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sábado, 5 de marzo de 2016

El estallido autobiográfico


El estallido autobiográfico...
Detrás mio cae un caracol en un vergel, el único sonido del atardecer.

Unas rosas chinas (rojas) se aplastan contra el techo, el poeta que mira a través de los diamantes, y con esos signos –barras inclinadas– representa la comedia de una mirada tridimensional.
¿caireles?
 –rescato al abominable Miller antes de reventar o la última ola escandinava de León Bloy
(cuando la escritura se convierte en un globo de cristal que el mero acto de escribir estalla en mil pedazos contra el suelo).

–de allí lo fragmentario, como avispas herrumbrosas en una tarde de verano– “amparado” en la idea que todo es poesía cuando solo somos sombras escuchando murmullos en un pasillo.
(esa costumbre de encerrarse en un cuarto con títeres, buscando secretos o junturas mal hechas), la luz del sol que se filtra en las gotas de rocío de la única ventana –la claridad de una sola casa– lo apacible que recubre la opacidad de un escritor, el poema que finalmente estalla –porque he decidido recogerlo, una a una, sus volutas de vidrio– la soledad que todo se traga.

sábado, 6 de febrero de 2016

Mientras leo a Osvaldo Lamborghini (Parte III)


Como decía el poeta, toda época tiene su álbum fotográfico ¿cuál será el nuestro?
Enumerar, el arte de enumerar, es también un estallido.
Yo creo que a Osvaldo Lamborghini no lo leo para entenderlo, lo leo para escribir.
Pasar de un confinamiento a otro, la materia pura, el encierro del poema –he aquí una representación– un cuchillo untando manteca, una cesta con peces, un pan amarillo –el amarillo del pan– (las hortensias bajo el sol de verano).

La conciencia del presente, este darse cuenta que las palabras encadenan ausencias (todos en la ruta, el sol anaranjado) los últimos pájaros dorados por el crepúsculo, ver la línea que todo lo oscurece, el exacto momento del mosquitero cerrándose por dentro.

sábado, 30 de enero de 2016

Mientras leo a Osvaldo Lamborghini (parte II)


Un paréntesis es eso, un signo seco (uno solo) sin ninguna finalidad salvo la aparente –el aparente diagrama en el que las primeras palabras (las oclusas) hilvanan artefactos– que solo buscarán llenar el vacío de un espacio vacío.
Es el oro brillando en el huevo pulido de una ostra
Es la argamasa cuyo faro es la inocencia
Las piedritas en los pies fríos de la bahía despoblada.

sábado, 23 de enero de 2016

Mientras leo a Osvaldo Lamborghini (escrituras de escrituras)


Suplir
Esa era la única palabra del poema, porque no podía entender las entelequias, el tono –siempre el tono– o la voz propia (nadie me puede decir como es, todos sin embargo perciben la ausencia) en los recodos, en los correlatos, crecen hortensias como un amparo –largos pasillos donde la infancia corretea hacia la puerta, nunca hacia la calle– dejo correr el agua de la canilla de la infancia, siempre el sol lleno, los tobillos cubiertos de algas. De toda esa estructura, apenas puedo nombrar lo que parece posarse.
Largos años deslizados en un vertedero la espuma separada, las cerdas de las escobas como junturas entre los barrotes y las alcantarillas– (ese comprender que se supone, ese verso esquivo, finalmente esta llaga)

No sé donde termina el día.

La única palabra del poema que estalló en el poema, ralado, acaso vertical, y solo quedan vidrios donde se reflejan las palabras en el sol, como una rueca, o un dentelleo.
Versos que no construyen sistemas, trazos que untan aparejos, para finalmente resquebrajar la cal de las paredes. Este pasillo perfecto, en ocres duraznos, con flores rosadas y campanas amarillas, detiene el tiempo de los jardines poblados de conchillas, los años que apenas caben en un escurridero.

La sombra visible que cerró la tranquera mientras el viento abandonaba la casa. 

sábado, 27 de junio de 2015

El inefable desdén


Esta es la parte en que recojo los papeles, cuando el día era la noche y la noche una tardía ceremonia, bajo esta entelequia me cuesta discernir el sentido del vértigo, en ocasiones semeja un balanceo y por momentos parecen raptos que suben en espiral, sin conciencia de lo que el tiempo mide, insertos como estamos en una jungla donde todo se ve y donde nada se aprecia.

