sábado, 7 de marzo de 2026

Sobre la autenticidad en el arte y otras convenciones


                             mientras escucho wonderfull, de los Residents

A veces me pierdo en los detalles de algunas conversaciones, como si alguna frase deshilvanada de su contexto pudiera permitirme sobrevolar las peripecias de un concepto, sin que nada de todo eso termine en un poema, apenas una concepción de una teoría, cuya única finalidad es la publicación en un blog de poesía, 

a propósito ¿cuántos quedamos?

Donde me extravié fue en un intercambio epistolar entre el novelista y dramaturgo polaco Witold Gombrowicz y el pintor y escultor francés Jean Dubuffet, quienes a lo largo de varias cartas discurren amable y críticamente sobre el sentido del arte y los mecanismos que se establecen en torno a la autenticidad de la obra. Los textos que se publicaron en la revista Las Ranas no tienen desperdicio, me quedo al azar con algunas afirmaciones, como cuando Gombrowicz afirma que todo el arte se basa en un lenguaje convencional “hace falta saber lo que "quiere decir" en poesía, por ejemplo "rosa", o en una sonata el acorde de séptima disminuida. Pero si esta especie de juego que se crea entre el creador y el consumidor va demasiado lejos, se pierde el contacto con la realidad, si el artista trata con un consumidor demasiado "maduro", demasiado "adaptado", demasiado "educado", entonces eso, a la larga, no puede volverse otra cosa que un juego”, y en ese juego, creo, se pierde la autenticidad de lo realizado, de esa suerte de confusión pasamos sin darnos cuenta al entretenimiento (y algo clave que en todo este proceso observa el gran escritor: la deformación debida a la educación), donde queda de lado la verificación de lo observado, el tiempo que no se destina a contemplar exhaustivamente una pintura, a desandar el sentido de un verso en medio de una meseta, la nota de alguna cuerda que por algún motivo parece alargarse.

"Nuestra admiración por la pintura es la consecuencia de un largo proceso de adaptación que se ha operado durante siglos y por razones que, muy a menudo, no tienen nada que ver con el arte, ni con el espíritu. La pintura se ha creado su receptor. Es una relación convencional". Si esto que afirma el dramaturgo es así ¿en qué parte se pierde el mensaje que busca marcar ese pintor mientras se inclina sobre el lienzo? ¿acaso importa? aceptar la convención ¿es hacer un trato para entender el juego?, hace falta que nos muestren un ejercicio en donde la obra interpele este sentido en algún lugar del "cuadro", "algo" que informe sobre el snobismo del receptor, Gombrowicz utiliza la imagen del cigarrillo en comparación con la pintura, se esgrime que si uno necesita un cigarrillo es porque anteriormente se adquirió el vicio de fumar, lo que lo convierte en una necesidad artificial, no legítima, entonces lo que se configura es todo un proceso de adaptación que no tiene nada que ver con la verdadera necesidad de la belleza por parte del consumidor, porque difícilmente sea entendida en su concepción y alcance, el novelista pone el ejemplo de las piedras preciosas, que muchos las desean como si fueran la representación de la belleza misma, sin embargo, un diamante artificial, falso, que es absolutamente idéntico al diamante auténtico, no vale más que unos centavos, entonces, ante la evidencia, debemos consagrar horas de nuestro tiempo para realizar el duro trabajo de la verificación en el terreno del arte.

En este espacio, quisiera creer que no pierdo el tiempo haciendo "aportes" a la cultura, ya que en ocasiones la crítica y el intercambio de opiniones dejan un hueco en el jardín, y siempre descubro, mientras escribo contra mí mismo, que el jardín de ese jardín no es alcanzado por la literatura.

Fuente consultada:

Las ranas. Artes, ensayo y traducción. Año II, N° 2, abril de 2006. p. 93-103.