viernes, 26 de septiembre de 2014

Inefables poemas


Quedaba poco tiempo, apenas pude evocar el murmuro de una línea pétrea, atravesada en un plano donde cruzaban los poemas.

Ellos pasaban raudos -los poemas- tensados por hombres-puente, surcando distancias irrepetibles.
Así soporto la literatura de tanto en tanto, 

con este viento, 

con estas heridas cubiertas de sal.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Intervalo


He aquí un rapto, imágenes que atraviesan la nostalgia de un vidrio roto.

Alguna vez, trabajé como operario en una fábrica de autos, lo hice después de haber abandonado la carrera de Letras, fue una época de cruce de caminos, había dejado de encontrarme y necesitaba pensar en otra cosa mientras hacia una tarea. En ese entonces había máquinas que cumplían una función y una fila de obreros que por años las manipularon sin tener conciencia de su sentido. Traté de entender en que parte del sistema estaba el ser humano como protagonista de una larga cadena de producción, y la producción, créase, era una excusa.

Lo cierto es que la rutina de trabajo resultaba abrumadora si no había algo en que pensar para “matar el tiempo”. Cuando en una línea de producción sobrevuelan arriba de tu cabeza un promedio de 80 autos por día, sabiendo que a todos los vehículos hay que agregarles el mismo artefacto, resulta necesario realizar ejercicios de pensamiento para no estar pendientes del reloj que marca la rutina. Mi función era colocar el palier de ambos lados, siempre la misma tarea, exactamente los mismos tornillos y las mismas herramientas, gestos que al final del día se tornaban mecánicos de tanto reiterarlos, creyendo que el círculo se completaba al final de la jornada, para así retomar al día siguiente lo abandonado en el día anterior.

Con el tiempo empiezan las ceremonias que van pautando el horario de trabajo: la ceremonia de marcar la tarjeta, donde tu entidad es un pedazo de cartón que registra el exacto momento de tu invisibilidad, la ceremonia de abrir el morral de las herramientas, la ceremonia de colocar las herramientas en el orden adecuado, la ceremonia del primer auto, donde el arranque de la línea coincide con el silencio de los operarios, la ceremonia del sol filtrándose por entre los ventanales de acrílico, entre los orificios de algunas chapas, acaso pequeñas líneas de luz que dejaban en evidencia el polvo del día, entre ruidos metálicos y la bruma del rocío atravesando las risas de los muertos (casi un año sabiendo exactamente en que momento del día la luz del sol atravesaba la fábrica), la ceremonia de dejar los guantes para ir al almuerzo, siempre en el mismo lugar, con la misma lentitud, la ceremonia de retomar el trabajo, la ceremonia de conversar en determinado momento, del te o del café apoyado en la mesa, la ceremonia del último auto, ajustando con cuidado la última tuerca...

Si no hubiera sido por ese modo de concebir la realidad difícilmente hubiera soportado haber estado esos meses ahí adentro, pronto supe que el paso del tiempo termina institucionalizando el comportamiento, que de tanto reiterar movimientos nos convertimos en fantasmas sin saberlo, que afuera de esos chaperios no ocupamos un lugar en la memoria, después de todo eso entendí que debía retomar el estudio, porque al final de la jornada no iba a ser otra cosa que la prolongación de una polea sin entender nunca el porqué de su funcionamiento.

A veces, cuando paso con el auto, por la ruta al amanecer, me detengo en esas chapas longitudinales que se recortan a través del horizonte, imagino que otros obreros estarán haciendo exactamente el mismo trabajo, “seguramente el hilo de luz debe estar apareciendo en este instante” pienso, y entonces una sonrisa me acompaña, miro el reloj, acelero sin prisa y me hundo en medio del campo, porque sé que lo que viene será hermoso.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Todo eso que soy


Comparto un poema que cada vez que lo visito termino corrigiendo, agregando o suprimiendo palabras, por el momento lo abandono, vaya suerte la de los poemas que no encuentran su viento, antes los guardaba en un cajón, ahora forman parte del éter, y tal vez de la lectura sencilla, pausada, en medio de este bosque que es lo más parecido a un silencio que se musita.

Todo eso que soy
Se rompe.
Toda abstracción que no
Fulgores líquidos
Improperios de lo pautado.
Toda seguridad resulta
Un cono hermético
Donde ocultar
Lo que se pierde
Pero una vez adentro,
La realidad vulnera,
Esquirlas de un cobrizo aislamiento.
Acaso los lienzos de los barcos en el viento
Las relaciones mundanas, concebidas en los cubículos de la desdicha
Todo eso que tal vez fui
Se pierde en las canaletas 
donde cae el agua de las verduras.
Brilla en cuencos plateados, en hemisferios iridiscentes
(supe decir ópalos)
Explicar porqué escribí “barbijos de aire”.
Acaso agua quieta donde contemplar lo aparente.
La sombra que parece
Mojada.
Los puentes sin cruzar,
La mancha en la habitación del niño
Que semeja un buey,
Un árbol triste
Un poema roto.

