jueves, 27 de diciembre de 2012

Los límites


Cada tanto camino un trecho por un sendero cubierto de sombras de eucaliptos y pinos, hasta llegar a una cerca con alambres de púas, me suelo detener frente a un campo de cultivos, de un lado terrenos ocupados por fábricas y del otro plantaciones de alcachofas, brócolis y acelgas, estar ahí me recuerda que tengo un límite frente a mis ojos, yo podría franquear esa cerca, pero invariablemente tendré otra más adelante, y así sucesivamente. Por largos minutos miro a lo lejos una hilera de arbustos de un monte impreciso, de vez en cuando tres espaldas inclinadas recogen lo cosechado, parece un paisaje detenido en el tiempo, hasta los pájaros parecen fijar un sesgo de lo inamovible, habitan este pedazo de cielo sin posarse en los surcos verdes y marchitos, en las semillas desperdigadas en largas hileras, como si fueran manchas que retratan la soledad en cuadros sin fondo, solo marcos que penden de un hilo, quietudes clavadas en un tronco, apenas se los advierte como en un fulgor, arrastrando la quietud de una penumbra.

Es curioso, si cambiáramos el plano y lo eleváramos, observaríamos desde arriba nuestra propia celda dentro de un sistema cuyos límites apenas podríamos alcanzar a divisar, no logro ver en que se diferencian los esclavos espirituales, que viven recluidos en su propia insinceridad, con estos trazos cuadriculados que nos recuerdan nuestra propia finitud.
Me ha pasado cuando volvía al mar, si caminaba más allá de las dunas llegaba un punto en que dejaba de escuchar el bramido de las olas, en el mismo momento en que aparecía ante mis ojos la primera alambrada de púas, a escasos kilómetros de la ruta, donde nada se advierte salvo el silencioso camino amarillo de los escarabajos negros, con sus huellas diminutas que el viento no logra borrar.

Siempre vuelvo al mismo lugar, siempre tengo esa cerca por delante, que no me deja avanzar, siempre hay un límite que pareciera que nadie vigila, es algo irresuelto en mi vida, me cuesta encontrarle sentido, llego a esperar incluso que pasen algunos pájaros, creyendo que son parecidos al día anterior, es entonces cuando me doy cuenta.

Y vuelvo tras mis pasos a mi vida conocida.

PD:
Por cierto, feliz año nuevo, que puedan empezar en armonía un nuevo ciclo, que sus andares se pueblen de dichas…

sábado, 22 de diciembre de 2012

Una palabra...



Hoy, en esa construcción arborescente que suponen los contenidos multimedia de Internet, encontramos en el mismo término notas o fragmentos de diversos autores, documentos sonoros y visuales, monografías, leyendas, poemas alusivos y enlaces con abundante bibliografía en diversos sitios virtuales y digitales.

Pensemos en las bibliotecas que puedan ofrecer a sus lectores documentos locales, generados “desde adentro”, con acceso a notas marginales, acervos comentados, archivos orales, construcciones interdisciplinarias, que permitan una idea de “completitud” del concepto, tarea posiblemente inabarcable, pero que potenciaría la noción de “sociedad del conocimiento” (a pesar de saber que según UNESCO casi el 40% de la humanidad es analfabeta, lo cual confronta el sentido de dicha sociedad).

Se trata de potenciar el saber, de permitir que el conocimiento se pueda duplicar, y para lo cual, en estos tempranos días, no queda otra cosa que generar conciencia.

sábado, 15 de diciembre de 2012

Los artilugios literarios



Ezra Pound

El artilugio de fraccionar la composición en versos…

Ejercicio sutil que ha permitido la divagación de extensas ideas.
¿Cómo no discurrir en aquellos prados?
Es lo que ocurre cuando nos encontramos con el bosquejo de un concepto frondosamente desarrollado, para luego desarticularlo sin lógica, ignorando los planos, dejando de lado los posibles fundamentos del poema, un mero sinsentido de las conceptuaciones vanas, intentando decir algo que no se parezca a la cita asolada, de la cual bebimos incómodamente.

Citando mal a Rimbaud “todos hemos sido ladrones de fuego”, hay veces que un simple terceto de versos huesudos nos iluminan un pequeño recóndito de posibilidades infinitas, pronto olvidamos la cita, y nos extraviamos entre el desarreglo de los sentidos buscando entender lo que acaso ya comprendimos.

¿Cómo saber -en que parte del poema- se advierte la sustancia de otra fuente, acaso con otro fin, con otra espesura?

Yo bebo de lo que contienen estas alforjas, y me deleito en las mismas penumbras, la de las primeras palabras, y las de aquellas que duplicaron fragancias que el viento desvaneció.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Indagación de la literatura


Hace unos días encontré una entrevista audiovisual realizada a Martín Gambarotta en el canal de televisión del Instituto Cervantes, algo que dijo me hizo recordar a un lector ocasional quien, al ver a Borges en la calle, le agradeció haber descubierto, por sus comentarios, la prosa de Stevenson, en un momento el autor de Punctum menciona como un feliz hallazgo el haber leído “el arte de la poesía” de Ezra Pound, fui hacia una breve introducción del texto y me pareció que aquel poeta ofrecía desde el entendimiento de su oficio una lectura clara sobre la necesidad de construir sentido crítico por parte de algunos escritores, aconsejando no reiterar con palabras prestadas antiguas ideas, concepciones y estéticas.
Para Gambarotta estas escrituras y ensayos en prosa semejan “poemas como manuales para quienes quieren empezar a escribir”, donde sus textos resultan “democráticos” y esclarecedores, pero hay algo entre sus respuestas que rescato mucho, producto de las sucesivas lecturas recomendadas:

la idea de que la literatura es tratar de buscar que es la literatura”.

Según sus palabras “la indagación misma vendría a ser la respuesta, a veces uno piensa que podría haber un sentido mayor para la literatura pero en realidad esa indagación misma es lo que termina siendo literatura, por ende la indagación de la literatura sobre literatura es literatura"

Martín Gambarotta finaliza la entrevista con la lectura de un poema propio, unos versos que me hicieron recordar una escena de “Poesía”, la película de Lee Changdong donde un profesor de literatura, en un taller de escritura, les pregunta a sus alumnos cuántas veces vieron una manzana, para después decirles que en realidad “nunca vieron una manzana”.

Cuando se corta por primera vez
un pomelo en un lugar desconocido
con un cuchillo de punta redonda
y poco filo, más apto en realidad
para untar manteca, el pomelo se vuelve
más extraño que el mundo que lo rodea
de modo que mirarlo detenidamente
por demasiado tiempo antes de partirlo
es una invitación al pánico.

Cortó un pomelo transversalmente partió la mañana en gajos raros
la carne rosada expuesta por primera vez
hirió con énfasis su mundo intraducible
generando una pausa acá en el contexto de la fruta acuchillada

No esta dado el contexto para cortar un pomelo
pero igual corta el pomelo y así cambia el contexto dado
con un ademán ficticio produce y no produce
una alteración momentánea que oblitera el único dato cierto
nunca hubo fruta por cortar.


