domingo, 29 de mayo de 2011

Los tambores del desierto

Me atrae el exotismo, utilizar este verbo es incongruente, hay algo que tiene que ver con un más allá que arroja su viento a los castillos de arena del entendimiento, algo que se hace carne y sombra, contemplándome en la escritura que intenta retener una brisa, donde cruzan las palabras en los vaivenes de la memoria.

Leí recientemente de un buscador de historias (no recuerdo ahora su nombre) que recorre con su cámara y su mochila los rincones más remotos del planeta, cuenta que estuvo en el tren de hierro, aquel que cruza buena parte del Sahara, en Mauritania, profanando el desierto como una daga, donde los viajeros deben convivir en penumbras, con velas pálidas y tambores gastados por el tiempo. De haber estado allí, hubiese querido guardar el sonido hipnótico de los saharauis que parecen imbricar las marcas de los médanos bajo la forma de plegarias. Creo escuchar esa música del desierto, creo ver lo amarillento oxidarse entre tempestades de arena, buscando un lugar para soportar un tiempo exiguo, de metales pesados que aplastan el largo camino sin sed.

Parece que todas las noches son largas, lo herrumbroso fatiga los rieles cansados, haciendo crujir soledades y silencios. Entonces siento que solo allí, en medio de la metafísica más absoluta e inconcebible que se pueda imaginar, tenga verdadero sentido ejecutar esos tambores, significando un estado de trance, de comunión, por formar parte de algo que va más allá de toda comprensión.

Esto me recuerda otras instancias, la de quienes, al son de las percusiones, recitan sus versos recurriendo a la memoria. De alguna manera ha sido testimoniado por Arthur Rimbaud en una de sus cartas, mientras se abría camino en el África profunda, mediante la redacción de un informe geográfico publicado en 1884 por la Sociedad de Geografía.

Se trata de la “Relación sobre el Ogaden” donde el poeta francés, que si bien abandona la literatura pero no así la escritura, refiere sobre algunos herreros ogadinos que “deambulan entre las tribus, fabricando hierros para lanzas y puñales. En su comarca, estos hombres no conocieron, al parecer, ningún mineral”.

Sobre estas tierras de hierbas altas, con zonas pedregosas recorridas por exploradores y aventureros, Rimbaud testimonió como pocos sobre aquellos hombres. Por lo general se trataba de “musulmanes fanáticos. Cada campamento tiene su Imán, que canta la oración en las horas debidas. En cada tribu se encuentran los wodads (letrados); conocen el Corán y la escritura árabe y son poetas improvisadores”.

No hay que olvidar que el escenario de las actividades de Rimbaud en Abisinia es el del colonialismo de las potencias europeas y el de los conflictos políticos internos entre las etnias. Tensiones que modifican y dirigen su actividad en aquellos años.

Estuve allí, desde aquí, donde intento arrojar estas naderías.

Bibliografía consultada: 

El nómade: cartas de Jean Arthur Rimbaud en Abisinia / Jorge Monteleone. Buenos Aires : Adriana Hidalgo Editora

Abyssinia: revista de poesía y poética / Eudeba, Universidad de Buenos Aires, noviembre de 1999.


martes, 24 de mayo de 2011

Diálogos con Leucó


HESÍODO. ...Las cosas que tú dices no tienen en sí mismas ese fastidio de lo que acontece todos los días. Tú das nombres a las cosas que las vuelves distintas, inauditas, y sin embargo queridas y familiares como una voz que desde hace mucho tiempo callaba. O como el verse de improviso en un espejo de agua, lo que nos hace decir: “¿Quién es este hombre?”
MNEMOSINE. Mi querido, ¿no te ha sucedido nunca ver una planta, una piedra, un gesto, y experimentar la misma pasión?
HESÍODO. Me ha sucedido.
MNEMOSINE. ¿Y has encontrado el porqué?
HESÍODO. Es sólo un instante, Mélete. ¿Cómo puedo detenerlo?
MNEMOSINE. ¿No te has preguntado por qué un instante, semejante a tantos otros del pasado, te vuelve repentinamente feliz, feliz como un dios? Tú mirabas el olivo, el olivo sobre el sendero que has recorrido cada día durante años; llega el día en que el fastidio te deja y tú acaricias el viejo tronco con la mirada, como si fuera un amigo reencontrado y te dijera justo la única palabra que tu corazón esperaba. Otras veces es la mirada de un transeúnte cualquiera. Otras veces, la lluvia que insiste desde hace días. O el chillido estrepitoso de un pájaro. O una nube que dirías haberla visto antes. Por un instante el tiempo se detiene y sientes la cosa banal en tu corazón, como si el antes y el después no existieran ya. ¿No te has preguntado el porqué?
HESÍODO. Tú misma lo dices. Ese instante ha vuelto la cosa un recuerdo, un modelo.
MNEMOSINE. ¿No puedes imaginarte una existencia sólo hecha de estos instantes?
HESÍODO. Puedo imaginármela, sí.
MNEMOSINE. Entonces sabes cómo vivo.

