sábado, 5 de mayo de 2012

En este mismo momento

En este mismo momento, mientras escribo en el blog, un taxi recorre las nocturnas calles de New York, tiene los vidrios empañados, el chofer parece dormido.

En estos momentos, una hilandera en Calcuta va tejiendo, mientras el sol se filtra efímero entre las cestas de tomates y los charcos de agua negruzca.

En este mismo momento, en Barcelona, unos chinos empiezan a coser en silencio, en un rincón se siente olor a café.

En Medellín, a estas horas, un linyera canta incomprensiblemente un tango.

Bailan niñas en una favela de Río, la madre de una de ellas no sabe que cocinará hoy, mira el plato de hojalata que un perro acaba de lamer.

En este mismo momento, un anciano panameño conduce un micro lleno de turistas por el barrio donde nació Mano de Piedra, los turistas miran el barrio con temor, el chofer piensa que su vida no es tan simple como parece.

El mozo del bar la Margarita sirve en este mismo momento un mojito de esos que bebió Hemingway, pasa un auto viejo cuyo resplandor ilumina el rostro del Che.

En este momento, en Chad, bajo el puente del río Bragoto, un niño descalzo lleva en sus hombros una tinaja con agua.

Un elefante se pudre en el delta del okavango, las moscas revolotean sobre los invisibles colmillos, el silencio parece amarillo.

En este mismo momento, las puertas del museo de Reykiavik, en Islandia, se cierran una vez más, hasta el otro día. Afuera la blancura es insoportable.

Bajo el alero de una pagoda de un monasterio budista en Myanmar, en este momento un niño birmano recibe monedas europeas bajo un sol impiadoso.

En la Catedral de San Basilio, plena Rusia, un anciano enfoca el lente hacia las cúpulas, mientras una paloma blanca lo distrae. Alrededor hay turistas sin nombre ni pasado.

En este mismo momento, a dos cuadras de la Biblioteca de Irak, un hombre sin alas recoge de una bolsa pedazos de papel de un libro mutilado.

En este mismo momento, en el medio de toda China, un anciano circunspecto mira detenido las flores de un ciruelo. Parece escudriñar el tiempo, en todo el cielo no hay un solo pájaro.

Rodeado de las altas estepas del desierto de Gobi, un hombre de cara angulosa prepara un te de menta. Por su aspecto, parece que guardó un prolongado silencio. Enciende lentamente un fuego.

En este momento, en la Coruña, un niño arroja una piedra a un silo sin maíz.

En este mismo momento, algunos hombres se sumergen en las cálidas aguas de Playa Blanca, buscan corales para vender, las palmeras parecen tocar la arena, el sol todo lo entibia.

En este mismo momento, mientras escribo en el blog, lleno mi vaso de vino con cuidado, a lo lejos se escuchan ladridos, y un auto sin ruedas acaba de pasar.

domingo, 29 de abril de 2012

Platón y la escritura

Pues bien, oí decir que vivió en Egipto en los alrededores de Naucratis uno de los antiguos dioses del país, aquél a quien le está consagrado el pájaro que llaman Ibis. Su nombre es Theuth y fue el primero en descubrir no sólo el número y el cálculo, sino la geometría y la astronomía, el juego de damas y los dados, y también las letras. Reinaba entonces en todo Egipto Thamus, que vivía en esa gran ciudad del alto país a la que llaman los griegos la Tebas egipcia, así como a Thamus le llaman Ammón. Theuth fue a verle y, mostrándole sus artes, le dijo que debían ser entregadas al resto de los egipcios. Preguntóle entonces Thamus cuáles eran las ventajas que tenía cada una y, según se las iba exponiendo aquél, reprochaba o alababa lo que en la exposición le parecía que estaba mal o bien. Muchas fueron las observaciones que en uno y en otro sentido, según se cuenta, hizo Thamus a propósito de cada arte, y sería muy largo el referirlas. Pero una vez que hubo llegado a la escritura, dijo Theuth: “Este conocimiento, oh rey, hará más sabios a los egipcios y aumentará su memoria”. Y aquél replicó: “Oh, Theuth, excelso inventor de artes, unos son capaces de dar el ser a los inventos del arte, y otros de discernir en qué medida son ventajosos o perjudiciales para quienes van a hacer uso de ellos. Y ahora tú, como padre que eres de las letras, dijiste por cariño a ellas el efecto contrario al que producen. Pues este invento dará origen en las almas de quienes lo aprendan al olvido, por descuido del cultivo de la memoria, ya que los hombres, por culpa de su confianza en la escritura, serán traídos al recuerdo desde fuera, por unos caracteres ajenos a ellos, no desde dentro, por su propio esfuerzo. Así que, no es un remedio para la memoria, sino para suscitar el recuerdo lo que es tu invento. Apariencia de sabiduría y no sabiduría verdadera procuras a tus discípulos. Pues habiendo oído hablar de muchas cosas sin instrucción, darán la impresión de conocer muchas cosas, a pesar de ser en su mayoría unos perfectos ignorantes, y serán fastidiosos de tratar, al haberse convertido, en vez de en sabios, en hombres con presunción de serlo.

Mediante un antiguo mito egipcio, referido en su diálogo Fedro 274c-275a, (que trata sustancialmente sobre el arte de componer discursos) Platón (ca. 428-347 a. C.), en boca de Sócrates, rechaza el invento de la escritura con el convencimiento de que lo transmitido oralmente es beneficioso para el ejercicio de la memoria, mientras que el conocimiento trascripto en caracteres gráficos presagiaba una pérdida definitiva de esta virtud.

Una virtud que desestimamos de las culturas indígenas, cuyos chamanes aún conservan en la memoria antiguas prácticas, conocimientos medicinales, mitos y leyendas, sin necesidad de resguardar el saber en algún tipo de soporte.

Pero bien, Platón, al recoger el mito, no rechaza el valor de la escritura sino más bien advierte de que esta herramienta, si no se plantea al servicio del conocimiento, no sirve para nada.
Podríamos extender a nuestros días estas disyuntivas del filósofo, mucha gente posee destrezas en el campo de las innovaciones tecnológicas, pero no suelen saber como aplicar ese conocimiento, para qué, la cuestión técnica no va acompañada de un carácter filosófico que debería existir en toda disciplina, generalmente no nos detenemos a pensar esto, no forma parte del devenir existencialista de nuestro tiempo, saber hacia donde nos llevarán estas cosas.

Platón temió en aquel hombre la lenta irrupción de la presuntuosidad en el saber, y de algún modo se encargó de demostrarlo en algunos de sus diálogos.
Sin embargo, de no haber sido por la escritura, probablemente Sócrates no hubiera existido para la raza humana más que para sus congéneres.
Sócrates, quien como Jesús, nunca se le conoció escritura alguna de su pensamiento (cuanto daríamos por saber que escribió el nazareno en la tierra, antes de borrarlo con su propia mano), construyó un modo de entender la filosofía desde la comunicación oral de sus ideas.

Un amigo considera que “hoy por hoy, plantear una oposición entre escritura y oralidad, seria establecer un falso dilema”.

Yo creo que los blogs de poesía deberían recuperar la voz del poema, en boca de los poetas,  eso que estuvo antes, en discos, en encuentros literarios, en programas de radio, recitando, improvisando, actuando...

Eso que estuvo siempre.

viernes, 27 de abril de 2012

Sobre escrituras y bitácoras


Me suele interesar, al frecuentar blogs de escritores, cuando el autor se abre camino a través de los estudios y ensayos sobre literatura, me importa todo, las críticas de libros, las semblanzas, las teorías literarias, las elucubraciones, las entrevistas.
Algo de todo eso hay en el blog de Florencia Abbate (narradora, poeta, ensayista), particularmente disfruté mucho los artículos sobre Rimbaud y Baudelaire.

Probablemente el blog permita, como formato o tal vez como idea, vertebrar diferentes esquemas narrativos desde una transversal usina creadora, sin perder coherencia y sentido al hacerlo. Un espacio donde los manuscritos encuentran una suerte de laboratorio donde poder exponer sin culpa la fragmentada obra. Nada de eso tiene porqué llegar al libro, después de todo es un punto de encuentro, donde las escrituras atraviesan diversos procesos creativos, y consecuentes puntos de fuga, arrojados a una esfera pública, siempre selvática, siempre candente, allí donde ocasionales lectores fluctúan en medio de lo que encuentran.

sábado, 21 de abril de 2012

El nombre

 
Este texto de Pedro Mairal removió algunas inquietudes que espero desbrozar con el intento. Por un lado siempre tuve la tentación de darme a conocer, construir un nombre y poblarlo de cifras, de contenido simbólico, de sentido ético. Sé que tarde o temprano eso algún día ocurrirá, no es algo que me preocupe.
Pero por alguna razón preferí el pasamontañas, ser un perfecto anónimo, quizás para que los lectores se acercaran por la simple escritura, y no por el nombre. Provocar interés en el bosquejo de ideas, reflexiones, pensamientos, y no por la información de saber quien soy, que libros escribí, que círculos frecuenté.