Viendo atrás, en otra entrevista, no puedo dejar de reconocer la claridad conceptual de este gran poeta, y la coherencia, con respuestas como esta, donde refuerza con otras palabras las mismas inquietudes con respecto a la escritura:

Pero mirando hacia atrás me parece que todo es indagación. Todo era preguntarse qué es escribir, qué es un texto, para responderme qué es escribir, qué es un texto, por no decir qué es literatura. Y digamos que la mayoría de los sistemas literarios o de los sistemas, o la mayoría de los escritores que interesan finalmente están indagando eso. Los sistemas pueden incluir muchas cosas y cuantas más cosas incluyan, mejor

Y no se trata en este caso, como dice Pound que “no corresponde a los modernos decirlo de nuevo ni empañar la memoria de los muertos diciendo lo mismo pero con menos habilidad y convicción” no, en este caso, puntualmente de crítica literaria, la inquietud u obsesión de Gambarotta es ir detrás de lo que sucede en el momento en que sucede, la ineludible necesidad de indagar qué y porqué ocurre esto que llamamos literatura, es algo que va más allá de un mero sentido crítico.

Si como dice el poeta y ensayista norteamericano “La gran literatura es sencillamente idioma cargado de significado hasta el máximo de sus posibilidades” les cabe a los poetas indagar sobre el alcance ilimitado de tales posibilidades, una tarea ciclópea, que tiene tantas aristas como escritores existen, extendiéndose por el aumento de las lecturas y las variaciones de los contextos.

Si el autor asegura que “El hecho poético preexiste” entonces es menester intentar desarmar el concepto y volver a unir sus piezas, como si fuera un jarrón de porcelana arrojado al suelo del entendimiento. Construir de nuevo la figura, según hayamos desarticulado por completo el sentido de la afirmación.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Poesía es libertad...


