viernes, 26 de julio de 2013

Poeta de la melancolía...

Mi amor maravilloso como la piedra insensata
Esa palidez que tú juzgas ligera
Tanto te extravías de mí para volver
A la hora en que el sol y nosotros dos hacemos una rosa
Nadie ha debido encontrarla
Ni el cazador furtivo ni la esbelta amazona que habita
Las nubes
Ni ese canto que anima las habitaciones perdidas
Y eras esa mujer y tus ojos mojaban
De aurora el llano del cual eras la luna
                                                                              Georges Schehadé

Hay algo que el poeta Rodolfo Alonso suele reiterar: “La patria de los poetas es su lengua
El caso de Georges Schehadé es un tanto particular: de origen libanés, y nacido en Alejandría (Egipto) el 2 de noviembre de 1905, Schehadé puede ser considerado asimismo, por su formación y por su idioma, un poeta francés. Pero como dice Rodolfo Alonso “un francés en cuya obra no resulta difícil descubrir el relumbre de la gracia misteriosa de Oriente”.

Hay una melancolía que sobrevuela su poemario, recogido con simpleza, como agua clara a la luz del sol. Se lo consideró un surrealista, y probablemente lo haya sido, de hecho André Bretón lo recibió con entusiasmo cuando publicó sus poemas en la revista Commerce.
En buena parte de sus poemas se percibe un lirismo donde queda al descubierto el recuerdo de la infancia, o tal vez la infancia misma, que como se ha dicho, es la patria del hombre, todo en el trasluce bajo un manto de nostalgia que es también un modo piadoso de cubrir aquel pasado.

Leerlo es como estar en un tránsito apacible, con dulces opacidades bajo una brisa acogedora.
Es en esa calma donde es preciso situar la lectura, donde de algún modo siempre se filtra la luz de algún crepúsculo.

Para mayores lecturas se recomienda los “Poemas de George Schehade”, con selección, traducción y notas de Rodolfo Alonso.

Vaya como despedida otro de sus versos.

La lluvia más dulce que rebaños ocres
El agua más blanca sobre sus hombros que la desgracia
Yo no sé si es un signo o una tortura
Esa voz en mi infancia como una manzana

Hay una gran miseria en las aldeas

domingo, 21 de julio de 2013

Quedarse...

Varias veces me lo cuestioné, sin embargo había un impulso más fuerte, la necesidad de no salir ese sábado con los amigos, porque en el cajón del escritorio había unas hojas en blanco y sobre la mesa una biromen negra, entonces iba a la cocina a buscar una botella de vino y una copa, y mientras bebía me entregaba a la escritura con cierta calma. Escrituras arborescentes, que no tenían un punto de desarrollo sino más bien representaban una fuga impar, un dejar que fluya la prosa cuando no sabía bien cuál era el tono indicado para desarrollarla. Cada tanto la noche devolvía ladridos de perros solitarios, el caño de escape de un auto que pasaba a toda velocidad, las conversaciones estentóreas de los ocupantes, la televisión apagada, el sonido leve del bolígrafo en el papel, las variaciones abruptas, absortas, el no poder dormir mientras fijaba la vista en la ventana, y yo que era joven, los cuadernos apilados en la repisa, los poemas nacidos a horas tardías, fragmentos de ideas inconclusas, construcciones vanas, manuscritos inabarcables

Ahora que los años pasaron, sigo pensando en aquello. Elijo quedarme, intentando resolver algunas cuestiones en esquemas de relatos, porque de algún modo escribo desde el blog cartas sin remitentes, pero estas llegan a todas partes, los textos cortos ocupan mi espacio y mi extraño sentido de pertenencia. Intento crear sistemas donde los vaivenes evanescentes encuentren la forma de una meseta, pero suelo divagar en los prados donde conservé las huellas de pisadas de la infancia. Siempre vuelvo, no hay en estos retornos atardeceres melancólicos, abundan las tonalidades ambarinas y las opacidades en tonos pasteles, paso raudo entremedio del sol y las margaritas, escucho el ruido de la hierba y de juncos en el viento, cruzo meditabundo la cerca de listones amarillos, a través de la brisa de los limones y los naranjos, donde todo es apacible...

