viernes, 2 de abril de 2010

El atavío de las ideas


Alguien enciende una computadora nocturna, bebe un trago blanco, acaso sin saberlo buscará configurar una tesitura que tendrá partículas de una entidad subjetiva, impertérrita, absorta, callada, la suya propia…
Entonces buscará espejos bajo los cuales verse reflejado, bastarán unas pocas escrituras arrojadas a una pantalla, por algún desconocido, para saberse conjeturado en prosa ajena. Bastará incluso el encantamiento de un seudónimo para ingresar a un espacio sin contraseñas ni ventanas, con la intencionalidad de un deseo de pertenencia bajo parámetros estéticos que nunca serán esclarecidos o explicitados. Este anónimo acto hará que, momentáneamente, sea parte de algo que intentará comprender.

Esto ocurre cada vez que alguien se conecta en el espacio virtual. Ahora, si lo que esa sombra evoca es su propia poesía lo que se abren son esclusas del pensamiento que los demás intentarán desmenuzar, mutilando su propia literatura para sostener un diálogo prosaico.
En este juego de simulaciones se deja al margen el contexto, la atención se encuentra dirigida a un hilo tensado cuya altura se desconoce (alguien lo sabrá, los ocasionales visitantes nadarán en el supuesto de las ideas).

Tal vez haya cansancio, o una botella a medio terminar, hasta que la sombra parecida al títere que la sostiene se deja abatir por el sueño, olvidando anotar la dirección donde proseguir el compartido hallazgo. Los demás caen, tomados de una cuerda que los arrojará a una meseta inerte, la de sus propias computadoras esperando vanas respuestas.

Al otro día, un cuerpo sin su sangre se pondrá a cumplir una rutina, y no podrá tener el don de volar, para ver desde los techos su vida previsible, su cuadriculada conjetura.

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