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sábado, 11 de octubre de 2025

El tiempo de la pregunta

Yo debería haber sido un par de garras afiladas

corriendo por los fondos de mares silenciosos

T. S. Eliot


Hay algo del silencioso desatino que parece cubrir con su niebla el resplandor de una sentencia, acaso habitada por certezas inconclusas, negando el correlato del tiempo, mientras el patio donde comimos manzanas se llena de moscas grises. 

Yo alguna vez me detuve en los charcos amarillos creyendo encontrar una cifra del destino, y desde entonces me aterra saber, que si algún día arrojo las cajas llenas de manuscritos que tengo guardadas en el altillo, mi vida se limitará únicamente al tiempo presente, y sabré que no tendré algo nuevo que decir, que ya no habrá un pasado que me sostenga. 

Yo debería haberme puesto la máscara, mientras el jardín se llenaba de niebla, pero la máscara fue solo una palabra, preferí realizar bien mi trabajo, y hacer de cuenta que no tuve tiempo para redimir el inalcanzable sentido de esa pregunta.

viernes, 20 de octubre de 2023

Acaso

 

Una vez vi, a las 3 y media de la madrugada, una niebla blanca girando alrededor de una cúpula, en el patio de un hospital. Era difícil de explicar, el vidrio de aquella habitación estaba algo frío, y el pasillo parecía habitado por fantasmas, como si no supieran hacer otra cosa que formar parte de una nube, descubrir que pueden girar suspendidos en el aire, sin intenciones de asustar a nadie.

Me quede pensando todo aquel amanecer donde habrán ido esos condenados que estaban adentro de la niebla, como si estuvieran tomados de la mano, como si pudieran verse, dándose cuenta de que algo nuevo empezaba.

En el pasillo real, el de los limpios mosaicos blancos, escuché toda la noche el lamento de una anciana, pidiendo que la lleven, sin entender adónde.

viernes, 6 de octubre de 2023

La lluvia de este mundo

 

Hay algo que los padres no pueden evitar

Que la lluvia caiga sobre sus hijos.

sábado, 30 de abril de 2016

En un bar de Palermo a la noche


Yo podría escribir un poema moteado de ribetes opacos, como si envolviera en papel glasé una taza de porcelana blanca, pero me distraigo, y no son las hojas resecas que el viento lleva a la rastra, ni el mozo que tarda más de la cuenta, ni tampoco las señoras empolvadas que hablan y suponen que sos un maldito –porque parece que soy poeta–el problema es que no puedo levantar la vista, porque lo mejor que puedo hacer para evadirme es garabatear versos en servilletas arrugadas, prefiero eso a caminar entremedio de las mesas buscando un rostro conocido, como si no tuviera apuro, cuando yo se que el mundo siempre estuvo en la vereda de enfrente, y sin embargo formé una familia –“vos sí que tenes suerte” decía hace años el psicólogo del traje manchado de acuarelas, que en medio de gases lacrimógenos y en plena dictadura le arrancó los huevos a un milico– vos tenes un amparo, cuando lo lógico hubiese sido que te quedaras más solo que un perro en medio de un desierto, incomprendido hasta decir basta, pero la realidad es que puedo escribir un capítulo sobre la decadencia del oficio, y no sé hasta que punto tiene que ver la comodidad del control remoto, si somos coherentes con lo que hacemos, si todo en el fondo no es más que una farsa que dividimos en capítulos

Mientras pienso en estas cosas estuve viendo desde mi ventana de bar una reunión en el edificio de enfrente, un departamento de ventanales amplios, todos parecían pasarla bien, las bandejas de comida pasaban de mano en mano, no faltaban las sonrisas y los gestos ampulosos, al final, uno salió al balcón a fumar algo, y yo me vi en esa sombra fumando lentamente, soportando el viento de la fría avenida.

Felices los felices.

Al final yo tomaba el último café con dos terrones de azúcar mientras iba entendiendo algunos versos de Alejandro Rubio, cada tanto algunas palabras parecían resaltar sobre otras, como si resplandecieran, sin saber que método fue devanado, que lecturas fueron necesarias.

