Esto de ti, que aún me ampara, de los atardeceres no atardecidos
de los molinos esperando el viento en medio de un prado.
Este sol que sale en tu jardín, estos versos que siempre te nombran.
Siempre extrañándote.
Esto de ti, que aún me ampara, de los atardeceres no atardecidos
de los molinos esperando el viento en medio de un prado.
Este sol que sale en tu jardín, estos versos que siempre te nombran.
Siempre extrañándote.
Uno cree que cambia el rumbo del viento, cubierto de los fulgores anaranjados que a veces quedan descriptos en el poema, que todo lo otro, de un amarillo incólume, resultan tiestos de un fondo sin telón atravesado por las gaviotas, en un atardecer flamígero, donde apenas caben las parábolas que parecen pontificar los atavíos de una metáfora.
Uno cree que deja huellas en el camino, mientras se arremolinan en el poema las paradojas irresueltas que una ventisca horada en ese detrás de la palabra apenas concebida, porque siempre hay algo que antecede al viento entre los pliegos de una hora temprana, porque siempre se escuchan voces por fuera del poema, porque la noche gira dentro de una bóveda cubierta de estrellas titilantes, mientras una línea de fuga serpentea a través de las escrituras automáticas, “los vellones de oro de la dispersión”, colgados al costado de un muro cercado por la hiedra, y agrego entonces la palabra "colgajo" para que la similitud haga las paces con el desaliento.
En el medio de algo por atravesar, sin saber en qué tiempo y bajo qué murmuro, atribulado de los silencios y la incertidumbre, creo entender cómo será mi respuesta, si es que puedo cumplir lo prometido.
En esa escollera de cauces oscuros, donde se han hundido cada uno de los poemas, he visto como un barco sin coraza subió hasta las estrellas, sin dejar de surcar el mar, perdido en el desasosiego que una infancia sin memoria pretendió sepultar.
Y en el medio de ese fárrago de penas sin nombrar, desalentado de los faros y los puentes, espero amanecer mientras anclo mi destino en alguna remembranza, las palabras que aparecen en ese prado sin cruzar:
Tengo que volver.
Suele pasar, en medio de farolas distantes, cuando intento encapsular el efecto de una distorsión que licua los componentes serenos de un plano sin transitar, un no andar que prefigura el entramado de un simulacro donde apenas soy visible, es entonces cuando me pregunto si alguna vez me importó algo, si son ciertos los resplandores.
Lo que intento decir es que el tiempo me encorvó la espalda, en este pesar donde el poema se encuentra en otro lugar, acaso autocompasivo pero apartado de la consecuencia, las veces que proferí aullidos bajo una maleza sin adjetivar, atribulado bajo la inmensa luna blanca, sin alcanzar el sentido de los puntos suspensivos que un silencio pretende dirimir.
Acaso deshabitado de palabras, no alcanzo a distinguir la brisa amarilla del poema, ensimismado bajo los pliegos de una hora temprana.
En este frío desasosiego, urdido entre una hilera de mañanas desangeladas, cubro sin un jardín el verbo de un tiempo rodeado de flores. No sé qué lugar ocupo en esa distancia que lo transitado y lo concebido apenas pueden comerciar, acaso un fulgor rosado, a centímetros de una evocación incierta, sin otra pretensión que contemplar con cierta perplejidad, esta curva de la vida donde los silencios quedan sin habitar.
Así me pierdo en la pretensión de un frío albor, no desarrollado en el poema, mientras creo elucidar los pormenores de una construcción basada en preceptos y conceptos, atribulado ante las grietas de una simple manifestación literaria, bajo los pliegos de un contrapunto que aún pretendo dirimir.
Uno cree que modifica el desierto, que se abre un surco entre las espigas, pobladas en otro contexto, apenas inclinadas por la ventisca, sin que el labrador de sombrero pajizo pueda recoger ese amarillo en el poema, acaso la oscuridad de las sombras proyectadas por los álamos al atardecer, porque en esa labranza o en ese viento hay algo que no podemos dirimir, como cuando pasa un ave nocturna apenas transparentada en sus escamas plateadas bajo la luna, cruzando hacia el cielo del poema, sin los colores suficientes, sin las nubes adecuadas, perdidos por no saber dónde culmina ese vuelo, sin el auxilio de una metáfora que incluya el manto de una ausencia. Mencionar en este tránsito la invisibilidad del poeta, en el mismo momento que sacude las retorcidas ramas del árbol más alto del poema, para que caigan las naranjas en la hierba inclinada, para que alguien recoja algo antes de que anochezca.
A veces, en la orilla donde se abrevan las sombras de las eventuales conjeturas, pienso en el oficio de los poetas, y pienso en quienes aún siguen escribiendo en un blog, si acaso ese propósito no es otra cosa que una justificación de una leve presencia en el mundo, creyendo que podemos iluminar los recovecos sin esperar reconocimiento alguno, solo por el mero hecho de formar parte de una pequeña comunidad que acaso algún día reconozca un sentido, sin pretender un aplauso ni mendigar una aprobación.
No creo entender lo que hago, probablemente la paradoja consista en ese prevalecer de la idea de que esta pobreza y esta oscuridad es el precio que se paga por sostener sin argumentos un espacio donde otros puedan apoyarse, así sea una breve lectura, el aleteo de un pensamiento, o una mera ventisca en una habitación vacía.
En todo caso, creo que hacemos de cuenta que soltamos amarras en medio de la noche, que ese barco ebrio, apenas iluminado por la luna, anclará en algún amanecer, y que cuando alguien vaya a la orilla, no hallará a los poetas, solo encontrará palabras, parecidas a las huellas recién borradas por el mar.