sábado, 30 de enero de 2010

La trampa del poema

Alguna vez escribí esta carta a una poetisa:

A veces pienso que en nuestros corazones ya sabemos cuán difícil es el camino que estamos recorriendo, no nos bastan los versos, la poesía en cierto modo nos tendió una trampa, nos hizo ver que es necesario el descenso para alcanzar la verdad, para vislumbrar siquiera un absoluto que nos permita discernimiento, calma, luminosa ebriedad, ahora se que es preciso ir hacia atrás, estudiar toda métrica, todo volcánico origen, toda compleja estructura...

A veces pienso que ya sabemos a lo que estamos renunciando, y nos duele, porque tal vez este camino que elegimos no nos lleve a buen puerto…

Después la carta continuaba, no importa adonde, pretendo una reescritura de un hecho vencido. Solo pienso si escribir poesía no permite otra cosa que tornar clarividente, mediante abstracciones y alegorías, aquello que sedimenta el plano de la cotidianidad, tornando obtuso el sendero de la rutina. Se ve porque es preciso hacerlo, otros seguramente inclinarán su extrañeza aceptando la triste pared que levantaron con sus propios sentidos. 

Es probable que lo doloroso resulte situarnos fatigosamente en aquella obra que prometimos a nuestros semejantes y que todavía no cumplimos, porque ¿de qué nos servirían estos penosos senderos, y estos silencios que nos excluyen, y esta agonía que no es nuestra, si no pudiéramos, al final del camino, reposar en el horizonte de nuestra propio cansancio, y encontrar que al menos estuvimos erguidos en el poema, sosteniendo una lumbre en la noche fría?.

Si pudiéramos cambiar nuestras naturalezas, y de ese modo abrazar el regocijo y recorrer indefinidamente el blando desfile de la vida aparente, pero no, sean como fueren nuestras naturalezas debemos aceptarlas, dejar que los lobos aúllen, bajo una lluvia sin nombre, añorando una silla de mimbre en un horizonte de sal.


miércoles, 27 de enero de 2010

Sobre lo que se frecuenta

Creo, en todo momento, que resulta esencial contener nuestro desasosiego, no como una esclusa desmedida y arbitraria, sino para modelar los contornos de una opacidad, subjetividad que cabe en una copa áurea, nuestra propia e inabarcable inmediatez.

Es preciso aunar lo aullado…

En estos últimos tiempos percibo planos de una fragmentación que acabará por incomunicarnos, si seguimos esta cultura de habitar certezas en nuestras propias interioridades, sin abrirnos a las verdades de los otros. Hablo de una apertura y de una propuesta, de generar profundidades concéntricas en contextos disruptivos, acaso un modo de fugar en espiral, un desarraigo movido por inquietud, por tarea oscura, esos sentidos primarán.

Por lo pronto, pareciera que toda conjetura es tejida en plural, los vientos arremolinan las doctrinas.


domingo, 24 de enero de 2010

Las imbricaciones del poema

Hace poco escribí algo sobre las imbricaciones, se las transmití a un viejo amigo bajo la forma de noctámbulos versos y me respondió como quien, acaso sin saberlo, otorga luminoso nacimiento a una tertulia. Mi amigo Rafael, para quien ciertas palabras, por no ser de uso diario en el lenguaje coloquial, suelen desvanecerse en su prosaica significación, consideró pertinente desempolvar un viejo diccionario kapelusz para ir a la raíz del término, que decía:

“Yuxtaposición de tejas, planchas, escamas de peces u otras cosas, dispuestas en forma tal que cada una cubra parcialmente a la otra”.

Me pregunto si todo poema no es más que una persistente imbricación propio de un desbrozar prosaico de nuestro yo más profundo. Insistencia que labrará en la opacidad sus frutos más dulces y más amargos. Me pregunto algo que solo tiene asidero en los extraños mecanismos de la creación, de ahí resulta que las respuestas nunca podrán ser lineales, se abrirán como paneles de abejas, se circunscribirán en lo abyecto y se bifurcarán bajo soles anaranjados, después de eso queda el más absoluto silencio. Volver atrás o tornarnos un puente donde posar nuestra melancólica contemplación.

