sábado, 19 de octubre de 2013

Adagio...

He aquí un poema, el que una vez leí a Sábato en su casa de Santos Lugares, cuando me dijo  que los versos estaban bien estructurados, allá lejos y hace tiempo, el único poema que aprendí a recitar de memoria...
Simplemente me permito una digresión. El texto es de fines de los 90 y se titula adagio...

Vivo adornando mi lápida
Como un recluso adormecido
Elevado en piélagos hacia el mar.

Del pájaro vencido
Que aún exorna palideces de neón.

Alcanzando las nubes
Hasta llorosos anemocordios
En lenta cofradía hacia el abismo.

Despertando en la cumbre
De algún reciclaje
Y ser polvo de este hastío.

Un muro de huesos que pronto callarán
Sangrando pétalos en el río
Rogando por otra tumba bajo un martirio de arcilla.

Un llanto eterno
De cicatrices en el alma que la piedad labriega
Azotando en la urdimbre un sepulcro de plegarias.

Despertaré ebrio de palomas bajo la muerte del crepúsculo
Y me encerraré desnudo en la cárcel del mañana.

Y no claudicaré ante los ángeles venidos de la aurora
Mi dolor será de espinas
Y mi recuerdo, un salmo póstumo y un canto de remembranza.

sábado, 12 de octubre de 2013

El problema de la escritura

Dice el pintor MarxRothko “Pobre el hombre que hoy debe crear en el interior de un mundo que no tiene siquiera una bolsa de silencio”.
Ese silencio mientras ocurre lo creado, producto del cuestionamiento hacia la construcción que se ha urdido. Tensar los límites de la estructura para indagar una suerte de segunda naturaleza de lo subsumido en el poema. Ya Baudelaire pregonaba la necesaria importancia del aspecto analítico del poeta sobre la consecuencia de su poesía. Un ejercicio poderoso, que necesita silencio, un silencio que a veces hay que producir.

Se trata de pasar un tiempo con un problema, el problema que involuntariamente puede plantear una escritura, allí también se trata de una decisión. Entonces se abren algunos caminos, tal vez paralelos.

A veces suelen ocurrir poemas verticales, luego las correcciones lo tornan arborescente. Las multiplicidades expanden sus esquirlas, de esos colgajos de palabras surgen fulgores, cuyas dilucilaciones resultan atrapadas en bosquejos de ensayos que intentan, vanamente, "explicar" lo acontecido.

Desbrozar las imbricaciones de un problema...una tarea cuya obliteración genera un espacio de tensión que es preciso resolver.

Así, el arte ocurre, ahora es preciso entender el porqué de las líneas veteadas que se pierden en el cuarzo sin partir. Lo que es necesario devanar, es el alarido en la tela desgarrada, el plano de todos los planos, acaso una nueva construcción.

domingo, 6 de octubre de 2013

Ahora...

Me adormezco durante el viaje en coche y me detengo bajo los árboles, junto al camino. Me acurruco en el asiento trasero y duermo ¿Cuánto tiempo? Horas. La oscuridad alcanza a caer.

De pronto estoy despierto y no me reconozco. Estoy bien despierto, pero eso no me ayuda ¿Dónde estoy? ¿QUIEN soy? Soy algo que se despierta en un asiento trasero, algo que se revuelve, con pánico, como un gato en una bolsa ¿Quién?

Por fin viene mi vida de regreso. Mi nombre llega como un ángel. Fuera de los muros suena un toque de trompeta y los pasos salvadores llegan rápida, rápidamente descendiendo la demasiado larga escalera !Soy yo! !Soy yo!

Pero imposible olvidar la lucha de los quince segundos en el infierno del olvido, a pocos metros de la carretera por la que fluye el tráfico con luces encendidas.

Mi nombre 
Tomas Tranströmer

Estoy en la costa. Pasan unos pájaros que se posan sobre un árbol frondoso con las ramas cubiertas de enredaderas. El cielo es inmensamente azul, como el mar. No hay personas, los cestos de basura están vacíos, nada parece moverse. Es entonces cuando me doy cuenta, por un instante, que ahora es el tiempo presente, que pasan autos y no estoy anestesiado, que todo esto es hoy, y que soy yo el que está aquí, acaso escribiendo palabras, acaso invisible.

Esas certezas propias de Tomas Traströmer, poblando con metáforas mundos como poemas.

sábado, 28 de septiembre de 2013

El crepúsculo...

El crepúsculo...que misterio!
Ernesto Sábato

El misterio del crepúsculo ocurre a una hora determinada, ha sido así desde siempre, todas las cosas se apagan naturalmente, hace unos días estaba volviendo en auto por una ruta en medio del campo, y pude comprobar que cuando el último resplandor anaranjado se torna ceniciento, las luces de las estancias no iluminan circularmente, son como faros indicando un punto de referencia, alrededor todo declina sin preocupación, los caballos miran el suelo, los árboles parecen habitados por la vigilia, como dando aviso al horizonte para que disuelva la última de sus cortinas parduscas. Ciertamente nadie ha podido explicar ese minuto en el que el último hilo de luz del día da paso al anochecer más absoluto, es como si el tiempo bajara los párpados, dando paso a lo indeclinable de la naturaleza, al campo que ha pesar de sus alambradas y cercos, de sus animales pastando, de sus palenques quietos, conserva dentro de las casas un poco de lumbre, un silencio de troncos gastados por el paso de la jornada, un anciano que se encoge de hombros ante el débil asombro de la penumbra que avanza.
Es en ese momento que el mate pasa de mano en silencio, que es preciso encender una lámpara, cerrar las ventanas, escuchar a lo lejos los primeros grillos.