Todo eso que soy
Calla sin una penumbra.
En canteros de flores blancas.
Azucenas...
Tarde quieta
De sol
En el balcón
Ausente
De la mañana.
Sumido en un sopor.
Vacío.
Hurgando
En la niebla
Lo que no es
Algo que no.
Recogiendo no me olvides.
Preparando la cena
Las paredes recién pintadas
Las cortinas del jardín con los helechos colgantes
Y las casuarinas
Un sol blanco
Ruidos de niños que juegan
El hogar encendido
Amarillos leños crepitando.
El felpudo donde se limpian los zapatos
Arrojando lo encallado del día.
Un perchero grande, donde caben los balbuceos
El sombrero
La campera gastada
Los guantes
Dejar eso ahí, eso del día largo y enmohecido
Ribetes de noche desde el día nacido
El de los rayos de sol naranja
Percutidos en los cristales
El rocío de las violetas
La escarcha de la hierba
Sentado en un vaho que respiro en la ventana
El sudor frío de la ventana
El afuera de los perros ladrando
Los mendrugos del día
Los colectivos sordos
El que junta la basura
Todo eso es afuera
Es lo lejano que convive afuera
Que no es
Que no tiene voz
Porque más allá del límite no hay conocimiento
Sin embargo todo lo imagino, lo sé
Eso se termina
“arbolito sin hojas que da sombra”
Como siempre, franqueado por mesetas de niebla
Cumpliendo su día de no ser
Amontona sin prisa huellas confusas.
Todo aquello...
Mientras tanto miro la ventana
Esa misma ventana
La de mis atardeceres glaucos
La mirada perdida en algún adentro
La frustración de los sauces
Mirar el techo
No escuchar ruidos
No prestar atención
Esto que soy que se termina
Porque no quedan rubíes que comer
Ni perfumes que ofrecer
Quedarse callado
Es todo.

La vida es algo más
Que esto
La vida tiene azulejos en tonos pasteles
Un lugar donde colgar las llaves
Una silla de mimbre
Un jardín habitado de glicinas
Eso que es el fondo de la casa
Con malvones oscuros
Sin flores
Con enredaderas en las paredes
Mirar el cielo
Hasta verlo negro
Cuando es azul
Inmaculadamente
Azul.
El tiempo es algo más
Que esto
Arborescencias...
Un ímpetu que se termina
Estar arrodillado
Recoger algo del suelo
Solo tierra
Y pasto
Cosas arrancadas.
Quedarse quieto mientras el mundo oscila
La primera estrella
El vaivén del silencio
Una vez más erguido (y perdido, sin brújula)
Cerrar el día tras la puerta
Lo que habita
Lo fecundo
Lo que está detrás.
Dar vuelta la llave
Dos veces
Mirar tras el reflejo nocturno
Aquello que no hasta mañana.
Los sapos
Las plantas sin regar
La luna llena
El mantel de plástico con pétalos rojos
Las sillas.
Cerrar todo eso hasta callarse
Un sol que no parece blanco
Un bastón invisible
El sopor en la mirada
El piso por limpiar.

Un árbol con las hojas tocando el suelo
Una imagen de la infancia
La mosca que se posa en mi mano.

sábado, 6 de septiembre de 2014

El débil balbuceo


Esta es la vida, que intento conjurar.
Parado ante un campo de girasoles, y acaso una pradera, una puerta de troncos anudada.
Todo aquello que estuvo, pasillos vacíos de una canción que apenas puedo musitar.
Ahora me levanto, sin esperar otra cosa que el crepúsculo.
Una hermosa mañana, el viento apenas movía el agua del estanque, se inclinaron algunos lirios en la orilla, y un sinfín de margaritas fue lo más parecido a una infancia.
No se si volver a la casa, donde apenas entra la luz, quedan por regar los canteros rojos llenos de turquesas, y el molino que abreva el débil balbuceo de un día sin nombre.

El horizonte se parece a lo que soñé, y ya no sé si estoy despierto.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Donde estarán los que se van

no hay nada mejor
no hay nada mejor
que casa

Te para tres...
                      Gustavo Cerati

sábado, 30 de agosto de 2014

La cuerda de tambores


En el verano pasado estuve en la Paloma, donde presencié una cuerda de tambores. En realidad no se cuando apareció el viento, la cuerda ya había nacido y ahora serpenteaba, era domingo, y tuvimos que encontrarla. Pinturas móviles al fondo de unas casas derruidas, fantasmas que tocaban los parches de adentro hacia fuera, acaso animándose con gritos, ciegos que avanzaban danzando, mientras se abrían abanicos de gente. Un grupo de mujeres, una de ellas embarazada, giraba en derredor trenzando círculos, el ritmo que marcaba una pulsión.

¿Es la vida, ancestral, la que urde su aparente arborescencia?