Hace ya dos meses que elegí trabajar en dos espacios, no sé porque lo hago, pero sé que me quita mucho tiempo, sobre todo cuando busco detenerme, intentar en silencio un trabajo con las palabras, y vaya a saberse porqué, me di cuenta, luego de leer unos versos de Osvaldo Lamborghini, que hacia ese lado debería ir mi escritura –una tensión aparente que el desdeñoso gesto reduce con indiferencia– en esa prosa que avanza sin dificultades entre formas nuevas, como si todo lo pronunciase por primera vez.

Porque a estas alturas, lo único digno que me queda con la poesía, es conversar conmigo mismo.

jueves, 15 de mayo de 2014

Voces




Me quedé sin computadora el fin de semana, opté por leer al azar unos versos de Osvaldo Lamborguini, el hecho me llevó a pensar en las complejidades que los textos presentan –un poeta que conversó consigo mismo, o a lo sumo que pensó en voz alta, pero se le ocurrió escribir lo que pensaba, y ese simple acto arruinó la existencia de algunos lectores ¿poetas?– pienso en quienes bebieron de las orillas de Heráclito, aquellos que podían decir “me gustó lo que entendí, pero también lo que no entendí”, entonces ciertos poemas de Lamborguini me saben arborescentes, herméticos, disruptivos, viscerales, satíricamente ígneos, luminosos, barrosos, llenos de estiércol, acaso fulminantes, un sinsentido hacia adentro, la luz en el pasillo de la casa del poema donde apenas advertimos sus jardines, las escupidas en las esculturas, el oprobio, el barroquismo, la escatológica irrupción de la realidad, desbrozada contexto por contexto, atravesada por feroces imbricaciones, porque todo en Lamborghini se conceptualiza en plural.

Vaya un poema.
Raschella in the night (para Sergio Rondán)

Ese sofisma –tu alma– no te lo devolverán nunca.
lo robaron robándolo, lo robaron
ladroneándolo y escribiéndolo.
Ese sofisma ha muerto para que estés vivo
(“Dios mío, lo horrible”).
Y las mujeres no hablan de Miguel Ángel.
Quieren acercarse al pibe, a Rimbaud, pero
no: no hay tiempo, ¿o está muy lejos? (“Dios mío,
lo horrible”). Alfred Jarry Phinanzas, ministro de
Economía y su candela verde, pábulo no hubiera, no habría dado
a tanta catástrofe.

Estrofa

No va a venir a enseñarme ahora a poner las cosas en su debido
lugar (¿a mí?).
Lo que digo (“Dios mío, lo digo”) horrible.
Y semanas, no sememas, y meses y años. Un día.
Un día día.
Se acaba el cuenco de las manos: puf, agotado.
Morir es una flor.
El clavel del aire.
Clavado en su aroma yex, ex tinto.
Si los maestros no quieren enseñar, debo hacerlo yo.
Y si lo digo, día. Ah…,lo horrible:
mi Dios mío.
Seis antorchas encendidas en una habitación vacía y golpeando
            (todavía más) todavía más la blanca
            luminosa enceguecida
            cal del muro.
Quise mi templo y lo tuve, así
            (como quiere a mi Dios y lo tuve)
No: jamás minúsculas.

Estrofa

Ese silogismo (igual: estoy harto)
Que los hombres, Sócrates, sean mortales.
Que los perros relámanse avec la Teoría
     o la Doctrina.
“Pero, ¿cómo hay que robar?”
–Dios mío: robando,
robando.

