miércoles, 8 de febrero de 2012

Hasta siempre flaco...


Voy a buscar a la muerte para nacerla.
Alejaré de mi propia vaguedad el vórtice.
Voy a cantar a la luna rosa.
Haré un verso,
prometeré mi calma.
De “Guitarra negra”, Luis Alberto Spinetta

Alma de diamante, el flaco Spinetta falleció hoy en su casa, un poeta que marcó con su música a varias generaciones. Alguna vez encontré en el estante de una librería su poemario "Guitarra negra", lamenté en aquel entonces no tener con qué pagarlo...
La sensación es de orfandad, de algo que es arrancado y que no hay forma de repararlo, sucede y es todo lo que hay. Lo cubre una música que despide luz y destellos de poesía.
Influenciado por el surrealismo, y los poetas malditos franceses, llegó a decir, en un manifiesto del año 1973, que “el rock, música dura, cambia y se modifica, en un instinto de transformación”.

Aquel que hizo "la canción" del rock, hoy le pide “disculpas a la muerte, por haberme reído, mientras transcurría”, según rezan los versos de aquel mítico libro, en la línea de un Jim Morrison lírico y luminoso.

Lo mejor es buscar un vinilo del flaco, y recordarnos que la epifanía es posible, y que a veces tiene la forma de una dulce y sencilla canción.

sábado, 4 de febrero de 2012

El pasado


Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.
De Casa tomada, Julio Cortázar.

Hacer, de tanto en tanto, el ejercicio de volver al barrio de la infancia, pero despertarse en los habituales días de antaño, por ejemplo un domingo a la mañana, ir a comprar el diario y el pan, se verá que en algún momento ocurre, el tiempo se hace añicos, y en ocasiones preferimos dejarlo donde está, como cuando encontramos algún poema en el cajón, versos de un tiempo que ya no existe, y que sería imperdonable que la posteridad convierta en otra cosa.

Al entrar a la panadería encontré a la misma señora de siempre, como si aquello llamado tiempo fuera la trama de una película imprecisa, donde ocasionales actores representan resignadamente un eterno papel secundario.
Pero hay algo que me suele dejar circunspecto, y es un pequeño galpón, en la casa de mis padres, donde dormí un par de años. Tiene un mueble pintado de negro lleno de perchas sin camisas, papeles viejos, algunas escrituras amarillentas, revistas apiladas en el suelo, cajas, recuerdos…como si esas puertas, al abrirse, despidieran un viento quieto, herrumbrado, incluso sin nostalgia. Como si guardaran el ceniciento traje de un esqueleto.

Pateé fuerte la pelota de mi infancia, rebotó en una pared y fue a parar al galpón donde estaba ese mueble, entonces pude ver, al entrar, la misma ventana desde donde miraba el mundo, casi veinte años atrás, y la silla vacía, sin crepúsculo ni desdén. Pero ocurrió en un segundo, aquel adolescente que fui me miró en silencio, sentado enfrente de la ventana –su ventana- y no encontré resquemor en su mirada, de algún modo seguía viviendo su mundo, parecía decirme que estuvo bueno mirar la lluvia desde ahí, que todo lo meditado está esperando ser corregido y enmendado, que los sueños persisten a pesar de las alas polvorientas, que no hay razones para quemar el pasado.

Soy de olvidar la fecha de los muertos, todo aquello debería ser un prado de flores silvestres, y no un recuento de lápidas y recordatorios, pero esta vez, al irme una vez más de aquella cueva, me pareció justo no cerrar la puerta.

martes, 31 de enero de 2012

Sobre la verdad...


La verdad es un camino plagado de huellas, uno busca con su propio ropaje aquello que supone una elección, y lo que encuentra son encrucijadas, y decidir por una variable resulta abrumadoramente incierto. En eso se va la vida, hay quienes hacen un postulado de estas disyuntivas, y encuentran luminosos centelleos que los guían en la toma de filosóficas sentencias, y a veces, ese camino de las verdades frecuentadas no es más que un laberinto poblado de elecciones y decisiones. Así las cosas, puede ser terrible tener conciencia que cada momento prefigura un recorrido cuyo destino se encuentra anclado en una constante. Que siempre habrá un plano mayor que delimite los contornos de aquello que suponemos debe ser toda verdad. En todo caso, se escribirá en plural lo relativo que somos y lo inaudito que desconocemos, así se perpetuarán historias que vertebrarán el concepto de memoria. Nunca sabremos en que celda habitará el vórtice de nuestro desgarrado aullido existencial.

sábado, 21 de enero de 2012

Sobre la construcción de conocimiento


"En el alma de un ignorante hay siempre espacio para una gran idea"Oscar Wilde, De profundis

Luego de haber leído una entrevista a Diana Bellesi, me dejó pensando la frase de un albañil cuando, después de ver la chapa defectuosa con la cual una artista armó una obra de arte, ante la pregunta de la autora sobre qué significaba para el lo creado por ella, el albañil contestó: "un silbo en el aire".

Se sabe que el pensamiento no es privativo de nadie, todos en esencia somos capaces de pensar, y cuando alguien refiere algo no lo hace solamente desde el conocimiento tácito adquirido, sino que también le agrega capas, atmósferas, vericuetos o tintes ideológicos que lo hace singular y diferente en cuanto a la construcción empleada para significar un concepto o idea. En lo personal me interesan aquellas bibliotecas donde los bibliotecarios agregan notas marginales a los registros ingresados, logrando que dicho documento esté constantemente actualizado, y para lo cual se requiere un ejercicio colaborativo e interdisciplinario.

Es por esto que la reveladora cita de Oscar Wilde encierra un mundo en sí misma, ya que todos, en definitiva, podemos aportar una construcción literaria, política, social, incluso desde un silencio estético es posible provocar adscripciones colectivas. Hay quienes, sin comprender el plano, se acercan a la periferia de una idea, y esbozan algunos argumentos que se transmutan en la tela formando un tejido homogéneo y coherente, transversalmente enriquecido.
Así se construyen paradigmas, completando celdas del entendimiento, poblando disyuntivas y artilugios discursivos con hipótesis y potenciales ecuaciones semánticas.

De algún modo se trata de comprender el devenir del tiempo histórico que nos toca dilucidar, y no hay mejor modo que produciendo conocimiento, acercándonos desde la incertidumbre, vertebrando disparidades y verdades relativas.