Luego sé que a la noche será tiempo de volver a casa, y entonces pensaré en los amigos que no pudieron venir.

viernes, 19 de julio de 2013

El rostro de la tragedia


No deja de inquietarme si la tragedia no hubiera estado mejor representada a lo largo de la historia a través del ditirambo, que como se sabe consistía en una composición lírica de carácter laudatorio dedicada al dios Dioniso. Aquellos poemas eran cantos ligeros de alabanza, vocalizados dentro de un círculo donde el coro no llevaba máscaras. Muy probablemente aquellas escrituras eran consideradas menores entre los griegos, pero pienso en el grotesco como un modo de enmascarar el maquillado desasosiego existencial.

Si tal cosa es posible intuyo que se requiere un rostro muy expresivo (pienso en el actor Alejandro Urdapilleta por ejemplo, o en el poeta Fernando Noy). Imaginemos a un hombre que desespera, cultivando verrugas en el rostro, cuyo maquillaje realza lo oculto de la tragedia, las bajezas morales de la absoluta decadencia (de esta palabra se sostienen los andamiajes de la tragedia ¿porqué no representar su caída con la pintura de un bufón?) todo lo que es bufonesco esconde de algún modo un piadoso sentido de humanidad, podría trazar un paralelo con la tristeza de los payasos o con esa idea/mito sostenida en el imaginario colectivo sobre que los actores cómicos viven en la amargura sus vidas sociales. Quienes practican el arte del mimo no permiten ver detrás de lo actuado el patetismo de una vida frustrada, el desenvolvimiento estético subsume la finitud de la existencia. Si fuéramos del adentro hacia el afuera, podría encontrar refugio en las acuarelas de un Arcimboldo, mostrando como lo banal se mimetiza tras las imágenes de frutas humanas que dejan al desnudo la hipocresía sarcástica de una sociedad concupiscente. 

En términos de presentación, se trata de una actuación, una verbalización gestual, una escena íntima, es lo que ha sucedido a lo largo de la historia, desde que los teatros tuvieron asientos de piedra y los árboles no eran de utilería.

domingo, 14 de julio de 2013

¿Para que sirve la poesía?



Hay una pregunta que suele reiterarse cada tanto, fue pronunciada innumerables veces desde el amanecer de la humanidad: ¿Para qué sirve la poesía?

Puesto a analizar la utilidad, si tal cosa es posible, tal vez tengamos un acercamiento con la idea que Oscar Wilde enfatizó en el prefacio del retrato de Dorian Gray: “Todo arte es completamente inútil”. Preguntarnos ahora, como se lo interroga en este casoFelicitas Casillo, para que sirve la poesía, no es lo mismo que cuando los filósofos griegos se lo cuestionaron bajo un contexto absolutamente diferente. Aunque pueda admitirse que la pregunta sobrevuela todos los planos, ya sea desde aquellos albores de la civilización como en esta realidad virtual donde todo parece estar conectado.
Tal vez en el mismo momento que Aristóteles desarrolla su hipótesis sobre el origen de la poesía, subsume en el análisis la utilidad de dicho oficio. El filósofo griego estimaba en su poética que el poeta tiende a representar los actos de la naturaleza mediante el artificio de la imitación.
La poesía puede no tener utilidad pero sin embargo la historia a sabido tener cuidado con los poetas. El acto de revelar la belleza a través de las palabras. La pregunta tendrá otro tipo de respuestas dentro de cien años, tal vez un mayor sentido; recordarnos nuestra naturaleza, de la que la poesía se encuentra imbricada.
La rosa es sin por qué, dijo Ángelus Silesius.

Lo demás simplemente sucede. Quizás solo sea cuestión de frecuentarlo, después de todo, es lo único que quedará cuando seamos un murmuro en la antesala de la memoria. 

jueves, 11 de julio de 2013

Las casas...


“vaya con la casa, que despide viento
Luis Alberto Spinetta


Los sordos
Viviana Abnur

La casa que compré me dijeron
fue la casa de los sordos
donde la madre murió enferma en una pieza

cuando ella se marchó todos se fueron
dejando la casa intacta

me recibió la ropa de la muerta en el ropero
sus fotos enmarcadas en la pared
las cremas de belleza vencidas
en el botiquín del baño

voy a vaciar esta casa
voy a abrir los cajones hurgar detrás
la casa de los sordos
será mi casa

las piedras de Gretel siempre dieron
con un bolsillo agujereado.