A veces, lo que empieza como la búsqueda de respuestas a preguntas nunca formuladas, termina implicando una evasión sórdida que agrega nuevas imbricaciones a los ya impenetrables desvaríos de nuestra flamígera subjetividad.

Tal vez, la tesitura de un vidente se encuentre habitada de imbricaciones, no queda otra cosa que desbrozar cada capa, hasta hallar algo, que no es posible nombrar, es una forma de evasión que habilita seguir cursando el inevitable ejercicio de una construcción.

A veces es un párrafo, a veces la antesala de un laberinto.

Siempre estamos solos.


viernes, 22 de enero de 2010

Catulo

Cátulo, un poeta nacido probablemente en el 87 antes de Cristo, vivió treinta años, su patria fue Verona (certifican esta aseveración testimonios de Ovidio, Marcial y Jerónimo), Catulo, quien introduce en la elegía el rasgo autobiográfico e intimista no frecuentado por sus congéneres.

No arrojaré en estas orillas las teorías de historiadores, linguistas y traductores con respecto a la unidad temática de su obra, si ha escrito un solo libro o la mezcla de varios, me referiré a lo que prevalece, sin recaer en dísticos elegíacos o los diversos tipos de yambos recurrentes que habitaron al poeta, solo sus poemas, y que la lira nos acompañe...

Vivamos, Lesbia mía, y amemos, y las habladurías de esos viejos tan rectos,

todas, valorémoslas en un solo as (1). Los soles pueden morir y renacer: nosotros, en

cuanto la efímera luz se apague, habremos de dormir una noche eterna.

Dame mil besos, luego cien, luego otros mil, luego cien una vez más, luego sin

parar otros mil, luego cien, luego, cuando hayamos hecho muchos miles, los

revolveremos para no saberlos o para que nadie con mala intención pueda mirarnos de

través (2), cuando sepa que es tan grande el número de besos.

1.- Moneda de bajo valor

2.- Los romanos creían en el mal de ojo; si alguien conocía el número de las cosas (como aquí el de los besos), podía, por envidia, causar dicho mal.

Estas notas y referencias fueron tomadas del libro Catulli Carmina (traducción de Rosario Gonzalez Galicia).

Se conjetura que muchos de sus versos, dirigidos a la misteriosa Lesbia (llamada Clodia, sensual y disoluta) se cuentan entre las expresiones más sentidas de la literatura romana.

Imagino al poeta en las gradas públicas, mientras un viento deja ver las desnudas piernas de su amante, cuando todo lo que tenían por delante era cielo, murmullos y deseo.

¿Qué habrá sido de Lesbia al envejecer? el poeta le ofrendo sus uvas más dulces y más amargas ¿qué queda por discernir, en esos vericuetos de la pasión, cuando los días se convierten en años y los años en siglos?

Tal vez una morada gastada por el tiempo, el viento entrando en una ventana, un pasillo de mosaicos en el jardín descuidado, un vestido blanco resplandeciente, no más que eso.


viernes, 15 de enero de 2010

Un poema de Hesse...

El estío, cansado, inclina la cabeza

para verse surgir, amarillo, del lago.

Hago mi camino cansado y polvoriento

por las alamedas en penumbra.

El viento titubea y corre entre los álamos.

A mis espaldas, el cielo empieza a enrojecer.

Delante de mí tengo el miedo de la noche.

Y crepúsculo. Y muerte.

Hago mi camino cansado y polvoriento,

y detenida y dudosa queda tras de mí

la juventud, que baja su hermosa cabeza

y se niega a acompañarme.

Huida de la juventud, Hermann Hesse

Vuelvo sobre el paso del tiempo, ese incólume, detenido mientras a mi lado resplandecen los hermosos fulgores. Me gustaría leer dentro de algunos años sobre los desvaríos de quienes hoy transcriben sus desolados versos en plataformas virtuales, ver en qué se convirtieron sus ideas, cuanta altura alcanzaron sus teorías literarias, cuan pronto declinaron sus álgidas conjeturas, “desolados versos” nacidos en vaya a saberse qué oscura quietud de pantalla quieta, el extraño presentimiento de compartir similitudes sin saber dónde concebir un parámetro, nombres que acaso representan una ficción, rostros duplicados por la necesidad de expresión, y el temor a ser descubiertos, ironías que no ocuparan mucho tiempo un lugar en las impertérritas cadenas de mensajes.