Parece una epifanía colectiva, una ceremonia tribal. De pronto algo los detiene, callan los tambores de La Paloma, empieza un canto que nadie sabe de dónde viene, desde el primer fuego, tensando los barriles curvados en la arena, hasta el último vino compartido, la risa que es de alguien y de nadie, la cuerda que se extiende entre los páramos, completándose a sí misma, conteniéndose a sí misma.

Ahora no hay viento, los tambores desprenden pájaros, arrastran pedazos de telas urdidas por negros cánticos, la cuerda que se hace visible, que se pierde en una curva, y entonces sabemos que es tiempo de volver a casa, que a partir de ahora los años se irán volando.

sábado, 23 de agosto de 2014

Todo es poema en Arnaldo Calveyra


Hay un momento en que el poema se va haciendo con el cuchicheo. También en las iglesias, la gente que reza cuchichea, y yo de chico escuchaba eso...
Arnaldo Calveyra

Canción del fumigador de guardia

Años de ningún poema.

Para mí la línea tachada del verso,
arcoiris en blanco y negro de las comas,
la plaza castellana de la palabra,
solitaria plaza.

Para otros las veredas que se alargan
a medida que las veredas del cielo se despliegan,
vamos entrando en el Decanato de la Rata
y de nuestro oscuro origen
subsistirán algunos nombres
empotrados en los muros.

¿Y dónde quedó el paisaje
que la mañana vuelve sin tan siquiera un árbol?

Lo que usted está mirando
es una bandera amarilla.

Para mí la línea frágil del verso,
la alegría oscilante de la página.

Ahí empieza mi canción.


No deja de sorprenderme, mientras Arnaldo Calveyra escribe poesía, como transita en el lenguaje, muchas de sus preguntas tienen un lirismo y una sencillez conceptual que abruma.
Es interesante detenerse en la crítica literaria que comparten Pablo Gianera y Daniel Samoilovich en la contraportada de la poesía reunida del autor: "La poética de Calveyra desafía los generos. Drama, narración, siempre poesía, su escritura se ensimisma en el ritmo e inventa una lengua utópica que procrea la relación adánica que mantiene con las cosas: todo lo que nombra parece nombrado por primera vez.

Caso singular el de este poeta, que parece recrear un relato que viene de los horizontes frecuentados en su niñez, donde nos dice que debemos huir del adjetivo. No hay una estructura vertical en sus poemas, todo se va hilvanando desde un delicado tejido evanescente, nos cuenta lo que ve mientras "transforma en alegría todo lo que toca".

Para muestra acaso un poema, del libro "Apuntes para una reencarnación":

De nuevo ante tus ojos el espejo de proferir palabras, intocado espejo de nuevo intacto, desprovisto, por momentos, de hombre.

¿Pregunta acaso?, ¿te pregunta acaso? Nadie en él. Nadie a través suyo.

¿No queda nadie en el espejo? ¿Nadie entre palabra y palabra capaz de interrogar por la piedad del cuarto, de interrogar con su ojo glauco por la cancel agobiada bajo el percal de la glicina?

Me recuerdas la oblicuidad de la palabra en el momento de encontrar cabida en el verso.

En el libro "El hombre del Luxemburgo" es interesante como Calveyra evade su atención de la escritura lineal para concentrarse en el chorro de agua de una fuente, que irrumpe serenamente en el libro, introduciendo una mera circunstancia, como si el poeta estuviera paseando en una estación luminosa mientras escribe, y esas distracciones forman parte del poema, no deja de ser un feliz recurso, como diría Flaubert:  "No son las perlas las que hacen el collar, es el hilo" Así, el escritor va hilando lo que sucede, como el poema que ocurre, al poeta le ocurren cosas mientras se deja vivir. Todo es poema en el poeta.

                       A lo largo, a lo ancho del espejo de la fuente alivianado por nubes, la mancha de aceite, la palabra. Cunde, es página -precicipio en blanco y negro-, encierra el arrojo, encierra la intrepidez de significar, ser agua que corre, agua de una fuente, pasión imposible de contener, acuñando en su huida una imagen en los pocos que pasan, música que se destruye no bien oída, ocasiona praderas.

                       Gratitud para con esas historias que lo ayudan a vivir y, llegado el caso,
                       se deja investir por la canción
                                                                      improbable.

Culmino (si tal cosa es posible con Calveyra) con un poema dedicado a Hugo Subielle, titulado café, vale la pena perderse en el relato, donde el tiempo se torna niebla, y las vicisitudes, relevancias...

Sentado a aquella mesa de café que da a la puertay la calle que es horizonte yo soy una tardanza. Hasta tu ventana llegan los caballos que cruzan la calle y apoyan en ella una frente de hombre.

