domingo, 21 de junio de 2026

Sobre algunas manifestaciones de la otredad en la lectura

Cada tanto suelo abrevar observaciones en algunas entrevistas de carácter literario, como una reciente de Alberto Mangel, ex Director de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, entre varias apreciaciones se eleva una, concisa, cuando dice, a propósito de la obra de Jorge Luis Borges "que la literatura nunca es un catecismo. Que la literatura no da respuestas de sí o no. Que la literatura nos está diciendo algo o quiso decirnos algo que no hemos escuchado. Y en esa ambigüedad reside el hecho estético"

Es coincidente con lo que rescata del autor la investigadora y profesora Louis Annick cuando dijo que "Debemos aceptar que la realidad no pertenece a ningún género literario", en donde Borges elaborará una escritura sin nombrar en forma directa los planos de esa realidad, lo que Annick ha llamada "una estética oblicua".

Pero lo que me dejó pensando fue la incidencia del libro "Pierre Menard, autor del Quijote", básicamente el tema de las apropiaciones. En aquella obra, se sabe que un autor francés escribe palabra por palabra el Don Quijote de Cervantes, pero en el siglo XX, entonces, para Mangel, aunque el texto es igual, es otro libro, porque el autor es otro, el contexto es otro y será leído de otra manera, y acaso como ejemplo sea lícito observar la intervención del lector para cambiar el sentido del texto dejando las mismas palabras. Como bien lo subraya Mangel, el hecho nos hace comprender que también leemos un texto por lo que hemos oído de ese texto, que no necesariamente coincidirá con lo que piensa o comprende el mismo autor sobre ese texto.

Al final de la entrevista se comparte unos versos de Borges, en donde probablemente la estética oblicua se torna horizonte y llanura, a centímetros del corazón, a silencios acaso transitados:  

Ya no compartirás la clara luna

ni los lentos jardines. Ya no hay una

luna que no sea espejo del pasado,

cristal de soledad, sol de agonías.

Adiós las mutuas manos y las sienes

que acercaba el amor. Hoy sólo tienes

la fiel memoria y los desiertos días.

Nadie pierde (repites vanamente)

sino lo que no tiene y no ha tenido

nunca, pero no basta ser valiente

para aprender el arte del olvido.

Un símbolo, una rosa, te desgarra

y te puede matar una guitarra.

Nota consultada:

https://infosantiago.com.ar/a-nota/224729/todo-borges-nos-dice-que-la-literatura-nunca-es-un-catecismo-alberto-manguel-en-ginebra-a-40-anos-de-la-muerte-del-escritor

sábado, 13 de junio de 2026

Variaciones sobre el atribulado alcance de la poesía

Uno cree que separa las aguas, que en un determinado momento irrumpe la necesidad de salvar algo para que suceda todo lo otro, porque somos efímeros e imperfectos, porque sin embargo algo queda al final de esta orilla, imaginando un dique que algún día desviará los barcos hacia una vida menos complicada, que proyectaremos una sombra parecida a la de los árboles, para que todos los poetas se pregunten si vale la pena insistir sobre aquel prolongado desasosiego, aquella profundidad en el fondo del estanque. 

Ahora mismo se estiran las palabras separadas por una breve bruma, como un hiato entre crepúsculos, algo que no puedo explicar al final del día. 

Mientras me pierdo en el vadeo de una conjetura, me pregunto por qué la luna cabe entre dos ramas apenas extendidas.

viernes, 5 de junio de 2026

Indio


Las despedidas son, esos dolores dulces 

Adiós poeta...

sábado, 30 de mayo de 2026

El plano inclinado de la tristeza


Cuando todo parece eclipsar, la poesía se hace invisible en el bosque
donde ya no sé cómo abrevar este silencio

solo veo sombras tornasoladas en un cuadro que no supe pintar

el arbolito de la infancia con que me distraigo 
para no ver dónde termina el jardín

porque sé que en el poema hay un cerco, y nunca puedo atravesarlo.