Todo lo que leí estaba escrito en perfecto castellano.

domingo, 3 de mayo de 2015

Interpretando interpretaciones


El poema circunscrito a una verdad, hollado por escarpadas cuestas, las mismas que en círculos concéntricos dirimieron la longitud de una teología, un plano transitado entre la hierba tibia, bajo los puentes cubiertos de flores blancas. Tensar una disociación, es a veces lo que discurre en el poema no nacido, abrazar lo clarividente cuando apenas hay palabras entre los cántaros vacíos, el paso firme, la hora quieta, lo desbrozado que irrumpe entre la vigilia del horadado crepúsculo, porque siempre será necesario salvar la belleza, profanando los vericuetos de lo ocurrido, la luna llena en el patio de la infancia, una fruta de hierro para servir en la mesa, y acaso dirimir lo que no puede ser nombrado.

Voy hacia los páramos, he guardado con palabras esta memoria cubierta de arena, el poema sepultado con hojas de palmera, la leche que bebemos en los campos amarillos, los versos concatenados donde nacen los improperios que acaso justifican la hora yerta, hacia allí avanzo, adherido de escamas, en nombre de algo que no conozco, lo previo a lo que se urde, soslayar el tiempo fatuo donde los desbrozamientos reverberan ideas delante de los versos, es allí el problema de la creación, interpretar interpretaciones, cuando aún el verso quema en la memoria de una sentencia, avanzando hacia la nada, porque solo queda ver, aquello por lo que fuimos condenados.

Es este mi rostro, son estas las aguas cristalinas que ahora bajan como piedras entre los escombros de la poesía, es esta la sentencia, cuando la verdad se aparta del sentido ataviada con el vestido de la discordia y el gesto adusto, porque acaso supimos que solo queda entender lo que tuvimos necesidad de profanar, en el medio de un día claro, cuando todo estaba por hacerse.

sábado, 28 de marzo de 2015

Lo que muere con su tiempo


Acabo de subir al altillo con la idea de tirar cosas a la calle: textos académicos desactualizados, una computadora vieja con su disco rígido intacto, negativos de fotos familiares, fotocopias de fotocopias, una lámpara de pie, un ventilador chico, y vaya a saberse cuánto más.
En un momento vi una caja y la abrí, estaba llena de cuadernos con manuscritos, copias de poemas, servilletas anotadas, mamotretos, artefactos, escrituras...tiene que ver con mi adolescencia febril de autómata obsecuente, cuando considerarse poeta no era más que un secreto que apenas podía musitarse, tengo recuerdos permanentes de esa época, me bastaban pocas cosas, pero no hacía nada por el futuro, me dejaba vivir en una especie de inercia creativa, no entendía nada de política ni de economía, las cosas simplemente pasaban y a lo sumo, de vez en cuando, el agua caída en la alcantarilla simbolizaba mi quebrantable impavidez y mi aparente desasosiego, porque nunca se sabía que estaba pensando, porque siempre estaba en otro lado, porque de algún modo escuchaba voces y todo lo que sentía que valía la pena era conversar conmigo mismo, escribir textos verticales, mirar la noche callarse.

Yo nunca se nada, y probablemente sea un modo de entender estas líneas, porque el hombre va declinando allí donde el joven recogió sin prisa un puñado de promesas, y nunca pensó que el mañana llegaría con una mentira envuelta en un paquete lacrado.

La mentira de mi propia construcción.
Porque acabo de darme cuenta que lo realizado muere con su tiempo.