Suele llegar por las tardes un hombre con un reloj pulsera. Acaso perdido en el misterio de cualquier historia, se sienta a una mesa junto a la pared. No habla pero crea sin embargo un silencio que es prolongación del diálogo más ameno. Su pensamiento pareciera pasearse por las habitaciones de una casa abandonada. Al cabo de un momento llama al mozo y le pregunta por la hora. La confronta con la suya. ¿Acaso no está a punto de pedir algo para tomar?, el mozo así lo cree por unos instantes y se demora solícito junto a la mesa, luego sigue con sus ocupaciones más urgentes.

El sol entra aquí como en el cuarto del enfermo: desdeña los muebles oscuros y se pone a tintinear en las obras claras. Se posa en la mano abandonada como el amigo que prefiere el tacto a la palabra.

Son dos hombres y su historia es breve: uno llega con su valija, el otro se sienta a una mesa.

Hombre que espía a sus recuerdos.

Aquí tienen amistad el patio y la palabra patio. Crecieron esos sauces en voz baja. Aquí vienen unos hombres a callarse. Aquí el hombre es tardanza bienhechora.

Aquí se sienta el hombre que es tardanza. Inmóvil, durante horas sentado en los diferentes lugares de la tarde, ya en pleno infinito pareciera despertar  de una espera semejante a la vida.

¡Prefiero la puerta por donde entran los lugares comunes de la gente que pasa!

El hombre de las copas se va yendo por el pasadizo. Antes de desaparecer nos mira con un desaliento de tango en las sienes, sabe que los instantes de un café son irrecuperables.

Si estas cosas se pueden contar es porque somos cuento. 

Nota: la imagen pertenece al siguiente sitio.

domingo, 17 de agosto de 2014

Escribo que escribo...


Rescato este texto de Salvador Elizondo, titulado “El grafólogo”, citado por Vargas Llosa en “La tía Julia y el escribidor”

Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que ya había escrito que me imaginaría escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.

Esa idea de espiral observada desde una altura que a la vez es un alejamiento, esa contemplación del espacio y del tiempo, ese girar sobre sí mismo, esa búsqueda que es toda escritura. Ese sujeto y ese predicado. Ese verbo desprendido del pasado.

viernes, 15 de agosto de 2014

Notas sobre El rostro


La vi hace poco, en una sala del Gaumont, recordé aquella frase de Juan L. Ortiz en la que se apoyó el director Gustavo Fontan para hacer la película, un poema sobre el principio poético: “Se trata de cierto sentido brumoso que disuelve el contorno de las cosas para hacer sentir la unidad viviente

La película es intrigante, filmada en blanco y negro, sin diálogos, muestra a un hombre llegando en bote a un caserío en medio de las aguas entrerrianas, parece volver al pasado anhelando arriarlo hacia el presente, pronto se van incorporando los fantasmas. El hombre lleva pescado a la mesa, enciende un fuego, mientras las personas se sientan en silencio, esperando el plato de comida, conversando de modo inteligible, mirando en derredor lo que parecen recoger de la memoria. El sonido cobra un rol fundamental, simboliza el encuentro con los muertos, la llegada y la convivencia.

Los botes van aparcando mientras todo lo inasible avanza hacia orillas inextricables cubiertas de niebla. Entre las paladas de los remos se pueden percibir opacidades y destellos que parecen inalcanzables, hay un tiempo para callar y un tiempo para perderse en los recuerdos, conjurados mediante imágenes (lenguaje sin palabras) que cohesionan la estructura de la película. Da la impresión que es imposible convivir en ese plano yuxtapuesto por múltiples expresiones de la “realidad”, pareciera que el protagonista lo sabe y solo se deja vivir mientras va descubriendo espacios que lo alejan, los fantasmas lo van dejando luego de haber compartido el día, vuelven a su limbo, a su no-pertenencia, a su aparente realidad, finalmente el bote, que el espectador cubre de conjeturas, se aleja avanzando por inercia entre la oscura mansedumbre.

En el film se percibe un conocimiento profundo, subyacente y exploratorio sobre el rio, que como dice el director, “entre las islas, forma arroyos y cada uno de ellos recibe un nombre. Es muy difícil, para los que vamos de "afuera", reconocerlos; porque mutan, porque se parecen, porque -llevado y dejándose llevar- uno pierde rápidamente las referencias. Es muy difícil, también, para los que no somos de ahí, leer el río en su hondura concreta: las profundidades (ocultas o apenas sugeridas en la mansedumbre aparente del agua), o los cruces de corrientes en las entradas y salidas de los arroyos, siempre riesgosas, que exigen una particular dirección del bote, por ejemplo”...

En su blog, bajo el mecanismo de una bitácora, Fontan escribió el 6 de julio de 2012 lo siguiente:
Ahora sé: el vínculo entre los muertos y los vivos no es de distancia salvada por el recuerdo. La relación se expresa como tensión entre distancia y cercanía. Los objetos, las acciones, los olores, la luz, traen al otro, lo presentizan. Pero esa presencia es a su vez una fuga, un agujero. En esas tensiones de aparición/desaparición, distancia/cercanía, debemos construir el vínculo entre los personajes.
Recordar: “Los pasos del que pasea/ se convierten en lugares. /Mientras se presenta ante/ el laberinto de los años/ se asoma al pozo de su cuerpo”. (Arnaldo Calveyra, que casualmente estoy leyendo)

Hace poco un amigo me comentó lo siguiente:
Dos cosas aprendí de Ingmar Bergman, el gran director sueco:
-que el cine no precisa del discurso hablado para transmitir un mensaje;
-que si una película no contiene ni transmite un mensaje, no merece ser proyectada.

