Cuando todo parece eclipsar, la poesía se hace invisible en el bosque
donde ya no sé cómo abrevar este silencio
solo veo sombras tornasoladas en un cuadro que no supe pintar
Cuando todo parece eclipsar, la poesía se hace invisible en el bosque
donde ya no sé cómo abrevar este silencio
solo veo sombras tornasoladas en un cuadro que no supe pintar
Alguna vez, el plano del poema fue transitado bajo los pliegos de una evocación, sin relación alguna con las antiguas estructuras, un cauce que al paso de los años decidí contemplar desde una orilla, haciendo el ejercicio del trabajo con las palabras, el río que no es posible nadar dos veces. Desde un tiempo sin medirlo en la gravedad de cada vicisitud acumulada, las teorías obturaron el poema, la escritura pasó a ser una excusa para dirimir el alcance de una divagación disfrazada de conjetura, y los piélagos inalcanzables de la literatura, donde moran los peces cantantes, se llenaron de supuestos no acercados por la validación ni por el reconocimiento, solo hubo inercia, alguien que aún hoy no encuentra su propia voz.
Anclado en el no hacer, sigo dirimiendo el hueso del poema, en el mismo estanque de agua quieta, donde a veces arrojo piedras.
Elucubrando sobre la no-filosofía, vientos que cruzan de páramo en páramo, tratando de articular un precepto en medio de reglas apenas frecuentadas.
El entendimiento común de un pulso creativo, el concepto y la idea, la tela sin cortar, la posibilidad de un texto, un problema a medio hacer, un cielo de pájaros negros.
Nadar de noche, hacia el fondo del poema, el temblor de las estrellas en el agua oscura, un lago o un estanque, la posibilidad de una experiencia, poder pasar con las palabras del otro lado del velo insondable, donde el piélago es conjetura, acaso falsas derivaciones de unas cuantas verdades sin resolver.
Anoche, un poco al azar, volví a leer unos poemas de Alejandra Pizarnik, afuera llovía y el otoño ya había arrojado nuevamente sus hojas amarillas en la vereda de los troncos negros.
Leerla me recordó la cita de Kafka, que Pizarnik recupera, cuando dice “es una exhortación a los jóvenes para que no estén tristes, ya que existen la naturaleza, la libertad, Goethe, Schiller, Shakespeare, las flores, los insectos, etc.”, podría agregar en ese listado a la autora de extracción de la piedra de locura, pero pensé más que nada en el consuelo que supone leer poesía mientras la vida discurre en la aparente mansedumbre de un jardín abandonado.
Dos de esos poemas no recordé haberlos leído, probablemente por tratarse de su Poesía Completa, un libro de 470 páginas publicado por la Editorial Lumen (Colección Poesía N° 120), cuya edición estuvo a cargo de Ana Becciu, reuniendo poemas, manuscritos y textos que abarcan desde 1955 a 1972 (ahora que lo pienso, que increíble que toda una vida quede condensada en menos de 500 páginas, único artefacto que ubica un dique de madera contra el olvido y el silencio, ese que Pizarnik consideraba que no existía).
El primero de esos poemas “pequeños cantos” que creí olvidar, es el tercero de una publicación que se hizo en la revista Árbol de Fuego (N° 45, Caracas, 1971), donde se advierte de un modo acaso visible el sentido de la ausencia cuando se acerca al aislamiento y a la soledad en el más profundo de los descensos, son estos versos:
el centro de un poema
es otro poema
el centro del centro
es la ausencia
en el centro de la ausencia
mi sombra es el centro
del centro del poema
El otro poema, que lleva el número 15, y que parece escrito en una servilleta, plantea con breves versos algo que siempre me interpeló en la escritura, esa espera que no sucede en el devenir de la poesía, mientras nuestras disquisiciones continúan alejándose y acercándose a la única montaña, esa que, en un determinado momento, no sabemos si estamos subiendo o empezamos a bajar:
Niña que en vientos grises
Vientos verdes aguardó
Después de leer esto, me quedé pensando en ese viento, si algo de eso que aguardamos puede formar parte de un problema.
Afuera había dejado de llover.
Estoy atravesando el pasillo de los silencios destejidos por el tiempo, cuando las sombras no parecían sombras y se quedaban quietas en la punta de la mesa, las manos entrelazadas, los ojos perdidos en el leve ondular de las cortinas, el sueño que nunca tuve, mientras el viento murmuraba por fuera de la ventana sin marco, sombras que alguna vez tuvieron un nombre.
El pasillo era largo y apenas iluminado por vitrales amarillos, es conveniente fijar el tiempo en el pasado, para que el presente no difumine los rostros como si no importara lo que irrumpe. Afueran están los árboles y el bullicio, de donde vengo caminando bajo una nube blanca, como si fuera un paraguas de la infancia.
Las personas que miran a las personas que se pierden en un rincón apenas iluminado, la posibilidad de una conversación, mientras espero por un cauce que se vuelva motivo, circunstancia, abstracción, una mirada que se vuelva silencio, que parezca una despedida con claroscuros que se inclinan mientras anochece, como si los claroscuros fueran parte de la conversación, la hora en la que no se sabe que hay del otro lado de la pared, en esa ida sin andares, la parte anaranjada del crepúsculo, los pájaros negros posados en las terrazas resplandecientes, las plantas que apenas se ven al final del pasillo, cuando las sombras no parecían sombras, cuando simulaban olvidarse del olvido, caminando sin un detrás, escribiendo este poema.
“La grandeza del poeta puede, en realidad, medirse mejor por lo que calla si a la vez intenta no silenciar lo inexpresable” de Wilhelm Richard Wagner.
Cuando la cita anula la eventualidad de una divagación...
Esto es todo lo que no conocí.
Todo lo que no sabíamos del círculo
Andrea Bernal
Supe de un poemario que anda preparando Andrea Bernal, nacida en Madrid en 1985, profesora de filosofía y poeta, llevará por título “Círculo”, en lo que pareciera ser un conjunto de poemas reflexivos sobre la vida y la muerte, acaso el tránsito hacia algo que se nos escurre de las manos. Me detuve en el poema titulado “Mundo”, donde escribe lo siguiente:
El mundo deshaciéndose en un cordel.
Mientras no miramos
quién lanza lluvia,
envuelve,
detiene el tiempo o lo persigue.
Cuando un mundo se descubre ciego,
otros mirlos ya lo atrapan.
En esos dos últimos versos vi algo nuevo, porque una cosa es la imagen que se transcribe en medio de un desasosiego que se transita, y otra cosa muy distinta es cuando la poesía representa con el verso aquello que forma parte de lo que no vemos o creemos ver, esa perplejidad encuentra en la acción de los mirlos un sentido que el poema va descubriendo mientras el mundo se deshace en un cordel.
Me pregunto qué hubiera pasado si esos pájaros no estuviesen en el poema, probablemente no hubiera un círculo por comprender.
Sitio consultado:
5 poemas de Círculo, de Andrea Bernal
https://www.zendalibros.com/5-poemas-de-circulo-de-andrea-bernal/