Cuando Cesare Pavese decidió poner fin a su vida, un libro abierto estaba al lado de su lecho, era “Los diálogos con Leucó”, considerado por el autor como “la cosa menos infeliz que yo haya escrito”. La insatisfacción de Pavese, luego de consumar una obra, era el vacío posterior, la incapacidad de volver a colmarlo o el temor de no poder hacerlo. A ese vacío aludió como uno de los motivos de su suicidio, a los 42 años de edad, cuando se podía afirmar que no estaba completado como artista, que tanto tenía por hacer.

Vayan como remiendos estos simbólicos lamentos, estos crepusculares diálogos.

jueves, 19 de mayo de 2011

Sobre lo que se corrige

Corregir sobre lo corregido. Muchos poetas pueden dar fe de esta disyuntiva. Hay poemas que se guardan en un cajón por años, y luego se intenta ver algo que va más allá de la comprensión.

No existe el ente platónico en el que las llamas de la creación fraguan sus entelequias disolutas, en detrimento de las palabras que estallan, allí donde los posibles horizontes son fulgurados, mientras el poeta se abreva en torno a una idea, pretendiendo con el acto un único cielo, una única meseta. Esta situación, que a la vez sitúa al poeta en los márgenes de su propia disociación -interviniendo con la palabra para alcanzar una evidencia-, no deja de representar una candente tarea.

Sabemos que existe el tono en el poema, el asunto es qué hacer con el tono cuando el tiempo del silencio ha sido demasiado extenso ¿se lo imbrica? ¿se lo licua? ¿se lo reformula? ¿se lo prolonga? Cabe señalar que el poeta, antes del planteo, tiene en claro (o cree tener en claro) que busca completar una unidad que a su vez justifique la publicación de un libro.

Siguiendo el caso, es probable, aún con la corrección, o quizás a causa de ella, que la esencia del poema, en tanto unidad, permanezca, que tal vez el esbozo de ideas actuales, bajo el barniz de sucesivas construcciones poéticas, puedan convivir sin conflicto con el plano instaurado del poema nacido como manuscrito, el poema que espera ser arrojado a los lobos, el poema que ya es y sin embargo no.

Cuántas veces habrá ocurrido, una escisión no advertida por el lector, un proseguir cuya tinta apenas ha variado en intensidad, en coloratura, en musicalidad (pienso en el destierro del Dante, aquella fracción de tiempo en que tuvo que abandonar momentáneamente la escritura de la Comedia, para luego retomarla desde otro contexto).

Tal vez debamos reconocer que todo poema nunca termina, que las palabras no son suficientes, que los círculos no alcanzan para imbricar una esfera, que apenas puede el poeta apresar levemente un puñado de versos que lo justifiquen.

Pienso si será posible conceptualizar los límites de la materia, la idea que concibe un acto creativo cuando, en su ejercicio irresoluto, trata de indefinir el estado de tensión y de sentido, los necesarios puntos suspensivos que el lector nunca podrá ver.

viernes, 13 de mayo de 2011

Poesía espectacular o la poesía como espectáculo

Años 80. Unos jóvenes escritores realizan perfomances poéticas que bautizaron "Poesía espectacular", agotando en esas presentaciones todas las posibilidades del lenguaje, el sonido, el ritmo, la cadencia, el tono, la musicalidad. Voces como cascadas, voces como piedras rodantes, voces que, en las voces de Martín Pietro, Daniel García Helder y Oscar Taborda se ovillan para desovillarse, subiendo y bajando, descascarando resonancias, susurros, intemperancias... Quiso la buena fortuna que aquellos registros fueran filmados por un tal Carlos Essmann en el año 1995. Se tituló "Poesía espectacular film". Que lo disfruten.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Las variaciones del poema

A veces pienso en las construcciones que suponen una fragmentación. Inherencias de una obra que oculta tiestos del poeta, algo que es y que sin embargo se encuentra disperso. Pasan los años y el poema, en el atardecer de su propio día, espera ser revisado nocturnamente, para hallar su sentido, su tono, su forma.

Hay quienes el desaliento los lleva a olvidar, porque han corregido compulsivamente, y lo escrito en el papel no los han representado. Enormes poetas han pasado por ese trance, algunos no han sido contemporáneos de su suerte, la posteridad les reservó un lugar que tuvo el sentido de una reparación, pero no lo supieron. Brindaron sosiego con cada palabra, con cada verso, sin embargo, fueron poemas que los propios poetas no se animaron a publicar.