Salvando las distancias, y los contextos, encontré cierta reminiscencias de este poema de Viviana Abnur con un poema que había leído de Tomas Tranströmer, el mismo se titula “la casa azul”. No tratan el mismo tema, pero algo, un hilo tal vez, une la extraña necesidad de ocupar un lugar, de proseguir en un sitio, la casa de los otros que es también la casa nuestra. En el poema, Tranströmer sospecha que  hay una vida que es como barco gemelo a la vida que invariablemente vivimos.
Intuyo que la casa azul puede ser la casa de los sordos, en todo caso, limito la intervención a un bosquejo liviano y a un ligero entendimiento de lo leído.
Como sea, un buen pretexto para incluir al gran poeta sueco en esta divagación.

La casa azul
Es una noche de sol radiante. Estoy en el denso bosque y miro hacia mi casa con sus paredes de azul brumoso. Como si hubiese muerto recientemente y mirase la casa desde un nuevo ángulo.
Lleva allí más de ochenta veranos. Su madera ha sido barnizada cuatro veces con alegría y tres con tristeza. Cuando alguno de los que han vivido allí muere, se vuelve a pintar. El muerto pinta, sin pincel, desde adentro.
Del otro lado, es campo abierto. Antes un jardín que ahora se ha vuelto salvaje. Inmóviles resacas de mala hierba, pagodas de mala hierba, texto arrollador, los upanishad de mala hierba, una flota vikinga de mala hierba, cabezas de dragón, lanzas, ¡un imperio de mala hierba!.
Sobre el jardín salvaje revolotea la sombra de un bumerán que es arrojado una y otra vez. Esto tiene que ver con uno que vivió en la casa mucho antes que yo. Casi un niño. De Él sale un impulso, un pensamiento, una voluntad: “crea...dibuja...”. Para tener tiempo de escapar de su destino.
La casa se parece a un dibujo infantil. Una infantilidad provisoria que surgió porque alguien, demasiado pronto, renunció a la misión de ser niño.
¡Abre la puerta, entra! Aquí dentro hay inquietud en el techo y paz en las paredes. Sobre la cama cuelga un cuadro de aficionado que representa un barco con diecisiete velas, espumeantes crestas de olas y un viento que el marco dorado no puede contener.
Es siempre tan temprano aquí dentro, es antes de la encrucijada, antes de las elecciones irrenunciables ¡Gracias por esta vida!. No obstante, carezco de alternativa. Todos los bocetos quieren llegar a ser reales.
Un motor en el agua, muy lejos, dilata el horizonte de la noche de verano. Alegría y tristeza se hinchan en la lupa del rocío. Nosotros, en realidad, no lo sabemos, pero lo sospechamos: hay una vida que es como barco gemelo a la nuestra, que sigue una ruta totalmente distinta. Mientras el sol arde tras las islas.

                                                                           De "el cielo a medio hacer", Tomas Tranströmer


A modo de epílogo tardío, acerco una epifanía de Héctor Viel Temperley, el poeta que comulgaba en el mar, aquel que dijo en sus versos “Pienso un poco en mi casa. No, nunca tuve casa. / Pienso un poco en mis hijos. / Mis hijos son mi casa / como estas estrellas son la casa / de mis ojos...”
(Plaza Batallón 40 – 1971)

Casas
A lo mejor las casas
son el reino
de Dios sobre la tierra
para algunos;
A lo mejor algunos
son el reino
de Dios sobre las casas,
como tiendas.

Acaso Dios es casa,
acaso es tienda:
Tienda nomás, no casa.
no hay hacia Dios caminos
ni es casa con terrazas
para mirar desde allá arriba
casas.

Acaso el hombre quiere
volar nomás en medio
de la tienda de Dios,
tomado de la pobre
camisa azul de Dios,
con los ojos cerrados.

Acaso son las llagas
del hombre las que quieren
un Dios así, que deje
pasar la lluvia y vuele
alegre hacia su casa.

Acaso Dios es casa.