sábado, 21 de marzo de 2015

Robar el fuego del poema


Se que puedo borrar todo esto, empezaría por la desazón del vaso frío, con el amarillo tembloroso del hielo en el alcohol, la mesa redonda donde hay algo que ocurre o parecer ocurrir, este simulacro de encontrarse en medio de un páramo para dirimir razones del poema no nacido, y acaso se trata de rizomas obsecuentes y múltiples, que tienen alguna relación con las arborescencias sostenidas débilmente en planos imprecisos ¿pueden ser imprecisos los planos? He allí la estructura dinámica que no semeja una estructura, simplemente es un sesgo que avanza a una velocidad inconducente, donde difícilmente se pueda enhebrar una sentencia. El vaso va terminando y la noche es lo que otras veces fue, un irse en círculos hacia los páramos luminosos y las botellas ardientes y las risas estentóreas, el camino arbolado lejos de las luces que chirrían, pensando en la espera de alguien o en la mirada eléctrica de una desconocida, eso que sucede cuando los años recién comienzan y la noche nos pertenece, en ese rapto se van mis horas acaso nostálgicas, pero vuelvo al cuarto de verano con el vaso de ginebra en la mano, el ruido de un auto lejano y el televisor encendido, la vida plena que elegí vivir, sin embargo el rumor del tintineo me detiene en antiguos sopores, y todavía en la vida!

Robar el fuego del poema y ya, avanzar disruptivamente –inapropiada palabra– donde poder contemplar mesetas ¡quien las comprendiera! Y luego mirar el camino allanado, una lámpara de estación debajo de la cabeza, el sol que se oscurece en la última línea rojiza de campo, melancólico intervalo donde nada sucede.

Es la entresala de los subterfugios vanos –aparatosa construcción- ulular de los buhos invisibles y el vino derramado, sostenidos por la piedad, solo un bosque detrás, y este devenir, tan precario, anunciando destellos bajo la luna inmensa.

sábado, 28 de febrero de 2015

Cuestionamientos


Me encuentro ante una vorágine de sensaciones, donde proyectos, divagaciones y textos varios se atraviesan, existe en medio de ese viento una línea serena y horizontal como laguna tiesa en una tarde de verano, es un recodo cubierto de arbustos, donde me encuentro a la vez que me vuelvo inaccesible: breves escrituras en un blog de poesía.

Y lo que no puedo resolver es si pretendo ser invisible o visible en medio de esta cuestión, porque hay un nombre detrás, y una historia acaso común, sin embargo el seudónimo de este personaje conceptual me ha permitido cierta libertad a la hora de escribir, donde no tuve necesidad de poner un freno de mano cuando intenté volcar por escrito mis impresiones, es entonces cuando aparecen los cuestionamientos.

Alguna vez comenté que suelo realizar construcciones para luego cuestionar la construcción, permanentemente esa actitud me ha puesto en la situación de alguien que avanza y retrocede, ya sea por la necesidad de ampliar conceptos como por las dudas existenciales en torno a la imbricación de los mismos, así pasan los años, y parece mentira pero este blog cumplirá 6 primaveras en unos meses, un tiempo donde las pequeñas escrituras significaron una silenciosa compañía que mi reservado carácter tornaron borrosamente apacibles.

Y lo que me inquieta es el alcance de estos arrebatos. Hay un bosque ávido de ser interpretado, acaso deba sincerarme y dar por cierto que las palabras no alcanzaron a discernir un plano donde el poema simplemente ocurría, es sobre el dominio de conocimiento sobre lo que pretendo discernir, reconociendo en el acto mis limitados esfuerzos por comprender algo que se parece a la verdad y a la belleza, y que apenas puedo nombrar sin dejar de sentir que todo me abruma y me calla: la poesía

Continuar con el mamotreto o apagar todas las luces de este cuarto vacío, es esa la cuestión.

sábado, 22 de marzo de 2014

Lo que no

Había ocurrido.
Las bombitas de agua colgadas en el patio, como tulipas blancas bajo el sol, el techo cubierto de glicinas, los marcos de la ventana recién pintados, el crepúsculo iridiscente, las gárgolas con forma de pájaros, el silencio habitado de una memoria en el estanque de agua quieta, los juguetes en el jardín...

He aquí la hora de la vejez, donde solo hay un espejo que sostengo con mis manos.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Algo...