Siempre me cuestiono si alguna vez no estaré desde algún hogar contemplando aquel auto con el que ahora atravieso la noche.
Simplemento acelero y no pienso en la posibilidad de ese amanecer, ni en el candado puesto en la tranquera, ni en las luciérnagas danzando sobre el cieno.
Es mejor que así sea.

sábado, 21 de septiembre de 2013

La ceremonia tardía


Herrumbro la fuga en el alcoholico tintineo de los dos cubitos de hielo, el gesto mecánico, cada vez que alguien entra sacudiendo las cortinas azules, como si despejara un recuerdo, levantando la mano con la mirada perdida. En el recinto irrumpe un viento sordo, un murmullo con algo de sol, semejante a una epifanía.  Mirando estas cosas sin saber nombrarlas, pienso en la espera de un “ejercicio narrativo”. Es la hora carmín de los destellos de luz entre la polvareda de lo que declina. Y algo parecido a una borrasca pinta de violeta mi silente camino.

sábado, 14 de septiembre de 2013

La poca memoria...

Me desperté pensando, en medio de la noche, en algo que tenía que escribir. Ahora no lo recuerdo. Debe ser similar a cuando un músico tiene un acorde en la mente y no cuenta con un instrumento para fijar ese vértigo, luego se despierta y no recuerda lo que había escuchado. Acto seguido ocurren otras entelequias, bloques de relatos se dispersan, atravesándose en registros paralelos, en irrealidades enfrentadas, plano con plano, sin que tengan mucha relación o sentido. Luego todo pasa, aparecen algunas nubes, los laberintos parecen rectangulares, los perros aúllan y la noche se corre como quien despeja una habitación llena de cortinas. Aún falta para el amanecer, la lumbre tenue del alba, que todavía no existe, nos recuerda nuestra propia finitud.

El rol inacabado de otro día en el mundo.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Segunda parte

Demasiada lluvia en el cielo con nubarrones “las nubes están llenas de murciélagos” dice mi hijo mientros intento ver, entre los charcos negruscos, vestigios de una infancia sin barro en los pies. Huyo hacia los páramos, hacia las conjeturas del poema, en un sesgo vuelan pájaros, las estructuras están lejos de tornarse complejas, un sutil barroquismo baña las costas de mis encrucijadas literarias, me veo irrumpiendo en el salón de los espejos diciendo en voz alta que ya no puedo sostener esta mentira, y la mentira, o lo que se entiende como tal, es un límite que ya no puedo atravesar con el discernimiento de la creación, todo es fuga, todo es intentar atrapar algo que se torna niebla, conversaciones estentóreas en un bar lleno de humo, una vida paralela donde las rutinas forman bloques de sentidos que día a día resultan profanados, ya no puedo ir más allá del entendimiento, y yo que me creí en el vasto mundo de las inquietudes literarias, y todavía en la vida!

Segunda parte del vaso sin terminar, una luz amarilla me devuelve la imagen del adolescente ataviado por el destino, el que ahora dice que la frase “casas sin terminar” debería ser parte de un poema, porque es algo que no he dejado de ver entre las calles del barrio de la infancia, porque ahora todo de algún modo quedó detenido. Sigue lloviendo, los charcos se multiplican, cada tanto un resplandor anaranjado atraviesa los alambres de púas cubiertos de violetas, como las flores que se trepan a los costados de los trenes, los capullos semejan la imagen de un plano quieto. A veces, infinitas vidas transcurren en un rectángulo que no se sabe si es vertical u horizontal, y cuyo único consuelo es cuidar la enredadera de un jardín atemporal. Sin embargo algo que se parece al amor me atraviesa, rodeado de azaleas y no me olvides, donde el tiempo se apiada, sé que todo pasa, giro rápido la cabeza, el ruido sordo me cubre los oídos, ahora me acuerdo que siendo niño buscaba con una linterna ver la vida nocturna de los insectos en la huerta, luego tomaba anotaciones y la vida proseguía.

Ya no queda ginebra en el vaso, y no se muy bien si estas palabras me pertenecen.

sábado, 7 de septiembre de 2013

Los literarios hallazgos

Un hombre llega a un recinto poblado de estantes con libros viejos, hurga entre papeles llenos de polvo,  de pronto algo lo encuentra, un texto apenas legible, una carta, un manuscrito, una libreta poblada de anotaciones; resulta ser un poema no publicado de un gran poeta, resulta ser una correspondencia compartida entre escritores, resulta ser un ensayo inédito de un reconocido novelista.

Es lo que ocurre con los hallazgos literarios, un tema que probablemente se encuentre atravesado por múltiples variables: la causalidad, la serendipia, la curiosidad, el conocimiento o acaso la voluntad de profanar silencios con la minuciosidad de un investigador. A veces, siglos de quietud nos devuelven en el rostro apagados clamores de la historia.

Recientemente se supo que dos libreros franceses encontraron por casualidad un correo manuscrito no fechado, enviado por Albert Camus a Jean Paul Sartre, aportando una nueva iluminación sobre las relaciones entre ambos filósofos, históricamente enfrentados en el imaginario colectivo. El descubrimiento permite arrojar cierta complejidad a una relación signada por la tensión y el enfrentamiento, en especial considerando que la correspondencia completa entre ambos escritores ha sido destruida.