Nota: la imagen, tomada en el mítico Cabo Polonio, pertenece al grupo Perota Chingo                                                                                  

sábado, 6 de julio de 2013

Puntuación


Mientras discurre el arrebato, el poeta fija un vértigo de sus candentes revelaciones, el tiempo es indefinido, no hay un trabajo de corrección lo que se vomita no se "puntúa"– luego pasa un tiempo, el contexto varía, las lecturas aumentan, y las estrofas cobran otra forma.
Tengo al respecto una idea precaria del sentido de la puntuación, el poema parte de una linealidad que pretende una fuga invisible, las reglas gramaticales pautan los bloques de palabras, es preciso delimitar la construcción, otorgar un ritmo y una estructura, como cuando el poema es recitado con las ventanas cerradas, aquí es interesante acercar un oído complaciente. En la oralidad, el silencio ocupa un espacio, la palabra es resignificada, adquiere otro tono, otra musicalidad, probablemente acentuada por las puntuaciones que el orador torna visiblemente audibles, como si interpretara los signos lingüísticos de artefactos que no poseen escritura (al respecto hay un ejemplo simbólico: las molas multicolores kuneñas, cuyos telares comunican información prescindiendo de soportes escritos). Con la puntuación, las estrofas pierden ambigüedad, pareciera que cada fragmento cierra una unidad, que el plano vertical de los versos escritos se desplazan horizontalmente en la lectura, que hay un trabajo de significado luego del arrebato.

Al final, solo hay un punto.

sábado, 29 de junio de 2013

Nadar en el poema...


Y hacia otro hombre apuntan los prismáticos.

De la escuela de náutica que resistí– y del plátano

Que no sé más cual es,            que está en el puerto
                                Con otros cien,

                                                               Que un día fue ciruelo

O grito de novicia de piletas vacías
                                Rotas por el allá
                                                               Después zureo

De torcaza escondida en los portones
                                Calientes de un estadio en el suburbio.

Mientras ellas traían la pobreza,
                                La señal del aborto, los cabellos,
                                Las manchas de salitre y,
                                                                              En las albas,

Óseo en mi rostro y largo como un tendón de Aquiles
                                De muchacha o de pueblo
                                Que camina o que duerme,

Ese olor a infinito enverjado, pujante
                                Junto al Crucificado
                                               Que ocupaba,

                                                                              Incorrupto,

La mitad de la balsa, del cerebro,
                                De las islas del techo
                                                               Y del desagüe

–Que se arrastraba angosto, a cielo abierto,

                                igual que un regimiento entre violetas,

Con hilos de agua vieja, grandes hojas
                                De palmeras, tapitas de cerveza,

                                campanillas silvestres, mucho tiempo
                                sin Teresa, que amé a los doce años–,

                                y la mitad

                                del mar
                                por
                                donde,

                                me decía,

dentro de poco el sol sería un gallo
                                               en un carro blindado,
                                                                                              y la cabeza

                                sobre plata
                                –enseguida–

                                del Bautista.

                                                               De “Crawl”, Héctor Viel Temperley

En una entrevista realizada por Sergio Bizzio (Revista Vuelta Sudamericana, No 12, Julio de 1987, Buenos Aires), Héctor Viel Temperley deja testimonio del proceso de escritura del libro Crawl, representando en el trabajo con las palabras el acto de nadar. Hay una imagen de la infancia que el poeta recrea, en donde cae al agua experimentando una noción de paz, sin extrañar el afuera del mundo “lo único que sentía era el éxtasis de ver una pared color tierra cruzada por el sol: era un manto anaranjado que yo tenía ante los ojos. Y era feliz…”
El poeta se encuentra con su poesía al no saber cómo hacerla.  Busca “romper el poema”. Intenta explicar cómo se nada, pero descubre que para escribir el libro tiene que aprender a rezar, al poco tiempo experimenta una relación distinta con la oración y con el aliento. En ese contexto aparece en escena la figura de Jesucristo, en el libro apenas lo nombra, sin embargo parecería ser parte del plano que el poeta frecuentó durante el proceso de escritura.

Hago el ejercicio de imaginar la mirada conceptual del poeta con respecto a “Crawl”. Parado arriba de una silla –como quien pretende "ver"– mientras desplegaba el poema en el suelo para que los versos representen la imagen de un cuerpo nadando. La brazada a través de la estrofa, un movimiento hecho de palabras.
El acto de corregir el diagrama del poema para representar la forma de la figura, llegando incluso a considerar la ausencia de puntuación en determinados versos, ilustrando con cada brazada una respiración. 