Nada se compara
Nada se compara a ti...
la dulce voz de Sinead O’Connor

(mientras pienso en mi mujer)

En algo que no era, una idea, un rapto de energía, me descerrajó, para atravesar extraviado un plano inclinado de violetas...comulgué en éxtasis (como Viel, el epifánico Viel), fui cegado por el sol, apartando la posibilidad de una sentencia. Había espigas doradas bajo el crepúsculo, y mi camino no era el prometido.

Ahora vivo una vida, entonces renegaba por abrir resignadamente la puerta de la rutina, adornada con flores muertas, un jardín que no era mío, y la compasión...
Me tomaba un tiempo para beber café, hacer un fuego a medianoche, mirar las hojas de un fresno llegar al suelo. Simulaciones. Un modo sutil de no pensar en aquello que se imita.
Dejé a un lado las frases inconclusas nunca pronunciadas, las conversaciones previsibles, la conveniencia de un uniforme. Y desde que estas cerca pude ver lo que no he sido.

Un campo seco, de crujiente amarillo, con espinas rosadas, como cuando veía el mundo desde concepciones barroquistas, y lo conjeturaba con distorsiones, con una alambrada que probablemente haya cavado en mis sueños, sembrando límites, curtido por el desamparo.

Entonces no logro entender si la idea es un simulacro, tardíamente devanada, que ofrece frutas amargas, la posibilidad de cultivar una huerta ¿Cuántos de nosotros, oh desangelados poetas, hemos podido?
Intentaré una vez más la construcción, pero solo me importará que estés cerca, porque me empiezo a dar cuenta que nada mas importa.

sábado, 16 de noviembre de 2013

Atravesamientos


Detrás de todo esto hay una cortina color ceniza, un televisor que creo estar mirando, la posibilidad de un discernimiento. Me quedo pensando en el hecho de “poder ver” lo que encierra una escritura, se necesita algo más que comprensión lectora y capacidad de esbozar una crítica objetiva (tuve por intención escribir “subjetiva”, bien sabemos que no es lo mismo) y así separar las malezas, desmalezando literatura, planos filosóficos, escuetas construcciones.
Hallar una hendidura, donde poder desbrozar la apariencia de un desasosiego, aquí donde la subjetividad ofrece hilaturas anudando conceptos invisibles ¡bien las hemos visto! destruyendo adjetivos que permitan trazar un relato sin algoritmos, un modo de fijar la realidad, un lugar con murmullos –“porque todo el mundo escucha voces” – esos segundos antes del alba, sabiendo que no estamos del todo solos en este mundo, es entonces que escribo sobre el amor sin mencionarlo, porque todo me ocupa, porque todo me lastima.

Ah! el jardín resplandeciente, las amapolas que se sostienen en la nostalgia, el último trago que nunca bebí, y estos resquebrajos, estos límites que no puedo, estas celdas que no, meras disquisiciones morales, un viento sin nombre, la posibilidad de una esperanza.

viernes, 16 de agosto de 2013

La quieta voluntad

Me duelen las manos, la piel se agrieta y sale sangre que se coagula y resquebraja como lija, tuve un día particularmente gris, últimamente ando corriendo porque pienso que eso me va a hacer bien, la realidad es siempre inalcanzable, el cuadro siempre es el mismo, una sombra cansada corriendo contra su propia voluntad, buscando sentir asombro cuando todo lo que tiene por delante es un perímetro que le recuerda su propia esclavitud. Así se forjan las resignaciones, y se apartan las secretas ilusiones, confinadas al cajón de las palabras, donde se articulan sin elegancia buscando alcanzar el dominio de un plano. Hace tiempo que me duele la espalda, en casa no hay espejos, de lo contrario sería difícil aceptar que eso que se ve es uno mismo, inclinado por habituarse a no ser, y a las constantes sinrazones de entender lo que el tiempo mudó en calmo desasosiego. Fracaso puntualmente, y eso es todo lo que pueda decirse. Parece que las llagas de las manos están cicatrizando, pero cada vez me arden más, hace poco tuve que comprar lentes para la lectura, “es el paso del tiempo” pensé...y ahora me doy cuenta que la primavera está cerca y que estas cosas se tienen que marchar, como los capullos cuando caen en su hora, o las mariposas que se desprenden de su membrana, o incluso el barrendero que se lleva las últimas hojas del invierno con una escoba sin memoria, recogidas en una bolsa negra, en el exacto momento que la luna se posa sobre el tejado, mientras las ramas del único fresno la atraviesan por dentro.

domingo, 21 de julio de 2013

Quedarse...