Después de todo, solo se trata de aprender.

domingo, 15 de enero de 2012

Mar de ajó


Hace bastante tiempo que deseaba indagar sobre la historia de algunos balnearios del partido de la costa, conozco Mar de Ajó pero nunca me tomé el trabajo de recoger testimonios o buscar artículos sobre sus orígenes, salvo algunas lecturas sobre la historia de los naufragios que tejieron singulares leyendas de barcos anclados en la memoria y el olvido, lo demás era un desconocimiento bibliográfico que deseaba desentrañar. No hice mucho, salvo ir al museo y comprar un par de libros sobre la historia de Mar de Ajó, uno de ellos, titulado Raíces en la arena: 70 años de Mar de ajó, de la escritora marplatense Catalina Edith Treppo [Entre líneas ediciones, 2005], rescata testimonios y entrevistas realizadas a los primeros pobladores y familias de la zona, allí supe que algunos pioneros iban al puerto de Buenos Aires a esperar los barcos llegados de Europa, para ofrecerles trabajo a los inmigrantes, quienes llegaban a la playa Margarita (antiguo nombre de la actual Mar de ajó), enarbolando un sentido de pertenencia ante esa metáfora de la nada que era todo aquel universo. Hay algo en este paraje que puede cerciorar una evidencia: Mar de ajó se originó juntando ideas con necesidades. Esto lo ha sabido interpretar la autora a través de un libro que ofrece numerosos testimonios de familias, recuerdos indelebles y costumbres de época.

El otro libro que leí pertenece a Adriana Silvia Cristina Pisani, se titula Desierto de mar: historias de otros tiempos en las playas de Ajó [el autor, 2007] donde recoge testimonios orales de los primeros habitantes, los transportes de carga, los hoteles de la costa, la iglesia, el faro, los artistas locales y una interesante descripción de los barcos que naufragaron (se sabe que en Mar de ajó encallaron la mayor parte de los barcos hundidos en el partido de la costa, entre ellos el Margaretha en 1880, el Vencedor en 1936, el recordado Anna en 1891 -injustamente desmantelado en el año 1965- el buque argentino Triunfo en 1941 y el vapor alemán Karnak en 1878 entre los casos más conocidos). A esto se suman diversas lanchas y pesqueros que junto a sus tripulantes corrieron idéntica suerte, dando nacimiento a la leyenda y al mito.

Me pregunté cómo fue posible, a paso de carretas y sueños invencibles, construir una historia cuando todo lo que hubo siempre fue agua y arena y un largo camino hacia el infinito. Vi una foto del año 1953 en el exacto lugar donde ahora estaba parado, y lo que la imagen mostraba era un bosque y la entrada de un hotel, a metros del mar, inmaculadamente blanco y colonial, casi 60 años después, las casas se amontonan y nadie parece advertir la longevidad del hotel como tampoco el trazado de las calles y los árboles vencidos por el viento del este.

Cuántos testimonios inconclusos, cuanta soledad forjada a pala, arena y cemento, cuánta añoranza rodeada de lo inacabable, cuántas huellas hacia adentro y hacia delante. Decir que todo eso es Mar de Ajó es como decir que todas las conchillas de mar fueron recogidas y clasificadas, solo son historias de una sola historia, la que se hace con voluntades y utopías, con silencio y esperanzas. De algún modo aquel espíritu quedo tallado en aquellas casas de verano, recorrer sus calles a la hora de la siesta tiene un encanto particular, intentar llegar caminando al faro una aventura siempre pendiente. Será por los barcos hundidos o los jardines abandonados de las casas secretas, será por los viejos mercados que ofrecen fruta y bebidas, será por sus edificios blanquecinos o por su eterna escollera, que estar en estas orillas me retrotrae a lo más puro y verdadero, aquello que el paso de los años transformó en un mito, el lugar donde los sueños siempre se cumplen, habitando lo esencial y permanente.

Creo que hay poetas en Mar de Ajó, alguna vez en una librería de la peatonal me confiaron esa evidencia, imagino el mar de aquellos versos, bien o mal, nadie les podrá quitar propiedad sobre algo que los acompañó desde siempre.

Lo demás es viento que nunca se apaga, huellas que el mar se encargará de olvidar, y un crepúsculo que se parece a la infancia.

jueves, 29 de diciembre de 2011

El río de Heráclito


Leo a Heráclito, aquel que consideró lo múltiple y lo diverso (el no-ser) en el ser que produce todo devenir:
lo opuesto o enemigo es útil, y de las cosas diferentes nace la más bella armonía. Todo se produce según discordia”.

He allí el sentido de toda construcción, las capas de aportaciones que confluirán en un plano viscoso, fluctuante, atravesado por múltiples adyacencias.
Poblar de componentes los lineamientos y agregar nuevas curvaturas, ir más allá de los límites pétreos del entendimiento, traspasar lo que la conformidad o la concordia aceptan de antemano como normal desenvoltura de los hechos.
Descubrirnos con la osadía, saber y no saber que límites atravesamos, adónde llegamos, que hicimos de nuestras vidas...

Siempre vuelvo a Heráclito, el hombre del torbellino ígneo, el que se sumergió en el lodo para curarse, el que se supo perteneciente a sectas órficas (grupos místicos originados en creencias prehelénicas), aquel de la dialéctica de que todo es un constante fluir, mediante el cual cada elemento llega a convertirse en su contrario, el vidente que se alimentaba de plantas silvestres, el que pudo haber sido Tiresias, o Juan el Bautista, el que predicó y desdeñó multitudes, el de los indelebles epigramas en los cuales se sumergieron tantos poetas, el que dijo en los mismos ríos nos bañamos y no nos bañamos; somos y no somos”, o que “incluso un brebaje se descompone si no se agita”.
El que le contestó al Rey Darío, pretendiendo este hospedarlo “Cuantos hombres hay sobre la tierra se apartan de la verdad y la justicia, y por causa de una malvada locura se dedican a la avaricia y deseo de fama. Yo, habiendo logrado el olvido de todo tipo de maldad y tratando de escapar de la saciedad que acompaña a la envidia, y también porque tengo horror del esplendor, no puedo ir al país de los persas, bastándome con unas pocas cosas, buenas para mi propósito