Así las cosas, corro el riesgo de quedar atado a una sombra. Me inquieta saber que quienes se acercan lo hacen por el nombre, y no por lo que el autor esté intentando construir en un espacio determinado. Les preguntaría a los escritores como lograron sobrellevar ese condicionamiento. Porque de alguna manera el nombre condiciona lo que viene detrás, se adscribe o se refuta lo que tiene cuerpo, esencia, sentido de pertenencia. Es verdad que la obra no existe por sí misma, primero está el autor, y me pregunto si, a base de participaciones, un autor sin obra no hace igualmente un nombre. Seguir lo que dice alguien que apenas sabemos quien es, defender su seudónimo en un debate, sumarle voces al coro infernal de sus proyecciones fulgurantes.

Si al final del texto no se firmara el nombre, le cabría al lector suponer la autoría, en un ejercicio incierto donde se cifra el contenido estético de una forma de pensamiento, y si los tiestos de esa idea provocan advenimientos futuros en espacios casuales, se tendría que examinar hasta donde un concepto se construye con cimientos anónimos que otros recogieron, dejando vacante la idea de aseverar quien ha proferido los vectores de dicho diagrama.

Pero como se ve, ese es otro problema, y ahora vuelvo a mi invisible discordia.

domingo, 15 de abril de 2012

Sobre los poetas malditos


Ahora vivo en una especie
de ático o altillo, tres por tres, casi nada me rodea.
Pocas visitas, cuando vienen
les sirvo mate o en su defecto café, hablan y me distrae
el temblor de la mano entre las piernas, una mancha
en la baldosa; pero lo que de verdad me inquieta
es la decadencia del oficio.

Alejandro Rubio

¿Qué es, hoy por hoy, lo que se entiende por “poeta maldito”?
Encontré un ejemplo en el poeta Alejandro Rubio, tal vez se trate de un estigma azaroso, probablemente reforzado en sus intervenciones críticas en revistas como Inrockuptibles y en comentarios de blogs donde solía entablar feroces discusiones a favor de la poesía. Un modo de confrontar desde el sentido asociado de la ética intelectual, que a su entender, simboliza el único modo de separar las buenas obras de las que no lo son, y para eso se necesita de la sinceridad y el pensamiento crítico.

Surgido de un taller de García Helder y Arturo Carrera, reconoce en aquel legado el haber descubierto "cierta tendencia realista, antiromántica, antibarroca. Una manera de leer la poesía que es muy dura con la verbosidad del poeta".
Rubio ha criticado la construcción enarbolada por algunos poetas “de los 90” con respecto al paso del verso a la prosa, en coincidencia con lo esbozado por Luis Chitarroni, advierte cierta ligereza en dicha inserción.
En “la garchofa Esmeralda” emplea algunos puñales para discutir la poesía argentina contemporánea

El concepto, asociado con los poetas simbolistas del siglo XIX, ha cobrado otra significación. Ya no basta la vida puerca donde se redime el poeta entre el barro y la podredumbre, arrojando sus diatribas desde una literatura asfáltica, buscando el efecto de “un cross en la mandíbula” según profirió Roberto Arlt.
Ahora no hace falta la cinematográfica escena de un Rimbaud orinando en una mesa de poetas, por la poesía misma, que con el gesto buscó tal vez reparar. Yo mismo he visto algunos desconocidos poetas gritar sus versos para callar el griterío de la mesa contigua, en un viejo bar de billares, los he visto entrar en sótanos mal iluminados para recitar sus versos con un vino en la mano, los he visto musitar con lobreguez, haciendo de cuenta que el mundo no existía, mientras leían incomprensiblemente un par de vértigos violáceos. Algunos rieron entre las luces de neón, mientras la noche les perteneció. Fueron jóvenes, fueron insolentemente soberbios, parias sin tierra que amaron en los rincones mientras los versos eran labrados, todo aquello que como un sesgo pobló los ebrios corazones, aquello que de algún modo permaneció incólume, botellas rotas en un jardín.

Tengo reminiscencias de esos relámpagos.
No los he visto envejecer.

viernes, 13 de abril de 2012

Poesía, la película


¿como es allí?
¿cómo de solitario?
¿brilla rojo el atardecer?
¿cómo cantan los pájaros en el bosque?
¿puede llegarte la carta que no me atreví a enviarte?
¿puedo hacerte llegar la confesión que no me atrevía a hacer?
¿pasará el tiempo y se marchitarán las rosas?
¿es tiempo ahora de decir adiós?
como el viento que perdura y después se va
como las sombras
por las promesas que no llegaron
por el amor sellado hasta el final
por la hierba que besa mis tobillos cansados
y por los pasos menudos que me siguen
es hora de decir adiós
ahora, cuando cae la oscuridad
¿se encenderá de nuevo una vela?
aquí rezo
nadie debería llorar
y para que sepas
que profundamente te amé
la larga espera en medio de un cálido día de verano
una vieja senda parecida al rostro de mi padre
incluso la solitaria flor salvaje apartando la vista con timidez
qué profundamente te amé
como se agitaba mi corazón al escuchar tu vaga canción
te bendigo
antes de cruzar el río negro
con el último aliento de mi alma
estoy empezando a soñar
una brillante mañana soleada
me despierto de nuevo cegada por la luz
y te encuentro
apoyándome.


Canción de Agnes, de la película Poesía

Hubo al principio un feliz ejemplo. En un taller literario el docente muestra una manzana, luego de preguntar cuántas veces vieron una manzana en sus vidas, la respuesta llegó del propio maestro: nunca
Frecuentemente, a lo largo de sus vidas, las personas miran diferentes manzanas, pero nunca la ven, y el empleo de ese verbo, es tal vez el primer rasgo de quien se pretende poeta:

Ver...

Y no se trata solo de la secreta admiración por la manzana, se trata también de profanarla, con todos los sentidos, como si fuera por última o única vez “senté a la belleza en mis rodillas, y la encontré amarga, y la injurié” escribió Rimbaud.
Es probable que después de todo eso, anotando en los márgenes de una hoja blanca, pueda surgir, de algún modo, un poema. También es probable que no, que la mera contemplación se limitara a discurrir por los laberintos filosóficos de una significación del porqué, y que no haya poema, que no haya más que incomprensión e impotencia de representar con palabras un objeto desconocido.

Hay una escena simpática. La anciana cree que puede escribir poesía porque “le gustan las flores y las palabras raras”. Es interesante el acercamiento hacia lo que se desconoce, y en algún sentido, se teme. Parece válida la asociación hacia lo desconocido, que tiene en personas asombradas un profundo sentido, casi tan respetado como ignorado, hay estupor en las caras de quienes escuchan la palabra poesía en sus vidas cotidianas, hay un silencio en las miradas, y una extrañeza. Contra todo eso avanza la anciana hacia algo que parece comprender, a pesar de su angustia por no poder crear unos simples versos.

Al final, la anciana termina su poema, paralelamente todo lo redime, todo se transforma en poesía.

Feliz película de un mundo que siempre será lejano.

lunes, 9 de abril de 2012

Después del vendaval


Después del vendaval, se cortó la luz en todo el barrio, lo que pareció un tornado dejó paso a la desolación, decenas de árboles caídos y paredes rotas, letreros que alguna vez estuvieron colgados en el cielo ahora parecían hojalata retorcida por un gigante con manos de viento. Fue entonces, cuando llegó la noche profunda, que volvimos al siglo XIX, encendimos velas, comimos en silencio, nos miramos a los ojos, y nos fuimos a dormir con la penumbra inevitable, cuando el sol no es otra cosa que una línea cobriza en algún lugar imaginario, bien temprano nos fuimos a dormir, dejando que la noche entrara en nosotros, dejando de preocuparnos por lo que no teníamos, la luz, la heladera ya no tan fría, la computadora, toda comunicación.

Ahora que volvió la luz, pienso que en la antigüedad, antes de que se inventara la lámpara eléctrica, las personas se dejaban dormir sin premura, simplemente era el momento en que el día se iba porque la noche llegaba, existía un límite simbólico, imperceptible, quizás diáfano, una traslación lenta, como si lo nocturno abrazara el rocío del crepúsculo invisible, no existía, en verdad, ese modo abrupto de imponer el descanso por el simple hecho de apagar la luz, una luz artificial creada por el hombre para estructurar el tiempo, dando la espalda a los designios de la naturaleza, delimitando los límites del sueño para después calcular cuánto tiempo dormir, cuando despertarse... Calculo que pasaba lo mismo cuando un navegante se guiaba por la ubicación de las estrellas, ahora tenemos un artefacto digital que nos ubica en el mundo a través de un satélite, pero lo llamativo es que dejamos de ver con nuestros sentidos para pasar a ver por intermediación de la tecnología. Calculo que con la memoria pasará algo similar, cada vez será menor la información que el ser humano podrá retener, porque cuenta con dispositivos que le permiten no practicar esa costumbre ancestral de memorizar escrituras, relatos, leyendas...
Se dice que los griegos arcaicos consideraban verdad a todo aquello que no se podía olvidar, hoy todo sería un mito porque es tanto lo que se edita y produce que es imposible abordarlo, procesarlo, analizarlo.