domingo, 24 de mayo de 2026

El cauce del poema

Alguna vez, el plano del poema fue transitado bajo los pliegos de una evocación, sin relación alguna con las antiguas estructuras, un cauce que al paso de los años decidí contemplar desde una orilla, haciendo el ejercicio del trabajo con las palabras, el río que no es posible nadar dos veces. Desde un tiempo sin medirlo en la gravedad de cada vicisitud acumulada, las teorías obturaron el poema, la escritura pasó a ser una excusa para dirimir el alcance de una divagación disfrazada de conjetura, y los piélagos inalcanzables de la literatura, donde moran los peces cantantes, se llenaron de supuestos no acercados por la validación ni por el reconocimiento, solo hubo inercia, alguien que aún hoy no encuentra su propia voz. 

Anclado en el no hacer, sigo dirimiendo el hueso del poema, en el mismo estanque de agua quieta, donde a veces arrojo piedras.

domingo, 17 de mayo de 2026

La no-filosofía


Elucubrando sobre la no-filosofía, vientos que cruzan de páramo en páramo, tratando de articular un precepto en medio de reglas apenas frecuentadas. 

El entendimiento común de un pulso creativo, el concepto y la idea, la tela sin cortar, la posibilidad de un texto, un problema a medio hacer, un cielo de pájaros negros. 

Nadar de noche, hacia el fondo del poema, el temblor de las estrellas en el agua oscura, un lago o un estanque, la posibilidad de una experiencia, poder pasar con las palabras del otro lado del velo insondable, donde el piélago es conjetura, acaso falsas derivaciones de unas cuantas verdades sin resolver.

domingo, 10 de mayo de 2026

Algunos poemas de Alejandra

Anoche, un poco al azar, volví a leer unos poemas de Alejandra Pizarnik, afuera llovía y el otoño ya había arrojado nuevamente sus hojas amarillas en la vereda de los troncos negros.

Leerla me recordó la cita de Kafka, que Pizarnik recupera, cuando dice “es una exhortación a los jóvenes para que no estén tristes, ya que existen la naturaleza, la libertad, Goethe, Schiller, Shakespeare, las flores, los insectos, etc.”, podría agregar en ese listado a la autora de extracción de la piedra de locura, pero pensé más que nada en el consuelo que supone leer poesía mientras la vida discurre en la aparente mansedumbre de un jardín abandonado.

Dos de esos poemas no recordé haberlos leído, probablemente por tratarse de su Poesía Completa, un libro de 470 páginas publicado por la Editorial Lumen (Colección Poesía N° 120), cuya edición estuvo a cargo de Ana Becciu, reuniendo poemas, manuscritos y textos que abarcan desde 1955 a 1972 (ahora que lo pienso, que increíble que toda una vida quede condensada en menos de 500 páginas, único artefacto que ubica un dique de madera contra el olvido y el silencio, ese que Pizarnik consideraba que no existía).

El primero de esos poemas “pequeños cantos” que creí olvidar, es el tercero de una publicación que se hizo en la revista Árbol de Fuego (N° 45, Caracas, 1971), donde se advierte de un modo acaso visible el sentido de la ausencia cuando se acerca al aislamiento y a la soledad en el más profundo de los descensos, son estos versos:

el centro de un poema

                                    es otro poema

el centro del centro

                                    es la ausencia


en el centro de la ausencia

mi sombra es el centro

del centro del poema


El otro poema, que lleva el número 15, y que parece escrito en una servilleta, plantea con breves versos algo que siempre me interpeló en la escritura, esa espera que no sucede en el devenir de la poesía, mientras nuestras disquisiciones continúan alejándose y acercándose a la única montaña, esa que, en un determinado momento, no sabemos si estamos subiendo o empezamos a bajar:


Niña que en vientos grises

Vientos verdes aguardó


Después de leer esto, me quedé pensando en ese viento, si algo de eso que aguardamos puede formar parte de un problema.

Afuera había dejado de llover.