Mucho más cerca en el tiempo, se acaba de descubrir un nuevo manuscrito de Jorge Luis Borges, hallado en los depósitos de la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, entre las hojas de una edición de la revista Sur, el texto en cuestión presenta un final alternativo del famoso cuento "Tema del traidor y del héroe", aunque en este caso el producto del hallazgo tenga relación con el Programa de investigación y búsqueda de fondos borgeanos de la Biblioteca Nacional, que ya arrojó como resultado la colección Jorge Luis Borges y el catálogo que la describe, publicado con el título Borges, libros y lecturas (2010).

En este caso, los bibliotecarios involucrados en el proyecto, que desde hace tiempo siguen los vestigios que dejó Borges en los libros esparcidos por la Biblioteca, manejaron una hipótesis: que el autor utilizaba sus escritos originalmente aparecidos en publicaciones periódicas como soporte de nuevas correcciones: la reescritura como base de la trama, el texto circular, infinito. Así, este ejemplar de Sur formaría parte de un corpus mayor que incluye, hasta ahora, seis números intervenidos por el autor.

Todavía está fresco en el recuerdo el gran hallazgo de cajas con documentos en la sala Leopoldo Marechal de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores) donde se encontraron manuscritos, cartas y textos originales de reconocidos escritores de la historia Argentina, entre ellos Leopoldo Lugones, Domingo F. Sarmiento, Juan Bautista Alberdi, Esteban Echeverría, Ricardo Güiraldes, Alfonsina Storni, José Hernández y Marcelo T. de Alvear, como así también de la poeta uruguaya Juana de Ibarbourou y del inmortal Rubén Darío. A modo de ironía del destino, estas cajas estuvieron a punto de ser desechadas sin revisar.

La biblioteca es un sitio especial para trabajar con este tipo de documentos, en muchos casos, con el fallecimiento del escritor, la familia decide donar parte de la colección personal a una institución de carácter público, con el objeto de facilitar documentos valiosos para la crítica literaria pero también, aunque parezca extraño, con la intención de “liberar espacio” en la casa.
Acaso un paradigma de esta controversia lo represente la colección de la Biblioteca Personal Alejandra Pizarnik, cuyo acervo es actualmente investigado en la Biblioteca Nacional de Maestros.

Cuando se llevó a cabo la presentación del evento, el catedrático y escritor Daniel Link disertó sobre la colección de la poetisa, que tenía la particularidad de realizar anotaciones marginales sobre los espacios en blanco de los libros que leía. El abordaje sobre estas prácticas lo llevó a preguntarse algo que tal vez no tenga una única respuesta:
¿Cómo usaremos esta biblioteca que llega hasta nosotros como el fragmento vivo de una memoria muerta? ¿Como una reliquia? ¿Como una experiencia de videncia? ¿O como una historia de fantasmas?

En esas marcas hay construcciones, inquietudes intelectuales, afinidades literarias, afirmaciones, correcciones, silencios...vaya suerte la de quienes, sin intermediarios, pudieron ser testigos de un tiempo que ya no existe, y del cual solo quedan simples notas para intentar atrapar, por un segundo, aquello que irremediablemente tuvo por destino ser profanado.

sábado, 31 de agosto de 2013

La imperceptible claridad

Ayer cuando entraba al trabajo, a la misma hora de siempre, el cielo estaba oscuro y apenas una línea entre bermeja y amarillenta se asomaba por entre las copas de los árboles más altos, hoy ya se notaba otra claridad en el cielo, como si el mundo girara levemente en su eje, anunciando tibiamente la proximidad de la primavera, pero el sauce de las ramas vencidas aún no tiene hojas, y la hierba ya no amanece blanca. 

Ocurre invariablemente, los ciclos de los árboles que frecuentamos se tornan nuestra medida del tiempo, el otro día pensé “ya vi florecer cinco veces este mismo árbol” y quisiera que no vuelva a ocurrir, que aparezcan otros horizontes, otras rutinas cuadriculadas, otros rostros ocasionales.
Vaya a saberse porqué, al ver las primeras flores, pensé en un cuento de Oscar Wilde, un pequeño fragmento, tan simple como puro:

De pronto se frotó los ojos, como si no pudiera creer lo que veía, y miró, y miró…
Ciertamente era un espectáculo maravilloso. En el rincón más lejano del jardín había un árbol completamente cubierto de flores blancas; sus ramas eran todas de oro, y de ellas colgaba fruta de plata, y al pie estaba el niño al que el gigante había amado...

Era el cuento del gigante egoísta, aquel que mostraba el amanecer de la luz en la naturaleza, como estrellas de día, titilantes, donde los doce melocotoneros se cubrían con delicadas flores color rosa y perla, donde todo lo que emanaba del cuento eran niños cantando con dulzura, rodeando con la escritura las orillas de un paraíso terrenal. La feliz patria de la infancia.

Oscar Wilde decía que solo podía haber dos clases de personas: los que son encantadores, y los que no lo son.

Y creo que tenía razón.

sábado, 24 de agosto de 2013

Ginebra con coca...

No trazo proyecciones vulgares del alcanzado estado creativo, todo eso urde apreciaciones vanas, colgajos literarios hacia vericuetos de jardines siempre abandonados, donde es evidente la ausencia del discurso intelectual, a la vez que la hiedra crece salvaje e indómita en los subterfugios de la razón. Allí el poema nace y lo demás se detiene, lo que se va bebiendo no es el vaso de alcohol, es la ida del poema sin sentido, abrazando cónclaves de bastarda ironía, sucumbiendo al desbrozar de lo imperecedero y de todo lo destilado, lo expulsado de sí, lo que no vuelve porque queda fijado en arrugados papeles, y no se entiende hacia donde se va, pero se sabe que no es posible volver, que irremediablemente lo fugado estalla en algún lugar del intelecto, y después queda ir descendiendo en la recta luminosa, dejando el pedregoso camino y callando por inercia, riendo de los lentos actores que caminan a nuestro lado, marchando con mansedumbre hacia sus cuevas, porque ya no queda atisbo de las estrellas que nos cubrieron piadosamente, porque el poema no fue pronunciado, porque se deshizo en palabras (mera representación de lo caótico) profanando sentencias absolutas, como si todo se tratase de una  pretendida paradoja, por la cual los críticos desestimarían considerar la hilatura de un esquema, acaso la articulación de algún sentido, una simple conjetura de mesa concurrida con cadáveres exquisitos.

