Uno cree que modifica el desierto, que se abre un surco entre las espigas, pobladas en otro contexto, apenas inclinadas por la ventisca, sin que el labrador de sombrero pajizo pueda recoger ese amarillo en el poema, acaso la oscuridad de las sombras proyectadas por los álamos al atardecer, porque en esa labranza o en ese viento hay algo que no podemos dirimir, como cuando pasa un ave nocturna apenas transparentada en sus escamas plateadas bajo la luna, cruzando hacia el cielo del poema, sin los colores suficientes, sin las nubes adecuadas, perdidos por no saber dónde culmina ese vuelo, sin el auxilio de una metáfora que incluya el manto de una ausencia. Mencionar en este tránsito la invisibilidad del poeta, en el mismo momento que sacude las retorcidas ramas del árbol más alto del poema, para que caigan las naranjas en la hierba inclinada, para que alguien recoja algo antes de que anochezca.
martes, 7 de julio de 2026
domingo, 28 de junio de 2026
La paradoja de los poetas
A veces, en la orilla donde se abrevan las sombras de las eventuales conjeturas, pienso en el oficio de los poetas, y pienso en quienes aún siguen escribiendo en un blog, si acaso ese propósito no es otra cosa que una justificación de una leve presencia en el mundo, creyendo que podemos iluminar los recovecos sin esperar reconocimiento alguno, solo por el mero hecho de formar parte de una pequeña comunidad que acaso algún día reconozca un sentido, sin pretender un aplauso ni mendigar una aprobación.
No creo entender lo que hago, probablemente la paradoja consista en ese prevalecer de la idea de que esta pobreza y esta oscuridad es el precio que se paga por sostener sin argumentos un espacio donde otros puedan apoyarse, así sea una breve lectura, el aleteo de un pensamiento, o una mera ventisca en una habitación vacía.
En todo caso, creo que hacemos de cuenta que soltamos amarras en medio de la noche, que ese barco ebrio, apenas iluminado por la luna, anclará en algún amanecer, y que cuando alguien vaya a la orilla, no encontrarán a los poetas, solo palabras, parecidas a las huellas recién borradas por el mar.
domingo, 21 de junio de 2026
Sobre algunas manifestaciones de la otredad en la lectura
Cada tanto suelo abrevar observaciones en algunas entrevistas de carácter literario, como una reciente de Alberto Mangel, ex Director de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, entre varias apreciaciones se eleva una, concisa, cuando dice, a propósito de la obra de Jorge Luis Borges "que la literatura nunca es un catecismo. Que la literatura no da respuestas de sí o no. Que la literatura nos está diciendo algo o quiso decirnos algo que no hemos escuchado. Y en esa ambigüedad reside el hecho estético"
Es coincidente con lo que rescata del autor la investigadora y profesora Louis Annick cuando dijo que "Debemos aceptar que la realidad no pertenece a ningún género literario", en donde Borges elaborará una escritura sin nombrar en forma directa los planos de esa realidad, lo que Annick ha llamada "una estética oblicua".
Pero lo que me dejó pensando fue la incidencia del libro "Pierre Menard, autor del Quijote", básicamente el tema de las apropiaciones. En aquella obra, se sabe que un autor francés escribe palabra por palabra el Don Quijote de Cervantes, pero en el siglo XX, entonces, para Mangel, aunque el texto es igual, es otro libro, porque el autor es otro, el contexto es otro y será leído de otra manera, y acaso como ejemplo sea lícito observar la intervención del lector para cambiar el sentido del texto dejando las mismas palabras. Como bien lo subraya Mangel, el hecho nos hace comprender que también leemos un texto por lo que hemos oído de ese texto, que no necesariamente coincidirá con lo que piensa o comprende el mismo autor sobre ese texto.
Al final de la entrevista se comparte unos versos de Borges, en donde probablemente la estética oblicua se torna horizonte y llanura, a centímetros del corazón, a silencios acaso transitados:
Ya
no compartirás la clara luna
ni
los lentos jardines. Ya no hay una
luna
que no sea espejo del pasado,
cristal
de soledad, sol de agonías.
Adiós
las mutuas manos y las sienes
que
acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la
fiel memoria y los desiertos días.
Nadie
pierde (repites vanamente)
sino
lo que no tiene y no ha tenido
nunca,
pero no basta ser valiente
para
aprender el arte del olvido.
Un
símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.
Nota
consultada:
sábado, 13 de junio de 2026
Variaciones sobre el atribulado alcance de la poesía
Uno cree que separa las aguas, que en un determinado momento irrumpe la necesidad de salvar algo para que suceda todo lo otro, porque somos efímeros e imperfectos, porque sin embargo algo queda al final de esta orilla, imaginando un dique que algún día desviará los barcos hacia una vida menos complicada, que proyectaremos una sombra parecida a la de los árboles, para que todos los poetas se pregunten si vale la pena insistir sobre aquel prolongado desasosiego, aquella profundidad en el fondo del estanque.
Ahora mismo se estiran las palabras separadas por una breve bruma, como un hiato entre crepúsculos, algo que no puedo explicar al final del día.
Mientras me pierdo en el vadeo de una conjetura, me pregunto por qué la luna cabe entre dos ramas apenas extendidas.
viernes, 5 de junio de 2026
sábado, 30 de mayo de 2026
El plano inclinado de la tristeza
Cuando todo parece eclipsar, la poesía se hace invisible en el bosque
donde ya no sé cómo abrevar este silencio
solo veo sombras tornasoladas en un cuadro que no supe pintar
domingo, 24 de mayo de 2026
El cauce del poema
Alguna vez, el plano del poema fue transitado bajo los pliegos de una evocación, sin relación alguna con las antiguas estructuras, un cauce que al paso de los años decidí contemplar desde una orilla, haciendo el ejercicio del trabajo con las palabras, el río que no es posible nadar dos veces. Desde un tiempo sin medirlo en la gravedad de cada vicisitud acumulada, las teorías obturaron el poema, la escritura pasó a ser una excusa para dirimir el alcance de una divagación disfrazada de conjetura, y los piélagos inalcanzables de la literatura, donde moran los peces cantantes, se llenaron de supuestos no acercados por la validación ni por el reconocimiento, solo hubo inercia, alguien que aún hoy no encuentra su propia voz.
Anclado en el no hacer, sigo dirimiendo el hueso del poema, en el mismo estanque de agua quieta, donde a veces arrojo piedras.




