En
estos días de contemplaciones esquivas que acaso parecen atravesarse por última vez, reflexioné sobre algunas cosas sin que exista la posibilidad de vincular un puente entre las eventuales
conjeturas. Por un lado, pensé en la idea del fracaso, no aplicada a lo que
hago sino al contexto devanado en múltiples conversaciones internas, sin que lo
producido -aún sea cultivado desde una llanura visible- permita explicar lo que
hago.
A lo que quisiera alcanzar, en este jardín de melancólicas sincronías, es
a condensar el pliego de una periferia de textos cruzados, de
silencios habitados por fantasmas que perdieron su voz, de concatenaciones literarias
que olvidaron registrar el origen del improperio, la duda transformada en
canción.
No sé si pretendo acentuar la desacralización de los versos primigenios, esos
que planteaban la autocompasión como un fin en sí mismo, una patria sin
territorio, una hermosa derrota.
Lo que viene, si es que viene, son fragmentos
de escrituras sin colmenas, esperando posarme en el brazo tieso del espantapájaros,
graznando entre los árboles del bosque.