Hoy los poemas se escabullen hacia fuera, pareciera que es propio de una bitácora ofrecer simples mendrugos, nada que suponga la idea de publicación, o el simple hecho de encontrar un hilo conductor entre tanto ovillo desmesurado.

martes, 20 de agosto de 2013

Líneas y puntos

Una vez dentro del Museo de Bellas Artes de Buenos Aires, yo era una línea que se trazaba entre puntos inamovibles, como si estos fueran canteros con flores de plástico, bajo reflectores de luces blancas recubiertas de filamentos fluorescentes, podía desplazarme o trasladarme entre las obras de arte fijadas en el lienzo, y detenerme en movimiento delante de una columna griega, absolutamente anacrónica, tratando captar el sesgo de una mancha en el óleo atiborrado de nervios y tensiones, para luego dispersarme en un cielo amplio celeste con nubarrones violetas y detrás un rancho, un caballo atado a un palenque y un árbol seco, el sol pálido, las espinas con violetas marchitas. A dos metros un conde del Renacimiento dejaba de parpadear para siempre, la luz ínfima pero plena, la capa roja brillante, la espada sin envainar. Un ópalo amarillento me trajo al pasillo de los helechos mientras una pareja de ancianos mutilaba la escena con un gesto desdeñoso. Cuadros de una galería de arte, las líneas se entrelazaban con otras que parecían serpentear vívidamente, los puntos se reiteraban en zonas cohesivas, los visitantes eran sombras de secuencias veloces, el plano era un cristal ubicado en lo alto que reflejaba nuestra efímera inmediatez, el cristal deforme de personas en tránsito, he allí una palabra inadecuada para el contexto, que todos representan bajo la figura del dramaturgo que hace hamlet en la cola de la verdulería; estar en tránsito, mientras el significado se apaga en la tela rasgada de una improbable coyuntura.

Un sutil ejercicio.
Enumerar los enmarcamientos del blando desfile y hacer un ostentamiento de la ignorancia circunstancial, literatura de folletos, y todo en un pasaje fatuo de visita guiada, fijando la vista en la fotocopia, formando parte de un itinerario.

El tiempo del pasillo artísticamente iluminado prosiguió hasta el final del recorrido. Me detuve en una obra, una única obra, pequeña, perfectamente solitaria, se trataba de una pintura de Rouault, el rostro granítico del payaso que parecía tallado en una piedra, estuve 10 minutos sin moverme, solo dos metros me separaban de la obra, detenido en cada línea, en cada rasgo, en cada tono, en cada punto, pero aquello eran bloques de sensaciones, y lo que tenía enfrente era la fijación de una mirada incólume, una mirada de cruce de tiempos y caminos. No supe explicarme como volví de aquella abstracción, como atravesé la puerta llena de autos que me invadieron con gestos mecánicos, ni siquiera entendí cual era mi lugar en todo ese circuito. No entendí nada.

Ahora salgo del plano. Fumo un habano y bebo vino. Hay luna llena. Es bueno saber que las volutas de humo forman parte de mi sombra. Un ruido de motor se pierde entre los ladridos de la noche, estoy pensando como sigue esto mientras las colillas se dispersan entre las baldosas.
Con un cuchillo de campo rasgo un tejido pintado de verde, se desprenden hilos de un amarillo en tono pastel, vuelvo a hundir la pálida hoja de metal, y al hurgar entre los filamentos advierto una tenue capa rojiza, con veteados minerales, adheridos a la madera...

Siempre hay un debajo en el arte, mientras hago un ejercicio de líneas y puntos, sin saber que pulso desgarró la tela que acabo de profanar. 

viernes, 16 de agosto de 2013

La quieta voluntad

Me duelen las manos, la piel se agrieta y sale sangre que se coagula y resquebraja como lija, tuve un día particularmente gris, últimamente ando corriendo porque pienso que eso me va a hacer bien, la realidad es siempre inalcanzable, el cuadro siempre es el mismo, una sombra cansada corriendo contra su propia voluntad, buscando sentir asombro cuando todo lo que tiene por delante es un perímetro que le recuerda su propia esclavitud. Así se forjan las resignaciones, y se apartan las secretas ilusiones, confinadas al cajón de las palabras, donde se articulan sin elegancia buscando alcanzar el dominio de un plano. Hace tiempo que me duele la espalda, en casa no hay espejos, de lo contrario sería difícil aceptar que eso que se ve es uno mismo, inclinado por habituarse a no ser, y a las constantes sinrazones de entender lo que el tiempo mudó en calmo desasosiego. Fracaso puntualmente, y eso es todo lo que pueda decirse. Parece que las llagas de las manos están cicatrizando, pero cada vez me arden más, hace poco tuve que comprar lentes para la lectura, “es el paso del tiempo” pensé...y ahora me doy cuenta que la primavera está cerca y que estas cosas se tienen que marchar, como los capullos cuando caen en su hora, o las mariposas que se desprenden de su membrana, o incluso el barrendero que se lleva las últimas hojas del invierno con una escoba sin memoria, recogidas en una bolsa negra, en el exacto momento que la luna se posa sobre el tejado, mientras las ramas del único fresno la atraviesan por dentro.

sábado, 10 de agosto de 2013

Sobre conversaciones y poemas...