Sumergirse en el agua, hundirse en el poema, corregir la estrofa para extender la brazada...

Exceptuando el sentido de los caligramas, donde se forman objetos con palabras, la construcción de Viel Temperley en Crawl es inaudita; elabora un movimiento con las estrofas, pauta los tiempos de la respiración e incluye en el plano el componente místico,  amalgamando la idea del cuerpo en el agua, como si el poeta nadara dentro de sí mismo, hacia su propio nacimiento, encontrando equilibro espiritual en la oración y el rezo.

Nadar en el poema.
Roto por el allá...

Siempre se dijo que su obra era como un estallido cuyas esquirlas ocultaban un mundo detrás de cada verso. De aquellos fragmentos seguimos abrevando conjeturas. Un sentido de irresolución impregna los mendrugos que mordemos circunspectos.

El poeta termina de comulgar, se hunde en la pileta del poema, al poco tiempo los anillos de agua dejan de moverse, parecen círculos de plata que se aquietan,  y entonces me retrepo en los horizontales poemas, hundido en la lectura de quien anheló beber su propia alma, y ya es tiempo de pedir una tregua.

sábado, 22 de junio de 2013

Tener un destino...




Tener un destino...
Aún es un relato que se debe completar.
Cuando el tiempo despida un poco de viento en la casa de los huertos.

Todo lo nuevo volverá a comenzar.

jueves, 20 de junio de 2013

El breve poema...


Que sea pura desmesura compactada.
Armada la cabeza a ras del piso.
Macizo, la piel gruesa, un poco cosa:
una forma monstruosa de belleza.
Mucho, inquietante, gris blindado.
Potente, amontonado hacia delante.
Monte indolente. Así: rinoceronte.

Así,  de Alejandro Crotto

Un poema breve, pertenece al segundo libro de Alejandro Crotto, Chesterton, el autor utiliza apenas siete versos para ilustrar con delicadeza la descripción de un animal excesivo, que tiene tanto de mitológico como de zoológico. Al final lo nombra, y es el recurso más sencillo para significar la belleza de una bestia maciza, monstruosa, inquietante...

Hace unos años, Diana Bellesi (quien deseaba para sus propios poemas simpleza y hondura), opinaba de la emoción particular que le produjo la lectura del primer libro de Alejandro Crotto, Abejas. Allí exclamaba con justa razón lo siguiente:
Su erudición y su memoria me parecieron inconmensurables. También su candidez. Si ésta prima sobre aquéllas, salvando el corazón y la cabeza, Alejandro Crotto será un gran poeta.

Coincido plenamente, no solo por la variedad de recursos estilísticos y líricos del que se vale Alejandro para imitar los actos de la naturaleza, sino también por los estudios literarios a los que se abocó siendo muy joven, incluyendo el ejercicio de la traducción.

Se trata de un poeta que escribe poesías, una emoción particular que genera la tranquila lectura de sus versos, como un vaivén donde las palabras se balancean, revelando lo que parece diminuto, acaso un titilar incandescente, algo que se aleja entre la espesura.

Como decía Bellesi, es fácil decir de un libro de poemas que es bueno y hermoso; es difícil explicar por qué. Ojalá estas líneas inviten a leerlo sin preguntarse nada, en la eucaristía del lector con el poema...

domingo, 16 de junio de 2013

QR


Se dice que un código QR es un sistema que almacena información en una matriz de puntos, se caracteriza por tener tres cuadrados en las esquinas que permiten detectar la posición del código de barras al lector, esto es posible acercando la cámara del teléfono celular, captar la imagen y una vez reconocido el código, obtener a cambio algún tipo de información, fotografía, URL, dato, mensaje...
Por lo tanto, al escanear la imagen con la cámara del teléfono, el usuario no tiene que tipear una dirección Web u otro dato, ya que la carga de esa información la hace el teléfono al decodificar el código QR.