                     Osvaldo Lamborghini (29 de octubre.1980)
                     del libro Poemas, 1969-1985 (2004 con edición de César Aira)

Me interesa la sintaxis de este poema, y la particularidad de la puntuación: comillas, itálicas, paréntesis, repeticiones, puntos suspensivos, guiones, separación de palabras, como bien dice Ezequiel Alemian “en la poesía de Lamborghini la escritura se vuelve contra sí misma, borrando sus puntos de sostén, sus articulaciones. Es una escritura constituida por las grietas que amenazan con desmoronarla. ¿O es que nunca alcanzó a constituirse?”
Leer a Osvaldo Lamborguini –como a Leónidas, su hermano– puede resultar una práctica desconcertante, el objeto que ofrece parece imbricado de referencias múltiples que permanentemente producen esquirlas, que son las marcas con las cuales probablemente pueda orientarse el lector en ese entramado poblado de sutilezas. Alemian agrega mayor claridad al estudio: “El uso de diferentes tipografías y tamaños de letra, las ya mencionadas operaciones a que somete a las palabras, la particular y enfática utilización que hace de los signos de puntuación tienen como efecto, a la manera de Mallarmé, la descomposición de la superficie poética en una serie de planos que se despliegan simultáneamente, pero que acá sólo se hacen visibles en el momento en que se intersectan. Como si en vez de haber una sola voz poética, hubiese una por cada plano, y la poesía de Lamborghini estuviese constituida por esos momentos brevísimos en que las distintas voces dialogan entre sí. De ahí el carecer dispersivo y disruptivo de sus poemas, pero también cierto rasgo fonológico: la poesía de Lamborghini es la de alguien que continuamente escribe hablando consigo mismo”.

Comparto una apreciación más del poeta, acaso visible en los sucesivos abordajes,
una gran tristeza atraviesa toda su poesía.

sábado, 13 de abril de 2013

La poesía interminable


Allí donde intento indagar sobre poetas argentinos encuentro siempre su nombre, aquellos que han sido etiquetados como “poetas de los 90’” lo citan con devoción, sin ir más lejos, Alejandro Rubio ha dicho en alguna oportunidad que se trata del “mejor poeta argentino” que ha conocido, de quien hablo es Osvaldo Lamborghini, recientemente pude adquirir su antología, titulada “Osvaldo Lamborghini: poemas1969-1985” bajo la cuidada edición de César Aira [Editorial Sudamericana, 2004].

Por cierto no deja de ser llamativo que también su hermano, Leónidas Lamborghini, ha sido aclamado como un gran poeta, caso singular si los hay, de poetas hermanos ambos reconocidos por la crítica literaria.

El libro no tiene desperdicio, es ingresar en largos pasillos de escrituras prosaicas, incluyendo manuscritos inéditos, se dice del autor que continuamente escribió hablando consigo mismo, la edición de Aira tiene una virtud, no hay prólogo, no hay presentación, solo poemas de un poeta desconcertante, que en algún punto escribe sobre el sentido de escribir.

Aquí un poema dedicado a Néstor Perlongher, Nocturno.

Fibras de oro, ¡eso era!
El buey torcido y la aurora:
Nace la aurora ¡resplandeciente!
Pero lo que hoy no es el amparo
                                ¡de tu mirar!
Y si no es no es
                (...si no es el amparo de tu mirar...)
El sabio Negro agoniza, hermano.
¡Miles de pirulos!
                Señores argentinos, y no
                                ¡citoyens du monde!
El falo: fálico, y la frase
                ¡frástica!
Aforismo sen Buenos Aires, y dónde si no
                ¡mi alma!
La callecita de perfil y la Noche ya madura para el símbolo:
Gardel lloraba y se comparaba con Lázaro
Porque el arte –él decía– es la resurrección de los muertos.

Nace la aurora (fuma, fuma)
Y yo estoy en pie para sentarme
–...nace la aurora...resplandeciente... –
El estilo, un vuelo de perdiz.
Un desliz.

Un tropezón...

Con la propuesta –de piedra– de no ser alusivo
Me convertí cada vez más en alusivo y alusivo y alusivo,
Y alusivo:
                                No versa de nada.
¡nace la aurora!
¡Si yo pudiera cantar!
Resplandeciente.

La sombra de una lágrima
                                ¡la sola sola sombra de una lágrima!
¿Cómo se acentúa?

Y cada vez menos decir menos.
Y cada vez (¡por favor!)
Más una lengua blanca como la leche.
Cayol: –¡Un cotorrito blanco como la nieve!
Bicharraquear –kafkianamente–

Porque las cosas groseras les pasan a los seres delicados.

                                                                                         8 de diciembre, 1980.