El poema se abandona, no se termina”, afirmaba un tal Paul Valery, quizás los pormenores de su "Cementerio marino" reserven un buen lugar para la discusión casera.  Si esos versos llegaron al público lector, se debió al interés del editor de Gallimard, quien finalmente logró que el poema "abandonado" pudiera imprimirse y darse a conocer. Vaya a saberse si hubo resignación en el poeta francés, si terminó aceptando la inmortalidad de lo creado, el extraño destino de toda escritura.

Esta disyuntiva ha sucedido con grandes escritores: Kafka, Mallarmé, Pessoa…

Probablemente se trate de correcciones obsesivas, donde el poeta no ha logrado discernir la parábola del abandono, hecho que muchos poetas han aceptado sin angustia. Si el poema ocurre, como bien dice Rodolfo Alonso, así tal vez deba abandonarse a su suerte, como quien pretende cerrar un círculo con delicado hilo, buscando, en la aparente calma, finalizar lo creado.

Tal vez Giuseppe Ungaretti (representante del hermetismo según algunos críticos) haya ofrecido una respuesta simple y certera, justamente él, que ha escrito variaciones de un puñado de poemas, exponiendo de algún modo las construcciones paralelas que intentaron evidenciar, en diferentes planos, las tachaduras y los silencios que no fueron desestimados.

La respuesta es acaso su poema más breve, constituido por un solo verso:

M’illumino d’immenso

(Me ilumino de inmensidad)

Cuántos hubieran extendido el verso, para después corregir sobre lo corregido, para finalmente abandonar lo escrito en un cajón.

El poema que no precisa más palabras, solo las necesarias, para significar la luminosa interioridad de quien ha fraguado las sombras de todas las probables variaciones, donde se esconden las serenas exclamaciones, nacidas vaya a saberse bajo qué circunstancias.

En este sentido, el caso de Pessoa es llamativo; se armó una “industria” para corroborar la cronología de sus textos (incluyendo estudios paleográficos realizados sobre sus manuscritos), mientras la vida gris de Pessoa, el melancólico Pessoa, se dejaba ir entre la lobreguez y el desasosiego.

En un rincón de su plena existencia quedaba desechada una obra indeleble, resignificada en el tiempo a través de críticas literarias y estudios biográficos.

Pienso cuánto de laboratorio encierran algunos blogs de poesía, en especial aquellos poetas que han utilizado la variable de exponer su vida familiar con fotografías, opiniones o anécdotas, mientras una obra dispersa va justificando su tránsito terrenal. Se tratan de relatos que tienen sentido en el contexto de una bitácora. A veces es posible encontrar escrituras, y de tanto en tanto, algún poema.

A veces se trata, simplemente, de la hoja en blanco.

jueves, 5 de mayo de 2011

La noche del poema

En ocasiones, creemos que detrás de lo hollado no hay realmente una obra, solo tiestos de un “nosotros” que se desvanecen sin arrancar lo despojado de la poesía, sin arrancar la cáscara o la hojarasca, la “nocturnidad” de lo creado, del cual están embebidas las escrituras parciales.

Son poemas que no llegan a completarse, y se abandonan.

Es criterio del escritor suponer una unidad, y por ende publicar el libro.

En algunos casos hay una producción dispersa, pero un manto de misticismo recubre al poeta. La noche ha sido su morada, los versos nacen mutilados, acercando una noción de barroquismo y ruptura que tal vez sea representativa de un contexto particular, de una estética que, concurrida por múltiples voces, provoca una empatía colectiva. Esos lectores, que comulgan con escrituras fragmentadas -y comprenden a través de dichas prácticas la instauración de ciertas construcciones- suelen advertir, como en un relámpago, destellos de sus propias limitaciones, pero sin reconocerlo. Cierto es que mucho más válido es el trabajo consecuente con la escritura, la plena lectura y los matemáticos ejercicios mentales, plagados de contrapuntos y candentes periferias. Eso exige un sacrificio, un recorrido que abruma imaginarlo.

Creo que la conectividad arborescente de Internet teje laberintos donde ciertas almas se pierden, diagramando en ocasiones pequeños bloques de ideas, motivadas por grados de pertenencia a discusiones perentorias. Lo paradójico es encontrar significado en una limitación, abordado generalmente desde una periferia, para después analizar conceptualmente dicho sobrevuelo.

Esto me hace acordar a una escena cinematográfica del Marques de Sade interpretado por Geoffrey Rush, cuando en la cárcel, el escritor les va recitando a los reclusos fragmentos de su obra, para que ellos, de boca en boca mediante agujeros en las paredes, hagan llegar cada palabra a la única mujer que tiene papel y que puede escribir los versos precariamente memorizados por los presos. De este tipo de construcciones estamos hablando, y tal vez, por qué no aventurarlo, la obra quede mejorada.