A lo largo del tiempo el pensamiento de Heráclito, como una vasija que se destroza contra una pared, ha originado alguna que otra construcción que tuvo por objeto recoger cada pedazo no para devolver al recipiente su forma original, sino para generar nuevas creaciones desde el fragmento, porque tal era su sentido y tal vez su invisible propósito. Así, muchos pensadores dispararon sus flechas a un volcán constantemente eruptivo, urdieron nuevas encrucijadas y discutieron conjeturas cuyas ilimitadas teorías fraguaron inconmensurables planos. Muchos no tuvieron consuelo, resignándose a beber de algún abrevadero para saciar una sed que no tuvieron, solo por que no supieron ver que había detrás de aquellos enigmáticos tratados.
Así, diversos creadores comieron de sus mendrugos y se extraviaron ante la obra, titubeando bajo el sol, o escribiendo en forma automática mientras la lógica edificaba estatuas de hierro con pies de barro. Mismo Sócrates diría estas palabras: “Lo que he entendido es elevado, y elevado también parece lo que no entendí. Pero para descifrarlo todo habría que ser un buzo de Delos”.
Hay lecturas que llevan hasta sitios inconcebibles pero que seguramente guardan alguna raíz con el vórtice de lo creado. Yo propondría que quienes decidan acercarse a la obra de Heráclito lo hagan prescindiendo de los estudios críticos y abordando directamente la fuente, creo entender que se trata de un ejercicio inspirador, que permite dispersarse en torno a ciertas elucubraciones En ese sentido no puedo dejar de ver, en ciertos poemas de Rimbaud, alguna reminiscencia oculta de los tratados de Heráclito,
Decía el poeta maldito “estoy desnudo y no lo estoy”, ¿No está allí imbricada, en dicha alucinación, un sesgo del “oscuro”?, mismo la frase “yo es otro” ¿no es acaso lo que somos y no somos en ese río que, según el aforismo, siempre es nuevo?
Me gustaría, en un futuro no muy lejano, abordar la relación de sentido entre las ideas del genial filósofo y los poemas del vidente adolescente.

Lo que dejó Heráclito ha sido estudiado en condiciones precarias, sus fuentes son citas, referencias y comentarios de otros autores, constantemente simula un quejido o un alarido, tiene un alma y miles de razones arrojadas sin sentido a un fuego ardiente. Está allí, bajo la forma de fragmentos, esperando aún hoy ser reinterpretados. Filosofía del caos donde un vórtice no nacido es urdido infinidad de veces. La relectura de sus textos lleva a divagar en torno a lo pronunciado o callar violentamente al descubrir sus relámpagos en nuestro sistema de entendimiento. Todo ello que fue, y que hizo, puede volver hacia otras fuentes bajo otras formas, hay elementos para iniciar, una vez más, la construcción. Eso es lo que consuela y lo que atemoriza, porque hay tiempo, y porque no lo hay.

Y ya estamos ante otro año nuevo y por cierto no deja de causarme asombro, todo esto que lejana y melancólicamente es
y no es.

Feliz 2012…

viernes, 23 de diciembre de 2011

El devenir del ser


Ocurrió en un instante, estaba viajando y mirando por la ventana del auto, incliné levemente la cabeza y adiviné a lo lejos la caminata de un niño que parecía volver de la escuela, yendo seguramente hacia su casa, como cualquier otro día de semana, y de algún modo sentí que eso que el niño estaba haciendo, pateando esas piedritas del suelo, lo iba a recordar toda su vida, porque pasará una y mil veces por allí, bajo días que parecerán nuevos como un sol, contemplando el polvo danzante del camino, mirando los mismos árboles y las mismas casas viejas, la misma quietud de siempre ¿porqué recordar eso? Tal vez porque hay verdades en esas caminatas, hay silencios que no fueron poblados de olvidos, hay evidencias…

Decían los griegos arcaicos que “verdad” significaba no olvidar, bastará con revisar la etimología para darnos cuenta, “aletheia” la letra a significa sin, y letheia es olvido, por ende todo lo verdadero era aquello que no podía olvidarse. Sin embargo, vaya recorrido de la palabra, con el tiempo las verdades se trasformaron en mitos, tal vez porque no podían sostenerse con el paso indeleble de los años, y mito es lo que se entiende por “mentira”, mitómano, aficionado a decir mentiras…entonces tenemos, en una curvatura del devenir, que la verdad pasó a ser una mentira, pero seguramente no para aquellos que pueblan sus verdades con historias que pasan de generación en generación, permaneciendo en los mismos lugares, instalado en alguna memoria.

Así, conforme nos pasa el tiempo, habitamos con historias ciertas verdades, que no son tales, que siempre serán relativas. Lo que aquel niño sabe, mañana lo podrá representar desde la más bella armonía, y probablemente, en su lento sosiego, pueda refutar otras verdades, propia de imaginarios colectivos que se suelen construir desde un sobrevuelo.

El niño habitará otro plano, el de la evidencia. Los que escriben historias haran del disenso un ejercicio dinámico que formará parte de una enciclopedia. Así suele pasar, al niño le bastará la palabra, y el recuerdo de un día cercano, rodeado de algunas certezas.

Vaya a saberse porqué me acuerdo de esto a horas de una nueva navidad...

sábado, 17 de diciembre de 2011

Calmar el dolor


Una vez me sentí muy mal, el estómago me ardía, el dolor era insoportable, entonces decidí calmar el dolor leyendo poesía, habré soportado un par de horas, como siglos con sus navajas, donde por fugaces retaceos lograba mitigar la desesperación de un padecimiento inexplicable, después de leer un par de poemas me arrastré hasta el hospital más cercano (es literal, “caminé” de ese modo), apenas me vieron los médicos me llevaron hasta una camilla, me pusieron cables en los brazos y me dijeron que estaba a horas de una peritonitis, que tenía que tomar una decisión…

Después desperté sin el apéndice, que según parece nadie sabe que función cumple, pero siempre me acordé de los poemas, me acordé de la película donde Beethoven pedía que le tocaran sonatas en el piano para calmarle el dolor, esas cosas...me aferré a lo que fuera con tal de sentir que algo de todo eso podía ayudarme a terminar el día…

A mi la lectura de poemas no me evitó la operación pero me hizo entender lo que se siente en ocasiones cuando se escribe poesía, acaso los versos más candentes, incluso aquellos que después se transforman en bollitos de papel.