En Bergman,  cada imagen nos dice algo. Cada imagen nos asombra y nos deslumbra. Cargadas de sentido, sus imágenes no son efectistas. No fue solo un cineasta sino un filósofo y también un teólogo que enseñó a buscar eso que algunos llaman “la idea de Dios” que se supone sea el “primer principio” del universo.

Hoy encontramos algo parecido en el cine de Gustavo Fontan...

En un momento, previamente a la película filmada en Entre Ríos (cuando solamente había visto el tráiler y los comentarios) me acordé de algo relacionado cuando estuve en Uruguay en Laguna negra, me llamó la atención ese estado de tensión entre vivos y muertos que se advierte en la película, en esa laguna oriental se encuentra un bote abandonado que perteneció a un lugareño ya fallecido, en aquel lugar las barrosas aguas llegan a una orilla de piedras y apenas se escuchan, y siempre está presente la sensación de que alguien está por venir o aparecer. Vivos y muertos, esperando recoger el sol anaranjado. Tal vez por eso me haya inquietado la película, incluso expresa una noción de entropía, un llamado que te deja como ausente y a la vez te hace sentir parte, realmente es otro mundo, que no es posible discernir con claridad.

Hubo una vez una definición interesante, la formuló un escritor linyera que vivía en las aguas del Delta, su historia fue recogida por Laura Ramos en un texto:

“Hay que cuidarse de no caer en el agujero negro. La isla te aferra y sumerge en su interior, los pies se hunden, el piso te chupa como arena movediza. Es un agua oscura la que te tironea y te fija en el barro. Y el Delta es opaco, reserva su energía, jamás muestra su fondo”.

Como ser verá, un mundo oculto, que apenas podemos balbucear desde una periferia.


sábado, 9 de agosto de 2014

Soy el hombre que quiere ser aguada...



Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Soy el hombre que quiere ser aguada
para beber tus lluvias
con la piel de su pecho.
Soy el nadador, Señor, bota sin pierna bajo el cielo
para tus lluvias mansas,
para tus fuertes lluvias,
para todas tus aguas.
Las aguas como lonjas de una piel infinita,
las aguas libres y las de los lagos,
que no son más que cielos arrastrados
por tus caídos ángeles.

Soy el nadador, Señor, soy el hombre que nada.
Tuyo es mi cuerpo, que hasta en las más bajas
aguas de los arroyos
se sostiene vibrante,
como en medio del aire.
Mi cuerpo que se hunde
en transparentes ríos
y va soltando en ellos
su aliento, lentamente,
dándoselo a aspirar
a la corriente.

Soy el nadador, Señor, el hombre que nada
hasta las lluvias
de su infancia,
que a las tardes crecían
entre sus piernas salpicadas
como alto y limpio pajonal que aislaba
las casonas
y desde sus paredes
celestes se ensanchaba.

Soy el nadador, Señor, el hombre que nada
por la memoria de las aguas
hasta donde su pecho
recuerda las pisadas,
como marcas de luz, de tus sandalias.

Y recuerda los días cuando el cielo
rodaba hasta los ríos como un viento
y hacía el agua tan azul que el hombre
entraba en ella y respiraba.
Soy el hombre que nada hasta los cielos
con sus largas miradas.

Soy el nadador, Señor, sólo el hombre que nada.
Gracias doy a tus aguas porque en ellas
mis brazos todavía
hacen ruido de alas.

El nadador, Héctor Viel Temperley (1967)



Para mi amada, estos versos en su día...

viernes, 1 de agosto de 2014

El poeta y el poema


Acerco un ensayo poético de Alejandra Pizarnik, motivado por el ejercicio que implica, en ocasiones, el acto de suprimir palabras para imaginar otras, acaso desconocidas, como si fueran ornamentos poblados de significado. En esta incursión hacia lo indeterminado, Pizarnik reconoce en su estudio la necesidad de cuestionar/indagar/refutar “lo poético”, la maravillosa disrupción del entendimiento en el inalcanzable espacio de la poesía.
El estudio culmina con la relación del poeta con el lector en el momento de crear el poema, “nunca he buscado al lector” expresa Alejandra, y no puedo menos que coincidir...