En poesía, el inventor de un género, de un estilo, de un tono, el descubridor de una tierra desconocida, resulta -ya se sabe- más exhaustivo y eficaz que sus epígonos, que los muchos o los pocos que sobre ese estilo o tono, sobre esa tierra desconocida, deberían saber más aún que el precursor y que, en realidad, continúan su obra con fácil confianza y más refinados instrumentos. Ocurre aquí un hecho que no tiene paralelo en ninguna otra actividad humana. El primero que echa la mirada sobre un nuevo territorio y se interna en él es también su más eficaz cosechador, y más que un desmonte y una labranza, la suya se diría una incursión mongólica, uno de esos saqueos sobre cuyas huellas no vuelve a crecer la hierba. No faltan casos de creadores que literalmente sofocan en la cuna a los epígonos sin que pueda surgir el segundón para recoger la herencia. A ellos, por lo general, sólo se vuelve después de siglos, es decir cuando las vicisitudes de las ideologías y de los gustos han hecho de su obra casi un objeto, una creación de la naturaleza --como la intemperie con ciertos monumentos- y es posible inspirarse en ellos con un sentimiento genuino de descubrimiento, como ateniéndose a un dato natural.
El precursor y el epígono. El primero inventa, comprende y avanza todavía más; el segundo, tocado por la evidente, ambigua fascinación de la tierra hasta ayer desconocida, vuelve al sitio e investiga, construye allí su casa, planta el huerto y hace sus provisiones. A veces vive toda la vida, entre el respeto y el aplauso del prójimo, sin advertir que a sus provisiones les falta el gusto de la tierra, del agua y del cielo. Es un literato. Casi siempre lo sabe y se jacta de ello. Mejor así, por otra parte, y no que desespere de sí mismo: el literato que desespera de sí mismo, vale decir que comienza a quejarse, no se vuelve poeta sino solamente peor literato.
El poeta -decimos-:- inventa, comprende y avanza todavía más. Pero tampoco para él es cosa de broma. En cada rincón de su trabajo, de su conquista, lo espera el peligro de la Capua literaria. Uno puede siempre convertirse en epígono de sí mismo: ceder a la tentación de detenerse más de lo lícito para aprovechar del territorio ya conocido y conquistado. Y lo trágico es esto: que mientras a un literato no le interesa ser sino literato, un poeta debe ser también literato (es decir, culto, según su tiempo) y dominar con mano firme esta maraña de hábitos y complacencias que es su literatura. Su camino es el de las almas sobre el puente del Paraíso: un filo de navaja o, si se prefiere, una tela de araña.
¿Qué significa que un poeta se detenga más de lo lícito para aprovechar el territorio? Significa que se finge a sí mismo no saber lo que ya sabe. Fuente de la poesía es siempre un misterio, una inspiración, una conmovida perplejidad ante algo irracional - tierra desconocida. Pero el acto de la poesía -si es lícito distinguir así, separar la llama de la materia ardiente- es una voluntad absoluta de ver claro, de reducir a razón, de saber. El mito y el logos. Quien ha visto una vez en la propia inspiración, quien ha reducido a palabras, a lenguaje, articulándola en el tiempo y en el espacio, la extática maravilla del ser, resígnese y a propósito del mito en cuestión no se finja a sí mismo, para volver a gustar el tormentoso placer, una virginidad que ha perdido. Sí, entendámonos bien, su visión, su reducción del mito a figura, ha sido exhaustiva y soberana (y tal visión no es nunca deslumbrante; se necesitan días y hasta años de tormentosas tentativas y búsquedas); puede conformarse y esperar, con ecuanimidad, que de la maraña de la conciencia, del recuerdo y de la maceración le nazca una nueva virginidad, una nueva inspiración, un nuevo mito. Por el momento deberá conformarse. O, fingiendo no saber lo que ya sabe, jactarse del misterio que ha hecho público y transformarse en literato.
No es fácil decir cuándo debe detenerse el poeta. Por lo general, la maravilla le ha nacido tan de lo hondo, y la imagen creada -la primera presa de la tierra desconocida- tiene raíces tan tiernas y sensibles en su sustancia espiritual que arrancar1as significa lacerarse a sí mismo, quedar tan vacío como un huevo sorbido. Por lo general, la capacidad de sorprenderse, la riqueza mítica, es en cada uno una dote limitada, finita. Como no existe un espíritu que no pueda, al asomarse a sí mismo, advertir en su fondo un destello de misterio, una capacidad aunque débil de poesía (sobre ello se funda la universal legibilidad de los poetas), cada uno resulta así cada vez una excepción, es él mismo un prodigio, el creador para quien ese destello se extiende irresistiblemente hasta hacerse paisaje complejo, multiforme, accidentado, inagotable territorio. Añádase que la reducción a figura, a visión clara, a conocimiento mundano de una extática y candente intuición mítica sólo puede producirse en el terreno de un frío hábito técnico, de una experiencia cultural adquirida de efectivas reducciones de viejos mitos a mundo orgánico y racional; sobre la experiencia en suma de pasados éxtasis ajenos convertidos ya en literatura. En cierto sentido el poeta auténtico no puede dejar de ser el más culto de los literatos contemporáneos. Pero el peligro de abandonarse a hábitos y complacencias, de fingirse a sí mismo inspiración y virginidad, de tomar por el atajo de un estilo dado -de ver misterio donde no hay misterio es tanto más inmediato para el auténtico poeta, cuanto mayor es el número por él conocido de cómodas vías abiertas, desbrozadas ya, y cuanto más inaccesible y singular se le presenta el camino de lo ignoto, de lo informe, de lo inexpresado.
Resulta obvio añadir que también los literatos hacen obra proficua, y nada tan vano como la romántica cruzada dirigida a exterminarlos y humillarlos. No sólo porque los más grandes poetas hunden sus raíces en el suelo y en el abono de la literatura, que los nutre y compone en su mayor parte, sino sobre todo porque los literatos constituyen el esqueleto del público que escucha a los poetas y dan una voz y un sentido a las aspiraciones y respuestas de ese público ingenuo. Lo que ha sido visto y reducido a claridad por un poeta, sus presas en el país desconocido, se parece a esa fauna de la estepa y de la jungla que el cazador captura y transporta a un país civilizado. Estas extrañas criaturas, saturadas todavía de un fiero y primordial pavor, son enjauladas, exhibidas, descritas, obligadas; a vivir entre nosotros. No basta cuidarse de ellas. Si fuera posible, multiplicando y aislando entre nosotros los grandes trabajos poéticos, hacer callar toda otra voz, todo comentario, toda vulgarización, habríamos cumplido un trabajo semejante al de quien llena las encrucijadas con bestias hoscas y feroces y, al mismo tiempo, destina las jaulas a cárcel de domadores y guardianes. Juntas desaparecerían la vida civilizada y las fieras, o mejor aún, se asistiría a una nueva partida de caza con derroche de vidas, de tiempo, y con indignación de los mismos cazadores. Más vale reconocer que desde que el mundo produce poesía -desde que llegan de lo ignoto monstruos encantadores o atroces- el deber del hombre civilizado es poblar con ellos el zoológico y darles un nombre y una jaula: hacer literatura. .
Pero que sean de veras monstruos, mitos encamados, descubrimientos. No pavos o perros falderos. El mundo está lleno de quimeras y de sorpresas, pero sólo las auténticas interesan al poeta, y sólo cuando a éste le es posible obligarlas a revelar su nombre ellas nos interesan a nosotros. Aunque no todos se dan cuenta de lo que eso significa.
Una cosa de nada. El poeta, en cuanto tal, trabaja y descubre en soledad, se separa del mundo, no conoce otro deber que su lúcida y furibunda voluntad de claridad, de demolición del mito entrevisto, de reducción de lo que era único e inefable a la medida humana normal. El éxtasis o maraña donde se fijan sus miradas debe estar totalmente contenido en su corazón, y filtrándose por un imperceptible proceso que se remonte por lo menos a su adolescencia, como en el lento aglutinarse de las sales y de los zumos de los que, según dicen, nacen las trufas. Nada de preexistente, ninguna autoridad exterior, práctica, puede pues ayudarlo o guiarlo en el descubrimiento de la nueva tierra. Esta es algo tan cabalmente interior a él como el feto al útero. Si de veras se halla reduciendo a claridad un nuevo tema, un nuevo mundo (y poeta es sólo quien haga esto), por definición ningún otro puede estar al día sobre este tema, sobre ese mundo en gestación, excepto él que es también el árbitro. Inevitablemente, los consejos y los reclamos que le llegarán del exterior saldrán de una experiencia ya descontada de antemano, reflejarán una temática y un gusto ya existentes, es decir insistirán para que el poeta aproveche un territorio ya conocido, se finja a si mismo no saber lo que ya sabe. En síntesis, las intervenciones doctrinales, prácticas -ya sean expresiones del consenso de los más competentes colegas, de los lectores mejor intencionados o de los padres más reverentes-, no pueden tender sino a rechazar al poeta hacia la literatura, a impedirle que desarrolle su tarea específica de conquistar tierras desconocidas. La sujeción ideológica ejercida sobre el acto de la poesía transforma, sin más, a los leopardos y a las águilas en corderillos y perros falderos. En otras palabras, instaura la Arcadia.
Aquí se aprecia la importancia de la cultura del poeta, ese imperativo por el cual en su vida cotidiana debe tender a convertirse en el más culto de los contemporáneos. Si el poeta busca de veras claridad y espera exorcizar sus mitos transformándolos en figuras, no cabe duda que sólo podrá decir que lo ha logrado cuando esa claridad lo sea para todos, un bien común en el que pueda reconocerse la cultura general de su tiempo ¿Y qué significa esto sino que el estilo, el tono, el territorio por él descubierto, se incorporarán naturalmente al panorama histórico de su generación y contribuirán a componer el nuevo horizonte, la conciencia, fruto como son de un auténtico estupor que sólo los más progresistas y desprejuiciados medios de investigación han podido resolver en humano lenguaje? Pero -obsérvese- auténtico estupor significa estupor auténtico, vale decir no falaz, vale decir ese residuo irracional que continúa siendo tal a la luz de la más científica teoría de la época. Antes de ser poetas somos hombres, es decir, conciencias que tienen el deber de darse, sometiéndose a la escuela social de la experiencia, el mayor conocimiento posible. En cambio, todos los consejos, las reprimendas que los responsables de una generación dirigen a los poetas en cuanto tales, son en pocas palabras superfluos, exteriores, indecentes, como los consejos que la madre solía dar antaño a la hija en vísperas de la boda.
El poeta verdadero ya se los ha dirigido a sí mismo, haciéndose culto. Mejor sería exhortar con vigor a la cultura y al conocimiento a los candidatos a la vida social -los jóvenes literatos, ingenieros, seminaristas- e inculcarles que la dirección de la vida interior es una sola, la incansable demolición de los mitos, la reducción de toda perplejidad de estupor a claridad. Y luego, si alguno de ellos afirma que es poeta y da razonables esperanzas, dejarlo que se hunda en el abismo de su inquietud y esperar las consecuencias. Nadie que no sea él puede hallar el camino verdadero, pues sólo él conoce la meta.
(La letteratura americana e altri saggi)


Este ensayo fue traducido por Rodolfo Alonso, forma parte de una antología esencial publicada por la Revista de Poesía Fijando Vértigos [poesía 16, octubre 2007, Buenos Aires, página 22-24], sobre parte de la obra del poeta italiano Cesare Pavese, la edición cuenta asimismo con prólogo y selección del autor de “defensa de la poesía”. Vale la pena detenerse en la crítica conceptual del estado creativo, y entender que esta incursión por los senderos del poema confiere al poeta un conocimiento profundo de sus extensos dominios.

Las ideas del texto resultan reveladoras.

Cuando el poeta finge no saber lo que ya sabe ¿Qué es lo que sabe? Hay que tener en claro la disyuntiva, hacerse profundamente esta pregunta, porque tal vez no sepamos explicar aquello que forma parte de nuestro dominio, aquella jactancia del misterio desandado, lo que supimos ver en medio de la tierra desconocida y por lo cual deberíamos convertirnos en literatos.

