“La grandeza del poeta puede, en realidad, medirse mejor por lo que calla si a la vez intenta no silenciar lo inexpresable” de Wilhelm Richard Wagner.
Cuando la cita anula la eventualidad de una divagación...
“La grandeza del poeta puede, en realidad, medirse mejor por lo que calla si a la vez intenta no silenciar lo inexpresable” de Wilhelm Richard Wagner.
Cuando la cita anula la eventualidad de una divagación...
Esto es todo lo que no conocí.
Todo lo que no sabíamos del círculo
Andrea Bernal
Supe de un poemario que anda preparando Andrea Bernal, nacida en Madrid en 1985, profesora de filosofía y poeta, llevará por título “Círculo”, en lo que pareciera ser un conjunto de poemas reflexivos sobre la vida y la muerte, acaso el tránsito hacia algo que se nos escurre de las manos. Me detuve en el poema titulado “Mundo”, donde escribe lo siguiente:
El mundo deshaciéndose en un cordel.
Mientras no miramos
quién lanza lluvia,
envuelve,
detiene el tiempo o lo persigue.
Cuando un mundo se descubre ciego,
otros mirlos ya lo atrapan.
En esos dos últimos versos vi algo nuevo, porque una cosa es la imagen que se transcribe en medio de un desasosiego que se transita, y otra cosa muy distinta es cuando la poesía representa con el verso aquello que forma parte de lo que no vemos o creemos ver, esa perplejidad encuentra en la acción de los mirlos un sentido que el poema va descubriendo mientras el mundo se deshace en un cordel.
Me pregunto qué hubiera pasado si esos pájaros no estuviesen en el poema, probablemente no hubiera un círculo por comprender.
Sitio consultado:
5 poemas de Círculo, de Andrea Bernal
https://www.zendalibros.com/5-poemas-de-circulo-de-andrea-bernal/
Antes, cuando los niños eran niños, un resplandor
amarillo llenaba de luz a las paredes, hasta aplacarlas de tanto brillo, como
un cuerpo inerme que espera recuperarse bajo el sol, en las calles de la
infancia apenas pasaban autos y hasta podía escucharse el paso de las personas dejando
huellas violetas en la vereda. Había abejas y mariposas, muchas mariposas. Algo
que se perdía en el túnel del tiempo, junto con el último aleteo anaranjado.
Y es que nunca hubo un túnel bajo ese cielo, estábamos
despiertos, trepando al gigantesco árbol de moras cuando caía el atardecer.
Intento ponerle un nombre a una escena vacía, para que la mera consecución de las palabras llegue antes que la resignación, en esta nada en donde me preocupo por el sentido de la asociación, acaso un movimiento que indique el inicio de algo nuevo.
Mover algo en esta escena sin nombrar, trazar los pliegos de una hilera de sombras, para conjeturar sobre el taciturno silencio de los árboles, alejarnos lo suficiente para que otro espacio sea creado.
Así, una lámpara es cambiada de lugar en el poema, la escena desteje la sombra que se inclina ante el tiempo, se ven las grietas en la pared pintada de verde, y el marco de la única ventana se hace visible con el atardecer.
Ahora que termina la canción, del poema que se enreda en la enramada, pienso en cómo deformar lo que se anuda, cómo hacerlo sin palabras
un texto para hacer visibles las capas, una mata bajo el silencio sin cubrir, del rocío en el plano ambarino donde los versos parecen dedos que arrancan pedazos de tierra, marcando los surcos, mirando a las hormigas avanzar hacia los derroteros fecundos, la idea anudada cuyo preámbulo es la perplejidad y el débil asombro mientras atardece,
esas toscas representaciones y esos simulacros
ese vaivén mientras me pierdo en el bosquejo donde
se anulan las percepciones.
Alguna vez me pregunté porqué la poesía no tiene una imagen que pudiera representar algo más que las desavenencias de un género literario o forma de existir en el mundo. Una imagen como la que se suele asociar a la justicia, el amor, la libertad (hoy tan bastardeada).
El cuestionamiento era que si hay un concepto al cual no puede asociarse una imagen, la pregunta sobre su naturaleza invariablemente ofrecía (ofrece) definiciones dispares, aunque coincidentes desde lo semántico, por más que las reflexiones parezcan cruzar infinidad de espacios, el plano sigue siendo el mismo, pero la imagen queda fuera del marco.
Definir esa idea puede llevar minutos o toda una vida.
Melancólicamente, busqué por años una imagen que representara la poesía, aún recuerdo el vértigo inicial ante la inquietud, la ausencia de certezas al atardecer.
La vida sigue mientras tanto.
Cuando se agotan los textos de las escrituras automáticas, la hoja en blanco es una sentencia que obliga a cruzar de planos cada uno de los esbozos derramados en el lienzo, abstraer las ideas de ese sonambulismo para desarrollarlas en conceptos nuevos, certidumbre de faroles en medio de una noche sin estrellas.
Cuando un silencio está poblado de palabras, solo pienso en los correlatos de esos tránsitos bajo las sombras de los árboles, imbricar el movimiento de las hojas bajo el sol, dejar marcas en algo que parece apacible, la luz que apagamos cuando ya no tenemos nada por hacer.
En todo caso, la inevitabilidad del poema es esa apariencia de parral donde nada sucede, una acuarela de mediodía, los fantasmas del atardecer.
Hay que poner ornamentos en las palabras, aproximar instancias, poder nombrar el vaivén de una hamaca en la plaza vacía.