Si lográramos escribir poemas mediante la oralidad, las construcciones serían inabarcables, nos daríamos cuenta, por ejemplo, que siempre –o casi siempre– hablamos en prosa, y que ciertas estructuras se moldean articulando palabras que nunca serán salvadas en un papel.
El punto sería como atenuar la respiración en el poema oral, como lograr el vaivén con las palabras, como ir deshilando la bruma, como observar desde un plano la última estrofa de lo vertebrado.

Lo que sigue es parte de una conversación, fue conservada en la memoria, de algún modo, al transcribirla, soy uno de aquellos reclusos que mejoraron el cinematográfico poema del marqués de Sade, una poesía hecha desde todos los sentidos; voces, miradas, orejas, y una única lapicera, copiando el eco de una idea con errores de ortografía.

-Yo he recibido cartas a mano, ya no se estila, llegaban las cartas y los papeles venían con lágrimas, venían con vino, una serie de manchas que quedaban impregnadas con la escritura, y sin embargo eran despachadas al destinatario. Con la encomienda no solo llegaban las palabras escritas, llegaba también el perfume, cierta presencia de un tiempo muerto, la permanencia de lo invisible.
-Se dijo alguna vez que antes, la mano conducía al pincel y que ahora la máquina conduce a la mano.
-es cierto eso, no sé quien lo dijo.
-la primera arte mecánica es la fotografía, ahora están los correos electrónicos y también esto de twitter, que obliga a ser conciso, en realidad obligaría a la poesía a ser concebida.
-El otro día comentaba que la poesía debe ser hecha por todos, he notado que en algunas ceremonias chamánicas hay una elaboración de la muerte, una construcción colectiva, los ancianos transcribieron desde la oralidad aquellos quejidos y aquellos gestos, recitaban con lanzas primitivas y andaban con una especie de cántaro y un palo, siempre en movimiento, y cuando les preguntaron porqué hacían eso contestaron que si paraban se caía el universo...

Luego el tema cambia una vez más, el interlocutor ya no interrumpe, el emisor monologa, pero me basta el ejemplo para tomar algunas ideas, a pesar de las rupturas discursivas en la conversación. Luego podría haber poema, pero para eso es necesario encontrarlo, dejar que también nos encuentre, mientras otras cosas van fluctuando, elementos de la realidad que se insertan, disyuntivas que van agregando variables, partes reales y partes imaginadas, partes extraídas y partes arrancadas (que no es lo mismo), y luego parece que es posible comprobar cierta hilatura, cierto sentido,  entonces solo queda terminar lo que siempre estuvo en el aire, hacer un trabajo con las estrofas, como partículas de un universo acaso incomprendido.

Es como lo que leí el otro día por parte de un gran poeta, citando a la escritora Marianne Moore:  jardines imaginarios con sapos de verdad en ellos.

domingo, 4 de agosto de 2013

Cuestionar la construcción

Con cierta frecuencia tengo el impulso de la escritura, es algo que simplemente ocurre. Creo que siempre me acompañará eso de construir y cuestionar la construcción, es parte de mi naturaleza supongo. El otro día estuve en un evento literario, ocupé un asiento para balbucear nimiedades absolutas. Me llegué a preguntar si en esa galería el espejo de la vanidad reflejaba destellos del entendimiento.

Ahora me pregunto que es el presente, que es el yo. Si despertara en el asiento trasero del auto a un costado de la ruta nocturna, sentiría por algunos segundos la angustia de no saber quien soy, pero fuera de estas disquisiciones me obnubila el origen de las ideas, y el porqué de las etimologías.

¿Cómo nace un concepto? ¿porqué al acto de de ejecutar vibraciones en artefactos se lo llama música? ¿porqué música lleva ese nombre? ¿porqué la asociación inmediata? ¿Que origen antecede la idea de aquello que se nombra? ¿De donde viene el vórtice de la palabra? ¿Porqué escribo? ¿Porqué vuelvo a preguntar siempre lo mismo?  

Ir en espiral hacia lo desconocido. Buscar la forma cuando solo hay tañidos de palabras que se apagan y se encienden, como resplandores anaranjados en el borde de las piletas, cuando ya es tiempo de partir y la opacidad se mueve en círculos hacia el horizonte.

Estoy esperando que aparezca el resquicio de una idea.
Algo, cualquier cosa, para tener el pretexto de poder decir que es la verdad.

jueves, 1 de agosto de 2013

Un prólogo...