Por lo demás, es muy cierto esta frase del autor “no es fácil cuándo debe detenerse el poeta”. Dominar un vértigo, hasta hacerlo descender, llevando hacia comprensibles orillas aquel territorio conquistado.
La claridad, compartida en humano lenguaje, es aquella que busca entender los mitos que el poeta transformó en figuras, como un bien común, el inmediato reflejo de la belleza.

Aprendí que sin estudios previos no se alcanza ha comprender el plano del poema.
El poeta debe cultivar el plano, imbricando y desbrozando el poema.
De lo contrario solo se proferirán hermosos aullidos con los pies desequilibrados.

sábado, 24 de noviembre de 2012

La construcción de sentido


Imaginemos a partir de allí enhebrar argumentaciones de oídas para posteriormente refutarlas sin escándalo, y todo sin un hilo conductor que pueda trazar origen, desarrollo, discernimiento y conclusión, sin contar en el medio el atravesamiento de planos e ideas que puedan entrelazar alguna variable teórica, de la que comúnmente se discute sin conocimiento real del problema que se intenta dilucidar.

A veces pienso en las respuestas simples, las que daría un niño de 9 años, una de ellas tal vez sea la ausencia de lectura de libros, por lo general nos empantanamos con noticias de diarios, artículos de opinión, versiones de versiones y citas de autores que probablemente citaron fuentes sin estudiar el texto que finalmente publicaron, entonces estamos listos para opinar, creyendo aportar conocimiento.

Algunos lo pueden llamar la construcción de sentido, valiéndose de referentes que pasan a ser voceros de un relato, a muchos otros no les alcanza el tiempo y se contentan con una versión, de allí a las discusiones de café creyendo entender lo que se piensa, cuando lo que ocurre es la reiteración de palabras prestadas que a su vez carecen de un sustento filosófico genuino.

Construcción por intermedio de adscripciones.
Tiestos que buscan articular un sistema de pensamiento.

Frecuentar teorías aporta variables al contenido de los debates, le otorga riqueza semántica, pluralidad de sentido. El tema es la validez subjetiva de los aportes periféricos, que dicen algo del esquema instalado, pero no dan cuenta del fondo en el cual se encuentran imbricadas las diversas articulaciones sociales.

Es entender un plano desde una posición elevada. Cuando se sabe porqué un esquema depende de otro, comprender que conexiones hay detrás de la palabra, de que componentes está hecho cada concepto, como funciona lo vertebrado, que activa qué, y porqué.

Ver o mirar.
Oír o escuchar.

Entender.

domingo, 18 de noviembre de 2012

Ir hacia atrás


“El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quién sabe! El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate. Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar. Ha formado el blanco pelotón fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita: “Venda no”.

”Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso. Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?

— Pelotón, firme. Apunten.

La voz del reo estalla metálica, vibrante:

— ¡Viva la anarquía!
— ¡Fuego!

”Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas. Fogonazo del tiro de gracia.

”Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero martillea a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y con zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra.

”Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón, Álvarez, de Última Hora, Enrique González Tuñón, de Crítica y Gómez de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la Penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:

— Está prohibido reírse.
— Está prohibido concurrir con zapatos de baile”.


Esto lo escribió Roberto Arlt, siendo uno de los testigos del fusilamiento de Severino Di Giovanni, ocurrido el 1° de febrero de 1931. De este modo, el escritor argentino narró los últimos momentos de vida del anarquista italiano.

Estar allí, donde ocurren las cosas, más allá de las adscripciones simbólicas que hagamos de los hechos y los sujetos, los hay quienes, como en el texto planteado, viven instancias irrepetibles, y tienen la virtud de narrar lo que acaso vieron. Se podrá discutir si la narración corresponde a la realidad, o si el autor agregó líneas épicas o piadosas según lo interpretado, lo innegable es el cruce de caminos entre la literatura y la historia para dar cuenta de un hecho crucial.

Hace poco Florencia Abbate mencionó sobre “la verdad” de la ficción histórica, preguntándose entre otras cosas si es más importante el valor literario o el histórico, la incidencia de las novelas históricas en la constitución de la identidad de los pueblos y la indagación de cómo moldea la literatura nuestra percepción de la historia.

En la Grecia antigua, los rapsodas fijaron para la inmortalidad el carácter colectivo de las gestas históricas, siempre conoceremos la cólera de Aquiles tal  como ha sido fijada para la escritura, en lugar de otras versiones que el paso de los años y las circunstancias se encargaron de sepultar en el olvido.

La autora destaca un hecho particular, los libros de historia han abordado de manera exhaustiva lo ocurrido en la Revolución de Mayo, sin embargo muchos lectores recordarán siempre a Castelli tal como Andrés Rivera lo presentó en su novela: “el sufrido luchador que murió por un cáncer de lengua habiendo sido justamente el orador de la revolución”.

Mirar para atrás es inquietante ¿Qué nos lleva, de la mano de la literatura, a recoger tiestos del pasado para ofrecer una pintura según el entendimiento de nuestro presente?

Ir para atrás en el poema creado tal vez provoque nuevas lecturas y consecuentes reescrituras. Partir, ya desde una meseta, o desde un promontorio, a revisar huellas que otros pisaron, a indagar sobre lo imbricado. ¿Quién agregará una comprensión original del poema histórico? En estos casos tal vez resulte conveniente desconocer los ensayos previos, ir hacia la obra sin intermediarios, de ser posible en la propia lengua, luminosa tarea que requiere tiempo y de un meditado estudio.

El tiempo que es exiguo, perdido en planicies escuetas, en ecos de voces deshiladas, en estantes herrumbrados bajo la quieta espera, al final del pasillo apenas iluminado de una biblioteca, donde todo esta por nacer.

jueves, 15 de noviembre de 2012

El estanque de agua quieta


He aquí un poco de quietud luego de ocurrida una tempestad.
En este lugar (una autopista que llega hasta Ezeiza) una vez al año se inunda al costado del camino, el pasto deja de verse por unos días, se forma una laguna, un estanque de agua quieta, entonces sale el sol y se desata la poesía.
Los árboles se duplican, el plácido reflejo del espejo de agua, impide saber donde terminan y donde empiezan aquellas ramas, donde continúan aquellos troncos.
Me hace acordar a ciertas pinturas rupestres prehispánicas, cuyos grabados representan la inmortalidad, un camino o puente hacia otro mundo, una suerte de dualidad natural, de complementariedad eterna.