Tal vez haya que recuperar algo de aquel encanto, comer con velas, no mirar tanto la televisión, porque en definitiva algo ocurrió que terminó convirtiéndonos en autómatas, sujetos del tiempo y de las circunstancias que nosotros mismos habilitamos, perdiendo la esencia de las pequeñas cosas, esas que nacieron con el día, tiempo atrás.

Al menos para todo eso me sirvió el apagón después del vendaval.

lunes, 2 de abril de 2012

Malvinas


Un día como hoy, hace ya 30 años, se desataba un sueño en las islas Malvinas, donde el viento es morada del silencio, de aquellos que no pudieron volver.

Siempre se reiterará el mismo sueño, una y otra vez, hasta que la memoria pueda descansar, en un paraje no tan hostil, con un mañana no tan desolado.

sábado, 31 de marzo de 2012

El silencio del después


Decía Atahualpa Yupanqui que los poetas “Sienten cuando los ronda de cerca el gran silencio; cuando se les va acercando, cada día, cada semana, como una sombra amplia, amada, nunca desconocida, el silencio”. Debe ser cierto, al menos por un segundo, sentir que hay una sombra detrás del alma, y que solo un hilo de voz puede nombrarla.
Con el tiempo viene otro silencio, se construye un testamento, se intenta significar en páginas descoloridas un paso por la vida, se juntan reseñas, como si recogiéramos tierra para llenar un huerto, y luego los frutos que deberían nacer para que la rueda se complete.

Tal vez sea por esto que la otra noche, mientras fumaba un habano, me quedé mirando una única estrella desde una silla que parecía de mimbre, llegué a pensar que en ese momento podía ser la única persona en el mundo que estaba mirando detenidamente esa estrella, el hecho me consoló. Entre las volutas de humo me dejaba callar en un vaivén quieto, formado por las hebras de mi propio desasosiego.
Vaya a saberse porqué, pensé en mi abuelo, que falleció en el 2000, el había nacido en 1915 así que si no saqué mal la cuenta vivió 85 años, hubiera vivido más de no haber sido por un accidente, todo aquello que como albañil construía lo tuvo que interrumpir, quedando en cama sus últimos días, inmóvil y mirando la televisión, justo el.

Recuerdo que mi abuelo se estaba muriendo y entonces se me ocurrió preguntarle que es la vida, todavía veo su cara de sorpresa al escuchar la pregunta, un coloso de un metro noventa y cien kilos y parecía desarmado ante la ocurrencia, y entonces me dijo las palabras inmortales, que nunca voy a olvidar: “es buena”.

La vida es buena.

A la semana me invitó a su casa, nos sentamos y me dijo que yo le había hecho una pregunta y que el sentía que debía responderme de otra manera, entonces me dijo que en la vida “hay más contras que derechas”, que “todo tienes que ganártelo” y varias cosas más que prefiero atesorar en algún lugar de mi yo más profundo, pero lo cierto es que estuvo pensando en eso, y sentí que todo valió la pena, experimenté, como pocas veces en mi vida, una sensación de paz, algo que repara como un amanecer o como un cuarto lleno de sol.

Había un pincel en el galpón de mi abuelo, verde y pequeño, me lo llevé, para pintar con silenciosa alegría, todas las paredes del mundo.

sábado, 24 de marzo de 2012

El poeta que nunca publicó


Hay una raza oblicua de cantores urgidos por escuchar el coro que su nombre clame y ver su monumento con segura certeza.
De Reverencia a Orfeo, César Mermet

En algún momento ocurre, nos sentamos bajo la bóveda nocturna y escribimos el poema sin pausa, afuera se escucha un auto lejano y algunos perros le ladran a la luna, ya estuvimos regando las plantas y mirábamos la película del cantante que creía en la naturaleza y le decía a Jesús “no quisiera estar en tu lugar”, todo como si fuera una secuencia que forma parte del contexto del poema, es probable que nada de eso llegue al papel pero hay ribetes descoloridos que nunca serán visibles en el texto, y sin embargo está allí, imbuido de algo no pautado que une círculos inconexos.
Entonces ocurre que dejamos pasar un tiempo, el cajón del escritorio resguarda la expresión primaria, el atisbo pétreo, el torbellino de la quietud, todo eso se desliza y al final de críticas lecturas quedan trozos de lo inicialmente concebido, allí rescribimos las variaciones de lo bosquejado en un rapto de estentórea lucidez, anotamos palabras aparentes que de alguna manera forman parte del entramado y la estructura, y nos damos cuenta, con la tercera y cuarta corrección, que el poema arbóreo se despliega en abanicos inconmensurables con el que apenas podemos dar cuenta de la forma, el poema es una meseta pero le agregamos promontorios impensados, a veces algunos nubarrones vuelven todo atrás, si es que aún conservamos las copias de las reescrituras, o hurgamos como en un palimpsesto las frases ocultas de lo febrilmente revelado, hacemos un cielo con pinturas nuevas pero conservando la atmósfera y el tono. El ejercicio se repite indefinidamente, el poema no termina de nacer, o de morir, se encuentra inacabado pero demencialmente vivo.
El poeta no puede ni quiere publicarlo.

Debe haber muchos casos de esos, pero tal vez haya un ejemplo simbólico, cuando se pretende hablar de escritores que no publicaron, lo sucedido con César Mermet. Su método de trabajo le impedía concluir lo creado, cada poema era corregido innumerables veces, creciendo en modo arborescente, reescribiendo cada línea, ampliando versiones, creando nuevos poemas del poemario corregido, como asumiendo que no podía terminar una versión definitiva. Yo tengo para mi que Mermet podría discutir amablemente los dichos de Paul Valéry, para el poeta francés un poema no se termina sino que se abandona, Mermet coincidiría con la primera afirmación pero suprimiría el abandono por la corrección indefinida.

Leerlo me hace acordar a ciertos poemas de Héctor Viel Temperley, un tipo que daba la impresión que finalizaba sus poemas porque se quedaba sin papel, de lo contrario su prosa era como una fuga de Bach, una partitura sin pentagrama.
Vaya vida la de este poeta, en su homenaje se creó un blog que recopila sus poemas, prosas, cartas, manuscritos, artículos críticos, fotos, biografía, semblanzas y antologías.
Mermet no integra el paradigma de la “literatura del no”, aquellos que en un determinado momento se alejaron de la escritura para siempre, en todo caso su posición indeclinable era con la idea de publicar su obra.
Dice Pedro Mairal, uno de los poetas que coordinó su publicación póstuma: en pocos hombres se da tan claro como en Mermet esa frase de Emerson citada por Borges: “El hombre es la mitad de sí mismo, la otra mitad es su expresión”.

Al final, cuando el poeta está ausente, lo corregido se publica y cumple su destino, deja de ser manuscrito para transformarse en una versión eternamente momentánea, motivada por el prolongado e indefinido silencio del poeta…
Vaya reparación...

Aquí un poema, maneras de ausencia

De lo que me faltas crezco,
tu falta me alarga hasta mañana,
del aire de tu ausencia respiro,
del tiempo que me faltas
rejuvenezco,
del hambre tranquila de tenerte
me alimento,
tu no estar me acompaña
en la noche y el día
como el anillo de largos años
cuyo extravío ciñe el dedo
de desnudez y desconcierto.

De lo que me faltas crezco,
como las ramas hacia la luz,
imposible y nutricia.
Tu falta me alarga hasta mañana,
mañana es tu mejor nombre,
la luz futura te arregla los cabellos
y es para encontrarte al día siguiente
que consigo anochecer cada día.
Yo enriquezco de tu falta,
qué incontable esperanza
acumulas faltando,
a cada instante
es más preciosa tu ausencia
y yo el único que tiene en la mano
el monto entero de tu falta.
Porque ensayé el derroche
por festejarte presente y ausente,
desperté mis subsuelos,
encendí minas,
multipliqué cristales,
puse al oro en celo,
ayunté las gemas,
me supe inagotable.
Tender a ti, abarcar tu escándalo,
bloquearte las jugadas,
las travesuras y las coreografías,
me hizo espacial, curvo y abierto.
Me faltas como el gramo de menos
que pone en marcha el mecanismo,
como la repentina falta
del leve pájaro
pone en marcha el duraznero y cimbra
y toda la luz de la mañana parpadea.
Me faltas ahora benignamente
como la lluvia al campo
cuando las primeras gotas comienzan.
Me faltas como el regalo prometido
en el gozoso noviciado de la espera.
Me faltas como en la víspera de la fiesta
falta la música a todo el pueblo
y todos viven de la música que les falta,
y los cuchillos y herraduras del herrero
ese día se templan con la música de mañana
y tañen, cantan, cortan y galopan felizmente.
Me faltas como la posesión más querida,
como un campo en otra provincia
en la época en que la mies madura,
me faltas como una plantación de limones
al otro lado del río,
que amarilla y aroma por detrás del sueño.
Pequeña, clavo de olor, especia del alma,
me faltas necesaria simple y segura
como le falta el azafrán al guiso pálido.