Calmar el dolor con poesía…
Como para vivir en sociedad estaba.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Sobre los talleres de poesía


Hay talleres de poesía que suelen ser reconocidos secretamente por una inmensa minoría de “escribidores”, quienes asisten con sus poemas, cuentos, relatos, crónicas, pequeñas novelas, ensayos…de antemano el escritor admite que no es posible enseñar a escribir, a lo sumo se habla de acompañamiento, de lecturas compartidas donde es necesaria la crítica y cierta distensión que forma parte del contexto, todos tienen su método, o algún método, alguna manera de plantear la experiencia de un taller de literatura donde lograr que el otro saque afuera sus evidencias, lograr “soltarlo” sin que eso signifique arrojarse sin paracaídas a un campo poblado de espinas y cardos. Lo impredecible en este caso es la persona que entra a ese taller, la carga de cosas que conlleva ir con un puñado de poemas a que otros lo evalúen, lo beban, lo musiten, lo desbrocen, escuchar infinidad de cosas: el porqué de las “imágenes”, la cáscara y el contenido, la forma, ciertos adjetivos, ciertas estructuras, cierta reiteración de sentido y así…
¿Sale un escritor de ese sótano? Tal vez entró un escritor y salió otra cosa, tal vez salió alguien más confundido o con más certezas, tal vez se trate del placer de hallar a un gran poeta entre desconocidos sin edad y sin pasado, como el placer de encontrar un buen libro en una vieja biblioteca, por un lado debe ser eso lo que motiva a mucha gente a dar talleres de literatura, por otro lado debe ser eso lo que tal vez motive a un potencial escritor a formar parte de un reducido círculo donde pueda ser “hallado”, “descubierto”.

Decía Saramago que la verdad no existe, que solo existen verdades parciales.
Abruma pensar que alguien puede enseñar a escribir. Tal vez se trate de acompañar un descubrimiento paulatino, como entrar con alguien a un bosque frondoso del cual se conocen pocas cosas, y salir al otro lado con un conocimiento inaudito o parcial que le permitirá ver de otro modo, esas mismas otras cosas.

Me interesa la construcción en este caso ¿Cómo se diagrama este tipo de tarea? ¿Dónde considerar la intervención, y porqué? ¿Cómo decir “eso no” o eso “tal vez”? ¿Cómo inspirar?

Lo que seguramente no corresponda es considerar la posibilidad de una “técnica”, difícilmente tenga sentido incluir esa noción en un taller de escritura, por lo demás, compartir lecturas y analizar en grupo un conjunto de textos bien podría significar una experiencia enriquecedora, se sabe que esas prácticas, entre poetas, son contadas, bienvenidos sean los casos donde se logren abrir ilimitados caminos a quienes han estado a solas con su alma, secretamente, anotando papelitos y libretas, haciendo bollitos de papel o leyendo en voz alta mientras la noche les pertenecía, esas vidas...

sábado, 3 de diciembre de 2011

La música invencible


Tengo un amigo que alguna vez hizo música, toca la batería (no sé en que tiempo emplear el verbo, ya que hace mucho que no sacude los parches), si bien en algún momento despuntó el vicio con un bombo legüero, lo suyo ha sido siempre el rock pesado. La primera vez que lo vi tocar me impresionó la transformación en el escenario, de ser lo que es, un filósofo tranquilo que se desenvuelve en un contexto de libros viejos, me encontré con un tipo fuera de sí, pegándole sin asco a todo aquello que pareciera temblar delante suyo, era “otro”, alguien que sacaba algo afuera, entendí que se completaba en ese momento, que también “eso” era el. Ahí no había filosofía, ahí había sudor y un sentido del ritmo y de lo visceral que desconocía. Esto fue hace unos años, una noche con sus estrellas, a metros de la Avenida Corrientes, desde donde no se ve el obelisco.

Generalmente alguien no olvida cuando comparte un recital, calculo que los músicos tampoco, el tema es cuando, por motivos que los exceden, no pueden seguir haciendo lo que hacían, porque todo tiene su tiempo y porque la vida pasa y quizás sea conveniente acompañar las incertidumbres mientras se hacen cargo de otras cosas.
Como dije al principio, mi amigo hace tiempo que no toca, se dedicó a discutir y analizar conceptos, y vive en una librería intentando encontrarse a sí mismo mientras corrige una y cien veces su primera obra de teatro, un interesante relato que intenta acercarse mentalmente a la locura de un combatiente de Malvinas. Cada vez que lo veo me recuerdo de niño inventando historias con papeles que parecían personajes míticos, desenvolviendo mi imaginación en un contexto de soledad creativa. De eso hace años, tal vez milenios…

A veces creo que si vuelve a los tambores terminará haciendo algo parecido a lo que hizo Reynols, si Alan Courtis, instrumentista de esa banda, grabó todo un disco con una guitarra sin cuerdas, mi amigo bien podría hacer lo mismo con los palillos, sin parches ni platillos, haciendo nacer sonidos, desmenuzarlos, reinventarlos, agotarlos, callarlos…un poco como el sentido de aquella carta del vidente que un adolescente Rimbaud escribió hace tiempo sobre la nueva poesía.

La música traspasa culturas sin que haya necesidad de comprender el contexto en el cual surgió el creativo destello, es como encender un fuego, un acto simple que puede generar un estado de comunión en el cual no hagan faltas palabras para comunicar algo, solo basta compartirlo.

Pensé en mis experimentaciones musicales, en su momento tuvo sentido, puntualmente lo abandoné. La vida se me iba en otra cosa. Ahora busco en la palabra alguna naturaleza, alguna abstracción.

Cuando me encuentre con mi amigo me gustaría preguntarle si quiere seguir viviendo aquel sueño, si se trató solamente de hilvanar un pasatiempo circunstancial , en el que era un simple pasajero de su propio viaje, porque tal vez no se haya planteado el esquema de esa encrucijada, y para eso a veces están los amigos, para ofrecer preguntas, para callar respuestas.

Nunca se sabe si todas estas cosas están a la vuelta de una esquina.

viernes, 25 de noviembre de 2011

Punctum



Tremendo paradigma el de este poeta, un libro que dividió las aguas, merecedor de un premio (punctum) que vuelve a ser editado, provocando nuevas lecturas y en especial la idea de texto visionario que se adelantó un poco a su época (como Fogwill cuando escribió los “pichiciegos” sin tener información de lo que estaba ocurriendo en Malvinas). Leer ciertas entrevistas realizadas a Gambarotta me permitieron acercarme a otras ideas sobre el acto de creación literaria, soy de creer que todo lo que hace es a favor de la poesía, no pierde el tiempo escribiendo relatos en blogs, esquiva los medios de comunicación y cada tanto produce una obra inquietante. Si supiera que está por sacar un nuevo libro iría a la librería convencido de encontrarme con una obra diferente, seguramente interrogativa, de esas creaciones que no te van a tranquilizar y que probablemente terminen por cuestionar algunos conceptos relativos a la poesía.