Es atemporal lo que sucede, ajeno como estoy a los autos veloces, que pasan indiferentes con sus radios encendidas.




sábado, 10 de noviembre de 2012

Lo que ya sabemos


Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra / traspasado por un rayo de sol / y de pronto atardece”.
Quasimodo

El crepúsculo de toda existencia, los tonos ocres y bermejos de un día en la vida, el café que tomamos en silencio mirando los autos repetidos, cuando siempre fuimos los conductores de esa única autopista, la tarde que pasamos por última vez la puerta de salida de nuestro trabajo, la película en blanco y negro que nunca vimos, y sin embargo éramos los protagonistas, el libro de historia que volvimos a leer fuera de la escuela, el árbol de casa que creció mientras estábamos dormidos, sin que nos diéramos cuenta del televisor encendido y los juguetes tirados en el suelo, es cierto que al final del día recogemos lo balbuceado, las cotidianas acciones que dicen algo de lo que somos, pero que no dan cuenta de todo lo que representamos, recién entonces, en ese umbral de quietudes vanas, sabemos que de algún modo perdimos otra oportunidad de sumar valores, cuando no sabemos bien que es el valor, de que modo se mide, como se lo desarticula para descifrarlo por dentro, y todo eso supone ser conscientes del paso del tiempo, lo que hacemos y aceptamos hacer, lo que ofrecemos porque alguien nos lo pide.

Cada día hago una mayor autocrítica de las discontinuidades y rupturas en las que suelo formar parte, sin entender del todo porqué algunas cosas me afectan.

La frase de Quasimodo aún espera ser descubierta no desde lo literal sino desde las miradas endógenas de aquello que nos pasa sin modificarnos, porque es cierto que algo ocurre en ese devenir, apenas lo comprendemos, aunque hagamos de cuenta, como dice Cesare Pavese, que fingimos no saber lo que ya sabemos.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Homenaje de Rodolfo Alonso a Leonardo Favio

Estimados

Se comparte un sentido texto de Rodolfo Alonso (poeta, traductor y ensayista), con motivo del reciente fallecimiento de Leonardo Favio.
El poeta, quien formará parte de un homenaje a la poesía en la Biblioteca Nacional (martes 13 de noviembre a las 19 hs, Sala Augusto Cortazar, calle Aguero 2502) evoca las felices circunstancias en las que conoció y admiró al destacado artista argentino.
Vayan sus palabras para significar el valor de lo creado.

Mi Leonardo Favio

Ahora que su lamentable desaparición física ha provocado tantos y tantos comentarios (más que merecidos en su caso), quisiera hacer notar algo que ha pasado desapercibido. Cuando lo conocí, él era el actor preferido de Leopoldo Torre Nilsson, de muchas de cuyas principales películas fue protagonista.
Y algo más no ha sido recordado, esta vez probablemente con razón. Uno de sus primeros títulos como director, a cuyo preestreno me hizo el honor de invitarme, no muy bien recibido entonces por la crítica y los dueños de salas, fue en cambio tan conmovedor para mí que me llevó a escribir un texto: “El canto del cine”, que él llegó a ver, y que recién en 1967 se publicó en el diario La Capital, de Rosario. Decía así, y es importante al leerla ubicarse en la época:
“Cuando las luces se encendieron sobre el rastro del satélite que, cruzando melancólico el cielo de la pantalla, pone punto final a uno de los filmes más líricos y auténticos del (ahora sí) nuevo cine argentino, esa sensación de exaltada ansiedad por comunicarse que suele dejarme el descubrimiento de una obra de arte original, se unió a la duda de que el cabizbajo y nervioso director Leonardo Favio, parado a nuestra espalda durante aquella exhibición privada –realizada hace ya casi dos años– de su Este es el romance del Aniceto y la Francisca, de cómo quedó trunco, comenzó la tristeza y algunas pocas cosas más, quizás iba a creer que mis expresiones de entusiasmo eran sólo de compromiso. (Por suerte, quizás ahora que va a leerlas escritas, llegue a creerme.)
”Y quiero escribir sobre el Romance..., no sólo por lo injusto del recibimiento con que cierta crítica (pienso en la de La Prensa, específicamente) y ciertos exhibidores –el de su sala de estreno en Buenos Aires– quisieron disminuirlo o silenciarlo. Ni porque aquel movimiento valiente, intuitivo y desordenado que se dio en llamar ‘nuevo cine argentino’, y con cuyos orígenes algo tuve que ver, haya logrado recién ahora (mi homenaje, al pasar, para Alias Gardelito, de Lautaro Murúa), cuando parecía –y quizás esté, por desgracia– definitivamente sepultado, una obra maestra (así, con todas las letras). Sino también, y sobre todo, por lo que este maduro film del talentoso y sensible creador que nos ha resultado este Leonardo Favio, tiene que ver con la poesía.
”No conozco otro en todo el cine argentino –y no muchos en el extranjero– que alcancen un lirismo tan hondo, tan evidente, tan legítimo, tan conmovedor. Visión auténtica del manoseado cuando no olvidado interior del país, sin folklorismos recargados y facilones, con acción, lenguaje y clima, con personajes logrados y tocantes, gozando de un buen guión (el cuento original es de Zuhair Jury, hermano de Favio) y una maravillosa fotografía (consagración de Juan José Stagnaro), donde descuellan el descubrimiento –antes que la TV– del expresivo Federico Luppi, la madurez de María Vaner y una Elsa Daniel desconocida. Todo ello dentro de una brillante y emotiva dirección general. (Lo que no quiere decir nada si no se comprende que, aquí, la de ‘director’ no es una denominación más o menos técnica, sino el sinónimo de creador.) Porque todo, todo el film está embebido de la sensibilidad e inteligencia fluidas de Leonardo Favio. Es realmente, y pese –o gracias, claro– a la excelente calidad de todos sus colaboradores, un verdadero ‘film de autor’.
”Ahora que en Buenos Aires alguna sala se larga a volver a darlo, y que seguramente comienza a llegar a los cines del interior, ese interior que evoca tan dignamente, pensé que debía escribir estas líneas –anticipando el éxito y la resonancia que tarde o temprano, indefectiblemente, tendrá– como un llamado de atención para el espectador atento y como un fraternal y agradecido homenaje a Leonardo Favio y a todo su equipo”.
Así saludaba yo entonces, en 1967, cuando su extraordinario Romance del Aniceto y la Francisca... aún no había sido debidamente valorado, a Leonardo Favio. No veo por qué, ni tampoco siento, que deba despedirlo ahora con otras palabras.


sábado, 3 de noviembre de 2012

El Dios que no


Estoy leyendo el Anticristo de Friedrich Nietzche, veo un sendero del entendimiento que se escurre, cuyo vínculo es la necesidad de instaurar una fe, el porqué se desnaturaliza una noción de Dios, convirtiéndose en concepto de una supuesta ley moral ¿Qué hay detrás de todo esto?
Apartando los lineamientos de las creencias religiosas ¿no existe acaso un hábil posicionamiento en la significación del pecado?, el orden se trastoca y con el, toda semántica pierde sustancia. El Dios justo de un pueblo oprimido termina siendo un dios condicionado, que ya no escucha, ni ampara.
Se subvierten los valores, en aras de un único valor, determinado por quienes ungen, con perturbadora inocencia, los preceptos de la verdad y las buenas costumbres. De allí en adelante, nace una pirámide. Se piensa a partir de esto, como si se trataran de piedras enquistadas en las catedrales de la razón, en cuyos subterfugios habita la idea del pecado como instrumento de poder y sumisión.
Estado de cosas donde alguien determina el territorio, eso que llaman “el reino de Dios”.
Desprecio, profanación, alimento y subsistencia. Sobre estos términos arrojó su desdén el filósofo alemán. Llevo hacia graneros abandonados lo que creo entender del asunto.
Dios establecido como concepto de ley para construir sentido normativo desde espacios de poder.