Por favor, tú, mi falta,
acentúame el tiempo, oriéntame el espacio,
hazme dinámico y esdrújulo,
lánzame faltándome
por sobre el largo día,
ayúdame a vivir desazonándome,
accióname como un dulce desnivel,
como el declive que echa a rodar
el siglo inerte de la piedra,
como la diferencia de sensación
entre el tobillo izquierdo y el derecho,
de donde nace la marcha,
y como el otoño adonde fluye
toda la savia del año
hasta agolparse en los racimos.

Me gusta que me faltes,
es extraño,
estoy cómodo con mi carencia,
siento que la vida me debe,
que la luz siempre paga,
y benévolamente contemplo la calle
con sensatez y tolerancia,
como un acreedor agrario de buen pasar
y corazón sin agriura
dejo que transite en paz el día,
que el tiempo trabaje por mi cuenta,
que las horas se afanen,
que los pájaros vuelen en mis dominios,
que las palomas ilustren mi calma,
sin reclamar los dominios de mi calma.

Por favor, no dejes de faltarme,
fáltame así de suave,
fáltame suavemente,
yo saboreo tu falta como una mata dulce
nacida al borde del agua,
con sabor a transcurso y a promesa
de un gusto a mata dulce,
cumpliéndose sabrosa, interminablemente.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Día mundial de la poesía

Siempre me inquietó como fue posible, en una reunión planificada por la mayor organización mundial existente, proclamar un día para la poesía. Parecería que a esta hermanita pobre de la literatura hay que recordarla una vez al año, en forma solemne, para que puntualmente se le ofrezcan flores a una imagen inexistente.

La proclama considera, en un apartado, que el número de poetas aumentó como consecuencia de las actividades poéticas multiplicadas en los distintos Estados Miembros…
Entonces deduzco que si los distintos Estados Miembros no hubieran multiplicado sus actividades poéticas no hubiera aumentado la cantidad de poetas.
Es decir, los poetas surgen porque hay actividades que favorecen su oficio, o interpretado de otro modo no surgen poetas por la ausencia de tales actividades, o tal vez se trata de entender que para escribir poesía hay que estimular al poeta con actividades poéticas, o quizás…

No me parece mal promover un hecho literario, de hecho suele ocurrir que las publicaciones se reproducen por doquier, y algunas buenas como esta.

Como fuere, conmemorar, evocar, rememorar, recordar…son todos sinónimos, a veces también la poesía los necesita, o al menos hay quienes así lo interpretan, una vez al año.

sábado, 17 de marzo de 2012

Apenas eso


Crear, cuando parece que el día está apacible y arrastramos un conglomerado de situaciones inconexas, cuando todo es un silencio quieto, como pájaros que se desprenden en un vuelo sin fe, una ensoñación sin predicado.

Crear, desde lo precario y lo inexplicable, porque el lago está lleno de piedras en un fondo cubierto de algas y olvido, porque el barquito de papel parece plateado debajo del sol, y se hunde y se transforma en meseta de fragmentos descoloridos. Porque debajo hay un mundo y arriba otro.

Crear, como crean los chamanes en las rocas pintadas, bailando hasta que anochece, perdiendo todo sentido.

Crear, sobre la idea de que todo origen guarda para sí los lineamientos de una música nunca ejecutada, en el que las cuerdas son pulsadas por el intelecto, en un plano sin pentagrama.

Crear, profanando palabras del fuego, disgregando una materia candente, profiriendo aullidos indelebles en el día aparente.

Crear un poema, apenas eso.

viernes, 16 de marzo de 2012

Aquella pared...


Había una pared ahí, en un momento eso era todo, los ladrillos estaban hechos con fotos viejas de un álbum familiar, las que cada uno puso imaginariamente en alguna parte, podríamos haber mirado otra cosa, pero no, la vista se quedaba en ese muro, como si nos examinara, detrás los músicos hacían su parte y la noche parecía cubrirnos como niños.

Esta obra fue representada en vivo infinidad de veces, hasta aquí llegó la estructura de un espectáculo jamás concebido, no recuerdo calidad de sonido semejante, ni puesta audiovisual que ensamblara efectos especiales, artefactos y fuegos artificiales del modo en que se vio, haciendo que The Wall live fuera un inmenso videoclip de más de dos horas de duración.

No importaron las voces grabadas (tanto las del coro, los niños, el juez y el maestro, incluso Pink, aceptado por quienes fueron a encontrarse con el recuerdo emotivo de la película), pasó a ser secundario que Waters simulaba cantar algunas canciones bajo el mismo tono agudo de los 80’, tal vez esa intención mantuvo intacta la nostalgia, dejó en el público la idea de que el tiempo deja huella pero que sin embargo había que representarlo tal cual fue concebido, bajo la forma de una película y un disco que acompañaron las tristezas, soledades y paranoias de varias generaciones.

Cuando el muro cayó me pregunté porqué esta obra sigue cautivando a las masas. El guión es simple, sin embargo atraviesa atmósferas subjetivas complejas, las asociaciones simbólicas son inmediatas, tal vez haya que indagar si aquellos ladrillos no fueron secretamente derribados por quienes padecieron esas opresiones, en sí mismos representan muchas cosas, y a la vez ninguna, al final, siempre hay alguien que los recoge, y todo vuelve a empezar.

Me fui silbando la última canción mientras caminaba, esa despedida dulce y simple de la obra, y de alguna manera me pareció que en silencio todos hacían lo mismo.

sábado, 10 de marzo de 2012

La irrupción del simbolismo


Naturaleza es templo donde vivos pilares
dejan salir a veces sus palabras confundidas;
el hombre allí atraviesa entre selvas de símbolos
que lo observan con sus miradas familiares

Como esos largos ecos que de lejos se mezclan
en una tenebrosa y profunda unidad,
vasta como la noche y como la claridad
los perfumes, colores y sones se responden

Es que hay perfumes frescos como carnes de niños,
dulces como el oboe, verdes como praderas,
y otros corrompidos, ricos y triunfadores.

Teniendo la expansión de cosas infinitas,
como el almizcle, el ámbar, el benjuí y el incienso,
que cantan los transportes de espíritu y sentidos.

Correspondencias, de Charles Baudelaire

Se dice que este poema de Charles Baudelaire, que abre simbólicamente las flores del mal, ha sido considerado como la primera manifestación del simbolismo, aquel escritor por el que Arthur Rimbaud y Stephane Mallarmé tuvieron por maestro, por vidente, por símbolo: un verdadero Dios.
Pero hay algo más que profundiza el devenir de Baudelaire en la poesía, aquella denominación de poeta maldito no estuvo solamente supeditada a su escritura, es posible decir que su vida misma, sus intervenciones, su imagen, correspondían en igual intensidad al concepto subrayado (según Rodolfo Alonso esto puede atestiguarse en las dos célebres y reveladoras fotos de Nadar que lo convirtieron en el “primer Cristo del arte”). Vale detenerse en esta imagen, su expresión escrutadora, su oscuridad envuelta en un cuerpo, el vértigo fijado en un instante de perturbadora calma.
Definió de un modo singular la noción de arte y consumo crítico:

“- Mi lindo perro, mi buen perro, mi querido perrito, acércate y ven a respirar un excelente perfume comprado en la mejor perfumería de la ciudad.” Pero como el perro ante ello responde reculando con pavor, el poeta dice: “- ¡Ah! Miserable perro, si te hubiera ofrecido un paquete de excrementos, lo hubieras olfateado con delicia y quizás devorado. Así, tú mismo, compañero de mi triste vida, te pareces al público, a quien nunca hay que ofrecer delicados perfumes que lo exasperen, sino inmundicias cuidadosamente elegidas.”

Apenas pudo con su vida, dejó un legado indeleble, inmortal.
Siempre volveremos a sus versos, y le encontraremos contemporáneo sentido.

jueves, 8 de marzo de 2012

Biutiful


Que hay…
Así terminaba “biutiful”, padre e hijo encontrados en un más allá cubierto de nieve, donde podían fumar.
No recuerdo película más dura, la “historia de un hombre en caída libre”, ángeles sin alas que se arrastran en el barro buscando una redención que nunca llega, aquellos que ven en medio de la miseria lo que otros apenas pueden olvidar, aquellos que oyen lo que no debería escucharse. Aquellos desangelados de piadosos mantos y oscuras acechanzas.

Antes de ver este film había escrito algo hace un tiempo, sin ninguna pretensión:
Yo estaba parado delante de un cajón, sin escudos ni corazas.
Emanaba una luz que a su vez estaba cubierta de algo ceniciento, como una nube ambarina. Eso no podía saberlo, apenas toleraba mi silencio. Imagino que es el otro el que puede ver, porque está en ambos mundos, y a la vez no, porque ya no es posible percibir lo que no se sabe.
Así las cosas pasan, los muertos siguen sin hablar, y yo pensando en llegar a una orilla.