Traslado estas divagaciones a ciertas tertulias literarias, donde el almíbar es derramado “poéticamente” en escenarios solitariamente concurridos, para así generar los más extraños “cadáveres exquisitos”, en el cual melancólicos corazones tal vez aprecien semidormidos sus entelequias, sin analizar las aliteraciones ni los vértigos comunes, pero suponiendo que, propio del contexto donde fueron creados, algo puedan representar esos versos, algo puedan esconder esas coordenadas, como un ciego guiando a los ciegos

En este juego de interpretaciones, el arte ciertamente sucede. Algunos lo pueden ver, y otros simplemente forman parte.

sábado, 30 de abril de 2011

Adiós Don Ernesto

He olvidado grandes trechos de la vida y, en cambio, palpitan todavía en mi mano los encuentros, los momentos de peligro y el nombre de quienes me han rescatado de las depresiones y amarguras. También el de ustedes que creen en mí, que han leído mis libros y que me ayudarán a morir...

La resistencia

Conocí a Ernesto Sábato hace diez años, desde entonces peregriné hasta su casa en numerosas ocasiones, fueron quince las veces que tuve la dicha de compartir encuentros que se asemejaban a tertulias, recuerdo la primera vez, verlo parado detrás de una puerta entreabierta –lo estoy viendo– la mirada grave, serena, preguntando de dónde venía, a qué me dedicaba. 

Como en una ventisca, van sucediendo los instantes compartidos, las charlas sobre los poetas malditos, los simbolistas franceses, Jesús expulsando del tempo a los mercaderes, Rimbaud, Dante, El Che Guevara, el tango, las culturas indígenas, África, Borges, sus pinturas (sus terribles óleos, relámpagos de espanto desgarrados en la tela), Matilde, El túnel, la física, su época de jugador de fútbol, su humor negro, su perro Roque, la máquina donde escribió el informe sobre ciegos, la foto de una chica que parecía Alejandra (su Alejandra), las lecturas en francés que tanta gracia causaba, los países que habitaban España, El Quijote, la angustia del escritor, su novela inconclusa la fuente muda, los textos quemados (recuerdo un manuscrito que tuve en mis manos, al igual que sus pequeños cuadros sobre naturalezas muertas), aquella ejecución de Piazzolla donde Ernesto recitaba un fragmento de Sobre héroes y tumbas, el placer que le causaban sus viejos árboles, el silencio de la casa...tantas cosas que ahora intento retener en vano. 

Como aquella vez que me comentó de un zapatero alemán o italiano, con el cual don Ernesto había escrito un pequeño ensayo y no lo encontraba, un texto que giraba en torno a la meditación de los zapateros cuando realizaban su trabajo.

Sábato fue generoso con los escritores jóvenes. Quienes alguna vez fueron a su casa de Santos Lugares, pueden dar fe de esta apreciación. En estas horas tristes pensé en Gladys, la señora que siempre lo cuidó y que tanto lo quiso. Las travesuras de Don Ernesto cada vez que Gladys nos acercaba el té con medialunas. Esas cosas...

La primera vez que lo vi estuvimos tres horas hablando de literatura, en especial el exotismo de Rimbaud, y lo que producía en Sábato el desierto, esa metáfora de la nada.

No podría olvidar aquel día. No lo olvidaré nunca. Tampoco aquellos sábados donde nos congregábamos a partir de las 18 horas, con poetas, filósofos y pintores. Todo eso necesariamente tiene que servir de algo.

Fui a despedirlo, como tantos otros, soportando en silencio su silencio.

Yo tomé el tren a casa como si fuera la última vez.


viernes, 22 de abril de 2011

Lo vertical en lo horizontal


Intento devanar pensamientos desde vías paralelas donde trazar lo complementario. Entendido de este modo, las variables de las ideas se entrecruzan, no hay allí una única fuente, ciertamente el saber fluctúa mientras diversas corrientes perceptivas van hollando la estructura, que se pretende emplear para significar un desvarío.

Suelo recrearme en los esbozos de ideas que otros conjeturan, mi tarea consiste en extractar bloques de un pensamiento, separar el contenido de la matriz (con sus parámetros a cuestas), y analizar una eventual divagación desde una periferia del entendimiento.

Tratando de esquematizar, es probable trasladar ciertos conceptos literarios en relación a una problemática cultural o social, de modo que dichos conceptos puedan ser comprendidos a través de una estructura arborescente, resignificando los eventuales alcances. Para esto es preciso tejer un diagrama mental que nos permita abordar la idea primaria.

Se necesita licuar componentes interrelacionados, ejercer un pensamiento crítico.

Es allí que un concepto literario puede cobrar otro significado en este espacio de jardines que se bifurcan, asociados necesariamente con planos en apariencia inconexos.

