jueves, 1 de agosto de 2013

Un prólogo...

Al lector

Ni edulcorado optimismo ni acérrimo pesimismo: se trataría, sí, en todo caso, de ser capaces de sostener la mirada allí, donde la incertidumbre acosa a la conciencia humana.
La acosa y la desgarra. Giannuzzi es un grande por eso y porque, como poeta, encontró la forma de expresarlo.
No a la poetización y sí a la construcción de una voz, de una poesía, que fue despojándose de colgajos líricos, a través de las distintas épocas de su desarrollo.
Giannuzzi entendió que dejar que se oyera esa voz, filtrándola por entre los barrotes del poema, era lo sustancial. Se dio, entonces, a esa aventura; la aventura de combinar palabras en pequeños dispositivos donde llegaran, como gustaba decirlo, “hasta el hueso”.
Giannuzzi sorprende siempre al plantear el dilema de la existencia en las dos o tres líneas últimas de sus poemas minimalistas.
El lector no esperaba que la pregunta por el mundo, por el tiempo, por la vida, por la muerte, quedara formulada tan abruptamente con la fuerza de una pedrada en el estanque; de una epifanía. Por la política.
El lector ha sido golpeado, y, de pronto, despierta. Su rutina de cotidianeidad ha sido rota, hecha trizas: pero ahora ve más allá de la comodidad de lo que llamaba lo real.
Giannuzzi, una y otra vez, vuelve sobre lo mismo, se interroga irónico, autosatírico, tuerce y retuerce hasta quedarse con una suerte del sentido del sinsentido; se instala en el absurdo como el hombre del subsuelo, como Celine. Pero también resuena Dante en líneas donde la potencia del concepto rompe el molde.
Giannuzzi, para decirlo de una vez, es uno de los grandes de la poesía argentina contemporánea.
El chantaje sentimental no lo contó entre sus practicantes.
Giannuzzi logró ser conciso en el terreno donde la metafísica “poética” es un tembladeral.
¿Qué más?
Giannuzzi afirmaba que era un poeta estándar, que no había innovado nada: fue sólo una palabreja, un desafío a los estúpidos fieles de la novedad.
Entre tanto estándar o no estándar influyó en buena parte de los jóvenes que escriben poesía en la actualidad: está vivo en su propia poesía y en la de ellos.

Prólogo del libro “Un arte callado” de Joaquín Giannuzzi, a cargo de Leónidas Lamborghini.

Alguna vez sostuve que la poesía no debería necesitar de prólogos que la justifiquen o comprendan, en ese sentido me había parecido esclarecedor el ejemplo de César Aira al presentar la obra poética de Osvaldo Lamborguini (poemas 1969-1985) “Edición al cuidado de César Aira”, donde deja que la obra se defienda por sí sola, empieza con un poema del autor como toda carta de presentación y solo al final del libro comparte una serie de notas intentando explicar los motivos de la obra publicada.

Citar el tema ineludiblemente conlleva un nombre propio: Jorge Luis Borges. Cada uno de sus prólogos representan una invitación al placer de la lectura, que notablemente introducía en el lector el sentido de la dicha y la curiosidad. En su “prólogo de prólogos” se puede leer lo siguiente:
El prólogo, en la triste mayoría de los casos, linda con la oratoria de sobremesa o con los panegíricos fúnebres y abunda en hipérboles irresponsables, que la lectura incrédula acepta como convenciones del género...

Sin embargo se sabe que hay prólogos no menos admirables de las páginas que dulcemente serán profanadas por el lector. Es lo que me ocurrió con la lectura del prólogo de “Un arte callado”, de Joaquín Giannuzzi, escrito por Leonidas Lamborguini. Literatura de la literatura, una introducción personal y compleja del sentido de la escritura del gran poeta argentino, aquel que le confió a Fabián Casas: “Gelman y Lamborguini son buenos poetas, yo hago lo que puedo”.


Vale la pena detenerse en este prólogo, provoca el efecto de  ir hacia el poema, y corroborar que lo leído hasta el momento es una antesala de la epifánica construcción.

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