Hay algo
que los padres no pueden evitar
Que la
lluvia caiga sobre sus hijos.
La
palabra experiencia cobra con Rimbaud ribetes abrumadores.
Debería juntar cañas con punta afilada, para verter pintura negra en los bordes, y arrojarla a un fondo blanco de tela tensada, como quien cura sus heridas, sabiendo que no existen, que todo es un marco sin puerta donde cruzan los fantasmas.
Entendería -si es que no me engaño- las posibles conexiones entre las junturas semánticas, donde mi cerebro supone un esquema, porque estoy algo confuso entre el hacer y el preámbulo del plano donde hundir mis devaneos.
El cuadro está en otro lado, por más que haya un pasillo amarillo y una cortina rosada ataviada con una hebilla de plástico, el tiempo es del cuarto donde imagino el bosque en el que encontraré las cañas, acaso inclinadas, amparando el bosquejo de una sombra.
Lo único real es el camión de cervezas que ahora se estaciona enfrente
de mi casa, donde se llevan botellas marrones en cajas azules.
Dormir hacia la infancia, inclinado e inmóvil
una cama de hospital concurrida, alejada de los estruendos, la taza de leche sin terminar
gota a gota, el dulce sueño perdido, los muertos que salen a pasear.
Creo que estos versos de Susana Thénon añoran algo semejante al preámbulo de Thomas Wolfe en la mirada del ángel “¡Oh fantasma perdido, batido por el viento, vuelve a nosotros!”, acaso un anhelo hacia el verdadero sentido de la literatura, de algún modo ambos dijeron lo mismo con distintas palabras, por más que los poemas hayan avanzado hacia otro contexto:
Cuándo
arderán los vientos
sepultados.
Por un momento intuyo que la poetisa pensó en la literatura, no solo la que ha creado, sino la que fue creada a través de la historia por quienes la precedieron, como Tomas Trastromer cuando habló de los vivos y los muertos, haciendo alusión a la historia de la literatura sueca, anunciando el bosque en movimiento.
De alguna manera, considero que estas líneas dejan al descubierto todo aquello que como poetas nos resignamos a callar, cada vez que pretendemos ubicar un problema de la literatura, la periferia que se hace visible, nos dice cuánto nos queda por recorrer.
El poema completo es este:
Cuándo dejará la luna
de preferir a esos pocos
que tanto a medianoche
como al alba
gritan su ardor sin freno.
Cuándo será definitivo
el derecho a soñarse
sin verificar números,
papeles rotos, sexos,
velocidad sin prisa de la sangre.
Cuándo morirá el cielo
-sus castigos-
y el rayo será un niño
entre las hojas.
Cuándo arderán los vientos
sepultados.
Susana Thénon
Habitante de la nada, 1959.
a ser como ellos, te alientan a que
intentes ser como ellos, te tratan
como si fueras igual a ellos
porque saben que nunca
serás uno de ellos.
Cuando leí estos versos me acordé de un trabajo en el que estuve, siempre hubo un ellos que me hizo pensar que función cumplía el yo en aquel nosotros, invariablemente quedaba afuera -aunque lo prefería sin analizarlo demasiado- en esa mesa larga en que las opiniones parecían colectivas.
Nunca funcioné en ese sistema, tuve un nombre, pero no una historia, me fui por la misma puerta, con silenciosa indiferencia, dejando un espacio en blanco.
Ahora que lo pienso, la sangría es esa bebida que ellos preparan para hacerte sentir que podrías ser parte de ellos, esa bebida que nunca tomarán en tu ausencia, y pueden reírse mientras beben, mirando como bebes de esa jarra, sabiendo que vos sabes que ese nosotros, no existe.
El poema pertenece al libro Sangría, de Martín Gambarotta, editado por Rapallo,
2023.
Algo que ocurre debajo de algo
De alguna manera, todos escuchamos voces, el tiempo transforma algunas conjeturas en sosiegos no transitados, las cubre de hierba y de puestas de sol, mientras espero la llegada de un barco.
Entonces la lira enmudece, sin tener la claridad suficiente para entender el peso de un poema, cuántos kilos de oscuridad, cuántos murmullos guardados en bolsas de arena, cuántas sombras sin medir.
El poema es como un ovillo, un hilo de oro lo cruza al medio, es también un problema, como si el tiempo lo curvara por dentro.
Las aguas
serpentean, intento escribir un puñado de estrofas sin adjetivos exuberantes,
la única cosa cierta es la penumbra.
“los bosques están llenos de intérpretes ansiosos”, Clifford Geertz.
He aquí una
correlación, a la hora en que temo darme cuenta de lo no alcanzado.
El lejano momento de algo que estalla, donde cuelgan faroles que se inclinan en el vaho de una remembranza.
Acaso un arrebato de iridiscentes discrepancias, cuyo anhelado plano plantea una paradoja: la necesidad de interpretar cada fragmento, para colmarlo de significado.