Del texto “Prólogos a la antología consultada de la joven poesía argentina” (1968) [Alejandra Pizarnik: Prosa completa]

                                                                 El poeta y su poema

Un poema es una pintura dotada de voz, y una pintura es un poema callado
 Proverbio oriental

“La poesía es el lugar donde todo sucede. A semejanza del amor, del humor, del suicidio y de todo acto profundamente subversivo, la poesía se desentiende de lo que no es su libertad o su verdad. Decir libertad y verdad y referir estas palabras al mundo en que vivimos o no vivimos es una mentira. No lo es cuando se las atribuye a la poesía: lugar donde todo es posible.”
(...)
En oposición al sentimiento del exilio, al de una espera perpetua está el poema –tierra prometida-. Cada día son más breves mis poemas: pequeños fuegos para quien anduvo perdida en lo extraño. Dentro de unos pocos versos suelen esperarme los ojos de quien yo sé; las cosas reconciliadas, las hostiles, las que no se cesa de aportar lo desconocido; y mi sed de siempre, mi hambre, mi horror. Desde allí la invocación, la evocación, la conjuración.
En cuanto a la inspiración, creo en ella ortodoxamente, lo que no me impide, sino todo lo contrario, concentrarme mucho tiempo en un solo poema. Y lo hago de una manera que recuerda, tal vez, el gesto de los artistas plásticos: adhiero la hoja de papel a un muro y la contemplo; cambio palabras, suprimo versos. A veces, al suprimir una palabra, imagino otra en su lugar, pero sin saber aún su nombre. Entonces, a la espera de la deseada, hago en su vacío un dibujo que la alude. Y este dibujo es como un llamado ritual. (Agrego que mi afición al silencio me lleva a unir en espíritu la poesía con la pintura; de allí que donde otros dirían instante privilegiado yo hable de espacio privilegiado.)
(...)
 “Nos vienen previniendo, desde tiempos inmemoriales, que la poesía es un misterio. No obstante la reconocemos: sabemos dónde está. Creo que la pregunta ‘¿qué es para usted la poesía?’ merece una u otra de estas dos respuestas: el silencio o un libro que relate una aventura no poco terrible: la de alguien que parte a cuestionar el poema, la poesía, lo poético; a abrazar el cuerpo del poema; a verificar su poder encantatorio,  exaltante, revolucionario, consolador. Algunos ya nos han contado este viaje maravilloso. En cuanto a mí, por ahora es un estudio”.

El poema y su lector

"Si me preguntan para quién escribo me preguntan por el destinatario de mis poemas. La pregunta garantiza, tácitamente, la existencia del personaje.
De modo que somos tres: yo; el poema; el destinatario. Este triángulo en acusativo precisa un pequeño examen.
Cuando termino un poema, no lo he terminado. En verdad lo abandono, y el poema ya no es mío o, más exactamente, el poema existe apenas.
A partir de ese momento, el triángulo ideal depende del destinatario o lector. Únicamente el lector puede terminar el poema inacabado, rescatar sus múltiples sentidos, agregarle otros nuevos. Terminar equivale, aquí, a dar vida nuevamente, a re-crear.
Cuando escribo, jamás evoco a un lector. Tampoco se me ocurre pensar en el destino de lo que estoy escribiendo. Nunca he buscado al lector, ni antes, ni durante, ni después del poema. Es por esto, creo, que he tenido encuentros imprevistos con verdaderos lectores inesperados, los que me dieron la alegría, la emoción, de saberme comprendida en profundidad. A lo que agrego una frase propicia de Gaston Bachelard:
"El poeta debe crear su lector y de ninguna manera expresar ideas comunes".

sábado, 26 de julio de 2014

Luca


Una noche, lo vi a Luca Prodan entrar en silla de ruedas a un recital, la fecha es emblemática, 31 de octubre de 1987, la última vez que Sumo estuvo en Cemento, y ya nada sería lo mismo.

Salí de aquel templo con la sensación de estar escapándome del pasado, 52 días después de esa noche, Luca se moría con una sonrisa en su casa de la calle Alsina, a una cuadra de la Plaza de Mayo.

Al poco tiempo fui al cementerio de Avellaneda con una rosa amarilla, dicen que el amarillo es el color del olvido, dejé la flor al lado de la piedra blanca de la Traslasierra cordobesa, había botellas de ginebra, cigarrillos y dibujos con aerosol, al año escribí un poema titulado simplemente “Luca”, lo transcribí a un pedazo de madera y un día que no había nadie lo dejé al lado de la piedra, luego supe que alguien se la había llevado, ese día por primera vez me sentí un escritor.

Este es el poema, que preferí no corregir desde entonces, aún con sus imperfecciones, les pertenece, por el recuerdo de aquellos días, tan fugaces, tan candentes, en que todo lo nuevo se había ido, para sentir como propios aquellos versos de Ian Curtis, poeta maldito del rock:

El pasado es ahora parte de mi futuro / El presente se me ha ido de las manos."


LUCA

Sombras de la muerte
Alcanzan la vela
De un hombre pálido.

Cansancio final
Último de los envejecimientos.
El niño ya juega con los ángeles
En un trono de barro.
Donde cascadas y serpientes caen hacia la noche.
Enlazados de misterio, de amor frágil
Y afecto infinito.