Yo difiero, buscando en todo esto la poesía, en cuanto al texto, veo en la teología la intención de direccionar adscripciones simbólicas, por fuera de los parámetros de la razón, parecería que de tales sedimentos se desprenden estas ideas.

sábado, 27 de octubre de 2012

Dentro del sistema


Es mediodía, y hay nubes en el cielo azul, una larga que parece un velero fantasma, otra en forma de arbusto o arbolillo y una más allá, que pareciera tener dedos tratando de alcanzar un cuchillo, estoy mirando el centro porteño desde lo alto de un edificio, veo a un hombre que mira el río, quieto como una cosa, veo a otro de saco y corbata con su celular, parece preocupado, enfrente hay ventanas con personas detrás de computadoras, todos hacen algo, todos tienen algo que hacer, ajenos al día que se va nublando y a los colectivos que parecieran ir sobre rieles, cumpliendo su mecánica rutina.
Una mujer espera en una esquina, mira hacia el río sin poder verlo, un enorme edificio se lo impide, el enorme edificio tiene los ventanales oscuros pero se ven luces prendidas, luces de oficina, el río se debe ver bien desde ahí, pero no se ve, todos divagan por túneles virtuales buscando respuestas del sistema, todos tienen un tiempo para cumplir con sus tareas, todos limpian u ordenan los quehaceres básicos de la subsistencia, todos cumplen con el rito mecánico dentro de una arquitectura vertebrada, todos son poleas de la gran máquina, muñones de carne, cables articulados hacia múltiples usinas, todos parecen supeditados a algo que los excede, todos parecen reír como marionetas, y no se sabe quien los pulsa, quien los anima...
No se sabe quien es el prestidigitador, no se sabe el plano ajeno -seguramente diseñado por una conciencia más elevada- ni siquiera se sabe quien activa la señal para que las cosas nos modifiquen.

Estamos en un arenero, haciendo complejos castillos de arena, vaya a saberse quien construyó este círculo, y cómo entramos en el, si alguna vez pensamos en las variables de las extrañas simetrías, en la que fuimos –somos- simples proyecciones regresando de donde nunca salimos.

Todos apagan el sistema sin desconectar el último interruptor.
Como finalmente sucede cada día, todos vuelven a casa.

viernes, 19 de octubre de 2012

Significaciones


Así, yo trabajo para volverme un vidente. Y terminemos por un canto piadoso...”
Arthur Rimbaud

Hace poco busqué en el diccionario los términos que hacen a este blog, el propósito no deja de ser extraño, en cierta manera encuentro un paralelo con las decisiones: suelo tomarlas pero al poco tiempo tengo que tratar de entenderlas. Primero busqué el significado de “espantajo” como si no lo supiera, y encontré que se trata de una especie de ropaje o estropajo que se utiliza para espantar a los pájaros en los sembradíos (la frecuente imagen del espantapájaros), aquello que busca infundir temor. Luego busqué “áureo” y encontré una idea de resplandeciente, relativo al oro, o áurico, aunque ensoñadoramente lo entendí como etéreo, volátil y acaso luminoso, buscando representar aquella sensación de fugacidad de la belleza, irrumpiendo desde lo imprevisto, y desapareciendo en el acto, como cuando un pavo real se pierde en la espesura y apenas lo pudimos ver, quedando el escenario imperceptiblemente modificado en una rama quebrada, y sin embargo segundos antes “había ocurrido” la poesía.

Anteponer “áureo” a la idea de “espantajo” pretende fulgurar una instancia acaso única e irrepetible, la mirada de alguien sin pertenencia que en ese mismo momento esta viendo la creación de la poesía, la contemplación misma de la belleza, el candente paso del desarreglo de los sentidos a la palabra, cuyo prolongado silencio guarda la forma y el significado de lo creado, huelga aclarar que para acercarse al personaje del paraguas endeble hay que dejar atrás ciertos atavíos, porque la imagen en el fondo busca, desde su perplejidad ante la lluvia del mundo, espantar al que se acerca, advertirle que el terreno donde piensa avanzar es como un desierto del cual no se sale indemne, para finalmente llegar a descubrir en ese camino el poema no nacido, acaso llegar a verlo, imaginar su invisible plano, sus variables como esquirlas de una lejana constelación…
Esto tal vez sea así porque la poesía no es sencilla de escribir ni mucho menos de leer, requiere un ejercicio previo, un acercamiento caótico y a la vez vulnerable con la palabra y el lenguaje, para que una vez superada la incertidumbre inicial el lector ocasional descubra en esa imagen a la poesía misma, alguien que simplemente busca compartir, en esquema de relatos, el gusto por la poesía revelada, el más allá de la palabra, el vórtice de la creación…

Esta epifanía, a pesar de anhelarlo, el áureo espantajo no logra imbricarla, y no lo logra porque abruma concebir que una persona, por intermedio de la escritura, pueda significar la poesía.
En esa derrota y en esa elección radica el sentido de ofrecer este espacio de la palabra, donde las cosas simplemente ocurren, como en el poema creado.

Por lo pronto, horadar todo desvarío, me recuerda la futilidad de intentar comprender la obra de un vidente, no me apresuro en la idea, estoy aprendiendo a ver, y a oír. Lo demás es una lluvia que siempre me recuerda el paso del tiempo.

sábado, 13 de octubre de 2012

Los literarios destinos


Iba para Pacheco, llegaba antes de lo previsto, me detuvo un bar que era a la vez un almacén, y que seguramente fue una pulpería en sus comienzos, un lugar de estancia y de paso, atravesé unas cortinas de plástico como si estuviera en el lejano oeste, había un pasillo mínimo, blanco y negro, iluminado por la luz del día que se filtraba entre las cintas de colores, solo dos mesas y la barra de mosaico con la heladera debajo, donde el mozo apoyaba los codos, “inmóvil como una cosa”, pero lo que me hizo entrar era la música clásica que se escuchaba con volumen alto, lo demás fue medio cinematográfico, el mozo que se acerca y me dice “si no te gusta la música clásica lo lamento porque no la pienso apagar”, “entré precisamente por que escuché música clásica”, le dije, luego pedí un café, pero después se puso un poco denso, se sentó en mi mesa, escrutándome con la mirada, como sospechando de mi presencia, y ahí nomás empezó a hablar pestes del gobierno, de la presidenta y de todo cuanto fuera terreno político, me estaba tanteando a ver como reaccionaba, y constantemente repetía que “yo acá hago lo que quiero y al que no le gusta que no entre”, pero mirándolo con el libro en la mano que por cierto pensaba leer no le quedó otra que levantarse e irse detrás del mostrador, en eso llegó un paisano que saludó con su boina negra y su chambergo gastado, pidió caña con una seña, entonces me detuve un poco en la geografía del lugar, viejos banderines clavados en la pared, botellas de licor cuyos cristales parecían engrasados a la luz del sol, y algunas herramientas de arado apoyadas en el suelo, al fondo del pasillo me gratificó encontrar muchos cuadros de antiguas fotos familiares, amarillentas y grises, en tonos sepias, dobladas o cuarteadas por el paso del tiempo, era agradable estar ahí, a pesar del vozarrón del viejo, del cual ahora no recuerdo la cara (me pareció que tenía bigote). Todo esto me retrotrajo al cuento favorito de Jorge Luis Borges, “el sur”, esperaba que de un momento a otro apareciera Dahlmann, y luego algún borrachín que le tirase una miga de pan y provocase una pelea, pero a veces la realidad solo resulta el marco de una historia que nunca ocurre, así como un escritor detiene en palabras los acontecimientos mínimos, que apenas conoce, así también quedaron en mi memoria aquellas sombras que nunca más volveré a ver, que extraño fue entender, mientras me estaba yendo, que ciertos destinos ocupan un lugar en la literatura, sin que sus personajes sepan que no son lo que otros han decidido que fueran. 

