domingo, 5 de agosto de 2012

La anulación de la subjetividad


En un documental de los hermanos Lumiere (Policemens parade Chicago, 1896) se puede apreciar un desfile militar, el momento exacto en que decenas de policías pasan delante de la cámara, rostros en blanco y negro con manchas móviles de hollín, de fondo se escucha un piano, pero lo que llama la atención es que todos los policías tienen el mismo bigote, usan el mismo sombrero, el mismo uniforme, la misma forma de caminar, pareciera que hasta tuvieran los mismos pensamientos.

Hace poco iba por una autopista, a lo lejos vi a un grupo de conscriptos desfilar rígidamente hacia delante, los brazos como estacas y las piernas en férrea sincronía, no parecía haber mucha diferencia entre aquel documental de fines de siglo y estos jóvenes de la era digital.  Relacioné ambas escenas con el pensamiento único, lo homogéneo, lo estandarizado o normativo, aquello que no admite la diferencia, ni la originalidad, ni lo caótico, donde toda acción va encuadrada con sus límites establecidos y previsibles. Solemnes como estatuas los hombres se cuadran ante la cámara, miran algo que se parece al futuro, tipos que en verdad fueron anulados en su forma de pensar, que no pudieron salirse de la hilera, que tuvieron todos los botones de la camisa abotonados,  una sincronía que debía ser perfecta, aceitada, cuyo diagrama debía cuajar en un tiempo sin verbo, y así fue, allí la palabra respeto implicó sumisión por la jerarquía, se llegó a la pirámide levantando la cabeza sin mirar a los ojos, así por años, sostuvieron de ese modo una actitud de servicio, un modo de entender el mundo.

En la película “La sociedad de los poetas muertos” el profesor John Keating (aquel gran papel del actor Robin Williams) les pide a sus alumnos que caminen libremente, sin embargo bastó que uno tomara la iniciativa para que los demás decidieran al unísono no ir contra la corriente y seguir la fila. Correspondiendo con el marco, los que estaban afuera aplaudían, y ese acto dejaba al desnudo el peligro de perder las propias convicciones frente a los demás, el temor a que cada uno experimente su propio camino.

Cuando se elige no elegir, como en el caso del documental, lo que se provoca es anular una subjetividad, a muchos digitadores del poder político les convienen estos sujetos, después solo necesitarán la televisión para tener ocupados al resto, hacer que no piensen, que no se salgan del corral, que mantengan una línea...
Los alumnos de la película en cambio tienen tan automatizada aquella estructura, ligada a las conductas familiares, que lo recrean involuntariamente, aún harán falta generaciones de filósofos y artistas para poder tomar el camino menos concurrido. Esto me hace acordar algo que leí hace unos años:
Que terrible que es ser solo un hombre, saber tan poco e ignorarlo casi todo”.

Así, anulación y distracción logran enrejar los cielos de quienes se creen libres mientras una mano ajena e invisible cierra el candado al final de la jornada.

Y creen elegir cuando llegan a sus casas y toman el control remoto, a una hora imprecisa, mientras esperan un plato de comida, muertos que no terminan de nacer.

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