Me evado.

Me ocupan estos versos…

"la juventud, que baja su hermosa cabeza

y se niega a acompañarme"

aún siento que no me dispensa mirada alguna aquel rostro, de algún modo, es la tranquera abierta en medio de un campo blanco, la nube oscuramente gris que se avecina.


domingo, 10 de enero de 2010

Relaciones

Todo se encuentra en relación, esta aseveración no deja de despreocuparme infinitamente, pero aun así suelo analizar las causalidades y las eventuales ambivalencias que estas paradojas causan. Desde el punto de vista de la creación, esta disyuntiva probablemente permita enhebrar disrupciones desde la abstracción, buscar en intersticios profundos la concepción de lo inaudito, el conjuro de un postulado ceniciento, sin detenernos en el posible quebrantamiento de los opuestos. Ocurre con las noticias diarias, ocurre con lo eventual y lo rutinario (ese bálsamo feroz de todo aquello que anestesia por acumulación de sedimentos).

En este trance separemos a las teorías, si no hay un cuerpo detrás las teorías pueden condenarnos al oprobio y la falsedad, así descuidamos las expresiones del pensamiento, y el lenguaje se bastardea, motivado por los entornos, los contextos y las territorialidades. Aquello escarbado entre malezas sin un norte que sirva de guía.

Salir de la estructura, por lo pronto, sería una saludable tarea.


viernes, 8 de enero de 2010

La verdadera vida no es literatura

Una vez me escribieron que “la verdadera vida no es literatura”, y aunque lo he meditado consideré que aquellas líneas, practicadas en tiempo y espacio, podían evitar convertir mi existencia en un capítulo literario, allí donde el que escribe, tal vez difusamente, comienza a perderse en “un túnel sin amor, y con todos los fantasmas de la autocompasión”.

Realmente he tratado de evitar empantanarme en esos lugares, donde el egoísmo puede provocar desamor, despertando tarde en el tiempo equivocado, el de un hombre que nunca estuvo despierto, el de un poeta que dejó de escribir.

Sin embargo, eliminé todas las antorchas de esos escenarios, provisto de una inquietud que era a la vez un salvaje desinterés por las desarticulaciones que puedan forjarse en literatura.

Lo demás, el día y sus gentes, son extraños a la osamenta.


sábado, 2 de enero de 2010

Epistemología de la complejidad


Me gustan las correspondencias literarias, en épocas ulteriores sostuve algunas, me pareció interesante, sin involucrar nombres ni personas, extractar algunas ideas compartidas con desconocidos poetas.
Esta carta se tituló “Epistemología de la complejidad”…

El abordaje en cuestión entraña diferentes planos interdisciplinarios, lo traslado al poema para intentar esclarecer mecanismos de complejidad que bien podrían iluminar de modo lícito el terreno de la creación literaria, es cuando menos una teoría que encadena sucesos de cierta complejidad provocando hechos involuntarios.
Epistemología de la complejidad en donde toda mácula bebe de una oscura interrelación con lo abstracto, una parte esta en el todo y el todo en una parte, allí el cosmos es producto del caos y del desorden, así aplicado el tema puede reducirse a la problemática de la globalización y la política, llevando las aguas hacia terrenos propios de la sociología, pero eso no importa, traslademos esta doctrina al poema o al acto de escribir poesía en un momento de trance, y tal vez podamos advertir una cosmología cuyas fuerzas dinámicas provocan la escritura, serían leyes invisibles que gobiernan el estado creativo, un lugar en donde todo es posible.
Lo probable es que solo sea una conjetura propia de quien ve círculos mientras piensa en esferas, ahí desovillo algo:
intentar hacer de todos los círculos una esfera.

Cultura de peyote tal vez, trance del chamán o desarraigo de un anestesiado con vocación de profeta.
Quien sabe.

martes, 22 de diciembre de 2009

Hasta otro año...