Detrás de estas escenas, hay un clamoroso pedido de amor, ser recordados por quienes amamos, y sentir lo débil, efímera y grácil que es toda vida, ese valer la pena...

viernes, 2 de marzo de 2012

Alrededor de la creación poética


El poeta, con toda la carga de conocido y desconocido, se siente de pronto convocado hacia un afuera cuyas puertas se abren hacia adentro
Olga Orozco

Me debía esta escritura de Olga Orozco, una iluminación que da buena cuenta de la “infinita probabilidad” que despierta el poema al momento de ser creado, dejando a un lado todo aquello que conduce “a las academias de la prosodia, a los hospitales de la semántica y al panteón de la etimología”. Inevitable la asociación con Rimbaud en ciertos pasajes, escritura candente que busca entre imágenes las estructuras caleidoscópicas del vórtice urdido, fantasmas que las palabras encierran en sí mismas. Nada de este texto tiene desperdicio, la autora advierte el universo imperfecto que rodea todo poema mientras es revelado, y cómo el poeta elige la palabra para convertir esa expresión en símbolo y antorcha.

Para quienes deseen entrar al bosque, prosigan la lectura, a los que no, consuélense con un café caliente mientras cae el atardecer.

La poesía puede presentarse al lector bajo apariencia de muchas encarnaciones diferentes, combinadas, antagónicas, simultáneas o totalmente aisladas. De acuerdo con las épocas, los géneros, las tendencias, puede ser, por ejemplo, una dama oprimida por la armadura de rígidos preceptos, una bailarina de caja de música que repite su giro gracioso y restringido, una pitonisa que recibe el dictado del oráculo y descifra las señales del porvenir, una reina de las nieves con su regazo colmado de cristales casi algebraicos, una criatura alucinada con la cabeza sumergida en una nube de insectos zumbadores, una señora que riega las humildes plantas de un reducido jardín, una heroína que canta en medio de la hoguera, un pájaro que huye, una boca cerrada. ¿Cuál es la imagen verdadera de este inagotable caleidoscopio? La más libre, la más trascendente sin retóricas, la no convencional, la que está entretejida con la sustancia misma de la vida llevada hasta sus últimas consecuencias. Es decir, la que no hace nacer fantasmas sonoros o conceptuales para encerrarlos en palabras, sino que hace estallar a los fantasmas que las palabras encierran en si mismas. Recorrer la trayectoria de la poesía desde la formulación del encantamiento y su consecuente palabra de poder, hasta la época actual, es un camino en doble espiral, tan largo como la génesis del lenguaje y tan tortuoso como la historia del hombre. Analizar el lenguaje de la poesía en sus sonidos y en sus resonancias es atrapar a un coleóptero, a un ángel, a un dios en estado natural y salvaje y someterlo a injerto y disecciones, hasta lograr un cadaver amorfo.. Los poetas conviven con las palabras. Sí, las nutren, las mastican, las aplastan, las pulverizan; combaten por saber quien sirve a quién, o pactan con ellas, o tienen una relación semejante a la de los amantes. La poesía es un organismo vivo, rebelde, en permanente revolución, en permanente metamorfosis. Pero los fonemas, los antónimos, las aféresis, las paragoges, las aliteraciones, las arritmias, los yámbicos, al igual que ciertas ideas fijas, son los parásitos de las palabras; producen enfermedades incurables, vicios rutinarios, vejeces prematuras que conducen a las academias de la prosodia, a los hospitales de la semántica y al panteón de la etimología. Condensando todos los ismos que unen y separan, como los verdaderos istmos, reuniendo en un solo cuerpo las palabras que nacen, crecen, mueren, y renacen, sólo puedo decir que mas allá de cualquier posible discrepancia de acción y de fe, la poesía es un acto de fe, una crítica de la vida, un cuestionamiento de la realidad, una respuesta frente a la carencia del hombre en el mundo, una tentativa por aunar las fuerzas que se oponen en este universo regido por la distancia y por el tiempo, un intento supremo y desesperado de verdad y rescate en la perduración. Ignoro cuál sería el porvenir de la poesía en un mundo regido por una técnica impensable o por una imposible perfección. Silencio, canto de alabanza colectivo, escalofriante mecánica que se genera a si misma, tal vez y digo tal vez, porque no puedo dejar de creer que la poesía no sea una infinita probabilidad. Pero no puedo pensar en un mundo perfecto, sin muerte, sin restricciones, sin tú y yo. Mientras tanto, aquí y ahora, el poeta elige su expresión. Elige la palabra como elemento de conversión simbólica de este universo imperfecto. La idea de que el nombre y la esencia se corresponden, de que el nombre no sólo designa sino que es el ser mismo y que contiene dentro de sí la fuerza del ser, es el punto de partida de la creación del mundo y de la creación poética. Separado de la divinidad, aislado en una parte limitada de la unidad primera o desgarrado en su propio encierro, el individuo siente permanentemente la dolorosa contradicción de su parte de absoluto y de sus múltiples, efervecentes particularidades. Quiere ser otro y todos sin dejar de ser él, no invadiendo sino compartiendo. Ese sentimiento de separación y ese anhelo de unidad, sólo se convierten en fusión total, sumultánea y corpórea, en la experiencia religiosa, en el acto de amor y en la creación poética. El “yo” del poeta es un sujeto plural en el momento de la creación, es un “yo” metafísico, no una personalidad. Esta transposición se produce exactamente en el momento de la inminencia creadora. Es el momento en que la palabra ignorada y compartida, la palabra reveladora de una total participación, la palabra que condensa la luz de la evidencia y que yace sepultada en el fondo de cada uno como una pregunta que conduce a todas las respuestas, y comienza a enunciarse con balbuceos y silencios que pueden corresponder a todos y cada uno de los nombres que encierran los fragmentos de la realidad total. Su resonancia se manifiesta en una sorpresiva paralización de todos los sistemas particulares y generales de la vida. El poeta, con toda la carga de lo conocido y desconocido, se siente de pronto convocado hacia un afuera cuyas puertas se abren hacia adentro. Una tensión extrema se acaba de apoderar de la trama del mundo, próxima a romperse ante la inminencia de la aparición de algo que bulle, crece, fermenta, aspira a encarnarse, en medio de la mayor luz o de la mayor tiniebla. El ser entero ha cesado de ser lo que era para convertirse en una interrogación total, en una expectativa de cacería en la que se ignora quién es el cazador y cuál es el animal al que se apunta. Algo está condensándose, algo está a punto de aparecer. Algo debe aparecer o el universo entero será aspirado en una dirección o estallará con un estrépito ensordecedor en otros miles de fragmentos. El poeta traspone, entonces, las etéreas murallas que lo encierran y sale a enfrentarse con los centinelas de la noche. Va a acceder al mundo del mito, va a repetir el acto creador en el limitado plano de la acción de su verbo, va a enfrentarse con su revelación. No importa que ese momento ejemplar – eterno en la eternidad como el molde del mito – tenga de este lado la duración exacta de un momento del mundo, ni que la palabra que ha usado como un arma de conocimiento y un instrumento de exploración ofrezca, después, el aspecto de un escudo roto o se convierta en un humilde puñado de polvo. Ha penetrado, de todas maneras, o ha creído penetrar, en la noche de la caída, la ha detenido con su movimiento de ascenso y ha revertido el tiempo y el espacio en que ocurría. El pasado y el porvenir se funden en un presente ilimitado donde las escenas más antiguas pueden estar ocurriendo, al igual que las escenas de la profecía. Es un tiempo abierto en todas direcciones. El vacío que precedía al nacimiento se confunde con el vacío adjudicado a la muerte, y ambos se colman de indicios, de vestigios, de señales. “¿Qué memoria es esa que recuerda hacia atrás?”, dice la Reina Blanca de Alicia en el país de las maravillas, y entonces es posible responderle que la memoria es una actualidad de mil caras, que cada cara recubre la memoria de otras mil caras, y que el pasado ha estampado sus huellas infantiles en los muros agrietados del porvenir. Tampoco la distancia que nació con la separación existe ya. La sustancia es una sola en una milagrosa solución de continuidad. Es posible ser todos los otros, una mata de hierba, una tormenta encerrada en un cajón, la mirada de alguien que murió hace 2.500 años. Se está frente a una perspectiva abierta y circular, pero aún en los umbrales del exilio. Es un viaje largo y solitario el que se debe emprender en las tinieblas. El que se interna, amparado por la lucidez, como por el resplandor de una lámpara, no ejercita sus ojos y no vé más allá de cuanto abarca el reducido haz luminoso que posee y transporta. El que avanza a ciegas no alcanza a definir las formas conocidas que se ocultan tras los enmascaramientos de las sombras, ni logra perseguir el rastro de lo fugitivo. No hay conciencia total, ni abandono total. No hay hielo insomne ni hervor alucinado. Hay grandes llamaradas salpicadas de cristales perfectos y grandes cristalizaciones que brillan como el fuego. Hay que tratar de asirlas. Hay que encender y apagar la lámpara de acuerdo con los accidentes del camino. Los senderos son engañosos y a veces no conducen a ninguna parte, o se interrumpen bruscamente, o se abren en forma de abanico. Hay muros que simulan espejismos, imágenes comprometedoras que se alejan, ejércitos de perseguidores y de monstruos, apariencias emboscadas, objetos desconocidos indescifrables que brillan con luz propia, terrenos que se deslizan vertiginosamente bajo los pies. Se viven confusiones desconcertantes entre la pesadilla y la vigilia, lo familiar resulta impenetrable y sospechoso y lo insólito adquiere la forma tranquilizadora de lo cotidiano. Se tiene la sensación de haber contraído una peste que puede producir cualquier transformación, aún la más imaginable, y hay una fiebre que no cesa y que parece alimentarse de la duración. El poeta cree adquirir poderes casi mágicos. Intenta explorar en las zonas prohibidas, en los deseos inexpresados, en las inmensas canteras del sueño. Procura destruir las armaduras del olvido, detener al viento y las mareas, vivir otras vidas, crecer entre los muertos. Trata de cambiar las perspectivas, de presenciar la soledad, de reducir las potencias que terminan por reducirlo al silencio. A lo largo de todo este trayecto, la palabra – única arma con que cuenta para actuar – se ha abandonado a las fuerzas imponderables o ha asumido todo el poder de que dispone para trasmutarse en el objeto mismo de su búsqueda. Por medio del lenguaje, emanación de la palabra secreta, el poeta ha tratado de trascender su situación actual, de remontar la noche de la caída hasta alcanzar un estado semejante a aquel del que gozaba cuando era uno con la divinidad, o de continuar hacia abajo para cambiar lo creado, anexándole otros cielos y otras tierras, con sus floras y sus faunas. El hecho es el mismo: es la repetición del acto creador por el poder del verbo. Por el poder del verbo, el poeta se ha entregado a toda suerte de encadenamientos verbales que anulan el espacio, a ritmos de contracción y de expansión que anulan el tiempo, para coincidir con el soplo y el sentido de la palabra justa: del “séase” o del “hágase”. Pero el poder del lenguaje es restringido por todo el precario sistema de la condición humana. La palabra secreta, capaz de crear un mundo o de devolver éste a sus orígenes, no se manifiesta a través de ninguna aproximación. El poeta ha enfrentado lo absoluto con innumerables expresiones posibles, solamente posibles, con signos y con símbolos que son la cosa misma y que suscitan también imágenes analógicas posibles, solamente posibles. Entre ese inabordable absoluto y este reiterado posible se manifiesta la existencia del poema: lo más próximo de esa palabra absoluta. El poema: un instrumento inútil, una proyección del acto creador que fue descubierto. Para el poeta ha terminado. Al lector le corresponde entonces instalarse frente al poema, que interroga y responde, en su condición de objeto y sujeto. Retomar el mecanismo de la revelación.