Y es difícil entender aquello que existe en
otro tiempo y espacio, por más que tomemos de la misma copa, con el mismo vino,
a la hora señalada en el poema.
Tomar una piedra en la orilla, en el exacto momento que un conjunto de nubes amontona un cielo de honduras violetas, de esas que arrastran las dudas cuando la tarde se parece a una sentencia.
Estoy hundido en el lodo mientras tenso un poema por dentro, tengo un poco de barro en la cabeza, creo entender la vertebración de un artefacto atravesado de palabras.
Una puerta sin bosque, un bosque sin puerta.
Porque
todo es materia ígnea sin una infancia que cuestione el entramado, sin ese
verso marmóreo que deja lo imbricado en evidencia, sin darme cuenta del error.
Intento una apropiación fragmentaria de un enunciado incompleto, el interés por la deformidad del yo, tomar en un plano esas dos palabras, para experimentar en la primera persona del singular, un modo de subrayar lo incompleto del devenir, en esa sombra que se desarticula en el mismo momento que se pronuncia, y se extiende, hasta límites acaso inaprensibles.
En el
medio de esa alegoría, incluí la palabra jacinto pero sin que sea una flor en
el poema, sin ningún tipo de color ni textura, solo el sonido de algo que cubre
el texto como si fuera una niebla suspendida en el agua, y luego enumeré un
conjunto de frases en donde el objeto a pulir solo aparezca en el título,
porque la obra impar, cuando se desguaza por dentro, se puebla de razones que
no merecen ser aplicadas en el texto bajo un concepto enciclopédico.
Estas
iridiscencias, desconectadas de su centro, surgieron de una lectura de poesía
en un colectivo, a cierta hora de un oscuro atardecer, sobre un tal Frank O'
Hara, poeta contemporáneo de los beatniks que ocupó un lugar en la bohemia
neoyorquina, aquí el poema:
Por qué
no soy pintor
No soy
pintor, soy un poeta.
¿Por
qué? Creo que preferiría
ser
pintor, pero no lo soy. Pues bien,
por
ejemplo, Mike Goldberg
está
empezando una pintura. Y cuando llego
me dice:
"Toma asiento y bebe un trago".
lo bebo;
bebemos. Levanto la mirada.
"Le
has puesto SARDINAS".
"Sí,
necesitaba algo ahí".
"Oh".
Me voy y los días se van
y yo
regreso otra vez. La pintura
avanza,
y yo avanzo y los días
avanzan.
Y yo vuelvo. La pintura
está
terminada. "¿Dónde están las SARDINAS?"
Lo único
que queda
son
letras. "Era demasiado" dice Mike.
¿Pero
yo? Un día estoy pensando
en un
color: naranja. Escribo una línea
acerca
del naranja. Muy pronto se convierte
en un
montón de páginas, no líneas.
Luego
otra página. Debería haber
mucho
más, no sobre el naranja, de
palabras,
de cuán terrible es el naranja
y la
vida. Los días pasan. Está
en prosa
inclusive, soy un verdadero poeta. Mi poema
está
concluido y no he mencionado
al
naranja todavía. Son doce poemas, lo
llamo
"NARANJAS". Y una mañana en una galería
veo la
pintura de Mike llamada "SARDINAS".
Fuente: Revista "Las ranas. Arte, Ensayo y Traducción". Año II,
Nº 2, abril de 2006.
Suelo
preguntarme algo cuando el patio de casa se llena de estrellas, es frecuente,
pero no es una pregunta ese interrogante, es algo que tiene un detrás y un
debajo, donde la perplejidad se oblitera en un arroyo cubierto de ramas negras,
en el cual las cosas simplemente cumplen un rol, “un ecosistema” dirían ahora.
La luna parece
una hoz pálida apenas inclinada hacia el oeste, tiene un lucero debajo, justo arriba
de un tanque de agua rodeado de glicinas, es una imagen bucólica, las estrellas
se van apagando, una a una, mientras caen sin peso en el patio de mi casa, las
recojo de la manera más simple: una palita de color verde y una escoba de paja.
Como decía Borges, el barroco es el estilo que exhibe y dilapida sus medios, todo era barroquismo en la adolescencia, el problema es cuando el pretexto perdura, y lo convertimos en un anagrama o en un preámbulo. Hay en esto como una melancólica exuberancia que vuelca numerosas inconexiones previamente concebidas como junturas, que moldean el contexto, para desde allí transitar renovadas trivialidades.
Prefiero el cantero gris a mitad de un
pasillo, a ese jardín conceptual del cual huyen las alegorías en el estricto
sentido de la sintaxis, haciendo de la fuga en verso libre un derrotero marcado
por la autocompasión y la nostalgia, ese velo horizontal pintado de colores
suaves, con algunos nubarrones negros, acaso un ejercicio lírico, conceptualmente
minimalista, el bosquejo de los pasos reiterados que las palomas trazan en el
patio del atardecer.
