domingo, 10 de mayo de 2026

Algunos poemas de Alejandra

Anoche, un poco al azar, volví a leer unos poemas de Alejandra Pizarnik, afuera llovía y el otoño ya había arrojado nuevamente sus hojas amarillas en la vereda de los troncos negros.

Leerla me recordó la cita de Kafka, que Pizarnik recupera, cuando dice “es una exhortación a los jóvenes para que no estén tristes, ya que existen la naturaleza, la libertad, Goethe, Schiller, Shakespeare, las flores, los insectos, etc.”, podría agregar en ese listado a la autora de extracción de la piedra de locura, pero pensé más que nada en el consuelo que supone leer poesía mientras la vida discurre en la aparente mansedumbre de un jardín abandonado.

Dos de esos poemas no recordé haberlos leído, probablemente por tratarse de su Poesía Completa, un libro de 470 páginas publicado por la Editorial Lumen (Colección Poesía N° 120), cuya edición estuvo a cargo de Ana Becciu, reuniendo poemas, manuscritos y textos que abarcan desde 1955 a 1972 (ahora que lo pienso, que increíble que toda una vida quede condensada en menos de 500 páginas, único artefacto que ubica un dique de madera contra el olvido y el silencio, ese que Pizarnik consideraba que no existía).

El primero de esos poemas “pequeños cantos” que creí olvidar, es el tercero de una publicación que se hizo en la revista Árbol de Fuego (N° 45, Caracas, 1971), donde se advierte de un modo acaso visible el sentido de la ausencia cuando se acerca al aislamiento y a la soledad en el más profundo de los descensos, son estos versos:

el centro de un poema

                                    es otro poema

el centro del centro

                                    es la ausencia


en el centro de la ausencia

mi sombra es el centro

del centro del poema


El otro poema, que lleva el número 15, y que parece escrito en una servilleta, plantea con breves versos algo que siempre me interpeló en la escritura, esa espera que no sucede en el devenir de la poesía, mientras nuestras disquisiciones continúan alejándose y acercándose a la única montaña, esa que, en un determinado momento, no sabemos si estamos subiendo o empezamos a bajar:


Niña que en vientos grises

Vientos verdes aguardó


Después de leer esto, me quedé pensando en ese viento, si algo de eso que aguardamos puede formar parte de un problema.

Afuera había dejado de llover.


domingo, 3 de mayo de 2026

Mientras los trazos cruzan memorias deshabitadas

Estoy atravesando el pasillo de los silencios destejidos por el tiempo, cuando las sombras no parecían sombras y se quedaban quietas en la punta de la mesa, las manos entrelazadas, los ojos perdidos en el leve ondular de las cortinas, el sueño que nunca tuve, mientras el viento murmuraba por fuera de la ventana sin marco, sombras que alguna vez tuvieron un nombre.

El pasillo era largo y apenas iluminado por vitrales amarillos, es conveniente fijar el tiempo en el pasado, para que el presente no difumine los rostros como si no importara lo que irrumpe. Afueran están los árboles y el bullicio, de donde vengo caminando bajo una nube blanca, como si fuera un paraguas de la infancia.

Las personas que miran a las personas que se pierden en un rincón apenas iluminado, la posibilidad de una conversación, mientras espero por un cauce que se vuelva motivo, circunstancia, abstracción, una mirada que se vuelva silencio, que parezca una despedida con claroscuros que se inclinan mientras anochece, como si los claroscuros fueran parte de la conversación, la hora en la que no se sabe que hay del otro lado de la pared, en esa ida sin andares, la parte anaranjada del crepúsculo, los pájaros negros posados en las terrazas resplandecientes, las plantas que apenas se ven al final del pasillo, cuando las sombras no parecían sombras, cuando simulaban olvidarse del olvido, caminando sin un detrás, escribiendo este poema.


sábado, 25 de abril de 2026

Cita

La grandeza del poeta puede, en realidad, medirse mejor por lo que calla si a la vez intenta no silenciar lo inexpresable” de Wilhelm Richard Wagner.

Cuando la cita anula la eventualidad de una divagación...

sábado, 18 de abril de 2026

Poemas del círculo

Esto es todo lo que no conocí.

Todo lo que no sabíamos del círculo

Andrea Bernal

Supe de un poemario que anda preparando Andrea Bernal, nacida en Madrid en 1985, profesora de filosofía y poeta, llevará por título “Círculo”, en lo que pareciera ser un conjunto de poemas reflexivos sobre la vida y la muerte, acaso el tránsito hacia algo que se nos escurre de las manos. Me detuve en el poema titulado “Mundo”, donde escribe lo siguiente:

El mundo deshaciéndose en un cordel.
Mientras no miramos
quién lanza lluvia,
envuelve,
detiene el tiempo o lo persigue.
Cuando un mundo se descubre ciego,
otros mirlos ya lo atrapan.

En esos dos últimos versos vi algo nuevo, porque una cosa es la imagen que se transcribe en medio de un desasosiego que se transita, y otra cosa muy distinta es cuando la poesía representa con el verso aquello que forma parte de lo que no vemos o creemos ver, esa perplejidad encuentra en la acción de los mirlos un sentido que el poema va descubriendo mientras el mundo se deshace en un cordel.

Me pregunto qué hubiera pasado si esos pájaros no estuviesen en el poema, probablemente no hubiera un círculo por comprender.

Sitio consultado:

5 poemas de Círculo, de Andrea Bernal

https://www.zendalibros.com/5-poemas-de-circulo-de-andrea-bernal/

sábado, 11 de abril de 2026

El sol de la infancia


La hora de la siesta, esa nada aparente.

Antes, cuando los niños eran niños, un resplandor amarillo llenaba de luz a las paredes, hasta aplacarlas de tanto brillo, como un cuerpo inerme que espera recuperarse bajo el sol, en las calles de la infancia apenas pasaban autos y hasta podía escucharse el paso de las personas dejando huellas violetas en la vereda. Había abejas y mariposas, muchas mariposas. Algo que se perdía en el túnel del tiempo, junto con el último aleteo anaranjado.

Y es que nunca hubo un túnel bajo ese cielo, estábamos despiertos, trepando al gigantesco árbol de moras cuando caía el atardecer.


sábado, 4 de abril de 2026

Una escena sin nombrar

Intento ponerle un nombre a una escena vacía, para que la mera consecución de las palabras llegue antes que la resignación, en esta nada en donde me preocupo por el sentido de la asociación, acaso un movimiento que indique el inicio de algo nuevo.

Mover algo en esta escena sin nombrar, trazar los pliegos de una hilera de sombras, para conjeturar sobre el taciturno silencio de los árboles, alejarnos lo suficiente para que otro espacio sea creado.

Así, una lámpara es cambiada de lugar en el poema, la escena desteje la sombra que se inclina ante el tiempo, se ven las grietas en la pared pintada de verde, y el marco de la única ventana se hace visible con el atardecer.


sábado, 28 de marzo de 2026

Lo que queda del bosquejo

Ahora que termina la canción, del poema que se enreda en la enramada, pienso en cómo deformar lo que se anuda, cómo hacerlo sin palabras

un texto para hacer visibles las capas, una mata bajo el silencio sin cubrir, del rocío en el plano ambarino donde los versos parecen dedos que arrancan pedazos de tierra, marcando los surcos, mirando a las hormigas avanzar hacia los derroteros fecundos, la idea anudada cuyo preámbulo es la perplejidad y el débil asombro mientras atardece,

esas toscas representaciones y esos simulacros

ese vaivén mientras me pierdo en el bosquejo donde se anulan las percepciones.