retro-alimenta todo un sistema que busca posicionar un determinado centro de atención en el campo de la ciencia, en algunos casos vinculado a intereses que se encuentran ajenos a la calidad de lo publicado.

Siguiendo la lógica, se puede hacer una ecuación simple: las revistas buscan difundir artículos de mayor relevancia, cuando un investigador necesita saber que impacto ha tenido el tema que investiga, recurre a estos índices. Con el tiempo se tornan arborescentes, luego declinan. Dicho circuito se sustenta en el lema “publicar o perecer”.

Estas disquisiciones no son frecuentes en el campo de la literatura, si bien existen índices de citas para las diversas disciplinas que componen el conocimiento humano, por lo general no resultan materiales de consulta para quienes pretenden, como lectores, acercarse por ejemplo a un libro de poesía.

Hubo un caso emblemático que tuvo por protagonistas a lectores ocasionales. No recuerdo en que diario lo leí, o en que revista, pero bien vale rememorar la anécdota. Resultó que luego de organizar un concurso de poesía, uno de los organizadores recibió el encargo de cumplir con una parte del reglamento, que consistía precisamente en la destrucción de las obras no premiadas. Pero este señor, vaya saberse si por lástima, o empatía, decidió depositar esas carpetas, llenas de fotocopias de poemas, en un container que estaba sobre la vereda. Acto seguido se quedó espiando la reacción de las personas que por allí pasaban. Los gestos de sorpresa, y de satisfacción de quienes tuvieron la extraña suerte de pasar delante de un contenedor atestado de poesía, merecería tal vez un capítulo aparte. En un momento se habían juntado varias personas, revolviendo carpetas, leyendo poemas, haciendo pilas con fragmentos de obras que simplemente habían encontrado a sus lectores. El asunto es que al final del día el container quedó lleno de escombros y vacío de aquellos librillos que ilusionados poetas habían enviado para un concurso. Difícilmente se pueda corroborar idénticos comportamientos con trabajos científicos. Porque esto no se trata de libros liberados o de ferias ocasionales, se trata de una azarosa epifanía provocando felices simetrías.

Para quienes no tuvieron esa suerte, las búsquedas en librerías, bibliotecas, ferias o tertulias, suelen ofrecer espacios para el sutil encanto de la serendipia. No deja de ser un modo de hallazgo, un apacible extravío, siguiendo los lineamientos propios de la causalidad, aquello que no conoce de tiempos y atavíos, y para lo cual no hay lógica posible, en especial si de poesía se trata.

O como gustaba escribir Borges: “Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica. “La rosa es sin porqué”, dijo Angelus Silesius; siglos después, Whistler declararía “El arte sucede”. Ojalá seas el lector que este libro aguardaba”.