La hora de la siesta, esa nada aparente.
Antes, cuando los niños eran niños, un resplandor
amarillo llenaba de luz a las paredes, hasta aplacarlas de tanto brillo, como
un cuerpo inerme que espera recuperarse bajo el sol, en las calles de la
infancia apenas pasaban autos y hasta podía escucharse el paso de las personas dejando
huellas violetas en la vereda. Había abejas y mariposas, muchas mariposas. Algo
que se perdía en el túnel del tiempo, junto con el último aleteo anaranjado.
Y es que nunca hubo un túnel bajo ese cielo, estábamos
despiertos, trepando al gigantesco árbol de moras cuando caía el atardecer.

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