Esa perpetuidad de atar los nudos donde toda discordia pierde su sentido, la vera del río en el que vi morir el silencio de mi pasado, los planos conectados, sabiendo que hay una periferia, un bálsamo de aire quieto parecido a una simiente, una cosa sin nombre.
Dar un significado a lo aparente, correr sin rumbo hacia estallidos blancos como serpientes nacaradas, buscar algo, abrir una puerta, cerrar un candado, el edificio de la ventana sin limpiar, la borrosa opacidad de los destellos.
Un horizonte colmado de aves negras,
clausuran el crepúsculo sin tiempo, y sin embargo no hay aves, nunca las hubo
en esa pintura, todo lo que vi fueron manchas que parecían volar.
Algo avanza debajo de este pretexto, en el que un tronco se desliza, la corteza que la tibieza de la luna enturbia en el pequeño temblor del lago, el bosque en movimiento, como si pudiéramos revisar el pasado, esa nada yerta que cobra sentido al mínimo resplandor, este problema que no resuelvo, esta brisa que ahora se disipa.
Parece que todo se reduce a la estadística, como una forma de medir lo que se produce, pero esos conceptos, atiborrados sin desmesura en un pleonasmo, terminan cayendo por el peso de la hipérbole, apenas visible entre tantos aullidos, el movimiento de la marea que borra cada palabra, cada acto creativo, cada intervención.
Aún
queda un largo camino hasta el faro, la playa está desierta, nada parece
indicar que las ideas tejen líneas hacia la irregular iridiscencia de una
conjetura, o tal vez es el contexto el que formatea el sentido de esas ideas -acaso
fractales- porque estamos en un arenero poniéndole nombres a las cosas,
aceptando el perímetro de este plano imbricado.
Un libro pequeño, que se lee en pocos días, en donde el autor hace algo con la poesía que hace tiempo muchos olvidaron: observar la naturaleza.
Hay hallazgos serenos, cosas que se ven y que se oyen, y un silencio que es habitado, como algo apacible que arremolina cosas breves, en esa hora del día en donde pareciera que nada ocurre.
Bienvenida la intención, aquí un poema.
Qué es el amor
Supongamos que hay una escalera de oro:
tiene que haber entonces una hormiga
que sonríe y menea la cabeza.
Una gota de sangre cae en un vaso de agua
y mientras va de a poco abriéndose
caen una, dos, tres gotas más.
Algo dentro de algo,
algo al lado de algo,
algo encima de algo, con algo encima.
Lo que es muy grande y a la vez muy chico,
por ejemplo: una hormiga,
una naranja,
la luna.
Una semilla sueña adentro de un melón,
unos ojos abriéndose a unos ojos.
Y el agua se hace vino;
el vino, sangre.
Imaginémonos nosotros, cada cuerpo
y adentro el sol: una escalera de oro.
del libro Quiero, de Alejandro Crotto,
editado por Lucas Brockenshire, editorial Audisea, 2023.
Si aun las paredes fueran de plástico, yo encontraría una forma de cercar los pliegos de la belleza, es el problema de la escritura que no se corresponde con la forma, es el camino cubierto de glicinas que ahora descubro entre los cántaros de agua de la infancia, como si pudiera ver detrás el sereno tránsito de las huellas deshabitadas, los pastos altos de un rumor amarillento que los años transformaron en un páramo, como esas casas cubiertas por la hiedra, mientras parece estallar el horizonte, el viento que sale de las ventanas.
Apenas la sombra de una hormiga que mueve su
cabeza, algunas mariposas anaranjadas, y un árbol que se parece a un recuerdo
que se calla.
Alterar la ecuación, de la cual vertieron en sus orillas las iridiscentes discrepancias de ensimismados poetas.
Como una serie, que oblitera advocaciones en textos un tanto profusos, homologando una estructura.
Allí he puesto mis pies, mientras atardecía,
tratando de anudar algunas palabras, juntando razones bajo el sol.
Entremedio de un páramo que reflejaba en un espejo lo inactivo y lo balbuceado, casi como un labrador, recogiendo la sombra de mi sombra, con un rastrillo olvidado.
Solo supe que no sabía.
Cambié los verbos, busqué el texto donde iniciaba un cruce de planos sin entender del todo la ecuación, pasó una brisa simplemente, como un conjuro. El espantajo ha salido a dar una vuelta, sin saber si este tiempo es el destinado a las voluptuosas evocaciones, de alguien que intenta vanamente juntar sombras debajo del sol. Solo me doy cuenta lo difícil que es medir algo, cuando en su esencia dicha tribulación no tiene fondo, ni forma, apenas un nombre que cabe en un murmuro.
Vaya cosa.