Cuando se agotan los textos de las escrituras automáticas, la hoja en blanco es una sentencia que obliga a cruzar de planos cada uno de los esbozos derramados en el lienzo, abstraer las ideas de ese sonambulismo para desarrollarlas en conceptos nuevos, certidumbre de faroles en medio de una noche sin estrellas.
Cuando un silencio está poblado de palabras, solo pienso en los correlatos de esos tránsitos bajo las sombras de los árboles, imbricar el movimiento de las hojas bajo el sol, dejar marcas en algo que parece apacible, la luz que apagamos cuando ya no tenemos nada por hacer.
En todo caso, la inevitabilidad del poema es esa apariencia de parral donde nada sucede, una acuarela de mediodía, los fantasmas del atardecer.
Hay que poner ornamentos en las palabras, aproximar instancias, poder nombrar el vaivén de una hamaca en la plaza vacía.

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