Dice el autor de su criatura: Yo lo veo como un único texto. Un poema desarmable, en todo caso. Como dijo Damián Ríos, es como un artefacto. Y si es artefacto es objeto, y esa es la visión objetivista que me interesa. El texto concreto, como objeto. Se podrían hacer muchas reescrituras o rearmes de ese texto único, por otro lado. Y sería otro artefacto. Punctum es un objeto hecho con palabras.
Si Andrés Caicedo hubiera escrito variaciones de un único poema (tal como hizo Ungaretti), probablemente hubiera creado un artefacto similar al de Gambarotta.

Un poeta “de los 90”, que descree de esa etiqueta, incluso parece aborrecerla. Alguien que combinó la estética punk en la poesía, el relato suburbano y cierta idea de “realismo” buscando ver debajo de lo cotidiano.

Esas cosas que otros creen ver.

sábado, 19 de noviembre de 2011

El otro yo

Suelo tener presente una imagen cada vez que me voy a dormir, es recurrente. Me encuentro viajando a la costa por la ruta, de noche, porqué sé que a unos kilómetros, bajo la noche profunda, encontraré un parador donde poder tomar café y comer algo (conozco el sitio), luego ocurrirá lo de siempre, sentir que necesariamente la vida no es otra cosa que aquella circunstancia, el otro yo que espera en vano más allá del campo estrellado y la penumbra. Es entonces que trato de sacar algunas frazadas, correr los asientos para adelante, hacerme un lugar dentro del auto en la parte trasera, y dormir, dormir en una situación totalmente infrecuente, esperar los primeros albores rojizos de la mañana dentro del auto, luego bajar, estirar las piernas, llenar el termo de agua caliente, y salir a la ruta, hasta llegar al mar.

No hay noche que no piense en esto, y no sé porqué, no encuentro realmente un motivo, pero la sensación es que una parte de mi espera llegar y encontrar el día, y encontrarme...

Ayer fue diferente, me acosté tarde luego de dormir a mi hijo, y no pude conciliar el sueño hasta las 6 de la mañana, dejé a ese “otro” sentado dentro del auto, con las cuencas vacías, mirando la nada. Lo abandoné a su suerte, supe que no tenía propósito, que alguien dentro mío clamaba vivir el día, llegar a algún lugar, construir algo con mi mujer.
Lo dejé adentro del auto, a ese “yo” que habito todas las noches, no sea cosa que la vida se me pase de largo, y me encuentre deshaciendo ovillos mientras aquel cadáver se pudre en la espera de un momento y de una circunstancia.
“aquí” tengo un yo del cual quedan ciertos silencios, ciertas estructuras. En aquella ruta, esperan mis fantasmas, cumplir el día de enfrentar exiguos temores, ansiando dejarlo atrás, para que despierte en algún páramo del destino, ese yo por el que siento alguna culpa, alguna lástima, para que salga del auto, y se vaya a casa, que viva una vida, que no crea en mi, porque no es bueno tener retazos de un yo desvaído abandonado a su suerte, y que cada noche me acompañe mientras hago de cuenta que vivo mi vida.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Los barrios de la infancia


Hay barrios que dejaron de crecer, ingresaron en una especie de nebulosa tragándose los sueños de sus moradores, y desde esa cuadratura contemplaron un mundo que los dejó a la deriva, girando en derredor mientras las cosas pasaban en otro plano, bajo una realidad siempre ajena.

Los techos grises de esas casas persisten sin nostalgia ante alguna que otra mano de pintura, alguna que otra cicatriz. Los que vieron nacer ciertas cosas pudieron modificar apenas algunos componentes de su pequeño sistema, mientras nuevas generaciones jugaban con olvidados juguetes viejos, tratando evitar cruzar la calle como lo hacían sus padres, porque ahora la calle era una “avenida” y los colectivos y los autos hacían trizas la “hora de la siesta”. El contexto varió, pero no su esencia, su idiosincrasia, su sentido de pertenencia, de significado, porque algo tiene que significar todo eso, algún cobijo debería ofrecer a quien nostalgia lo ya ocurrido.

De alguna manera los ancianos se fueron yendo, otros dejaron la casa para sus hijos, que tuvieron la particularidad de haber agregado ladrillos con la espalda cansada de tanta incertidumbre, regando taciturnamente las mismas macetas agrietadas, tal vez las mismas plantas sin flores. Tiene algo de sentencia el asunto, con ciertas arquitecturas es realmente imposible modificar el espíritu, hay algo ahí que es inherente a un modo de construcción y a un modo de callar lo que se construye, y no hay manera de enmendarlo, de que entre luz o de que salga viento.

Lo cierto es que hay silencios que se acumulan, el tiempo le agrega capas de hollín y oxido a las paredes y los herrajes de los portones, los goznes de las puertas y las cerraduras desvencijadas. Es como la representación de lo abyecto. A los patios daría la impresión que una pátina borrosa les diera un tono que a la luz del sol pareciera un tipo de barniz o de miel, mientras se trata de hurgar en los recuerdos cuando fue la última vez que pasó un vendedor de escobas, cuando fue por última vez que se escuchó una cigarra, o que los niños se treparan a un árbol de moras en las veredas violetas de la infancia.

Hay barrios enteros que perdieron la capacidad de revisar su memoria, a pesar de que puede parecer tan fácil socavar el pasado y provocar algún gesto cálido, en el rostro arrugado de aquellos que simplemente esperan terminar su día, sin ningún tipo de pretensión o deseo.
Hay barrios enteros que simplemente ven pasar por sus veredas gentes desconocidas, visitantes, ocasionales transeúntes. Los árboles mudaron hacia el amarillo desde hace tiempo, resecos sus tallos y abnegados sus ramajes. Sorprende saber que dan sombra, que de alguna manera representan por su tamaño el paso de las generaciones, la cantidad de niños que se treparon con alegría. Difícilmente ese amarillo se pueda conseguir en una pinturería.
Mientras tanto, detrás de las paredes parece que la vida prosigue, una telenovela encendida a la tarde, el olor del café en una ventana, el patio recién baldeado, la vecina que barre el pasado, los pájaros que danzan entre el polvo y las migas de pan.

