
Siempre he tenido una disyuntiva, con los
años cultivé ingenuamente la idea de considerarme un “hijo ausente de los 90”,
tanto por la escritura oculta como por el entendimiento de las sucesivas
lecturas de aquellos poetas generacionales, que de tanto en tanto me
acompañaban fragmentariamente en los poemarios publicados en revistas de
poesía, primeras ediciones de libros y recitales en bares, centros culturales y
ferias, por otro lado siempre fui consciente de mis profundas limitaciones, con
un conocimiento precario de la gramática (aunque pueda esbozar mis propias
construcciones al respecto). Así las cosas en aquellos años publiqué en forma
independiente dos libros de poesía, ninguno tuvo presentación aunque el primero
estuvo en un stand de la Feria del Libro, justamente ese libro fue quemado
enteramente, solo me quedé con unos 10 ejemplares, el segundo fue a parar a un
altillo, en dos cajas repletas, el resto lo vendí en librerías de barrio y en una Feria artesanal de la
costa, luego escribí un libro que ya lleva 12 años y sin embargo no supera las
80 páginas, en el medio escribí otro libro que también abandoné, un guión de
cine de final inconcluso y luego empecé un conjunto de poemas que aún no ha
superado los 300 versos, todas ideas que esperan su curso, anotadas en pequeñas
libretas, hojas sueltas, servilletas de bares...
Alguna vez colgué
poemas con broches en una cuerda atada a dos árboles, los lectores iban y
desabrochaban los poemas, y creo que eso es todo.
Aún conservo en casa
unos cuadernos “Original Lancaster Bank”, hojas oficio, 40 páginas cada uno,
sin renglones, plagados de poemas escritos en cursiva, con birome, representa
la etapa febril de mi adolescencia, noche tras noche escribiendo sin parar, lo
que Pizarnik denominaba la “escritura automática”, llenando cuadernos y
cuadernos, bebiendo mientras escribía, dejándome ir en el poema...
A veces creo que lo mejor de
mi está ahí, y sin embargo no tiene corrección alguna. La otra noche abrí una
de esas carpetas y transcribí a la computadora el primer poema de aquella
época, los versos estaban cargados de connotaciones religiosas y metafísicas, no
pude evitar hacer correcciones, ahora no sé que hacer con ese pasado, si
dejarlo en aquellas hojas o reescribirlo conservando los originales, no sé si
eso tiene destino, a veces me parece creer que debí arrojar al suelo aquellos
jarrones, y pasar el resto del día juntando cada pedazo, intentar entender el
mundo detrás de cada pieza, hacer de la nada una nueva vasija.
Sin embargo y, a pese a todo, la pulsión de escribir va más allá de las publicaciones, éxitos y reconocimientos. Un gesto que rompe y construye al mismo tiempo.
ResponderEliminarNo sé cómo serán tus poemas, pero tus "Divagaciones" las leo con mucho interés y me hacen pensar. Un abrazo.
Pd: me tomo el atrevimiento de sugerirte que leás esto que escribí hace unos meses. Creo que en parte está en consonancia con lo que expresás. Se llama "Los éxitos de la literatura":
http://ciudadeseo.blogspot.com.ar/2012/01/los-exitos-de-la-literatura.html
Estimado
ResponderEliminarCada vez dedico más tiempo hacia aquellos que por alguna razón se perdieron en el poema que nunca terminaron de construir, intuyo que seré uno más de esa larga lista, y bien sabemos que no hay tristeza más genuina que la de aquel compañero de banco del texto gentilmente compartido, cuando se tiene la edad de los sueños invencibles y sin embargo no hemos sido más que una circunstancia.
Estoy haciendo el intento por entender que hay detrás de la poesía, sin embargo últimamente me detengo en aquellos hermosos perdedores que prefirieron guardar sus poemas en un cajón.
Muchas gracias por el comentario, y felicitaciones por el blog...