domingo, 26 de febrero de 2012

El nocturno divagar


Una línea plateada, poblada de luces calladas, habitada por palabras, sonidos e imágenes. A veces siento que es eso la Web, como si viéramos desde la cabina de un avión, cuando va llegando a un aeropuerto, una luminosa y nocturna meseta indefinida. Nadar en estos espacios resulta un ejercicio infructuoso, recoger frutos una tarea de artesano, pero esta allí, al alcance de cualquiera que bajo una pantalla anónima decida cruzar aquellos frondosos desiertos, la variable es una constante, basta un enlace que nos lleve a otra iridiscencia y así, multiplicar lo multiplicado, ígneos torbellinos que borbotan cuestionamientos, mensajes con errores de ortografía, versos de otros o propios, sentencias, razonamientos, ilustraciones y un largo hilo de construcciones mutiladas por el instante, y soledad, de las más escrutadora, la más silenciosa de todas, porque detrás de todas estas cosas hay almas que buscan consuelo, hacer menos dura la existencia. Mostrar que somos, a pesar de que no, mostrar que proseguimos a pesar de la ausencia.

sábado, 25 de febrero de 2012

Decisiones, decisiones...


Estoy en esa disyuntiva de enviar o no un conjunto de poemas para un concurso, ya no recuerdo la última vez que participé en uno, ni tampoco las tibias expectativas que me deparaban aquellas decisiones ¿Cómo elegir un poema entre cientos? ¿Cómo calificar una obra literaria? ¿Cómo sorprenderse por el resultado? Poemas inéditos por triplicado, seudónimo, envío de sobres y a esperar vaya a saberse que destino en manos de qué lectores.

Hay en ciertas casas de música un cubilete de plástico donde se tiran los CD’s de ofertas, y se ve que al poco tiempo el cubilete va quedando vacío. La razón puede ser simple, se trata de un encanto, el de encontrar una sorpresa, el de rescatar una obra a tiempo, el de dejarse sorprender. Probablemente eso experimenten quienes tienen la compleja tarea de escoger un poemario entre tantos. En literatura se denomina serendipia al sutil embeleso de encontrar aquello que no se busca, es realmente agradable destinar un tiempo gratuito a esa elección, de dejarnos llevar por un vaivén incierto hasta encontrar aquello que nos estaba destinado descubrir.

Vaya a saberse que suerte correrán esos poemas, porque así las cosas, me parece que los voy a enviar.

viernes, 17 de febrero de 2012

Afecto o precepto


Vaya un intento de abstracción crítica producto de un intercambio epistolar. Tiene que ver con las razones del poema. Tiene que ver con lo que hago.

Ya lo decía Rodolfo Alonso “la poesía me ocurre” vaya a saberse, si en ese tránsito, lo conceptual no es un plano que de algún modo contiene lo afectivo, articulando con la razón los embates del corazón, surgiendo desde la desmesura y lo candente del devenir.
Es cierto que si la cuerda del sentimiento no vibra el poema carece de sustento y de sentido, pero a veces siento que los conceptos elaborados que desarrollan los filósofos disparan flechas hacia los corazones de los poetas, quienes hacen un trato con la belleza para significar aquella cuadratura, “dar forma a lo que tiene forma” decía Rimbaud. Se escribe, en ese caso, desde lo afectivo, pero el plano es conceptual.

Fuera de los conceptos, cuando el poeta está a solas con su alma, lo que surge nace de algo que no tiene explicación, y que a veces la posteridad convierte en otra cosa. Podríamos decir que nace del corazón, que tiene razones que el cerebro no comprende, pero que de alguna manera el intelecto lo va vertebrando para alcanzar una forma, y sin embargo esa lógica queda afuera de toda consideración, es como si se tratara de un ente invisible, “algo” que justifica los componentes de un sistema. Algo que es, y cuya materia se desconoce.

¿Por qué surge un poema?
Es como el texto de la verdad (recientemente ungido), uno cree encontrarla cuando lo que hay son encrucijadas, el poema surge pero no sabemos que había antes del poema (Deleuze diría “lo no pensado del pensamiento”), tal vez percepciones de un extrañamiento al cual debemos darle un sentido, buscando en el entramado de la mente que las palabras representen esa revelación. El poeta es un vidente decía Rimbaud, porque “ve” desde el desarreglo de los sentidos aquello que el intelecto apenas puede controlar, y sin embargo hay un entendimiento de lo que está ocurriendo, de lo contrario no habría poema escrito. No habría vertebración.
Pero entonces si lo que surge no surge del intelecto y éste solo es cancerbero de lo inevitable ¿dónde nace el poema?

Hace un tiempo escribí “y entonces nace, lo que ocurre
Me parece lícito e inevitable creer o suponer que siempre va a ver algo detrás de aquello que nace, como la idea de Dios, necesariamente haya que buscarlo sin saber dónde, la idea, no la creencia ni la sacralización, aquello que tal vez podamos encontrar en la orilla de un mar, en un sueño profundo, o en los ojos de un sapo.

Aquello que también ocurre sin demasiada lógica, desde hace milenios, en los indeterminados recónditos de la naturaleza humana.

sábado, 11 de febrero de 2012

Los conceptos y las disyuntivas


Acaso sin saberlo, con el tiempo desarrollé en este blog dos conceptos inherentes al proceso de creación literaria, simbolizados bajo la noción de vórtice e imbricación. Cada uno y por separado resultaron cruciales para mi modo de entender el acto creativo, pero situándome desde la idea de antelación de lo creado, aquello que se va configurando en el entendimiento del poeta a medida que los versos van fluyendo, disparados vertiginosamente vaya a saberse porqué extraño mecanismo.

No puedo decir que llegué a buen puerto, o que alcancé alguna conclusión. De algún modo se trató de construir, anónimamente, una representación del entramado mental que implica toda creación.
Vertebrar estas divagaciones suele ser complejo, en especial si se tiene en cuenta el poco tiempo desde el cual se arrojan ciertas ocurrencias, posteriormente analizadas.

Después de todo, lo que ocurre, solo es.
De tanto en tanto se pierden en la espesura estos mendrugos.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Hasta siempre flaco...


Voy a buscar a la muerte para nacerla.
Alejaré de mi propia vaguedad el vórtice.
Voy a cantar a la luna rosa.
Haré un verso,
prometeré mi calma.
De “Guitarra negra”, Luis Alberto Spinetta

Alma de diamante, el flaco Spinetta falleció hoy en su casa, un poeta que marcó con su música a varias generaciones. Alguna vez encontré en el estante de una librería su poemario "Guitarra negra", lamenté en aquel entonces no tener con qué pagarlo...
La sensación es de orfandad, de algo que es arrancado y que no hay forma de repararlo, sucede y es todo lo que hay. Lo cubre una música que despide luz y destellos de poesía.
Influenciado por el surrealismo, y los poetas malditos franceses, llegó a decir, en un manifiesto del año 1973, que “el rock, música dura, cambia y se modifica, en un instinto de transformación”.