No sé desenvolverme…
No sé hablar…
¡Oh!, si todo consistiese en pensar
no temería a nadie.


Arthur Rimbaud

Dar vuelta una hoja, cerrar un capítulo indefinido como un vocabulario, asir lo inasible del paso del tiempo y quien sabe cuánta entusiasmada languidez esconde esto que pienso, propio de quien vuelve a vivenciar una navidad (me despojo del contexto religioso, esta fecha es un indicio como tantos otros que el tiempo avanza), suelo hacer balances en esta época, suelo pensar que el áureo espantajo dejará de protegerse bajo una lluvia del mundo con su paraguas endeble, que seguirá recogiendo tiestos de la belleza a su paso
¿Qué otra cosa puede hacer?.

Pienso en las palabras que me fueron dictadas, aquellas que elegí para significar este tránsito en el que vamos, casi como autómatas, hacia lo cotidiano.
Pienso en aquello denominado "causalidad", ontología que me ha ocurrido con algunos visitantes (Rafael, Chandra, Ignacio...), pienso en las "supuestas realidades" como me escribió Rafael ¿cuántos se habrán dado cuenta de esto?

En este tiempo solo encontré preguntas y paradojas, tal vez me termine por dar cuenta que nunca tendré las respuestas, que siempre seré una sombra y una idea, que esto que necesariamente somos no podremos cambiarlo, es nuestra naturaleza...
Quiero dejar en esta última entrada de 2009 un saludo a todos aquellos que nunca conoceré más que en el pensamiento de una pantalla nocturna, acaso un simbólico modo de conocer a una persona, y que la noche nos pertenezca.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Conjeturas sobre videntes

Si lo que trae de allá tiene forma, él da la forma…”

Algo así escribió Arthur Rimbaud en su famosa carta del vidente.

¿Qué quiso decir?

¿Que si el vidente alumbra la forma, porque le ha sido dado ver, el poeta entonces recoge esa representación, porque le ha sido dado verbalizarla?

Si el poeta trae lo que ve, y no hay en ese trance una decodificación, una tarea de “traducir” lo que ve, el poeta estaría ofreciendo tinieblas de esos recónditos inhabitados por el hombre.

Estaría fijando ese vértigo haciendo un trato con la belleza, la misma que será convertida en fósil para la posteridad.

Esto no siempre es así.

A veces esos versos se cantan, y provocan con su evocación que legiones de poemas se disparen como flechas hacia pantanos desconocidos.

Versos que de algún modo conservan la mohosa hierba del fangal donde nadaron sus videntes.

Astillas de la madera hundidas en la uña del poema, algo que permanece, algo que es…

Algunos de esos poemas han sido conjeturas de penumbras, algunos de esos versos ardieron como braseros en los ebrios corazones.

Leerlo a Rimbaud conlleva esa evidente paradoja.


viernes, 11 de diciembre de 2009

Preguntas...


¿Cuándo empezó el tiempo y donde termina el espacio?
¿Acaso la vida bajo el sol no es solo un sueño?
¿Acaso lo que veo, oigo y huelo no es solo apariencia de un mundo ante el mundo?
¿El mal existe de veras y acaso existen personas que son malas?
¿Cómo puede ser que yo, el que soy, no existiera antes de que yo fuera, y que en algún momento, el que soy ahora, ya no será el que yo soy?


El ángel Damiel, las alas del deseo

Cuando hacemos lo que hacemos ¿no dejamos de ser?
Y lo que somos, cuando creamos ¿no es acaso sombra de una sombra?
¿Somos videntes los poetas cuando ocurre lo que ocurre?
¿No vamos como transportados a la computadora o al cuaderno?
¿Escribimos poesía cuando escribimos poesía?
¿Dejamos de ser?
Entonces ¿Qué nace?
¿Simplemente una escritura?
¿No somos otros?
¿Cómo puede ser que el poeta, cuando es, no existe más que en su fragmentada abstracción?
¿Y que en algún momento, el que deja de ser, busca denodadamente salir hacia dentro?
¿Cómo es posible que el poeta quiera leer lo que escribió como si no lo recordara?
¿A qué se debe esta soledad, y ese vaso vacío, y esta orfandad de estar quieto después del después?
¿Crea el poeta un mundo ante el mundo o lo crea dentro de el?
¿Cómo hace para tomar su desayuno sin desprenderse los pájaros detrás de las orejas?
¿Busca el poeta fijar un vértigo?
Y si lo atrapa en algunos versos ¿qué hace?
¿Lo embellece con otros versos?

