A veces el mecanismo consiste en sesgar un párrafo poblado de autorreferencias acaso barrocas, lo que luego viene con el viento, es un campo de trigo que se atraviesa con una azada en la mano. En ese esquema, un verbo puede variar modificando el predicado, dejando afuera todo lo amarillo del poema, para finalmente mostrar un marco donde cabe todo lo amarillo del poema.
Después -porque siempre hay un después- puede aparecer una infancia con sus girasoles grises, una pulsión asociada al tiempo y al espacio, el derrotero granítico de una esperanza.
Creyendo, como suele suceder con los faros invisibles, que algo de
todo eso formará parte de mi poema.

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