jueves, 11 de octubre de 2012

Bolsas


Este poema de Ricardo Zelarayán es de aquellos que te dejan ataviado a una especie de limbo mientras lo vas leyendo, y resulta ser que ese indeterminado trance tiene carnadura con un pasado aletargado, que pareciera reciente, y acaso lo es.
El poeta hace trizas la noción del tiempo, atraviesa la escoria y llega a un momento parecido al olvido, leí este relato en la edición cartonera de Eloísa (Nueva Narrativa Sudaca Border), un día de septiembre de este año...

Linternas grandes, sordas, lo encandilan mientras le abren los párpados a la fuerza. La luz se le mete hasta los huesos. El porteñito tirita en medio de la oscuridad total. Le dan un violento empujón y le ordenan correr. No hay nada mejor que correr para entrar en calor. Y el encandilado desembolsado corre como un conejo blanco por el maizal en tinieblas. Suenan tres disparos secos. Basta con el balazo tuerto que pega justo.
El perro enorme y negro, de ojos chispeantes, sale de abajo de la cama de fierro de la Viuda Negra. No hay bala que lo alcance. Le gusta la carne dulce y la sangre tibia de las yeguas.
El candado muerde como colmillo. Cerrojos no son costuras. La aguja pica como avispa, silenciosamente. Las bocas fofas de las bolsas se presentan para que las costureen, después de meternos cada cual en la suya, de embolsarnos, bah, al porteñito y a mí. Después nos tiran con violencia al piso del coche que arranca volando.
Ahora los sentados atrás nos patean y pisotean a discreción. Por lo menos una gruesa suela se apoya en la cabeza de cada cual. Hay que ponerse en el lugar de ellos: es incómodo viajar con dos embolsados tirados en el piso.
Gorgojo que apenas gorjea, ya me voy olvidando del tiempo que pasa mientras babeo la arpillera. Siento la cabeza de huevo del porteño embolsado junto a la mía y trato de decirle algo a cabezazos. Inútil. No entiende, apenas se mueve. Encima trata de alejar su cabecita de la mía. Pienso qué tendré que ver con él, ¿Por qué se me habrá arrimado para hablar de cualquier cosa al mostrador del fondín? ¿Por qué se me pegó luego hasta la puerta? Trato de estirar mis piernas largas. Una patadita en los huevos y ya está, quietito otra vez. Hay que pagar derecho de piso. Seguimos a prueba. ¡Ay! Siento que me arde el lomo... Me han tirado un cigarrillo encendido. Enseguida me lo apagan con un fuerte pisotón.
Y así va la cosa. Por las voces, hedores, sudores, ellos son cuatro: los dos de adelante y los dos pateadores de atrás. Hablan de a ratos, de mujeres, de fútbol, de la madre, de motores. A veces mascullan algo entre dientes.
Yo ya empiezo a acostumbrarme a los pisotones y a las pataditas acompasadas, y más ahora que andamos a los barquinazos. Se ve que nos hemos salido de la ruta y que vamos por un camino áspero y cimarrón. Me duermo sin darme cuenta no sé cuánto tiempo. Me despierta el parlante gangoso de algún pueblo. Palito, Sandro, Gardel, ¡qué sé yo! El coche se detiene momentos después. Bajan de a uno, me parece. Un aire cálido se filtra a través de la arpillera, un olor arenoso, pedregoso. Vuelven a subir, volvemos a andar. Al rato huele a monte. ¿Andaremos por el norte de Santa Fe? Unas horas más la lluvia aclara todo o no aclara nada, pero evidentemente llueve. No puedo menos que mearme encima mientras trato de atajar los soretes que pugnan por salir. Recibo entonces primero una patada fuerte por meón, después otra más fuerte por cagón y, pocas leguas más allá, otra por vomitón.
Dos o tres horas después, barquinazo va, patada viene, termino por dormirme pesadamente. Sueño entonces que mis grandes orejas vomitan todas las palabras que escuché en la vida, interminablemente. Un fuerte pisotón en la muñeca me desvela. Se oye otra vez un parlante lejano, pero ahora reconozco: "La mujer es como el camoatí / cuando llueve no sale a pasear...". ¿Noche de domingo, domingo de discos viejos, pues? De pronto me levantan de golpe, cabeza abajo, abren la puerta y sin más me arrojan afuera a velocidad, con una última patada en el culo.
Un sopor interminable de muñeco roto embolsado, tirado en una zanja, saboreando agua estancada entre latas y vidrios. Al rato siento que un palo me tantea para ver si ladro. Tirar en una zanja una perra o un perro viejo y sarnoso tiene perdón de Dios. Entonces me esfuerzo, pero el aliento apenas me alcanza para un quejidito. Siento que tengo cerca un caballo que ahora resopla, después un paisano que carraspea. Forcejeo y alcanzo a decir en cristiano. "Cosa de borrachos", habrá pensado el criollo. Y se decide. Ya oigo el facón que corta la costura mojada y ¡afuera! El solazo me enceguece y doy a los tumbos los primeros pasos.
"¿De ande sale el mozo? ¿Quién le ha mandado casarse tan pronto? Ha principiado mal." A duras penas la lengua se me empieza a soltar. El paisano sigue: "Y a más, había sido flojo p'al trago... Vamos arrímese a tomar unos amargos... Y después unas achuras... ¿Ah?"
¿Y el porteño?, digo yo como perdido. ¿Y el porteñito alfeñique?
Yo pude contar el cuento. El del porteñito me lo contaron un año después. Primero supe de la muerte de una vieja bruja, la Viuda Negra, que no alcancé a conocer.
Luego oí decir que a unas veinte leguas al noroeste, otro paisano a caballo se sorprendió al ver en un maizal un islote de plantas el doble más altas que las demás. Pasa otra vez por el lugar y se interna unos cien metros a pie. "¿No se habrá venido a morir aquí, de muerte natural, aquel perrazo negro que atacaba a las yeguas y aguantaba las balas, aura que esa bruja de la Viuda Negra ya es finadita?". Lo piensa y lo cuenta. Después, a pico y pala, aparece el porteño, casi puro hueso, atravesado por las raíces. Tiene un agujero de bordes ennegrecidos en su cráneo de huevo.
Yo vivo ahora en el caserío de don Lucas, el paisano que me desembolsó, el que me puso el "Turquito". Me siento nuevo, nuevito en la flor de la edad. Ya tengo caballo, facón y guitarra y estoy esperando que pase la Flor que ayer me sonrió.
Sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared de la estafeta de Correos, echo un párrafo cansino con Mateo, el pintor que está subido en la punta de una escalera. La siesta llega temprano con la resolana. Ya me estoy durmiendo...
A la hora o más me despierto sobresaltado. Tengo los párpados pegados.
¡Caramba! Me han pintado entero de blanco mientras dormía, lo mismo que el frente de la estafeta. "Todo lo que no se mueve se pinta", me explica después el Mateo.