Varias veces me lo cuestioné, sin embargo había un impulso más fuerte, la necesidad de no salir ese sábado con los amigos, porque en el cajón del escritorio había unas hojas en blanco y sobre la mesa una biromen negra, entonces iba a la cocina a buscar una botella de vino y una copa, y mientras bebía me entregaba a la escritura con cierta calma. Escrituras arborescentes, que no tenían un punto de desarrollo sino más bien representaban una fuga impar, un dejar que fluya la prosa cuando no sabía bien cuál era el tono indicado para desarrollarla. Cada tanto la noche devolvía ladridos de perros solitarios, el caño de escape de un auto que pasaba a toda velocidad, las conversaciones estentóreas de los ocupantes, la televisión apagada, el sonido leve del bolígrafo en el papel, las variaciones abruptas, absortas, el no poder dormir mientras fijaba la vista en la ventana, y yo que era joven, los cuadernos apilados en la repisa, los poemas nacidos a horas tardías, fragmentos de ideas inconclusas, construcciones vanas, manuscritos inabarcables

Ahora que los años pasaron, sigo pensando en aquello. Elijo quedarme, intentando resolver algunas cuestiones en esquemas de relatos, porque de algún modo escribo desde el blog cartas sin remitentes, pero estas llegan a todas partes, los textos cortos ocupan mi espacio y mi extraño sentido de pertenencia. Intento crear sistemas donde los vaivenes evanescentes encuentren la forma de una meseta, pero suelo divagar en los prados donde conservé las huellas de pisadas de la infancia. Siempre vuelvo, no hay en estos retornos atardeceres melancólicos, abundan las tonalidades ambarinas y las opacidades en tonos pasteles, paso raudo entremedio del sol y las margaritas, escucho el ruido de la hierba y de juncos en el viento, cruzo meditabundo la cerca de listones amarillos, a través de la brisa de los limones y los naranjos, donde todo es apacible...

Luego sé que a la noche será tiempo de volver a casa, y entonces pensaré en los amigos que no pudieron venir.

sábado, 22 de junio de 2013

Tener un destino...




Tener un destino...
Aún es un relato que se debe completar.
Cuando el tiempo despida un poco de viento en la casa de los huertos.

Todo lo nuevo volverá a comenzar.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Lo que ya sabemos


Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra / traspasado por un rayo de sol / y de pronto atardece”.
Quasimodo

El crepúsculo de toda existencia, los tonos ocres y bermejos de un día en la vida, el café que tomamos en silencio mirando los autos repetidos, cuando siempre fuimos los conductores de esa única autopista, la tarde que pasamos por última vez la puerta de salida de nuestro trabajo, la película en blanco y negro que nunca vimos, y sin embargo éramos los protagonistas, el libro de historia que volvimos a leer fuera de la escuela, el árbol de casa que creció mientras estábamos dormidos, sin que nos diéramos cuenta del televisor encendido y los juguetes tirados en el suelo, es cierto que al final del día recogemos lo balbuceado, las cotidianas acciones que dicen algo de lo que somos, pero que no dan cuenta de todo lo que representamos, recién entonces, en ese umbral de quietudes vanas, sabemos que de algún modo perdimos otra oportunidad de sumar valores, cuando no sabemos bien que es el valor, de que modo se mide, como se lo desarticula para descifrarlo por dentro, y todo eso supone ser conscientes del paso del tiempo, lo que hacemos y aceptamos hacer, lo que ofrecemos porque alguien nos lo pide.

Cada día hago una mayor autocrítica de las discontinuidades y rupturas en las que suelo formar parte, sin entender del todo porqué algunas cosas me afectan.