Se puede incluso desde anacrónicas comparaciones forjar ecuaciones sutiles.

Veamos entonces el ejemplo de la Comedia de Dante: para abordar el poema puede resultar válido desandar previamente otros senderos literarios, salvo que prevalezca en el lector el deseo de penetrar el frondoso bosque sin ningún tipo de guía. Para quien esto escribe, leer los nueve ensayos dantescos de Borges ha clarificado cierta comprensión oscura del poema. De hecho, las ediciones posteriores de la Comedia han contado con cita de fuentes para situar a un posible lector en el contexto histórico, social y teológico del poema.

Incluso Borges, con su escritura del Aleph, ofrece una relectura de la comedia, y tal vez más aún, una comprensión anacrónica del espacio virtual de la Web, cuyos documentos suelen estar trazados por hipervínculos a diferentes tipos de soportes. De este modo se fomenta una conectividad, desde lo digital y electrónico, que acaso antes era propiciada en el laberinto de una biblioteca, entre libros, extensas enciclopedias y manuscritos varios.

Es allí que, intentando devanar lo enhebrado, sea posible, desde lo fragmentario, producir nuevos sentidos si se los interpreta fuera del plano donde se abreva lo candente de la idea original. Probablemente la tarea consista en poblar con imágenes los márgenes del plano descubierto, entender desde esa deconstrucción.

Y si acaso nos extraviáramos en los fragmentos, y uniéramos los pedazos del único cristal (trozos que en esencia representan una verticalidad extractada de bloques mutilados), se podría estar frente a un mosaico horizontal que oculta en su superficie el supuesto entramado de las ideas verticales.

Se sabe, o se supone, que el cosmos tiene su antagonismo en el caos, que precisa ocultar para establecer un control horizontal del pensamiento.

Todo lo que está fuera de este murmuro, son conceptos candentes invisibles al sistema.


viernes, 15 de abril de 2011

Las esquirlas del poema

Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo. (1984).

La boca abierta al viento que se lleva a las moscas, el tiburón se pudre a veinte metros. El tiburón se desvanece, flota sobre el último asiento de la playa-del ómnibus que asciende con las ratas mareadas y con frío y comienza a partirse por la mitad y a desprenderse del limpiaparabrisas, que en los ojos del mar era su lluvia

Me acostumbré a verlas llegar con las nubes para cambiar mi vida. Me acostumbré a extrañarlas bajo el cielo: calladas, sin equipaje, con un cepillo de dientes entre sus manos. Me acostumbré a sus vientres sin esposo, embarazadas jóvenes que odian la arena que me cubre. (1984)

¿Quién puso en mí esa misa a la que nunca llego? ¿Quién puso en mi camino hacia la misa a esos patos marrones –o pupitres con las alas abiertas– que se hunden en el polvo de la tarde sobre la pérgola que cubrían las glicinas?

                                                                                         Héctor Viel Temperley

Estos versos, es como si hubieran sido escritos en un cristal, y al arrojarlos al suelo, nos permite de algún modo leer cada pedacito recogido, como si fueran poemas mutilados, como si no perdieran sustancia, con entidad propia. Si juntáramos uno por uno los pedacitos tendríamos un largo poema, inasible, hierático, con sentido de unidad o de vertedero, tal vez fragmentario, simbólico, hermético, deshilado, pero concatenado a un signo que se reitera a cada paso, con cada verso.

Como dijo en una descarnada entrevista “lo mío tenía que ser todo un mundo”, y lo fue.

Extraño poeta, extraños cristales rotos en el piso, extraña comunión de un tipo que contesta “El que escribió ese poema (Hospital Británico) no existe más”.

En ese libro, Jorge Monteleone consideró que la estructura de su poema era como las de un preludio y una fuga: el poema que abre el libro se astilla, se multiplica en esquirlas, los motivos que abren cada fragmento poético, fragmentos que entrelazan el pasado con el presente del enfermo, y a la vez, lo disparan al tiempo, sin tiempo de la salvación. El efecto de su lectura es el de un “catecismo lírico”.

Como siempre, queda la poesía.

Manos de María, sienes de mármol de mi playa en el cielo:

La muerte es el comienzo de una guerra donde jamás otro hombre podrá ver mi esqueleto.


sábado, 9 de abril de 2011

Epitafio

En los cementerios es posible encontrar frases en algunas de sus tumbas, algunas insólitas, otras muy sentidas y poéticas. Tienen la virtud de condensar toda una existencia en un puñado de versos. Las hay célebres, como la del poeta John Keats: “Aquí yace alguien cuyo nombre fue escrito en el agua”, extrañas como la de Baudelaire “Aquí yace quien por haber amado en exceso a las busconas, descendió joven todavía al reino de los topos”, irónicas como las de Unamuno “Solo le pido a Dios que tenga piedad con el alma de este ateo" o cómicas como la de Moliere “Aquí yace Moliere el rey de los actores. En estos momentos hace de muerto, y de verdad que lo hace bien."