Y esto que siempre será horizontal a pesar de los herrumbrados sueños verticales.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Sobre fuegos y fulgores

A veces sucede.
Una película que representa, en un momento dado, la periferia de un contexto, mediante la utilización de un personaje que termina siendo conceptual por las circunstancias, y aún con débiles argumentos, logra hundir un puñal en el corazón adolescente, arrastrando legiones de seguidores a pesar del paso del tiempo (ya pasaron 17 años del estreno de "el cuervo" y aún suscita controversia entre críticos y seguidores).
Ayer la vi nuevamente, sin tener razones concretas, volviendo sobre la extraña muerte de Brandon Lee (que tanto permite asociar la desaparición de Heath Ledger en Batman).
Suelo creer que algunas escenas son esencialmente cinematográficas, logran perpetuarse en el imaginario colectivo a fuerza de provocar un grado de pertenencia cuyas razones resultan complicadas de entender. Bajo este punto es imposible no recordar el rostro pálido de Eric Dreven tras los cristales rotos y la omnipresente música de The Cure, mientras la cámara se va alejando entre una atmósfera de gárgolas y claustros oscuros. Probablemente se trate de un mérito que explique su incidencia, como también haber representado desde el movimiento gótico y dark el clima opresivo del film (por aquel entonces en una curva ascendente). Estas piezas son extrañas, para muchos críticos se trata de una película sobrevalorada, y no se sabe hasta qué punto se puede circunscribir el éxito de la película (o su recuerdo), a la misteriosa muerte de su protagonista.
Hay citas de Milton y Poe, pero resultan inconsistentes para el marco de la historia.

Me ha pasado con algunos libros de poesía lo sucedido con esta película. Poetas que representan un contexto, pero que quedan atados al mismo, y con el tiempo generan una suerte de veneración entre los lectores, quienes suelen recrear el impacto lejano, provocando nuevas lecturas, mientras cierta crítica insiste en desacreditarlos, reduciendo su valorización al contexto de la época.
Poetas que escribieron algunos versos realmente buenos, y se perdieron en ellos, provocando disparadores tardíos en el análisis de aquellos textos.
Poetas que abandonaron su obra, y comieron de sus mendrugos, conservando cierto misterio, mientras el tiempo se convirtió en un testigo ausente.

Como la película, sus versos se leen de tanto en tanto en algunos sitios web, y recurrentemente algún noctámbulo visita el espacio, y arrastra consigo la poesía, la que ardió en aquel momento, como los fuegos de la noche de brujas, oscuramente arrojados por la pantalla, desde un cine cualquiera de los 90’.

domingo, 30 de octubre de 2011

Sobre la crítica de poesía entre poetas

Me interesa este enfoque (voy a volver sobre el mismo en otra oportunidad), no puedo decir si ha dejado de ser frecuente, pero no escucho hace tiempo de poetas que se junten para la lectura crítica de sus poemas. Fabian Casas rememora el hecho de cuando formó parte de la mítica revista de poesía 18 Whiskies (aquel “record” de Dylan Thomas), diciendo que en aquellos encuentros no había nada personal en la crítica dura de los versos, se trataba de un trabajo a favor de la poesía. Casas cita a García Helder como uno de sus maestros: un tipo que no te enviaba a cazar osos con una escopeta sin balas, una práctica que trasciende la literatura. Hubo otros que se tomaron el tiempo de analizar la poesía ajena, Juan Gelman, José Luis Mangieri (su mítica casa de Floresta fue muy frecuentada por jóvenes escritores), Leonidas Lamborguini, Joaquín Guiannuzzi y Rodolfo Alonso entre otros.
En este punto me interesan los aparatos críticos que se pueden generar en torno a la obra de un escritor. Recuerdo hace años que teníamos esa práctica con algunos poetas, alguna vez nos juntamos en el bar “La academia” en Capital, una vieja pizzería con billares al fondo donde los parroquianos suelen apurar una ginebra mientras ven pasar las cosas. No sé porqué esa noche la recuerdo en detalles, como si hubieran sido varios los encuentros y se pudieran condensar en cuatro o cinco horas de conversación, tal vez así haya sido, porque no deja de sorprenderme que tanta intensidad pueda “caber” en una noche donde la poesía era el eje y sentido de toda ocurrencia, de toda idea o reflexión. Ciertamente pensaba dar los nombres pero prefiero preservar sus historias de vida, de algún modo también incide en todo esto la idea o certidumbre de estar acercándome lentamente a una curva donde no quiero proseguir con un pasamontañas. Aquella noche estuvo un legendario poeta de los suburbios, algo así como una leyenda urbana, luego había un hombre que parecía anciano cuyo nombre no recuerdo, un muchacho que parecía joven cuyo nombre tampoco recuerdo (y que recitó sus versos en voz alta, haciendo callar a los jubilados que gritaban su juego de cartas en la mesa cercana), una mujer de versos flamígeros y yo, sentado en el medio de una mesa rectangular, leyendo y escuchando, aportando desde mi comprensión lo que me sugería cada lectura, cada verso de cada poeta. La noche se hizo larga pero eso no importó, recuerdo que todos tenían un registro similar a la poesía de Zelarayán, que en ese momento no conocía, salvo los textos de la mujer, cuyos versos eran como fluctuaciones candentes de un volcán, arrojando imágenes con la violencia de lo oculto, mientras buscaba comprensión de nuestra parte, o al menos eso dejaba intuir su mirada luego de detenerse en la lectura, recuerdo que las críticas eran directas, sobre todo las del poeta legendario, que cuando la poetisa se fue al baño aprovechó para leernos un poema que hubiera sido aplaudido por Oliverio Girondo, pero no apto para mujeres. Ese poema está en un papel y vaya a saberse si este artista lo publicó.

Después nos perdimos en la noche, pasamos por un lugar donde había algunos japoneses parecidos a la película Babel (la mirada es anacrónica, la película no existía entonces) cantando un cumpleaños o algo parecido a pesar de la ginebra con coca y la caminata impar, nos sumamos al coro de cumpleaños con cierta empatía, compartimos unos tragos sin cruzar palabras, y partimos esquivando los vahos de las alcantarillas para que la calle Corrientes nos terminara envolviendo en las mesas de las librerías, insólita y gratamente abiertas a esas horas de la madrugada, leyendo algún poema al azar, comprando algún libro y creyendo que esas cosas quedarían para siempre.