La frase de Quasimodo aún espera ser descubierta no desde lo literal sino desde las miradas endógenas de aquello que nos pasa sin modificarnos, porque es cierto que algo ocurre en ese devenir, apenas lo comprendemos, aunque hagamos de cuenta, como dice Cesare Pavese, que fingimos no saber lo que ya sabemos.

sábado, 11 de agosto de 2012

sábado, 30 de junio de 2012

Desavenencias de un incomprendido


El poeta pensó que era un genio.

En algún momento creyó ver la arquitectura invisible de una construcción, y se extravió en los pormenores del poema, lo escrito lo engulló hacia un adentro que lo supo destinado a comprender todo esquema narrativo, la materia candente del cual estaba imbricada toda creación, porque intuyó (esto no podemos saberlo) que dichos algoritmos solo podían ser entendidos por pocas almas, y que el mundo ajeno, si no concebía apreciación alguna, estaba equivocado, limitando su juzgamiento al mínimo consuelo de percibir una suerte de musicalidad estética en el extraño poemario.

Puertas adentro, aquel niño-anciano era una leyenda, se cuidaba de no dejar marcas sobre los lugares que frecuentaba, porque asumía que algún día alguien diría “el estuvo aquí” y prefería entonces callar y proseguir, que a lo sumo se recordase la imagen de un caminante lleno de sombras, un andariego solitario, una figura siempre lejana, lidiando con el viento en el crepúsculo de su propio día. Un ausente de toda posible asociación, un balbuceo de una noche sin luna.
De ese hombre queda poco, algún que otro poema breve, alguna frase feliz, y una pretendida agudeza para opinar sobre asuntos que nunca llegaría a verbalizar en público.

Naderías…
Se trata, o se trató, al pasar de los años,
de naderías.
Pretendido barroquismo de quien no torna complejas las estructuras de su incompleto mecanismo.

A veces ocurre que las personas, llegando al ocaso de sus vidas, nunca terminan de comprender si, como dice Juan Forn en un artículo, dejaron de vivir su época para empezar a vivir en su mundo, eso algunos lo descubren tarde, otros simplemente no lo saben, o no les importa saber, si estando en alguna parte vivieron en realidad en su propio mundo, su propia caverna, su propia deidad, y entonces quedaron colgados del contexto que los demás construían acaso sin darse cuenta. Algunos fueron consecuentes con las circunstancias que sus acciones favorecieron, dejaron sin pretensiones el esbozo de una obra, nocturnos versos escritos con nerviosa caligrafía, anotaciones marginales, correcciones temblorosas, silencios recogidos de una mañana fría con un sol entibiando los cristales, la ocasional chimenea de sus días primeros y el humeante café, un cobertizo y un perchero, también una silla de mimbre.

Como se sabe, el mundo, testigo involuntario, nunca tiene la culpa. A lo sumo, el sol de aquella infancia, arrojó sus pájaros tardíos a un campo poblado de flores incompletas, cerrando un círculo sin componentes ni planos, como una esfera vacía de conceptos. 

De algún modo, aquellos poetas (agreguemos el plural), conservaron los manuscritos sin animarse a prenderlos fuego, tal vez porque esos poemas ocultaban verdades que algún día deberían desentrañar, tal vez porque las primeras palabras siempre son verdaderas, a pesar de su precariedad.

Yo una vez quemé la edición de un libro, precisamente el primero, recuerdo las circunstancias, había un balde de plástico, mi vida por entonces era un desasosiego sin parábola, había logrado escribir algo que parecía representarme, cierta idea de adolescencia frustrada y melancólica, “no quisiera que alguien lea esto dentro de algún tiempo” pensé, en realidad no recuerdo haber pensado esas palabras, como tampoco tuve necesidad de planificar que debía quedar o no de la obra, sentí que ciertos destinos debían cumplirse, y que si algún día alguien preguntase por aquella decisión, tener por argumento que es mejor recordar de ese modo aquellos poemas, dejarlos detenidos en aquel limbo, con aquellas cenizas. Después todo pasó como en una brevedad de siglos, el fuego y el humo del poema llenando la casa, una parte de la casa manchada de negro, de hollín y de soledad.