Acaso la de Borges sea una de las más complejas y recordadas, en su lápida suiza figura escrito en inglés antiguo "And ne forhtedon na" que significa "Y que no temieran", arriba figura un grabado circular con siete guerreros que han arrojado sus escudos, y con la espada rota se dirigen al combate -y por ende a la muerte-, luego una pequeña cruz de Gales y la cifra "1899/1986" (cuánto de su abuelo fallecido en combate hay en esta inscripción, tal vez recreado de alguna manera en el cuento “El sur”, donde expone una valentía que el escritor añoró para sí, acaso melancólicamente). Al dorso de la lápida reitera dos versos de la Völsunga Saga (XIII), "El tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos", bajo la frase el dibujo de una nave vikinga y luego la cita "De Ulrica a Javier Otárola”.

Párrafo final para quien hizo del género un aporte significativo. Se trata de Edgar Lee Masters, poeta estadounidense, quien publicó en 1915, bajo el título de Antología de Spoon River, una serie de epitafios con las tumbas de un pueblito desconocido.

Quiso el destino que Lee Masters, después de su muerte (5 de marzo de 1950) eligiera como última morada el cementerio de uno de los pequeños pueblos de Illinois, que tanto habían inspirado su poesía. En la loza de su tumba está grabado, a manera de epitafio, un poema suyo “mañana es mi cumpleaños”:

Buenos amigos: vamos al campo
y luego de una caminata
—con el perdón de ustedes—
pienso hacer una siesta. No hay nada más dulce
ni predestinación más bendita que dormir.
Soy un sueño salido de un amable sueño.
Caminemos y oigamos el canto de la alondra.

Pienso en la delicadeza que implica resumir una vida con unos versos, lo que deja la palabra, una vez arrojada a las aguas quietas de la inmortalidad, cuando todo lo que encierran es tiempo y memoria.

sábado, 2 de abril de 2011

La idea de proseguir

Debería proseguir con la idea de proseguir, cuando son tantos los entrecruzamientos que ocultan unidireccionales bloques de pensamiento.

Se sabe, hay multiplicidad de cauces en un sistema literario, pero cuando se conjetura sobre poesía es preciso desmalezar los subterfugios y adentrarse entre los hierbajos, para que ocurra lo que debe ocurrir: el poema, o su alusión.

En ocasiones, se abren senderos hacia espacios reflexivos que desvían el eje de lo revelado, aquel de los relámpagos y los irredentos centelleos, en apacibles ordenamientos de ideas aparentemente concatenadas. Si de algún extraño modo se corrige el rumbo de lo socavado, crepusculares iluminaciones hilarán conceptos que tornarán visible las estructuras de lo fugazmente creado.

He allí el instante, nace algo que nunca se apagará, por más que haya sido enhebrado entre yertos vericuetos o bajo pétreas aproximaciones de pensamientos laberínticos.

Lo creado finalmente nace, y se dispara cual cometa, hacia infinitas posibilidades, sin que lo haya apresado del todo quien lo conjuró, ni que lo haya entendido del todo quien lo extravió de su silencio, una noche perdida en el tiempo, en la quietud de un cuarto azuladamente iluminado.

viernes, 25 de marzo de 2011

Encuentro

Encontrar en apenas unos versos, una luminiscencia anterior a toda percepción, a toda concurrencia de bloques semánticos, aullando por esclarecer lo anochecido. He discutido esto; la evidencia del poema, el lirismo de la melancolía, la quietud de las capas superpuestas, la imbricación de lo acontecido, el arte y la poética, el objeto de la creación, el silencio del silencio, el color de la palabra, el habitar lo deshabitado, lo oculto detrás de la fuga, el círculo y la esfera, la infinita penumbra del detrás, el debajo, lo hondo de toda conjetura...

Pero llega la noche y nos miramos en el espejo, urdidos por el clamor de la escritura. Deberíamos ser siempre un efugio poblado de imágenes candentes, próximos a darnos cuenta que lo caótico ha fluctuado, que lo musitado es apenas una palabra.

He ahí el encuentro tal vez impropio: el poeta y el poema, el lienzo húmedo que espera envolver lo inaudito, como el vientre áureo de una madre, algo que ocurre, tibieza que pierde su crespúsculo. Parte de esto ha sido un poema, solo he recogido pequeños destellos, bosquejos inciertos de alguna certidumbre.

Cuando estas cosas suceden, no hay modos lógicos de representar cuánto abruma ser otro, cuánto cuesta dejar de ser.

domingo, 20 de marzo de 2011

La consagración del instante

Octavio Paz aseveró, tiempo atrás, que la memoria propiciaba la "consagración del instante", plena observación de un hecho subjetivo que busca, tal vez inconscientemente, consumar lo que deviene en tanto acto creativo, en tanto acontecer.