Al lector

Ni edulcorado optimismo ni acérrimo pesimismo: se trataría, sí, en todo caso, de ser capaces de sostener la mirada allí, donde la incertidumbre acosa a la conciencia humana.
La acosa y la desgarra. Giannuzzi es un grande por eso y porque, como poeta, encontró la forma de expresarlo.
No a la poetización y sí a la construcción de una voz, de una poesía, que fue despojándose de colgajos líricos, a través de las distintas épocas de su desarrollo.
Giannuzzi entendió que dejar que se oyera esa voz, filtrándola por entre los barrotes del poema, era lo sustancial. Se dio, entonces, a esa aventura; la aventura de combinar palabras en pequeños dispositivos donde llegaran, como gustaba decirlo, “hasta el hueso”.
Giannuzzi sorprende siempre al plantear el dilema de la existencia en las dos o tres líneas últimas de sus poemas minimalistas.
El lector no esperaba que la pregunta por el mundo, por el tiempo, por la vida, por la muerte, quedara formulada tan abruptamente con la fuerza de una pedrada en el estanque; de una epifanía. Por la política.
El lector ha sido golpeado, y, de pronto, despierta. Su rutina de cotidianeidad ha sido rota, hecha trizas: pero ahora ve más allá de la comodidad de lo que llamaba lo real.
Giannuzzi, una y otra vez, vuelve sobre lo mismo, se interroga irónico, autosatírico, tuerce y retuerce hasta quedarse con una suerte del sentido del sinsentido; se instala en el absurdo como el hombre del subsuelo, como Celine. Pero también resuena Dante en líneas donde la potencia del concepto rompe el molde.
Giannuzzi, para decirlo de una vez, es uno de los grandes de la poesía argentina contemporánea.
El chantaje sentimental no lo contó entre sus practicantes.
Giannuzzi logró ser conciso en el terreno donde la metafísica “poética” es un tembladeral.
¿Qué más?
Giannuzzi afirmaba que era un poeta estándar, que no había innovado nada: fue sólo una palabreja, un desafío a los estúpidos fieles de la novedad.
Entre tanto estándar o no estándar influyó en buena parte de los jóvenes que escriben poesía en la actualidad: está vivo en su propia poesía y en la de ellos.

Prólogo del libro “Un arte callado” de Joaquín Giannuzzi, a cargo de Leónidas Lamborghini.

Alguna vez sostuve que la poesía no debería necesitar de prólogos que la justifiquen o comprendan, en ese sentido me había parecido esclarecedor el ejemplo de César Aira al presentar la obra poética de Osvaldo Lamborguini (poemas 1969-1985) “Edición al cuidado de César Aira”, donde deja que la obra se defienda por sí sola, empieza con un poema del autor como toda carta de presentación y solo al final del libro comparte una serie de notas intentando explicar los motivos de la obra publicada.

Citar el tema ineludiblemente conlleva un nombre propio: Jorge Luis Borges. Cada uno de sus prólogos representan una invitación al placer de la lectura, que notablemente introducía en el lector el sentido de la dicha y la curiosidad. En su “prólogo de prólogos” se puede leer lo siguiente:
El prólogo, en la triste mayoría de los casos, linda con la oratoria de sobremesa o con los panegíricos fúnebres y abunda en hipérboles irresponsables, que la lectura incrédula acepta como convenciones del género...

Sin embargo se sabe que hay prólogos no menos admirables de las páginas que dulcemente serán profanadas por el lector. Es lo que me ocurrió con la lectura del prólogo de “Un arte callado”, de Joaquín Giannuzzi, escrito por Leonidas Lamborguini. Literatura de la literatura, una introducción personal y compleja del sentido de la escritura del gran poeta argentino, aquel que le confió a Fabián Casas: “Gelman y Lamborguini son buenos poetas, yo hago lo que puedo”.


Vale la pena detenerse en este prólogo, provoca el efecto de  ir hacia el poema, y corroborar que lo leído hasta el momento es una antesala de la epifánica construcción.

domingo, 28 de julio de 2013

La higuera de Jesús...

Este verano, pese a la incesante lluvia
los higos respondieron
con toda la dulzura que esperábamos de ellos.
Con pájaros y avispas despoblamos hasta la saciedad
la inocente riqueza de la higuera.
Cuando por fin el sol
inundó de verde el valle de la promesa
y se gestaba la amenaza de este mundo
la higuera seguía allí, desmintiendo,
en su delicada justicia
la ciega maldición
que en un rapto de malhumor
le escupió de costado la boca de Nuestro Señor Jesucristo.

                                                        De Joaquín Giannuzzi, 
                                                        La Higuera

Este poema de Joaquín Giannuzzi ofrece una mirada piadosa del antiguo árbol, acercando entre los versos el pasaje bíblico que dejó perplejos a numerosos creyentes, se trata del milagro más extraño que Jesús realizó en su vida, que según el Evangelio de Marcos, fue el de maldecir y secar una higuera. Hay algo de incomprensión en el hecho, Giannuzzi lo reduce a un rapto de malhumor, sin embargo José Saramago planteó una complejidad mayor de la que escondía el simple y desapercibido acto de condenar a un árbol porque este no dio fruto. Bajo un tono crítico, llegó a decir que “los evangelistas cuando se limitaron a escribir que Jesús maldijo la higuera, parece que debiera bastarnos la información y no nos basta, no señor, porque, pasados veinte siglos, no sabemos aún si el árbol desgraciado daba higos blancos o negros, tempranillos o tardíos, de capa-rora o gota-de-miel, no es que con esta carencia vaya a padecer la ciencia cristiana, pero la verdad histórica seguro que sufre.”