Años después escribí que mi primer libro estaba destinado a la música, yo era el cantante, había una pianista y una concepción barroca del alma, el tiempo me llevó a publicar un presuntuoso libro sobre el espíritu adolescente, en la portada había un niño parado en un rincón, esperando al padre, o a la madre, quien sabe…

Vaya a saberse también, si aquel poeta se creyó un genio, y no hizo otra cosa que vivir en su mundo, y dejar de vivir en su época.

Si...
tal vez así fue.

sábado, 5 de mayo de 2012

En este mismo momento

En este mismo momento, mientras escribo en el blog, un taxi recorre las nocturnas calles de New York, tiene los vidrios empañados, el chofer parece dormido.

En estos momentos, una hilandera en Calcuta va tejiendo, mientras el sol se filtra efímero entre las cestas de tomates y los charcos de agua negruzca.

En este mismo momento, en Barcelona, unos chinos empiezan a coser en silencio, en un rincón se siente olor a café.

En Medellín, a estas horas, un linyera canta incomprensiblemente un tango.

Bailan niñas en una favela de Río, la madre de una de ellas no sabe que cocinará hoy, mira el plato de hojalata que un perro acaba de lamer.

En este mismo momento, un anciano panameño conduce un micro lleno de turistas por el barrio donde nació Mano de Piedra, los turistas miran el barrio con temor, el chofer piensa que su vida no es tan simple como parece.

El mozo del bar la Margarita sirve en este mismo momento un mojito de esos que bebió Hemingway, pasa un auto viejo cuyo resplandor ilumina el rostro del Che.

En este momento, en Chad, bajo el puente del río Bragoto, un niño descalzo lleva en sus hombros una tinaja con agua.

Un elefante se pudre en el delta del okavango, las moscas revolotean sobre los invisibles colmillos, el silencio parece amarillo.

En este mismo momento, las puertas del museo de Reykiavik, en Islandia, se cierran una vez más, hasta el otro día. Afuera la blancura es insoportable.

Bajo el alero de una pagoda de un monasterio budista en Myanmar, en este momento un niño birmano recibe monedas europeas bajo un sol impiadoso.

En la Catedral de San Basilio, plena Rusia, un anciano enfoca el lente hacia las cúpulas, mientras una paloma blanca lo distrae. Alrededor hay turistas sin nombre ni pasado.

En este mismo momento, a dos cuadras de la Biblioteca de Irak, un hombre sin alas recoge de una bolsa pedazos de papel de un libro mutilado.

En este mismo momento, en el medio de toda China, un anciano circunspecto mira detenido las flores de un ciruelo. Parece escudriñar el tiempo, en todo el cielo no hay un solo pájaro.

Rodeado de las altas estepas del desierto de Gobi, un hombre de cara angulosa prepara un te de menta. Por su aspecto, parece que guardó un prolongado silencio. Enciende lentamente un fuego.

En este momento, en la Coruña, un niño arroja una piedra a un silo sin maíz.

En este mismo momento, algunos hombres se sumergen en las cálidas aguas de Playa Blanca, buscan corales para vender, las palmeras parecen tocar la arena, el sol todo lo entibia.

En este mismo momento, mientras escribo en el blog, lleno mi vaso de vino con cuidado, a lo lejos se escuchan ladridos, y un auto sin ruedas acaba de pasar.

sábado, 31 de marzo de 2012

El silencio del después


Decía Atahualpa Yupanqui que los poetas “Sienten cuando los ronda de cerca el gran silencio; cuando se les va acercando, cada día, cada semana, como una sombra amplia, amada, nunca desconocida, el silencio”. Debe ser cierto, al menos por un segundo, sentir que hay una sombra detrás del alma, y que solo un hilo de voz puede nombrarla.
Con el tiempo viene otro silencio, se construye un testamento, se intenta significar en páginas descoloridas un paso por la vida, se juntan reseñas, como si recogiéramos tierra para llenar un huerto, y luego los frutos que deberían nacer para que la rueda se complete.