Recientemente me interesó una variable de este sistema aplicada a la literatura. La editorial Milena Caserola editó una novela de Sagrado Sebakis titulada Gordo, una trilogía de novelas breves que registra la vida de una persona con más de 150 kilos de peso. En la contratapa del libro trae un código QR que permite desde el celular acceder a un link donde es posible descargar gratuitamente la novela en pdf. Por ende el lector tiene dos opciones: comprar el libro o capturar el código QR de la contratapa y bajarlo desde la web.
Es una prueba piloto por parte de la editorial, el eventual impacto de la propuesta les permitirá analizar el proyecto en futuras publicaciones.

Se plantea la disyuntiva para quienes anhelan vivir de la escritura.
De mi parte defiendo la libre descarga de contenidos, pero a la vez entiendo que debe haber algún tipo de beneficio económico para el autor de la obra. En ambas partes asiste la razón, he allí la complejidad del asunto, potenciada por el alcance de los recursos electrónicos.
Tal vez sea una cuestión cultural, pero nací con el objeto libro y disfruto el tacto de las hojas mientras leo, el editor de Milena Caserola, Matías Reck, lo ejemplifica de un modo risueño:

—¿Y de qué vive el autor si todo es gratis, y de qué vive la editorial, la distribuidora, la librería? — ¡Qué sé yo! Con lo complicado que está todo mirá si me voy a poner a pensar en eso. Leé el libro y después contame.

Todo un signo de estos tiempos.

sábado, 15 de junio de 2013

...

Siempre me costó entender lo irracional del fútbol, como puede la gente entristecerse por un equipo, y a la vez intentaba resolver porque estas cosas resultan el epicentro de algo que nos excede. Intuyo una respuesta; probablemente se trate de una de las elecciones más puras y genuinas que pueda hacer un chico cuando es chico: hacerse hincha de un equipo. Es una decisión rodeada de pureza, de alegría, de sentido de pertenencia a algo, vaya a saberse...

Hoy esa melancolía tiene nombre, el del equipo con el cual me sentí representado: Independiente de Avellaneda...
Pensé que esos balones que se patean siendo niños nunca tocan el suelo. Mejor así.

Luego abrí una botella de vino, bebí un par de copas y me fui a dormir pensando en otra cosa.

sábado, 8 de junio de 2013

Pantoum...


En algún páramo del siglo XIX Victor Hugo descubrió para Occidente una forma de verso malaya denominada pantoum, que consistía en una serie de cuartetos en los que el segundo y cuarto verso de cada estrofa eran reproducidos exactamente en el primer y tercer verso de la siguiente. Según Jamie James (uno de los tantos biógrafos de Rimbaud), aquel estricto molde resultaba apropiado para los poetas altamente formales de la escuela parnasiana (nacida como antítesis del Romanticismo y cuyos poetas se abrevaron en las orillas del exotismo).

Uno de sus más entusiastas practicantes, el parnasiano Leconte de Lisle fundador junto a Théophile Gautier del particular movimiento literario– permite entender el modo de construcción de dicho estilo, en este caso ofreciendo un estereotipo del malayo salvaje, celoso y sediento de sangre, en un poema sin título perteneciente a sus Poémes tragiques.

¡Oh, ojos sin brillo! ¡Pálidos labios!
Tengo en el alma una amarga tristeza.
El viento hincha la vela llena.
La espuma platea a los lejos el mar.

Tengo en el alma una amarga tristeza:
¡He aquí, su hermosa testa muerta!
La espuma platea a los lejos el mar,
El rápido prao me lleva.

¡He aquí, su hermosa testa muerta!
Con mi kris yo la corté.
El rápido prao me lleva,
Saltando como una gacela.

Con mi kris yo la corté.
Sangra en el mástil que la mece,
Saltando como una gacela.
El prao se sumerge o tambalea.

Sangra en el mástil que la mece.
Me persigue su último estertor.
El prao se sumerge o tambalea.
Rocía la noche el pálido mar.

Me persigue su último estertor.
¿Es de verdad a ti a quien maté?
El pálido mar rocía la noche
El relámpago hiende el negro nubarrón.

¿Es de verdad a ti a quien maté?
Fue el destino, ¡yo te amaba!
El relámpago hiende el negro nubarrón.

Fue el destino, ¡yo te amaba!
¡Poder morir, y así olvidar!
El abismo se abre para siempre.
¡Oh, ojos sin brillo! ¡Pálidos labios!