Aquello que nació de lo impostergable ¿deber ser resignificado?
¿Para qué?
¿Para que otros lo entiendan?
Si lo que está oculto al entendimiento el poeta lo resignifica y lo arroja al viento de lo que se comprende ¿no sería entonces el poeta un ladrón de fuego encargado de traducir lo incorpóreo para luego fosilizar los vestigios de la razón?
¿No se pulveriza de ese modo lo candente de su vórtice?
¿Es esa la tarea? ¿Extraer la simiente del éter difuso para luego ofrecerlo como mendrugos a los lectores?
¿Eso no lo hace infeliz al poeta?

A veces siento la inutilidad de este gesto, y después sé, porque me ha sido dado saberlo, que otra cosa no puedo hacer más que balbucear paradojas y absolutos, beber un licor áureo donde nadar en lo disoluto, y no saber que es lo que sigue, ni porqué…

y así hasta no llegar donde apenas se prosigue.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Divagaciones y desmembramientos

Añoro el vaso de vino del poema, ese detenerse en una totalidad que es en sí misma la poesía, el descreimiento de pertenecer hacia algo que abruma, una idea inconstante que ha perdurado por milenios, como la idea de Dios, o como prefiere Saramago, de dios…

Buenos poetas han bebido de raíces amargas y sin embargo extasiaron a los lectores como si nadaran en dulces viñedos, donde todo es posible. Allí lo anacrónico y lo irreverente queda subsumido a la observación atenta, nos asola un desierto del cual nada sabemos, pero podemos ver las huellas, el terror por sabernos videntes y que esa sola presunción podría sin esfuerzo alterar nuestro sistema de pensamiento, nuestras absurdas creencias.

No hay en dicho vericueto una mirada apocalíptica, solo puedo ver este desmembramiento en que se convierte una idea ante la quietud, lánguidas rutinas de caminos cuadriculados, debajo de un pálido cielo violeta que siempre tendrá pájaros.

En esta disyuntiva, a pesar de la perplejidad de la cual beben infundadas conjeturas, busco consuelo en la lectura, acaso un encuentro cuya ecuación simula un atavío.

No sé cuándo volverá a ocurrir.


viernes, 27 de noviembre de 2009

Bollitos de papel

¿Por qué el seudónimo?

Tal vez porque esto que soy poco tiene que ver con esto que soy, tal vez porque vivo una suerte de doble vida y no haya razones para aclarar razones, para bosquejar algo impropio con un nombre y un lugar, y una profesión que algún día saldrá a la luz, y no ser como los otros que exponen certezas y fórmulas matemáticas de la felicidad, que citan a los citados, que mutilan los versos musicales y al otro día celebran ser mendigados.

A estas alturas tengo inciertas razones para nombrar lo que nombro. Todo me parece vano, siento compasión, me hago simbolizar por un dibujo sosteniendo un paraguas imposible, porque parece que estuviera bajo una lluvia del mundo, y que solo las poesías pueden mitigar tanto espanto, porque siempre habrá un lugar vacío en esta suerte de encuentro, pero también un corazón, al que elijo sostener en una mano, mientras escribo en esta noche tranquila, ofreciendo un acto sincero, como quien arroja bollitos de papel destinados a juntar hubiéramos, murmullos, flores, soles blancos, rojos y amarillos.

Cosas así…


jueves, 19 de noviembre de 2009

La inmensa obra...


Publicar un libro es en cierto modo cerrar un círculo, algo que alivia y a la vez nos encadena a futuras ornamentaciones, todo lo anterior se edita y lo que queda es un sentimiento de orfandad que solo es posible suplir con la escritura de nuevos poemas y así hasta alcanzar un horizonte sin crepúsculo, algo que no podemos esbozar sin desconsuelo.