sábado, 6 de octubre de 2012

Arma de instrucción masiva


En ocasiones las construcciones filosóficas se realizan a partir de fragmentos, sin tener una noción de cómo se originaron los asentamientos de los conceptos, ni tener dominio del significado de las palabras ni de la coyuntura del esquema planteado donde poder sustentar una teoría, en este planteo se suele agregar un manejo híbrido de las terminologías, que producen ambigüedad conceptual y ausencia de univocidad, imaginemos a partir de allí enhebrar argumentaciones de oídas para posteriormente refutarlas sin escándalo, y todo sin un hilo conductor que pueda trazar origen, desarrollo, pensamiento y conclusiones, sin contar en el medio el atravesamiento de planos e ideas que puedan entrelazar alguna teoría distinta de la que comúnmente se discute sin conocimiento real del problema que se intenta dilucidar.

A veces creo encontrar respuestas sencillas, una de ellas tal vez sea la ausencia de prácticas de lectura de libros, por lo general nos empantanamos con noticias de diarios, artículos de opinión, versiones de versiones y citas de autores que probablemente citaron sin estudiar el texto, entonces estamos listos para descifrar lo que parece comprendido, creyendo aportar conocimiento. Paralelamente algunos medios de comunicación construyen sentido desde las portadas con títulos exclamativos y desarrollos del cuerpo de las noticias en modo potencial, lo cual establece confusiones en el lector al pretender discernir con lecturas propias una realidad tergiversada.

Para esto se valen de referentes que pasan a ser voceros de un relato, condicionados estos por factores económicos y políticos, pero que cuentan con puntuales aplaudidores que sostendrán el espacio adscribiendo a verdades relativas y parciales.

Relatores de un relato, cumplido para construir sentido, para que hagamos de cuenta que estamos informados. Se trata de un circo, todos al final del día cumplen su función. Todos se retiran a sus rutinas convencidos que así funciona el mundo.

Hay un loco suelto por Buenos Aires, generalmente anda por la capital federal, tiene un viejo Ford Falcon que convirtió en tanque de guerra pero lleno de estantes abiertos con libros, lo bautizó “arma de instrucción masiva”, cuando lo llaman para ir a un colegio, les dice a todos los presentes que los libros están para ser retirados (de a uno por persona) en forma gratuita, pero les pide a cambio que también donen libros a quienes no pueden comprarlos, que es preferible  “liberar” un libro en un sitio público que atesorarlo sin darle utilidad.

Habría que imitarlo, pararíamos un poco esta estupidez.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Los imprecisos sueños


Intento dormir pero no puedo, no pasa ningún auto por la calle, seguramente los árboles están quietos, es la no-vigilia de un sueño impreciso, del que no logro recordar sus símbolos, ni su precaria estructura onírica.

Pienso en lo que no hice, como si encontrara razones en el techo invisible del dormitorio, los mecánicos actos del día se atraviesan con rostros cubiertos de sombras, por momentos ese letargo parece romperse, luego vuelvo atrás, a la antesala de lo soñado, intentando entender la puerta del pasado que crucé en silencio.
Hace noches que no recuerdo lo soñado, me gustaría poder controlar los sueños, poder pensar mientras estoy soñando, poder mirar mi mano por ejemplo, ser consciente que estoy en otro mundo, en otra atmósfera, fumando o tomando algo.

¿Será aquello de “yo es otro” con el que Rimbaud, el relampagueante Rimbaud, significó sus noches infernales?

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Arrojas poesía al sur...



El sábado pasado anduve con un amigo por el barrio de la Boca, atraído por un encuentro de poesía, música y pintura en el Museo Quinquela Martín, una dulce canción folclórica francesa dio la bienvenida, acto seguido recitaron los poetas (hubo cierta variedad de estilos, me quedó en el recuerdo un poema de Silvia Castro sobre el quila, un arbusto frecuente en el interior de los valles cordilleranos, cuya flor tarda aproximadamente 60 años en aparecer, para luego morir en el día junto con la planta), aquella observación, propia de una escritora “patagónica” fue compartida con la poeta chilena Malú Urriola, quien cerró la jornada con una lectura rápida de sus poemas.

Minutos después apareció desde atrás Vanesa Maja, con un vestido blanco recitando “rosabrillando”, sobre textos de la poeta uruguaya Marosa Di Giorgio, tremenda memoria y enorme sutileza para resignificar un poema bellísimo.
Hubo un poco de todo esa noche, desde mimos hasta pequeñas asociaciones comunitarias exponiendo sus proyectos, pero cuando vino la música no pude evitar ir a la mesa donde estaban los libros de Eloísa Cartonera, en ocasiones no puedo estar mucho tiempo quieto en un mismo lugar, al rato lo vi pasar a Washington Cucurto, la última vez que lo había visto fue en los 90, en este mismo barrio, como pasa el tiempo...la oferta era buena y me llevé tres libros, hacía tiempo que buscaba tener algo de Eloísa , faltaba un vino y en eso mi gran amigo el filósofo me invitó con unas empanadas y un tinto, el marco perfecto para acompañar un instante de arte.

En un momento en que quedé solo saque del morral uno de los libros, los leí  como si estuviera degustando una humana fruta, en eso pasó la recitatriz, aquel vestido blanco lleno de Marosa, quien me ofreció un folleto con su próxima presentación, yo leía a Zelarayán en esas únicas ediciones de cartón reciclado, bebía mi vino y me dejaba vivir por el encantamiento del instante, al final me quedé mirando fijamente un cuadro de Quinquela, justamente el que ilustra esta entrada, me sorprendió lo sobrecargado de la pintura, como si el pintor hubiera desgarrando serenamente la tela, y es allí que me acordé de Deleuze-Guattari, aquello de que “el arte conserva, y es lo único en el mundo que se conserva”, y así fue, aquel barco herrumbrado parecía detenido en el tiempo, al fondo una mancha crepuscular vaticinaba la cercanía de la noche, pero esa noche nunca llegaría para nosotros, estábamos viendo el crepúsculo más hermoso, a pesar de las sillas levantadas y los ruidos de conversaciones en el fondo de la terraza.