Cinco poetas caminando juntos bajo la noche urbana, con el obelisco de fondo.
Vaya cosa.

domingo, 23 de octubre de 2011

Los poetas que no publican


Hay poetas que desde un principio se apartaron de los circuitos de publicación, prefiriendo un silencio que habitaron con palabras tardías, cercano al poema que hurgaron transitar. Muchos han dejado una obra inédita, escritores contemporáneos que escribieron el cuerpo de un par de libros de poesía y sin embargo, por diversos motivos que tal vez los excedieron, eligieron la ausencia y la distancia.
Hay quienes se dispersaron fatalmente luego de encontrarse con un libro revelador, que les hizo dudar acerca del aporte que podían hacer para la literatura, y siguen en algún abrevadero intentando resolver ese misterio.
Hay quienes hicieron de sus fulgurantes relatos oscuras pinturas autobiográficas, como hizo Pollock con sus cuadros, atesoraron esas evidencias y siguieron su rumbo fuera de la poesía impresa. Pareciera que nunca fuera posible la versión definitiva, y a la manera de un Ungaretti, destinan su tiempo a realizar variaciones de un único poema, absortos y callados en una obra que siempre prometieron a sus semejantes y sin embargo nunca cumplieron.
Hay quienes aportaron fragmentos de su yo más profundo, compartieron alguna feria y continuaron su vuelta a casa (yo recuerdo una en el barrio de la Boca, había que “colgar” los poemas con broches, en una cuerda tensada entre dos árboles, los “lectores” pasaban y si les gustaba el poema lo sacaban y se lo llevaban), pero siempre prevalecía la idea (o se imponía por el contexto y las circunstancias) de experimentar acercamientos a la poesía lejos del ámbito editorial, realizando construcciones marginales para percibir tal vez si lo escrito seguía teniendo algún sentido, algún impacto, o simplemente irrumpía la idea de compartir entre poetas la lectura y crítica de poemas, algo que de algún modo últimamente se fue perdiendo.
Alguna vez estuve en el mar escribiendo poemas, tuve un libro que publiqué prácticamente sin correcciones. Aislado de todo desenvolvimiento social, las escrituras concebidas -similares en su concepción a los “poemas ocultos” de Jim Morrison- significaron una suerte de viaje estático hacia una nada frondosa que apenas comprendía.
Al poeta rionegrino Alberto Fritz le pasó algo similar, escribió el esbozo de un libro en tres días, y después de un tiempo lo publicó casi sin correcciones, experimentando lo musical y lo espontáneo. El proceso de creación le permitió acercarse a un aprendizaje que en cierto modo debería reflejar la poesía: nunca la voz por encima del poema.
Esas cosas suelen ser reveladoras.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Algo que nace


Un día como hoy, en el que algo nace, debería ser motivo para soslayar los márgenes de un plano, imbricar toda disyuntiva, todo rasgo de creación, toda incertidumbre.
¿Qué es el yo cuando un seudónimo arroja su invertebrada construcción a un océano de palabras?
¿Qué hay detrás de la palabra?

En la orilla blanca de algo que se anhela, cruzan los poemas enhebrando un devenir, y entonces ocurre, el devenir de lo que ocurre, aquello que de vez en cuando devano sin suerte para explicar algo que apenas comprendo y que sin embargo me pertenece.

Y entre nosotros, está bien que así sea.

sábado, 15 de octubre de 2011

Las construcciones de este blog


Todo es precario en este blog.
Todo es efímero.
Hablo de la construcción de ideas.
No hay tiempo. Los espacios críticos se crean desde la fragmentación, aproximando disyuntivas mediante fugaces dicotomías. Las lecturas son esporádicas, aunque vertiginosas, siempre intensas. Las reflexiones intentan colmar un estado de tensión, situación que en sí misma supone todo abordaje, en ocasiones ofrecido desde subjetivas periferias, de obras nacidas en un relámpago, y decodificadas con cierta desventura en una bitácora tardía.
Siempre llego después a un tema aciago, probablemente deshabitado, intentando una perpetuación del cisma, una luz hiriente. Luego lo devano, agregando notas marginales de modo arborescente.
Entonces escribo y es esto, meros embelecos ansiando hilar los pormenores de una hilatura, escribir sobre la escritura, hablar de lo creado.

Así construyo, pero no me basta.

Accionar, tal vez sea la palabra recurrente cuando hilvano el ejercicio de pensar, y entonces pienso que en este punto algunos poetas exponen lo no creado, son escritores pero el blog los representa, con el tiempo son absorbidos por la obligada aportación original, que nunca cesa, finalmente el espacio se torna una extensión de sí mismos, siguen teniendo un nombre mientras lejanos y cómplices lectores aguardan el libro que les devolverá el significado de un consuelo, porque ellos también necesitan construir desde la lectura, y si bien los blogs aportan versos, son los libros los que permiten favorecer construcciones.
Así también ciertas bitácoras simulan un diálogo desde vericuetos artificiales, suponiendo una relación y una participación que busca desechar el carácter estático de lo propuesto, ansiando dinamizar mediante diagramas mentales el entramado del mundo exterior.

Por otra parte, hay seres que en el mundo del arte poseen el don de la invisibilidad, y se mantienen incólumes fuera de todo círculo espejado, pudiendo trabajar sin distracciones, y sin la necesidad de articular los resortes de un coro siempre disponible para la aprobación. No es nuevo, y por otro lado se perdió el sentido crítico de la lectura de poemas. Me ha pasado compartir esto, y lo extraño.

En una película alguien se preguntaba por el peso del alma ¿cuánto pesa una idea en una bitácora virtual? ¿cómo se mide esto? Incluso me lleva a pensar cómo será, en entornos digitales, la noción de desecho. Paulatinamente decrece, en el arco del tiempo, la curvatura del pensamiento colectivo. La construcción queda registrada para que otros las desmenucen, refuten o complementen.
Los manuscritos se pierden o se rompen o se queman, los sitios web desaparecen, y es todo.
Tal vez se trate de una selva demasiado frondosa como para advertir la mirada de un sapo segundos antes de tragarse una libélula.

sábado, 8 de octubre de 2011

Metáforas de un premio Nobel

Cansado de todos los que llegan con palabras, palabras, pero no lenguaje...
De “La plaza Salvaje”,1991.