Suelo posarme en mi discordia, inpertérrito, absorto, camino como transportado mientras mi mujer me prepara el desayuno, el vértigo de pertenecer a lo irremediable, entonces me pregunto ¿Qué viene después del después?, trazo una abstracción paralela, nuevos poemas surgen intentando sostener lo que invariablemente suele discurrirse, como las ideas, estas irrumpen, alcanzan una cima y luego declinan, es probable que sea posible trazar un derrotero, pero necesitaremos algo más que los toscos lineamientos de la ciencia.

Algunos poemas perduran, buscamos consuelo en los repetidos versos, volvemos a leerlos una tarde de lluvia y entonces nos hacemos la terrible pregunta, imbuida de lo que se supone podremos algún día aportar: un verso, un poema, acaso una imagen para que la inmensa obra colectiva prosiga, llenando cántaros de agua en una fuente muda, donde acaso miles de poetas nadaron desolados las profundas aguas del devenir.

Hablo de la inmensa obra sin prefacio.
Pocas veces encuentro una respuesta.

El tiempo, como las capas de la cebolla, guarda en su núcleo fundamental lo entremezclado, conjunto de abstracciones que nada explican de lo acontecido, los que suelen dogmatizar al respecto portan antorchas herrumbradas por el paso de las fatuas interpretaciones, como variables de una constante que no posee registro del momento de la eclosión, antorchas que no alumbran el misterio de la creación, esto es algo que apenas podemos desbrozar, como saber que nos queda un desierto por delante, y apenas contamos con una alforja con un poco de agua y un pedazo de pan duro.
Si el contexto subjetivo en el que enmarco mis desolaciones no se encuentra imbuido de lo desarraigado probablemente elabore reseñas empobrecidas de mi empobrecida inspiración.
Digo que es preciso dejar la huella, ser videntes.
Después el poeta, compulsivamente escribirá al acecho de su propia sombra, y con suerte, si el desánimo no le enturbia la mirada y el dolor le disimula las heridas, dejará un cuchillo latente con el cual cerciorarnos que estamos vivos.
Para darnos cuenta y no darnos cuenta, que teníamos el corazón en la mano, que alguna gotas de sangre cayeron al suelo.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Dispersión


Estaré disperso algunos días, como quien se detiene a examinar mendrugos, buscando pasar las cosas mientras nos ocupamos en preocuparnos por hacer otras.
Al azar leo estos versos de Juan Gelman, de un libro cuyo título ahora me representa (interrupciones).

Cuerpo que me temblás entrando al alma
frío que me enfrías, manito tuya
manando sombra/sombra/sombra/sombra
¿paro tu deshacerte en algún lado?...

Me hago siempre las mismas preguntas
deshago lo aparente, discurro sobre el devenir
y siempre es lo mismo
y no sé cuando retomaré esto que hago.
Porque estas palabras son como pájaros no nacidos
Porque ahora me quedo pensando lo que no hice y lo que hago.

domingo, 1 de noviembre de 2009

El Cartero de Neruda


El Cartero le pregunta a Pablo Neruda que se necesita para ser poeta, luego de meditarlo, este le aconseja caminar por la orilla del mar, a que observe cada piedra, cada pájaro, cada nube…
Lo que no intuyó el poeta es que el cartero devolvería poesía a través de sonidos precariamente grabados, fijando el instante del agua que discurría, las redes tristes de los pescadores, el viento que nombraba ausencias, la lluvia lenta en el lago…
A la contemplación inicial encontraría resguardo la poesía en el carácter oral de su transformación. Desde allí la poesía, en manos del poeta, recogería las flores de su propio vestido.
No dejó de parecerme una bella parábola.

martes, 27 de octubre de 2009

Lo que no está en papel


Cuando se habla de la lectura en Internet, los libros electrónicos, el hipertexto (esa especie de lectura arborescente), la compra de libros mediante una pantalla, la escritura online y demás apriorismos, pienso y hallo consuelo en mi pequeña biblioteca.
Una vez Umberto Eco dijo más o menos lo siguiente:
“si el libro se hubiera inventado después del ordenador, ciertamente para muchos hubiera sido una evolución”.
Se trata de aprovechar herramientas en este mundo digital sin olvidar acaso el más significativo invento del hombre, testigo de nuestras miserias y nuestros aciertos, de nuestros inabarcables tratos con la belleza: el libro

sábado, 24 de octubre de 2009

Hallazgos

Cuando algo se pierde para siempre solo queda el silencio, hasta que el azar conecta un hallazgo con un desamparo.