Tal vez sea por esto que la otra noche, mientras fumaba un habano, me quedé mirando una única estrella desde una silla que parecía de mimbre, llegué a pensar que en ese momento podía ser la única persona en el mundo que estaba mirando detenidamente esa estrella, el hecho me consoló. Entre las volutas de humo me dejaba callar en un vaivén quieto, formado por las hebras de mi propio desasosiego.
Vaya a saberse porqué, pensé en mi abuelo, que falleció en el 2000, el había nacido en 1915 así que si no saqué mal la cuenta vivió 85 años, hubiera vivido más de no haber sido por un accidente, todo aquello que como albañil construía lo tuvo que interrumpir, quedando en cama sus últimos días, inmóvil y mirando la televisión, justo el.

Recuerdo que mi abuelo se estaba muriendo y entonces se me ocurrió preguntarle que es la vida, todavía veo su cara de sorpresa al escuchar la pregunta, un coloso de un metro noventa y cien kilos y parecía desarmado ante la ocurrencia, y entonces me dijo las palabras inmortales, que nunca voy a olvidar: “es buena”.

La vida es buena.

A la semana me invitó a su casa, nos sentamos y me dijo que yo le había hecho una pregunta y que el sentía que debía responderme de otra manera, entonces me dijo que en la vida “hay más contras que derechas”, que “todo tienes que ganártelo” y varias cosas más que prefiero atesorar en algún lugar de mi yo más profundo, pero lo cierto es que estuvo pensando en eso, y sentí que todo valió la pena, experimenté, como pocas veces en mi vida, una sensación de paz, algo que repara como un amanecer o como un cuarto lleno de sol.

Había un pincel en el galpón de mi abuelo, verde y pequeño, me lo llevé, para pintar con silenciosa alegría, todas las paredes del mundo.

sábado, 19 de noviembre de 2011

El otro yo

Suelo tener presente una imagen cada vez que me voy a dormir, es recurrente. Me encuentro viajando a la costa por la ruta, de noche, porqué sé que a unos kilómetros, bajo la noche profunda, encontraré un parador donde poder tomar café y comer algo (conozco el sitio), luego ocurrirá lo de siempre, sentir que necesariamente la vida no es otra cosa que aquella circunstancia, el otro yo que espera en vano más allá del campo estrellado y la penumbra. Es entonces que trato de sacar algunas frazadas, correr los asientos para adelante, hacerme un lugar dentro del auto en la parte trasera, y dormir, dormir en una situación totalmente infrecuente, esperar los primeros albores rojizos de la mañana dentro del auto, luego bajar, estirar las piernas, llenar el termo de agua caliente, y salir a la ruta, hasta llegar al mar.

No hay noche que no piense en esto, y no sé porqué, no encuentro realmente un motivo, pero la sensación es que una parte de mi espera llegar y encontrar el día, y encontrarme...

Ayer fue diferente, me acosté tarde luego de dormir a mi hijo, y no pude conciliar el sueño hasta las 6 de la mañana, dejé a ese “otro” sentado dentro del auto, con las cuencas vacías, mirando la nada. Lo abandoné a su suerte, supe que no tenía propósito, que alguien dentro mío clamaba vivir el día, llegar a algún lugar, construir algo con mi mujer.
Lo dejé adentro del auto, a ese “yo” que habito todas las noches, no sea cosa que la vida se me pase de largo, y me encuentre deshaciendo ovillos mientras aquel cadáver se pudre en la espera de un momento y de una circunstancia.
“aquí” tengo un yo del cual quedan ciertos silencios, ciertas estructuras. En aquella ruta, esperan mis fantasmas, cumplir el día de enfrentar exiguos temores, ansiando dejarlo atrás, para que despierte en algún páramo del destino, ese yo por el que siento alguna culpa, alguna lástima, para que salga del auto, y se vaya a casa, que viva una vida, que no crea en mi, porque no es bueno tener retazos de un yo desvaído abandonado a su suerte, y que cada noche me acompañe mientras hago de cuenta que vivo mi vida.