Que nunca nadie coma frutos de ti
Tales fueron las palabras proferidas por el ungido, la circunstancia muestra un costado “humano” de Jesús, o al menos la idea de un acto humano, una reacción impropia de quien fuera reconocido precisamente por su misericordia. En este punto, los teólogos, además de asumir que el relato resulta incómodo para la Iglesia, comparten sin embargo una interpretación simbólica de lo sucedido, sostienen que “la higuera en la Biblia es un símbolo del pueblo de Israel. En efecto, desde muy antiguo se aplica la metáfora de la higuera al pueblo de Dios. Por ejemplo, el profeta Oseas llama a los israelitas “fruto temprano de la higuera” (Os 9,10). Isaías los denomina “los primeros higos de la temporada” (Is 28,4). Jeremías los compara con una canasta de higos maduros (Jr 24,1-10). Miqueas se lamenta porque Israel es una higuera vacía y sin frutos (Miq 7,1). El Cantar de los Cantares asemeja a la amada con una higuera madura y fecunda (Ct 2,13).
¿Por qué era tradicional emplear en el Antiguo Testamento la imagen de la higuera como figura del pueblo de Israel? Quizás porque, como afirma el historiador judío Flavio Josefo, la higuera en Galilea era el árbol más fecundo que existía; llegaba a dar frutos durante ¡diez meses al año! Es decir, prácticamente siempre. Era tal su fertilidad, que el Talmud dice: “Así como cada vez que uno va a buscar higos los encuentra, cada vez que uno busca sabiduría en la Palabra de Dios la encuentra”.
Los judíos también se consideraban un pueblo fecundo en obras buenas, y por eso terminaron comparándose con la higuera. Es decir, la maldición de la higuera en realidad encierra una condena o reprobación contra el pueblo de Israel”.

Resulta interesante en este caso una lectura que encierra la complejidad de las parábolas con las cuales se abrió camino el nazareno entre sus hermanos. El hambre de Jesús simboliza sus ansias por hallar frutos en una institución que se había vuelto vacía e inútil. Que no fuera tiempo de higos es una ironía hacia un organismo que se creía con derecho a tener temporadas infecundas, y sobre todo que se hubiera secado “de raíz” representa la ineficacia total de esa antigua institución judía.

Sin embargo, si Jesús intuía que Israel como institución se había vuelto vacía e inútil ¿porqué buscar sus frutos? ¿acaso la doctrina que pregonaba y buscaba– el salvador no era antagónica al modelo existente? ¿por qué entonces aferrarse precisamente allí donde todo era irremediablemente infecundo?

A veces pienso que se trató de una aseveración, simbólicamente Cristo buscó el árbol sabiendo que no iba a dar fruto, y lo maldijo públicamente, y lo secó, para que entre sus apósteles se cumpliera la sentencia. Sin embargo, según las escrituras, el Dios de Israel era el “padre” de Jesús, si la higuera simbolizaba el pueblo judío, entonces Dios como representante estaba ausente de dicha tierra. Otra opción es suponer que Jesús quiso demostrar que algo nuevo debía suceder,  incluyendo la idea misma de Dios, y arrancar de raíz el símbolo histórico iniciaba de algún modo su reino político y espiritual.

En ocasiones ocurre, alguien que necesita de la fe, sube las escaleras de una iglesia buscando respuestas dentro del recinto, no se sabe si respuestas teológicas o de carácter filosófico, pero entonces la puerta de entrada porque ya es la hora– se cierra en la cara sin permitir el paso. Allí se debería saber, si acaso es pertinente la lectura, que en aquel sitio no pueden encontrar la respuesta, y entonces solo queda bajar las escaleras y seguir caminando.

De algún modo es lo que Jesús hizo, luego de maldecir la higuera, y secarla de raíz, siguió caminando, y desde entonces la historia se cuenta antes y después de su nacimiento.


Nota: el poema pertenece al libro "un arte callado", de Joaquín Giannuzzi [Buenos Aires: Ediciones del Dock, 2008]

viernes, 26 de julio de 2013

Poeta de la melancolía...

Mi amor maravilloso como la piedra insensata
Esa palidez que tú juzgas ligera
Tanto te extravías de mí para volver
A la hora en que el sol y nosotros dos hacemos una rosa
Nadie ha debido encontrarla
Ni el cazador furtivo ni la esbelta amazona que habita
Las nubes
Ni ese canto que anima las habitaciones perdidas
Y eras esa mujer y tus ojos mojaban
De aurora el llano del cual eras la luna
                                                                              Georges Schehadé

Hay algo que el poeta Rodolfo Alonso suele reiterar: “La patria de los poetas es su lengua
El caso de Georges Schehadé es un tanto particular: de origen libanés, y nacido en Alejandría (Egipto) el 2 de noviembre de 1905, Schehadé puede ser considerado asimismo, por su formación y por su idioma, un poeta francés. Pero como dice Rodolfo Alonso “un francés en cuya obra no resulta difícil descubrir el relumbre de la gracia misteriosa de Oriente”.

Hay una melancolía que sobrevuela su poemario, recogido con simpleza, como agua clara a la luz del sol. Se lo consideró un surrealista, y probablemente lo haya sido, de hecho André Bretón lo recibió con entusiasmo cuando publicó sus poemas en la revista Commerce.
En buena parte de sus poemas se percibe un lirismo donde queda al descubierto el recuerdo de la infancia, o tal vez la infancia misma, que como se ha dicho, es la patria del hombre, todo en el trasluce bajo un manto de nostalgia que es también un modo piadoso de cubrir aquel pasado.

Leerlo es como estar en un tránsito apacible, con dulces opacidades bajo una brisa acogedora.
Es en esa calma donde es preciso situar la lectura, donde de algún modo siempre se filtra la luz de algún crepúsculo.

Para mayores lecturas se recomienda los “Poemas de George Schehade”, con selección, traducción y notas de Rodolfo Alonso.

Vaya como despedida otro de sus versos.

La lluvia más dulce que rebaños ocres
El agua más blanca sobre sus hombros que la desgracia
Yo no sé si es un signo o una tortura
Esa voz en mi infancia como una manzana

Hay una gran miseria en las aldeas

domingo, 21 de julio de 2013

Quedarse...