Monstruos del ritmo.
Un hálito de visiones encumbra al soñador
Al mágico alcohólico de la nada,
Al mito viviente en un calmo vestigio.
Sonriendo como un niño
Como un desvalido de la tristeza.
¿Donde irás en aquel pálido reino del umbral?
Bendita es la gloria que dejaste
Allí donde rotas botellas inmolan tu presencia
Y la eternidad se pasea ensoñada en tu cuerpo tieso.

No olvido las noches de Cemento
Arrastrado en una silla de ruedas
Pintado de brea hasta los pies.

Tu dulce heroína
Y tu soledad errante.

No olvido la húmeda muerte en un hosco resquicio,
Vulnerado de los cielos en que naufragaste
Para volver, cuan mágico salvador,
A la luz más ínfima.

El hombre ángel flotando a solas
En una vela de hierro.
Es esta tu benévola alma, desnuda en seda
De suaves despojos.

¿Reirás en el mas allá cuando todo acabe?
Hasta pronto.
Quizás te canses de tanta sabiduría
Y regreses, reclamando un cuerpo y un vientre de luna.
Enmendado de los dioses
Que sacuden su existencia con el llanto de un demonio.

Te aceptaremos como un épico Romano
Enlodado de palmas y sórdidos clamores.
Gritando en la agonía hasta descerrajar la piel
Como una triste canción en un océano piadoso
Sin despedidas...

Réquiem para un coloso.

Blandiendo su destello
Con las huellas de un cristal.

sábado, 19 de julio de 2014

Espiral


Las obsesiones son pocas en quien escribe. Siempre pienso en la imagen de Sor Juana, quien definió la belleza, a mi juicio de un modo perfecto: cuando dice que es una espiral, es decir, no es algo cerrado, como decían algunos poetas ingleses del siglo XV que alababan el círculo. Es algo abierto que cada vez se abre más. En ese sentido es una búsqueda, una escritura.
Juan Gelman

Estoy buscando el tiempo donde ha de ocurrir el vértigo amarillo del piélago nunca comprendido. Acaso razones que los actos suponen inútiles. Me recuesto sobre una silla de mimbre para fumar un habano y mirar la única estrella de la noche. Pienso en las volutas de humo mientras el destino es un mapa con líneas trazado en las manos, y no hago otra cosa que bajar la persiana haciendo de cuenta que me voy a dormir, cuando sé que estaré horas mirando el techo.

Acaso será que siempre me creí destinado a entenderlo todo, a construir sentido desde un faro abandonado, donde la humanidad nunca se estrellará contra las piedras del olvido.
Amanece en alguna parte, me abro camino entre la espesura, buscando belleza en un basural, mientras se urden en espiral las incongruencias de siempre.

Ayer pensé que sería distinto, por un momento la brisa dejó entrever una sombra que se parecía a la mía, caminaba sin prisa, con un sombrero un poco largo, casi una galera, pero un viento frío me cortó la cara y me detuvo sin dejar de caminar. Era uno más atravesando el portón de la rutina. El sol ya doraba los pórticos y filtraba una brizna entre los helechos quietos.

Cuando miré para atrás, vi que mi sombra recogía del suelo un sombrero que parecía mojado.

sábado, 12 de julio de 2014

Juventud


Las voces instructivas exiliadas...La ingenuidad física amargamente sosegada...Adagio !Ah!, el egoísmo infinito de la adolescencia, el optimismo estudioso! !Cómo estaba el mundo lleno de flores ese verano! Los aires y las formas agonizantes...!Un coro, para calmar la impotencia y la ausencia! Un coro de vidrios de melodías nocturnas...En efecto, los nervios pronto van a fallar.

Juventud (Parte III) de las Iluminaciones, Arthur Rimbaud

Elijo el texto al azar, algo que está por ocurrir, una vista leve al entorno invisible, el vidente atravesando un campo de flores, la calma que antecede lo inextricable, el coro que destroza lo aparente, menos una certeza que un deseo del poeta, la nada que finalmente ocurre, y todavía en la vida!

sábado, 5 de julio de 2014

Sintaxis


Ser consciente de los elementos sintácticos que delimitan los esquemas líricos del poema, y la prosodia, que licua los bordes acaso expresivos donde se fragmentan los componentes marginales de los textos. Hallar en la sintaxis un ordenamiento y una concatenación, donde sea visible el trabajo con las palabras.