Aquel que hizo "la canción" del rock, hoy le pide “disculpas a la muerte, por haberme reído, mientras transcurría”, según rezan los versos de aquel mítico libro, en la línea de un Jim Morrison lírico y luminoso.

Lo mejor es buscar un vinilo del flaco, y recordarnos que la epifanía es posible, y que a veces tiene la forma de una dulce y sencilla canción.

sábado, 4 de febrero de 2012

El pasado


Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.
De Casa tomada, Julio Cortázar.

Hacer, de tanto en tanto, el ejercicio de volver al barrio de la infancia, pero despertarse en los habituales días de antaño, por ejemplo un domingo a la mañana, ir a comprar el diario y el pan, se verá que en algún momento ocurre, el tiempo se hace añicos, y en ocasiones preferimos dejarlo donde está, como cuando encontramos algún poema en el cajón, versos de un tiempo que ya no existe, y que sería imperdonable que la posteridad convierta en otra cosa.

Al entrar a la panadería encontré a la misma señora de siempre, como si aquello llamado tiempo fuera la trama de una película imprecisa, donde ocasionales actores representan resignadamente un eterno papel secundario.
Pero hay algo que me suele dejar circunspecto, y es un pequeño galpón, en la casa de mis padres, donde dormí un par de años. Tiene un mueble pintado de negro lleno de perchas sin camisas, papeles viejos, algunas escrituras amarillentas, revistas apiladas en el suelo, cajas, recuerdos…como si esas puertas, al abrirse, despidieran un viento quieto, herrumbrado, incluso sin nostalgia. Como si guardaran el ceniciento traje de un esqueleto.

Pateé fuerte la pelota de mi infancia, rebotó en una pared y fue a parar al galpón donde estaba ese mueble, entonces pude ver, al entrar, la misma ventana desde donde miraba el mundo, casi veinte años atrás, y la silla vacía, sin crepúsculo ni desdén. Pero ocurrió en un segundo, aquel adolescente que fui me miró en silencio, sentado enfrente de la ventana –su ventana- y no encontré resquemor en su mirada, de algún modo seguía viviendo su mundo, parecía decirme que estuvo bueno mirar la lluvia desde ahí, que todo lo meditado está esperando ser corregido y enmendado, que los sueños persisten a pesar de las alas polvorientas, que no hay razones para quemar el pasado.

Soy de olvidar la fecha de los muertos, todo aquello debería ser un prado de flores silvestres, y no un recuento de lápidas y recordatorios, pero esta vez, al irme una vez más de aquella cueva, me pareció justo no cerrar la puerta.

martes, 31 de enero de 2012

Sobre la verdad...


La verdad es un camino plagado de huellas, uno busca con su propio ropaje aquello que supone una elección, y lo que encuentra son encrucijadas, y decidir por una variable resulta abrumadoramente incierto. En eso se va la vida, hay quienes hacen un postulado de estas disyuntivas, y encuentran luminosos centelleos que los guían en la toma de filosóficas sentencias, y a veces, ese camino de las verdades frecuentadas no es más que un laberinto poblado de elecciones y decisiones. Así las cosas, puede ser terrible tener conciencia que cada momento prefigura un recorrido cuyo destino se encuentra anclado en una constante. Que siempre habrá un plano mayor que delimite los contornos de aquello que suponemos debe ser toda verdad. En todo caso, se escribirá en plural lo relativo que somos y lo inaudito que desconocemos, así se perpetuarán historias que vertebrarán el concepto de memoria. Nunca sabremos en que celda habitará el vórtice de nuestro desgarrado aullido existencial.

sábado, 21 de enero de 2012

Sobre la construcción de conocimiento


"En el alma de un ignorante hay siempre espacio para una gran idea"Oscar Wilde, De profundis

Luego de haber leído una entrevista a Diana Bellesi, me dejó pensando la frase de un albañil cuando, después de ver la chapa defectuosa con la cual una artista armó una obra de arte, ante la pregunta de la autora sobre qué significaba para el lo creado por ella, el albañil contestó: "un silbo en el aire".

Se sabe que el pensamiento no es privativo de nadie, todos en esencia somos capaces de pensar, y cuando alguien refiere algo no lo hace solamente desde el conocimiento tácito adquirido, sino que también le agrega capas, atmósferas, vericuetos o tintes ideológicos que lo hace singular y diferente en cuanto a la construcción empleada para significar un concepto o idea. En lo personal me interesan aquellas bibliotecas donde los bibliotecarios agregan notas marginales a los registros ingresados, logrando que dicho documento esté constantemente actualizado, y para lo cual se requiere un ejercicio colaborativo e interdisciplinario.

Es por esto que la reveladora cita de Oscar Wilde encierra un mundo en sí misma, ya que todos, en definitiva, podemos aportar una construcción literaria, política, social, incluso desde un silencio estético es posible provocar adscripciones colectivas. Hay quienes, sin comprender el plano, se acercan a la periferia de una idea, y esbozan algunos argumentos que se transmutan en la tela formando un tejido homogéneo y coherente, transversalmente enriquecido.
Así se construyen paradigmas, completando celdas del entendimiento, poblando disyuntivas y artilugios discursivos con hipótesis y potenciales ecuaciones semánticas.

De algún modo se trata de comprender el devenir del tiempo histórico que nos toca dilucidar, y no hay mejor modo que produciendo conocimiento, acercándonos desde la incertidumbre, vertebrando disparidades y verdades relativas.

Después de todo, solo se trata de aprender.

domingo, 15 de enero de 2012

Mar de ajó


Hace bastante tiempo que deseaba indagar sobre la historia de algunos balnearios del partido de la costa, conozco Mar de Ajó pero nunca me tomé el trabajo de recoger testimonios o buscar artículos sobre sus orígenes, salvo algunas lecturas sobre la historia de los naufragios que tejieron singulares leyendas de barcos anclados en la memoria y el olvido, lo demás era un desconocimiento bibliográfico que deseaba desentrañar. No hice mucho, salvo ir al museo y comprar un par de libros sobre la historia de Mar de Ajó, uno de ellos, titulado Raíces en la arena: 70 años de Mar de ajó, de la escritora marplatense Catalina Edith Treppo [Entre líneas ediciones, 2005], rescata testimonios y entrevistas realizadas a los primeros pobladores y familias de la zona, allí supe que algunos pioneros iban al puerto de Buenos Aires a esperar los barcos llegados de Europa, para ofrecerles trabajo a los inmigrantes, quienes llegaban a la playa Margarita (antiguo nombre de la actual Mar de ajó), enarbolando un sentido de pertenencia ante esa metáfora de la nada que era todo aquel universo. Hay algo en este paraje que puede cerciorar una evidencia: Mar de ajó se originó juntando ideas con necesidades. Esto lo ha sabido interpretar la autora a través de un libro que ofrece numerosos testimonios de familias, recuerdos indelebles y costumbres de época.

El otro libro que leí pertenece a Adriana Silvia Cristina Pisani, se titula Desierto de mar: historias de otros tiempos en las playas de Ajó [el autor, 2007] donde recoge testimonios orales de los primeros habitantes, los transportes de carga, los hoteles de la costa, la iglesia, el faro, los artistas locales y una interesante descripción de los barcos que naufragaron (se sabe que en Mar de ajó encallaron la mayor parte de los barcos hundidos en el partido de la costa, entre ellos el Margaretha en 1880, el Vencedor en 1936, el recordado Anna en 1891 -injustamente desmantelado en el año 1965- el buque argentino Triunfo en 1941 y el vapor alemán Karnak en 1878 entre los casos más conocidos). A esto se suman diversas lanchas y pesqueros que junto a sus tripulantes corrieron idéntica suerte, dando nacimiento a la leyenda y al mito.

Me pregunté cómo fue posible, a paso de carretas y sueños invencibles, construir una historia cuando todo lo que hubo siempre fue agua y arena y un largo camino hacia el infinito. Vi una foto del año 1953 en el exacto lugar donde ahora estaba parado, y lo que la imagen mostraba era un bosque y la entrada de un hotel, a metros del mar, inmaculadamente blanco y colonial, casi 60 años después, las casas se amontonan y nadie parece advertir la longevidad del hotel como tampoco el trazado de las calles y los árboles vencidos por el viento del este.

Cuántos testimonios inconclusos, cuanta soledad forjada a pala, arena y cemento, cuánta añoranza rodeada de lo inacabable, cuántas huellas hacia adentro y hacia delante. Decir que todo eso es Mar de Ajó es como decir que todas las conchillas de mar fueron recogidas y clasificadas, solo son historias de una sola historia, la que se hace con voluntades y utopías, con silencio y esperanzas. De algún modo aquel espíritu quedo tallado en aquellas casas de verano, recorrer sus calles a la hora de la siesta tiene un encanto particular, intentar llegar caminando al faro una aventura siempre pendiente. Será por los barcos hundidos o los jardines abandonados de las casas secretas, será por los viejos mercados que ofrecen fruta y bebidas, será por sus edificios blanquecinos o por su eterna escollera, que estar en estas orillas me retrotrae a lo más puro y verdadero, aquello que el paso de los años transformó en un mito, el lugar donde los sueños siempre se cumplen, habitando lo esencial y permanente.