Una obra que trata "sobre el momento en que la niebla se disipa, cuando por un breve momento se rompe la cotidianeidad". Las palabras van destinadas al poeta sueco Tomas Tranströmer, reciente premio Nobel.
Es motivador leerlo, el hombre anda por los 80 años y ya no escribe, desde 2004 se dedica a escuchar música clásica. Lo consideran un gran creador de imágenes que ha hecho del uso de la metáfora uno de los rasgos más característicos de su poesía. Es alguien reconocido internacionalmente pero aquí apenas se lo conoce, lo poco que leí me hizo acordar a los poemas diáfanos de Clarisse Nikoïdski que Juan Gelman citó en su dibaxu, como si por un momento lo leído reflejara la calma de un estanque de agua quieta bajo el sol, y sin embargo esos poemas parecen nacidos de la bruma, asombrándose de las pequeñas cosas.

En un estudio sobre tendencias en la literatura nórdica, el catedrático Thomas Bredsdorff se preguntó si en verdad existe una “literatura nórdica”, por lo cual comprobó que de ninguna manera se podía reducir la noción de “nordismo” –como característica étnica– a un oscuro cruce entre la angustia de Kierkegaard, la melancolía de Bergman, fresas salvajes y rubias de “Playboy”. El autor reconoce que, al leer poesía nórdica, todas estas inútiles imágenes se desvanecen en el aire.
Pero he aquí que en dicho estudio Bredsdorff registró en muchos poetas el tratamiento sobre la muerte. Analizando algunos poemas descubrió algunas características muy particulares en los poetas suecos, finlandeses, noruegos, islandeses y daneses, un cierto tono sobre lo cotidiano, ondulado suavemente a través de los versos y una ausencia de la noción de “persona” en cada escritura (el “yo” que aparece en el poema apenas se distingue del “yo” que lo escribe).
No me sorprendió entonces encontrar en este breve ensayo una mención a la poesía de Tranströmer, citando estos versos:

Y la paz puede llegar como unas gotas, quizá de noche
Cuando nada sospechamos
O como cuando estamos conectados al gota a gota de una cama de hospital...

El catedrático de la Universidad de Copenhague sostiene que se trata de un poema descriptivo que retrata una pila bautismal del siglo XII en una iglesia de la isla de Gotland (las pilas bautismales son recipientes utilizados en las catacumbas de las iglesias para contener el agua en el sacramento del bautismo). La descripción lírica se basa en el contraste entre las escenas bélicas labradas en el exterior de la piedra y la paz que descansa en el agua bendita, invisible, del interior eclesiástico. El poeta busca plasmar la contraposición entre la violencia labrada del mundo exterior y la serenidad del interior de la pila bautismal. La muerte apacible de un ser querido en una cama de hospital, gota a gota a través de un tubo destinado a ser mudo testigo de la escena inevitable, sea tal vez un buen ejemplo para hacer una referencia directa al agua bendita del recipiente sagrado. Imposible abordar el poema asumiendo un tono “nórdico” en el mismo, la ignorancia sobre tales literaturas abruman, pero algo es cierto, y Bredsdorff se encarga de aclararlo: hay mucha buena poesía en la Europa del norte.

Tomas Tranströmer llegó a decir que “un poema no es otra cosa que un sueño en la vigilia".
Eso parece ser lo que escribe. Me alegra saber que algún día tendremos alguna traducción en alguna librería. Va a ser un placer leerlo.
Nada mejor, para terminar, que un poema relativo a estas disquisiciones:

Postales negras

La agenda llena, futuro desconocido.
El cable canturrea la canción popular sin patria.
Nieve sobre el mar inmóvil como plomo. Luchan
sombras en el muelle.
En mitad de la vida sucede que llega la muerte
a tomarle medidas a la persona.
Esta visita
se olvida y la vida continúa.
Pero el traje va siendo cosido en silencio.

sábado, 1 de octubre de 2011

Sobre la traducción de lo creado


Un poeta argentino, Carlos Mastronardi, supo percibir hace un tiempo, de un modo indeleble, una verdad irrebatible: “Todo es traducible, excepto el lenguaje.” Otro gran poeta, Rodolfo Alonso, aseveraba lo siguiente: “No usamos el lenguaje. Somos lenguaje”.

La oralidad, recogida en soportes documentarios, fue preservando expresiones arcanas, resguardando matices de un mundo que ya no existía, construyendo nuevos planos de interpretación, desarrollando ideas emergentes, marginales y fragmentarias. Todo eso que supone una cultura dinámica ¿cómo es posible de traducir aún respetando el contexto?
Y yendo un poco más lejos en la cuestión ¿cómo traducir una mola, aquellos tejidos multicolores de la cultura Kuna? Aquí se sabe que cada color, cada textura, comunica una información que tiene honda relación con la cosmovisión de la cultura. En esos telares se encuentra representado un conocimiento oral que ha sobrevivido por siglos, en donde las autoridades de pueblos originarios -que hoy habitan parte de los territorios de Panamá y Colombia- han sabido simbolizar la idea de laberinto que supone la creación del mundo, en relación con el hombre, la vegetación y variados elementos de flora y fauna.
Las molas son las hojas de un libro de memorias de la cultura Kuna, que los propios indígenas pueden leer, interpretar y compartir, más no podemos dejar de lamentar la imposibilidad de traducir, en toda su riqueza de contenido simbólico, lo que cada trazo y cada color realmente significan. Solo un anciano bilingüe podría acercar una aproximación, en forma endógena, del documento genuino, con lo cual debemos considerar una coexistencia de las ideas, una apertura hacia el otro, un modo aún precario de tender un puente que semeje una interrelación y una comprensión de lo creado.

En ocasiones, ocurre que con los textos escritos nos acercamos a la interpretación de una interpretación, salvo que la fuerza narrativa del autor pueda resistir los embates del tiempo, y las eventuales traducciones. En todo caso, apreciaremos la envoltura de la idea, su cáscara.

Me ha pasado una vez, leer una traducción del francés al castellano de un libro de Oscar Wilde, que como se sabe escribió en lengua inglesa. Obra mutilada, era como intentar arreglar un delicado jardín con un hacha oxidada.
Leer sin intermediarios, probablemente sea la conveniente tarea. Mientras tanto, tendremos inquietudes que soslayar con aquellos autores lejanos a nuestros entendimientos, frustrándonos de tanto en tanto, o encogiéndonos de hombros mientras revisamos libros viejos que sin embargo llevaremos a nuestra casa y leeremos con algo de tristeza.