La materia fluctúa, tras lo creado, en un signo compuesto de palabras, en un plano instaurado donde la voz del poeta intentará luego sobrevolar lo diagramado, intentando con el acto facilitar una reflexión de lo ocurrido.

Lo que la opacidad del instante genera, cuando es consagrado a través de la poesía, es una evidencia del filo irredento que subsume detrás de cada cosa, inmaterialidad frecuentemente adjetivada bajo los aparentes ornamentos de la belleza. Lo que se licua, en esa idea que se pierde bajo la noción de abundante naturaleza, probablemente sea una hilatura hacia el origen de una pregunta que se formula con el silencio.

jueves, 17 de marzo de 2011

Poesía vertical

Cuando un lenguaje se extravía en otro lenguaje, cada palabra o signo clausura su lugar, lo disimula como si alguien cerrara su casa para que nadie la ocupe o despoje mientras dure su ausencia. Pero ningún signo o palabra vuelve nunca a su sitio. Cuando un lenguaje se extravía en otro, también el otro se pierde en el primero. Tal vez por eso cada palabra o signo debe volver a nacer constantemente en otra parte. El lugar de una palabra es siempre otro. Esta revelación pertenece a Roberto Juarroz (Buenos Aires 1925-1995) poeta y bibliotecario que ha logrado desentrañar el más allá de la palabra, el signo detrás de la misma, probablemente una respuesta oculta al entendimiento de la evidencia. Como cuando escribió que hay palabras que se parecen más al silencio que a las palabras, que cada una “reabsorbe la sustancia extraviada, el elemento no catalogado, que la torna más silencio que palabra, silencio sin silencio”. Que extraño consuelo descubrir tarde a un buen poeta…

viernes, 11 de marzo de 2011

Epifanía

Borrar con el pie lo que se escribió con la mano…

viernes, 4 de marzo de 2011

El origen de algunos poemas

A veces encuentro ciertas hilaturas, en planos imbuidos de un contexto filosófico abstracto, que suelo analizar en un sobrevuelo. A veces basta un sintagma para desarrollar una idea impar. A veces la sustancia de un bloque narrativo ofrece mendrugos para la construcción. A veces un hilo desvaído sostiene la envoltura de un entramado conceptual, probablemente ajeno al ovillo madre, probablemente cercano a las disquisiciones estéticas del creador.

Esta tarea de extracción e imbricación colma un estado de tensión. El del poema que va surgiendo a medida que las imágenes van siendo arrojadas, urgido el poeta por captar esa materia y perpetuarla en un soporte, para luego extraviarse sin límite en los senderos de lo creado.

Leer a Rimbaud, significar a Rimbaud, tal vez conceptualice dicha tarea. Pero es también extraño cuando esos bloques son extractados de contextos musicales o pictóricos. Cuando el artista narra su modo de crear, hay elementos que subyacen a la esencia primaria, que pueden ser re-significados, no ya para entender dicho proceso, sino para extraer quinta-esencias de una concepción mental, que opera en un marco de nervaduras apenas visibles, vertebrando todo plano detrás de lo que va sucediendo mientras el poeta escribe.

Allí, el poema ocurre, extractado en su materia por bloques de concepciones estético- filosóficas, para aventurarse entremedio de simultáneos componentes, haciendo de conjeturadas mesetas su inacabada meseta.

PD: la imagen pertenece a un artista que vive en la calle, es deseo suyo permanecer anónimo.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Pinturas negras

Manchas.

Bloques y rayas que serpentean su mohosa apariencia.

Una caja dentro de una caja donde se oculta el "yo".

Una palabra que está por decir (lo escribió Gelman en su Dibaxu)

el devenir que asalta mi espacio, dictando lo inefable, lo que ha de ocurrir.

Por cierto, una agradable noche.

Estos trozos de bosquejos apenas atardecen, imposible sostener el día de los papeles y las urgencias, los caminos cada vez más lentos, los imprevistos cada vez más insulsos.

¡Denme libros! aullaba Dostoievski en su celda fría. 

No quiero otra cosa que ese anhelo.


domingo, 27 de febrero de 2011

Si viviera en el mar...

Si viviera en el mar iría hasta los médanos, a la hora de la tarde en donde los fantasmas duermen arrullados y quietos, averiguaría los relatos de barcos hundidos, visitaría esas librerías con los ventanales borrosos de tantos embates de vientos salados, recorrería las peatonales vacías del otoño, donde personas en apariencia despreocupadas buscan que hacer para matar el tiempo. Miraría los desocupados departamentos arrumbados en su nostalgia de camas sin tender y balcones despintados. Prestaría atención a la hora en que las gaviotas arrastran el velo del crepúsculo buscando algo que comer, pero sobre todo caminaría, caminaría mucho, hasta el faro, recogiendo piedritas y arrojándolas al mar.