Pienso en aquel que encontró los ejemplares de “Una temporada en el infierno” cuando se creía que el gran Arthur los había destruido, pienso en los “papeles encontrados” de Julio Cortázar, mismo los rollos del Mar Muerto, fabulosa literatura que un viejo mercader comerció ingenuamente. Pienso en los manuscritos de Tombuctú, aquellos que los vientos del Sahara no pudieron ocultar.

Que vicisitud la de quienes pueden compartir, tiempo después, aquello que por elección o decisión estaba destinado al olvido o al fuego, al oscuro encierro de un cajón. Luego ocurre un extraño e inquietante mecanismo: el texto rescatado de profundas arenas pasa a las manos de alguien que estaba destinado a comprender sus símbolos, luego ese alguien convence a un editor de publicar el hallazgo, que se creía perdido. Meses después, otro alguien lee, desde un suburbio de un país perdido, aquello que tal vez condicione su sistema de pensamiento.

Alguien teje, y a su vez, es tejido por una inextricable cadena de construcciones deletéreas, la infinita trama de la lectura, el precario derrotero del desvaído manuscrito.


miércoles, 21 de octubre de 2009

Desbrozando malezas

Leo un reportaje realizado a Juan Gelman y entonces me pregunto:

¿Qué hace que en algún momento el trabajo del poeta -ese sumergirse en sí mismo- encuentre en su propia maleza la expresión necesaria para descifrar lo calcinado que en él habita?

Intentar una respuesta me dejó en la periferia de una pesadumbre.

Ahora bien, lo que viene después, si es que viene, es un completo silencio. Tratar de enhebrar una coexistencia (la persona que se es y aquel que escribe), así como intentar sobrellevar una condición, pueden acarrearnos infinitos desasosiegos que la mera poesía mitigaría con dolor, al sabernos parte de un rebaño que marcha a ciegas buscando comprender…

A este angustiado discurrir Gelman lo llama obsesión.

Otros prefieren hablar de inspiración, una visita crepuscular o creer que se trata de un dolor agudo y zumbante.

En lo personal nunca pude calmar ese estado, cada vez que ocurría lo que ocurría, parado como un insomne en el horizonte de lo creado, acaso un letargo poblado de pájaros.

Digamos que solo me limito a exponer esta incapacidad, siendo consciente de la inutilidad de mi gesto.

Y que las máculas estallen...


lunes, 19 de octubre de 2009

El tiempo

El tiempo que pasa, predestinado a cumplir rigurosas cronologías, a enmendar fragorosas profecías urdidas en dogmáticas sentencias, a cubrir con el manto del olvido los pies fríos de la nostalgia.

Alguna vez no fue así, el tiempo no importaba, “pero recuerdo cuando éramos jóvenes” cantó alguna vez Ian Curtis.

Entonces contemplaba un barquito de papel flotando en un estanque, el sordo silencio de la tarde y la brisa tenue, apenas perceptible...

Un sol blanquísimo en la infancia que aletarga la tibieza del atardecer, como quien traza un puente en el crepúsculo de una existencia.

Eso sería el tiempo.

Solemos agregarles años a esas lloviznas

y lo único que ciertamente anhelamos es estar en casa.

Traigo a la memoria aquel barco ebrio de Rimbaud...

Si yo deseo un agua de Europa, es la de la charca

negra y fría donde hacia el crepúsculo embalsamado

un niño en cuclillas lleno de tristezas, suelta

un barco frágil como una mariposa de mayo.

Yo ya no puedo, bañado por vuestras languideces,

oh olas, seguir la estela de los cargueros de algodones,

ni atravesar el orgullo de las banderas y los gallardetes,

ni nadar bajo los horribles ojos de los pontones.