Varias veces me lo cuestioné, sin embargo había un impulso más fuerte, la necesidad de no salir ese sábado con los amigos, porque en el cajón del escritorio había unas hojas en blanco y sobre la mesa una biromen negra, entonces iba a la cocina a buscar una botella de vino y una copa, y mientras bebía me entregaba a la escritura con cierta calma. Escrituras arborescentes, que no tenían un punto de desarrollo sino más bien representaban una fuga impar, un dejar que fluya la prosa cuando no sabía bien cuál era el tono indicado para desarrollarla. Cada tanto la noche devolvía ladridos de perros solitarios, el caño de escape de un auto que pasaba a toda velocidad, las conversaciones estentóreas de los ocupantes, la televisión apagada, el sonido leve del bolígrafo en el papel, las variaciones abruptas, absortas, el no poder dormir mientras fijaba la vista en la ventana, y yo que era joven, los cuadernos apilados en la repisa, los poemas nacidos a horas tardías, fragmentos de ideas inconclusas, construcciones vanas, manuscritos inabarcables

Ahora que los años pasaron, sigo pensando en aquello. Elijo quedarme, intentando resolver algunas cuestiones en esquemas de relatos, porque de algún modo escribo desde el blog cartas sin remitentes, pero estas llegan a todas partes, los textos cortos ocupan mi espacio y mi extraño sentido de pertenencia. Intento crear sistemas donde los vaivenes evanescentes encuentren la forma de una meseta, pero suelo divagar en los prados donde conservé las huellas de pisadas de la infancia. Siempre vuelvo, no hay en estos retornos atardeceres melancólicos, abundan las tonalidades ambarinas y las opacidades en tonos pasteles, paso raudo entremedio del sol y las margaritas, escucho el ruido de la hierba y de juncos en el viento, cruzo meditabundo la cerca de listones amarillos, a través de la brisa de los limones y los naranjos, donde todo es apacible...

Luego sé que a la noche será tiempo de volver a casa, y entonces pensaré en los amigos que no pudieron venir.

viernes, 19 de julio de 2013

El rostro de la tragedia


No deja de inquietarme si la tragedia no hubiera estado mejor representada a lo largo de la historia a través del ditirambo, que como se sabe consistía en una composición lírica de carácter laudatorio dedicada al dios Dioniso. Aquellos poemas eran cantos ligeros de alabanza, vocalizados dentro de un círculo donde el coro no llevaba máscaras. Muy probablemente aquellas escrituras eran consideradas menores entre los griegos, pero pienso en el grotesco como un modo de enmascarar el maquillado desasosiego existencial.

Si tal cosa es posible intuyo que se requiere un rostro muy expresivo (pienso en el actor Alejandro Urdapilleta por ejemplo, o en el poeta Fernando Noy). Imaginemos a un hombre que desespera, cultivando verrugas en el rostro, cuyo maquillaje realza lo oculto de la tragedia, las bajezas morales de la absoluta decadencia (de esta palabra se sostienen los andamiajes de la tragedia ¿porqué no representar su caída con la pintura de un bufón?) todo lo que es bufonesco esconde de algún modo un piadoso sentido de humanidad, podría trazar un paralelo con la tristeza de los payasos o con esa idea/mito sostenida en el imaginario colectivo sobre que los actores cómicos viven en la amargura sus vidas sociales. Quienes practican el arte del mimo no permiten ver detrás de lo actuado el patetismo de una vida frustrada, el desenvolvimiento estético subsume la finitud de la existencia. Si fuéramos del adentro hacia el afuera, podría encontrar refugio en las acuarelas de un Arcimboldo, mostrando como lo banal se mimetiza tras las imágenes de frutas humanas que dejan al desnudo la hipocresía sarcástica de una sociedad concupiscente. 

En términos de presentación, se trata de una actuación, una verbalización gestual, una escena íntima, es lo que ha sucedido a lo largo de la historia, desde que los teatros tuvieron asientos de piedra y los árboles no eran de utilería.

domingo, 14 de julio de 2013

¿Para que sirve la poesía?



Hay una pregunta que suele reiterarse cada tanto, fue pronunciada innumerables veces desde el amanecer de la humanidad: ¿Para qué sirve la poesía?

Puesto a analizar la utilidad, si tal cosa es posible, tal vez tengamos un acercamiento con la idea que Oscar Wilde enfatizó en el prefacio del retrato de Dorian Gray: “Todo arte es completamente inútil”. Preguntarnos ahora, como se lo interroga en este casoFelicitas Casillo, para que sirve la poesía, no es lo mismo que cuando los filósofos griegos se lo cuestionaron bajo un contexto absolutamente diferente. Aunque pueda admitirse que la pregunta sobrevuela todos los planos, ya sea desde aquellos albores de la civilización como en esta realidad virtual donde todo parece estar conectado.
Tal vez en el mismo momento que Aristóteles desarrolla su hipótesis sobre el origen de la poesía, subsume en el análisis la utilidad de dicho oficio. El filósofo griego estimaba en su poética que el poeta tiende a representar los actos de la naturaleza mediante el artificio de la imitación.
La poesía puede no tener utilidad pero sin embargo la historia a sabido tener cuidado con los poetas. El acto de revelar la belleza a través de las palabras. La pregunta tendrá otro tipo de respuestas dentro de cien años, tal vez un mayor sentido; recordarnos nuestra naturaleza, de la que la poesía se encuentra imbricada.
La rosa es sin por qué, dijo Ángelus Silesius.

Lo demás simplemente sucede. Quizás solo sea cuestión de frecuentarlo, después de todo, es lo único que quedará cuando seamos un murmuro en la antesala de la memoria.