Si mal no recuerdo, ese fue el consejo del cinematográfico Neruda al cartero que le formuló la fatídica pregunta: ¿Cómo se hace para ser poeta?

El poeta le dijo que camine cuanto pueda, que le preste atención a cada piedra, que se detenga en cada conchilla de mar, que observe con cuidado cada caracola.

Una vez, en el medio de una playa azuladamente gris, encontré una piedra imbricada de diferentes capas. Vaya a saberse cómo la naturaleza construyó a lo largo del tiempo ese pedregoso silencio, pero supe lo que significaban esas capas superpuestas, esa extraña mezcla de roca y cerámica con orificios salinos y colores veteados y ambarinos. Suponer que sabía me llevó a extraviarme en una reflexión sobre los extraños procesos de la creación literaria.

Ese día dejé de caminar y me quedé sentado en la arena, el sol se había ocultado en la quietud de un barco, cabía todo el sol en ese barco, resplandecía en su lobreguez, entonces me imaginé que probablemente alguien de ese barco estuviera mirando en ese momento la playa finita, el horizonte violeta y rojizo, y ya no sentir la humedad de los pies, ni la tristeza de un par de medias sucias en el rincón, ni el cansancio de aquella nostalgia que parecía pequeña.

Fue entonces que lamenté no tener a mano una botella de vino tinto, algo de madera para hacer un fuego, y así soportar la fría noche extasiándome bajo las estrellas.

En vez de eso, me fui a escribir en un papel, estas cosas que apenas me consuelan.


miércoles, 23 de febrero de 2011

Sobre la soledad y las escrituras dispersas

La soledad hollando toda transversalidad como un mundo ajeno, el adjetivo (o sustantivo), no es incongruente, el mundo pasa a ser ajeno cuando la inconexión abruma, aquella maraña de actos accionados por inercia, donde renunciamos a nuestro acto por carecer de voluntad, incluso de valentía, para ir más allá y hacer de nuestro tiempo un incierto tiempo literario. Probablemente una respuesta al desvelo serían las escrituras automáticas, esa suerte de abstracción que guarda sus tribulaciones melancólicas encriptadas en ejercicios matemáticos dispersos.

Creo que todo poeta escribe su desasosiego en textos que pueden prescindir de cierta construcción poética, desbrozando amargamente un discurrir de sus percepciones y sensaciones, de allí a que esas iluminaciones se publiquen hay un trecho, o una brecha. Tal vez podamos hablar, como mero ejercicio oculto, de extravíos inconscientes, a los que el paso del tiempo arrojará sus propias estructuras, sus propios matices, el fondo y la forma de lo desvelado.

Comúnmente (en ciertos poetas), las percepciones afectivas se adhieren al entramado de la prosa, alejándolo de la diagramación estética, hay allí relámpagos, irrupciones, desarticulaciones, que quizás con el paso del tiempo cobren un cuerpo, una forma socavada, un hilo desvaído cerrando el flamígero poema. Pero como evitar la triste y larga canción, aquella que nunca quisimos que termine, aquella que siempre queremos volver a escuchar.

Así nos detenga ante un piélago siempre difuso y distante.

De estas sinrazones estoy constituido.


viernes, 18 de febrero de 2011

Pensar en pensar


Me interesó esto.
Se trata de una consulta del sitio Edge.org, en el que se reúnen científicos y pensadores para analizar conceptos críticos sobre temas esenciales del pensamiento humano. Este año, la consigna fue directamente que pensaran en pensar:
"¿Qué idea nos ayudaría a pensar mejor?"

Las respuestas proveen un marco de análisis que resulta posible extrapolar al contexto literario. Aunque más no sea en un sobrevuelo, algunas ideas podrían ser abordadas conceptualmente a través de la prosa poética. Intentarlo supone extraviarse en un universo incierto.
Aquí algunas respuestas:

Los físicos Carlo Rovelli y Lawrence Krauss, por ejemplo, afirmaron que todos nos beneficiaríamos si manejásemos mejor el concepto de incertidumbre. El matemático Rudy Rucker sugirió la idea de impredictibilidad del mundo y el emprendedor Vinod Khosla hizo lo mismo pero con la noción de la impredictibilidad de la tecnología (o principio del cisne negro). Deberíamos pensarnos como un superorganismo, sugirió el psicólogo Jonathan Haidt. El físico Gino Segre incitó a hacer Gedankenexperiments (o experimentos mentales) y el físico teórico Sean Carroll lo recordó: el universo no tiene sentido.

Vaya afirmación…