Se sabe, el kris es un arma blanca malaya, y el prao es un barco tradicional de dicha cultura.
La mayoría de los poetas franceses que compusieron pantoums conocían poco de la lengua malaya, en algunos casos el acercamiento hacia la cultura comprende, además de la adoptación del estilo, la inclusión de algunas palabras en el poema.

Analizando escuetamente la construcción, se advierten leves variaciones en la reiteración de los versos, sobretodo las puntuaciones al duplicar las frases, y en algunos casos tomando como recurso el orden invertido del verso: Rocía la noche el pálido mar / El pálido mar rocía la noche.

Se trata de meros acercamientos literarios, motivados por la fascinación de algunos escritores hacia esa forma de limbo y cautivación que significó Oriente.

sábado, 1 de junio de 2013

Sobre la conciencia


¿Qué es la conciencia?
Busco la etimología en el diccionario latino-español de Valbuena y encuentro lo siguiente:
la opinión de muchos, noticia, conocimiento de alguna cosa, luz, juicio, testimonio de la razón sobre lo que pasa dentro de nosotros. Conocimiento, participación, complicidad de una acción. Memoria, reflexión, escrúpulo, remordimiento. Complacerse con la satisfacción, el testimonio de su conciencia, con el conocimiento de que ha cumplido y satisfecho su obligación...

La palabra conciencia viene del latín conscientia, que significa estar consciente del bien y el mal. Esta palabra está formada del prefijo con (convergencia, reunión) y scientia (ciencia) de sciere (saber). Se dice que en latín existía el adjetivo conscius (partícipe de un conocimiento, que comparte con otro el conocimiento de algo) y que sobre este adjetivo se construye el sustantivo conscientia, en principio conocimiento compartido para posteriormente pasar a significar autoconocimiento global de un ser humano, de su existencia y de su pensamiento, de sus actos y de la relación de sus actos con la moral.
Lo interesante es el desarrollo del concepto cuando, a partir de conscius y de conscientia, el poeta Horacio (segunda mitad del siglo I. a.C.), en sus Épodos, emplea por primera vez un verbo conscire con el valor de "tener algo sobre la conciencia", a partir de allí la palabra conscientia pasa a adquirir el valor de "remordimiento", que antes no tenía.

Siempre consideré que ser consciente de algo es asumir la aceptación de normativas morales ¿pero de dónde vienen naturalmente impuestas esas normativas? ¿porqué la idea de remordimiento, como de algo que se va cultivando y extendiéndose dentro de uno, casi como una culpa, una encrucijada espiritual? ¿de dónde viene la aceptación “natural”? ¿de la conciencia del bien en tanto construcción? ¿de la conciencia del mal en tanto juicio moral?

Aquello estuvo en mi conciencia” para finalmente, enfrentando la encrucijada, sentir una reparación del hecho, “mi conciencia no me dejaba ir” para inevitablemente detenerse y volver sobre nuestros pasos, enmendando aquello que debíamos corregir, para cumplir con nuestra aceptación de las cosas, para saber íntimamente que no desbalanceamos la justa ecuación, que fuimos “ecuánimes”. En el fondo ¿no se trata de trazar la única línea que la historia humana nos permite? ¿es la conciencia la que digita ese trazo? Entonces ¿qué es la conciencia? ¿el sabernos partícipes de un sistema al cual adscribimos desde el uso de la razón? ¿velar por ese sistema, por esa pertenencia, cumpliendo con nuestra parte, para que a su vez todos cumplan las normativas? ¿trazar una línea que no tiene otra función que limitar el libre albedrío?

¿Porque vuelve alguien a un lugar sabiendo que va ser ejecutado?
¿Qué representa el concepto de redención en todo esto?
¿una simple liberación u obligación del ser moral?

Al final, el sujeto se redime, liberando la indeclinable culpa, la que no requiere juez, la que a partir de ese momento dejará de azotarlo moralmente.

Antes de todo eso era un esclavo espiritual, de algún modo lo seguirá siendo, pero algo nuevo, desconocido, nace junto con la conciencia cuando la misma es reparada, un orden natural se reestablece, y solo queda tiempo para tratar de entender el porqué de ese horizonte.

Nota: el dibujo pertenece a Marcos Vilchez.