Creo que hay poetas en Mar de Ajó, alguna vez en una librería de la peatonal me confiaron esa evidencia, imagino el mar de aquellos versos, bien o mal, nadie les podrá quitar propiedad sobre algo que los acompañó desde siempre.

Lo demás es viento que nunca se apaga, huellas que el mar se encargará de olvidar, y un crepúsculo que se parece a la infancia.

jueves, 29 de diciembre de 2011

El río de Heráclito


Leo a Heráclito, aquel que consideró lo múltiple y lo diverso (el no-ser) en el ser que produce todo devenir:
lo opuesto o enemigo es útil, y de las cosas diferentes nace la más bella armonía. Todo se produce según discordia”.

He allí el sentido de toda construcción, las capas de aportaciones que confluirán en un plano viscoso, fluctuante, atravesado por múltiples adyacencias.
Poblar de componentes los lineamientos y agregar nuevas curvaturas, ir más allá de los límites pétreos del entendimiento, traspasar lo que la conformidad o la concordia aceptan de antemano como normal desenvoltura de los hechos.
Descubrirnos con la osadía, saber y no saber que límites atravesamos, adónde llegamos, que hicimos de nuestras vidas...

Siempre vuelvo a Heráclito, el hombre del torbellino ígneo, el que se sumergió en el lodo para curarse, el que se supo perteneciente a sectas órficas (grupos místicos originados en creencias prehelénicas), aquel de la dialéctica de que todo es un constante fluir, mediante el cual cada elemento llega a convertirse en su contrario, el vidente que se alimentaba de plantas silvestres, el que pudo haber sido Tiresias, o Juan el Bautista, el que predicó y desdeñó multitudes, el de los indelebles epigramas en los cuales se sumergieron tantos poetas, el que dijo en los mismos ríos nos bañamos y no nos bañamos; somos y no somos”, o que “incluso un brebaje se descompone si no se agita”.
El que le contestó al Rey Darío, pretendiendo este hospedarlo “Cuantos hombres hay sobre la tierra se apartan de la verdad y la justicia, y por causa de una malvada locura se dedican a la avaricia y deseo de fama. Yo, habiendo logrado el olvido de todo tipo de maldad y tratando de escapar de la saciedad que acompaña a la envidia, y también porque tengo horror del esplendor, no puedo ir al país de los persas, bastándome con unas pocas cosas, buenas para mi propósito

A lo largo del tiempo el pensamiento de Heráclito, como una vasija que se destroza contra una pared, ha originado alguna que otra construcción que tuvo por objeto recoger cada pedazo no para devolver al recipiente su forma original, sino para generar nuevas creaciones desde el fragmento, porque tal era su sentido y tal vez su invisible propósito. Así, muchos pensadores dispararon sus flechas a un volcán constantemente eruptivo, urdieron nuevas encrucijadas y discutieron conjeturas cuyas ilimitadas teorías fraguaron inconmensurables planos. Muchos no tuvieron consuelo, resignándose a beber de algún abrevadero para saciar una sed que no tuvieron, solo por que no supieron ver que había detrás de aquellos enigmáticos tratados.
Así, diversos creadores comieron de sus mendrugos y se extraviaron ante la obra, titubeando bajo el sol, o escribiendo en forma automática mientras la lógica edificaba estatuas de hierro con pies de barro. Mismo Sócrates diría estas palabras: “Lo que he entendido es elevado, y elevado también parece lo que no entendí. Pero para descifrarlo todo habría que ser un buzo de Delos”.
Hay lecturas que llevan hasta sitios inconcebibles pero que seguramente guardan alguna raíz con el vórtice de lo creado. Yo propondría que quienes decidan acercarse a la obra de Heráclito lo hagan prescindiendo de los estudios críticos y abordando directamente la fuente, creo entender que se trata de un ejercicio inspirador, que permite dispersarse en torno a ciertas elucubraciones En ese sentido no puedo dejar de ver, en ciertos poemas de Rimbaud, alguna reminiscencia oculta de los tratados de Heráclito,
Decía el poeta maldito “estoy desnudo y no lo estoy”, ¿No está allí imbricada, en dicha alucinación, un sesgo del “oscuro”?, mismo la frase “yo es otro” ¿no es acaso lo que somos y no somos en ese río que, según el aforismo, siempre es nuevo?
Me gustaría, en un futuro no muy lejano, abordar la relación de sentido entre las ideas del genial filósofo y los poemas del vidente adolescente.

Lo que dejó Heráclito ha sido estudiado en condiciones precarias, sus fuentes son citas, referencias y comentarios de otros autores, constantemente simula un quejido o un alarido, tiene un alma y miles de razones arrojadas sin sentido a un fuego ardiente. Está allí, bajo la forma de fragmentos, esperando aún hoy ser reinterpretados. Filosofía del caos donde un vórtice no nacido es urdido infinidad de veces. La relectura de sus textos lleva a divagar en torno a lo pronunciado o callar violentamente al descubrir sus relámpagos en nuestro sistema de entendimiento. Todo ello que fue, y que hizo, puede volver hacia otras fuentes bajo otras formas, hay elementos para iniciar, una vez más, la construcción. Eso es lo que consuela y lo que atemoriza, porque hay tiempo, y porque no lo hay.

Y ya estamos ante otro año nuevo y por cierto no deja de causarme asombro, todo esto que lejana y melancólicamente es
y no es.

Feliz 2012…

viernes, 23 de diciembre de 2011

El devenir del ser


Ocurrió en un instante, estaba viajando y mirando por la ventana del auto, incliné levemente la cabeza y adiviné a lo lejos la caminata de un niño que parecía volver de la escuela, yendo seguramente hacia su casa, como cualquier otro día de semana, y de algún modo sentí que eso que el niño estaba haciendo, pateando esas piedritas del suelo, lo iba a recordar toda su vida, porque pasará una y mil veces por allí, bajo días que parecerán nuevos como un sol, contemplando el polvo danzante del camino, mirando los mismos árboles y las mismas casas viejas, la misma quietud de siempre ¿porqué recordar eso? Tal vez porque hay verdades en esas caminatas, hay silencios que no fueron poblados de olvidos, hay evidencias…

Decían los griegos arcaicos que “verdad” significaba no olvidar, bastará con revisar la etimología para darnos cuenta, “aletheia” la letra a significa sin, y letheia es olvido, por ende todo lo verdadero era aquello que no podía olvidarse. Sin embargo, vaya recorrido de la palabra, con el tiempo las verdades se trasformaron en mitos, tal vez porque no podían sostenerse con el paso indeleble de los años, y mito es lo que se entiende por “mentira”, mitómano, aficionado a decir mentiras…entonces tenemos, en una curvatura del devenir, que la verdad pasó a ser una mentira, pero seguramente no para aquellos que pueblan sus verdades con historias que pasan de generación en generación, permaneciendo en los mismos lugares, instalado en alguna memoria.

Así, conforme nos pasa el tiempo, habitamos con historias ciertas verdades, que no son tales, que siempre serán relativas. Lo que aquel niño sabe, mañana lo podrá representar desde la más bella armonía, y probablemente, en su lento sosiego, pueda refutar otras verdades, propia de imaginarios colectivos que se suelen construir desde un sobrevuelo.

El niño habitará otro plano, el de la evidencia. Los que escriben historias haran del disenso un ejercicio dinámico que formará parte de una enciclopedia. Así suele pasar, al niño le bastará la palabra, y el recuerdo de un día cercano, rodeado de algunas certezas.

Vaya a saberse porqué me acuerdo de esto a horas de una nueva navidad...

sábado, 17 de diciembre de 2011

Calmar el dolor


Una vez me sentí muy mal, el estómago me ardía, el dolor era insoportable, entonces decidí calmar el dolor leyendo poesía, habré soportado un par de horas, como siglos con sus navajas, donde por fugaces retaceos lograba mitigar la desesperación de un padecimiento inexplicable, después de leer un par de poemas me arrastré hasta el hospital más cercano (es literal, “caminé” de ese modo), apenas me vieron los médicos me llevaron hasta una camilla, me pusieron cables en los brazos y me dijeron que estaba a horas de una peritonitis, que tenía que tomar una decisión…

Después desperté sin el apéndice, que según parece nadie sabe que función cumple, pero siempre me acordé de los poemas, me acordé de la película donde Beethoven pedía que le tocaran sonatas en el piano para calmarle el dolor, esas cosas...me aferré a lo que fuera con tal de sentir que algo de todo eso podía ayudarme a terminar el día…

A mi la lectura de poemas no me evitó la operación pero me hizo entender lo que se siente en ocasiones cuando se escribe poesía, acaso los versos más candentes, incluso aquellos que después se transforman en bollitos de papel.

Calmar el dolor con poesía…
Como para vivir en sociedad estaba.