Así las cosas, la disonancia elabora algoritmos desde una periferia, donde el último verso es el epílogo de una película que se abandona.

sábado, 28 de junio de 2014

Un ir hacia lo que


La fría neblina de la mañana no me impide ponerle llaves al candado, he tomado notas arborescentes de un piélago amarillo en una ciudad de cemento, abstraído en el contexto de una palabra, donde suelo mecer los graznidos de mis aproximaciones.
Huelgan sombras huesudas entre los ramajes yertos, es el invierno, la parte del año donde los nervios quedan adheridos al barro, sabiéndonos poleas de la gran máquina vertebrada, ese pertenecer que es a la vez toda anulación de sí mismo, ese darse cuenta…

Cada vez más me cuesta elevarme por entre los hombros tiesos, pero soy consciente.
Los pájaros trazan una línea precaria en el horizonte, un costado de rosas (Viel Temperley) y un costado de fósiles, pienso en los antiguos que escribían largos textos de adivinación interpretando el vuelo de las aves, todo era una variable afanosamente sojuzgada, un sol pintado en la piedra, un mortero donde machacar plantas, el cielo amplio y la soledad.

Debería escribir en bloques, yuxtaponer planos obliterando inconexiones, y no ya extender la única línea que serpentea como en un páramo. Evadirse de este trabajo implica un desdén o una incapacidad hacia la construcción sintáctica, es preciso que en el acto de fugar hacia delante, el texto pueda anular su propia naturaleza, entonces sería posible tomar elementos que permitan complejizar un sistema de escritura.
Ahora mismo se hace visible mi evidente desarreglo del sentido, tan solo poemas en esquemas de relatos, la prosa que se pierde absorta en su propia divagación.

Todo es un ir hacia un bosquejo iridiscente que pretendo tañir como una campana. Es lo único que impide cerrar para siempre las hojas de todos estos días.

sábado, 21 de junio de 2014

Días horizontales...


Era Juan Carlos Onetti el que gustaba pasar la mayor parte del tiempo acostado en la cama, será que estuve una semana por una gripe que me vi en la vicisitud de contemplar mis relaciones con el mundo desde ese lugar, aunque sin llegar al extremo de recibir visitas, como sí era habitual en el gran escritor uruguayo. De pronto la única ventana cubierta de enredaderas cobra otra dimensión, el sol del otoño aparenta filtrarse entre las rendijas, la vida parece una nueva oportunidad para mejorar ciertas cosas, mientras el silencio lo va cubriendo todo con un manto apacible.

Es extraño, toda convalecencia adormece, ensordece, enmudece, de pronto en un oído nace un único sonido que nos acompañará siempre, anulando los otros sentidos, hasta que los remedios empiecen a hacer efecto. Cambia el sentido del tiempo, se modifican las percepciones y los actos se inclinan levemente, como un crepúsculo acaso pálido.

Todo es una débil aceptación hacia aquello que somos y no somos.

sábado, 14 de junio de 2014

Sobre la otredad


Leyendo “Los signos en rotación” del mexicano Octavio Paz, me llamó la atención el concepto de otredad, devanado críticamente en un ensayo que cultiva reflexiones en torno a la poesía, bajo un carácter filosófico. Sobre este concepto dice el autor de Libertad bajo palabra:

"Para Rimbaud el nuevo poeta crearía un lenguaje universal, del alma para el alma, que en lugar de ritmar la acción la anunciaría", y luego "La novedad de la poesía, dice Rimbaud, no está en las ideas ni en las formas, sino en su capacidad de definir la quantité d'inconnu s'eveillant en son temps dans l'ame universelle (El poeta definirá la cantidad de desconocido despertándose en su tiempo, en el alma universal). Para el escritor mexicano este concepto es "ante todo percepción simultánea de que somos otros sin dejar de ser lo que somos y que, sin cesar de estar donde estamos, nuestro verdadero ser está en otra parte. Somos otra parte" (es evidente advertir similitudes con el concepto rimbaudiano "yo es otro"), por otro lado para Octavio Paz la imagen poética es la otredad, para luego remarcar "La imaginación poética no es invención sino descubrimiento de la presencia

Descubrimiento de la presencia. Descorrer el velo de lo que acaso se circunscribe como una entidad invisible. El otro que apenas trasunta lo que ocurre, y de paso, un correlato: "El tiempo del poeta: vivir al día; y vivirlo, simultáneamente, de dos maneras contradictorias: como si fuese inacabable y como si fuese acabar ahora mismo".

Octavio Paz asevera que "la verdadera vida no se opone ni a la vida cotidiana ni a la heroica; es la percepción del relampagueo de la otredad en cualquiera de nuestros actos, sin excluir a los más nimios". Como registrar dicho relámpago en la bóveda de nuestras extensas circunvoluciones, en que momento el otro, el que es mientras ve, descubre a su vez la negación de lo negado.

La poesía se niega a sí misma y a la vez “es lo que queda y nos consuela, la conciencia de la ausencia". El acto duplicado ofrece su poema y la descripción de lo creado, se trata de enfoques críticos no muy frecuentes pero venturosos, ya decía Baudelaire que todo poeta esconde un crítico detrás, y que difícilmente ocurra al revés con los críticos literarios. Parecen los dichos de un profeta intentando descifrar el caos aparente, creo que en el fondo todos anhelamos eso: descubrir un orden en el cual depositar la simbólica e inexistente ecuación de la otredad.